Laín
Estrofa VI. Las mentiras bajo el castillo
ESTROFA
VI
LAS MENTIRAS BAJO E L CASTILLO
«Los cántaros, cuanto más vacíos, más ruido hacen».
Cita atribuida a Alfonso X de Castilla,
llamado el Sabio
Se contaba que el infante Afonso había vivido entre aquellas mismas paredes hasta cumplir once temporadas.
El ayo del príncipe, García de Villamayor, mayordomo del rey Fernando, se había traído al muchacho a aquellas tierras de bosques, montañas y ríos para hacer de él un hombre digno de calarse algún día la corona. Y se decía que ésa era la razón de que el heredero tuviera en estima las costumbres y el idioma del lugar, lengua de trovadores y poetas, pero de poco peso en la Corte y menos aún en la Iglesia.
Bajo el dominio de la poderosa casa de Traba, con la impresionante torre, las barbacanas, el murallón y el enorme patio, el castillo de Maceda era el más grande que jamás hubiera visto Laín. Los escudos que adornaban las esquinas, las inscripciones que encontraba en las piedras y cuanto le habían contado del lugar asombraban al muchacho.
Al pobre Laín le pesaban como una losa todos aquellos nombres ilustres. El ajetreo de la fortaleza, lo variopinto de sus gentes, la cantidad de sirvientes, el lujo de los tapices que veía en las paredes, las enormes caballerizas, el interminable salón en la planta baja. Toda aquella grandeza empequeñecía su hogar en San Paio. No sabía cómo comportarse, qué hacer o dónde meterse. Se sintió amedrentado desde el mismo momento en que cruzó la gigantesca cancela de hierro de la entrada.
La noche anterior, después del ataque de los encapuchados, por sugerencia de Guy, habían acampado fuera de las murallas de Monforte. El tal Baños y el gascón habían discutido largamente sobre ello hasta alcanzar un acuerdo a regañadientes. Montaron campamento y Guy entró en la ciudad. Con él fueron también Tello, recostado en unas angarillas de las que tiraba su caballo, y el tal Acardo, quien, tal y como había previsto el gascón, no había querido dejar solo a su amigo.
—Ahí dentro habrá algún cirujano hebreo, o un sanador de mala muerte que pueda atenderlo… Si se recupera a tiempo, pueden intentar darnos alcance en la Navarrería; es probable que Teobaldo nos haga esperar unos días. Además, hay que intentar que alguien les dé sepultura en sagrado a esos desgraciados —había dicho refiriéndose a los muertos.
Eso era lo que todos habían oído, pero, en la confidencia de un aparte, a Laín le había revelado que, después de dejar al herido, buscaría a algún mensajero que enviar a Compostela para poner a Egeria al tanto de sus paraderos.
Cuando se quedó solo con el resto de los hombres de la partida, Laín se dio cuenta pronto de que no iban a prestarle demasiada atención. De hecho, enseguida se acostumbraron a darle órdenes, como habían hecho con el malogrado Eugenio.
No era nada a lo que el crío no estuviera acostumbrado. Acarrear leña, usar el pedernal, atender las brasas y revolver el magro estofado en la olla.
Atento y servil, el muchacho había cumplido lo mejor que había podido. Hizo cuanto estuvo en su mano para acomodarse a sus nuevas obligaciones; sin embargo, para cuando llegó la noche, tumbado con Lume cerca de la fogata, fue incapaz de dormirse.
No sólo se trataba de cuanto había sucedido en las últimas horas, sino que también temió a los hombres que roncaban o dejaban escapar ruidosos cuescos entre risillas y conversaciones entrecortadas por bostezos. Había escuchado historias de lo que algunos como aquéllos hacían a chicuelos confiados. Sabía que el dulce de miel que ofrecía un buhonero podía significar algo terrible. Y, aunque no se atrevió a confesárselo a Guy hasta la mañana siguiente, Laín no se sintió tranquilo hasta que el gascón regresó al campamento, ya bien entrada la noche.
Al amanecer se habían puesto en camino. Él atendía a las mulas y se ocupaba de los pertrechos, atento a las peticiones que pudieran hacerle los templarios o el peculiar cura, que desde el ataque permanecía más bien callado. Después de otra jornada, habían llegado por fin al imponente castillo de Maceda. Y, mientras los hombres atendían los asuntos de la diplomacia, Laín había sido enviado a los establos con las monturas.
—Mantén la boca cerrada y los ojos abiertos —le había dicho Guy cuando se separaron—. No te metas en líos. Atiende a las bestias y espera a que volvamos a encontrarnos.
Y así lo había hecho.
Asombrado, se enteró de que, para tener agua disponible, el brocal que había en el patio del castillo se abría a una cisterna de más de sesenta varas de largo, excavada en la roca viva a base de pico hasta llegar a las aguas del río Chaimoso, que discurría al pie de la fortaleza. Miró embobado las estrechas aspilleras de los muros, preparadas para que los ballesteros abatieran a cualquier sitiador. Estuvo seguro de que, durante toda su vida, recordaría la sensación de pequeñez que le embargó entre aquellos sillares de piedra que se alzaban hilera tras hilera.
Y las caballerizas, adonde había guiado la recua de animales, no eran menos impresionantes. Cuadriplicaban el tamaño de las de San Paio y había allí bestias de todas las clases, desde elegantes y afinados caballos sarracenos hasta robustos britanos de tiro, además de una docena larga de altos tudescos de los que solían montar los caballeros en la guerra.
Mientras almohazaba a los caballos, se encargaba del heno a repartir en los pesebres, arreglaba los ronzales y reparaba las bridas. Siguió creciendo su asombro cuando, gracias a los demás mozos de cuadras, se enteró de que tenía algo que contarle con urgencia a Guy de Tarba.
En cuanto el jefe de las caballerizas le asignó un lugar para las bestias, Laín se puso manos a la obra y, en tanto desenredaba las crines de Fatana, escuchó con atención las conversaciones que iban y venían en el ajetreo de las cuadras. Así descubrió que su grupo no era el único que había llegado al castillo de Maceda. Al menos otras tres partidas habían arribado en los últimos días. El lugar bullía con gentes venidas desde Aragón y desde el condado de Barcelona, e incluso había cordobeses.
En las caballerizas, muchos otros armígeros y mozos hacían lo mismo que Laín. Unos pesebres más allá, dos de ellos parecían haber trabado buenas migas y conversaban animosamente.
—… el moro Alhamar quiere hacerse con Murcia…
No eran mucho mayores que él. Sin embargo, el par de años que le llevaban marcaba en sus edades una diferencia notable; ellos se veían ya hombres de importancia y Laín era demasiado tímido para imponerse. Lo habían mirado con aires de suficiencia y lo mantenían apartado de su complicidad. Según le pareció al muchacho, cuchicheaban sobre los rumores que cada cual había captado en sus propios grupos. Elucubraban sobre lo que significaría e ideaban por su cuenta las políticas de los reinos.
Laín no sabía si acertaban en lo que decían. Todo le sonaba inmenso y lejano.
—¿El granadino?
El que preguntó, de tez aceitunada y pelo oscuro, tenía acento sureño. El otro, que parecía llevar la voz cantante, mascaba las palabras como sólo podían hacerlo los aragoneses. Era un muchacho desgarbado con el rostro cubierto de un bozo rubio que no se afeitaba para darse importancia, como si fueran las barbas de abad.
—Sí, sí, ese mismo. Y el conquistador Jaime quiere seguir hacia el sur después de haberse hecho con Valencia y Játiva.
—O sea, los dos gallos quieren la misma gallina.
—Ahí, ahí. Ambos codician Murcia, tanto el moro como el cristiano.
El viejo Tomás llamaba al moro «el hijo del rojo», pero el nombre de Alhamar no le era desconocido a Laín. No sabía demasiado, pero sí que era un sarraceno que llevaba años disputando las conquistas cristianas y que, no hacía mucho, había conseguido arrebatarle al rey Fernando importantes pagos por la zona de Jaén.
Del rey Jaime también había oído el muchacho. Era un personaje cuyas historias siempre habían impresionado a Laín, pues se rumoreaba que el impulsivo aragonés, el mismo que había luchado en las montañas durante tres años para conquistar la isla de Mallorca, el mismo que peleaba a hierro y fuego para hacerse con tierras valencianas, había sido, en realidad, un hijo no deseado. Según la leyenda, su madre había tenido que hacerse pasar por una de las amantes del rey a fin de quedar preñada, ya que éste no quería verla ni de lejos. Aunque tampoco le sirvió de mucho concebir un heredero, porque acabó repudiada y el propio Jaime, siendo un crío, había sido apartado de la Corona. Trance del que había salido airoso, alzándose con los años a la posición a la que tenía derecho por nacimiento.
Claro que Laín lo conocía. Siempre había escuchado con atención las historias del aguerrido Jaime el Conquistador.
—Y el rey Fernando, con fiebres en algún lugar de Burgos. Sin barrer su casa ni tentar la del vecino.
—Y su hijo Afonso en Jerez, zurrando a los moros.
—No, no, ¿es que no lo sabes? Pero ¿qué clase de noticias os llegan a Monzón?
—¿El qué? ¿De qué hablas?
Se oyó una protesta llena de hastío.
—¿Cómo que de qué hablo? Pues de Jerez, mentecato. Esa agua no mueve molino.
—¿A qué te refieres?
Se repitió la protesta.
—A que lo de Jerez fue hace años. Mandaba Alvar de Castro y había caballeros de Toledo. Ganaron e hicieron mucho mal a los moros, pero, por desgracia, la ciudad sigue siendo infiel. Aunque no creo que dure mucho, antes o después pagarán el voto a Santiago como cualquier hijo de vecino… Pero, te lo cuente como te lo cuente, eso de Jerez fue hace ya unos años. El príncipe Afonso está aquí, en Maceda, y algo más crecido, que ya tiene barbas que afeitar.
Pese a los altos techos, barrados por enormes vigas entre las que colgaban telarañas, cubiertas del polvillo seco que desprendía el heno, el penetrante olor dulzón del estiércol lo cubría todo. El calor de las bestias cargaba las tareas y el sudor le escurría a Laín entre las paletillas mientras almohazaba los caballos. El ambiente resultaba pesado y aún le quedaban cosas que hacer antes de acercarse a las cocinas a buscar algo de comer, pero, por primera vez en días, Laín se sentía cómodo. Casi como en casa. Porque a trabajos parecidos había dedicado multitud de horas en San Paio, ayudando al viejo Tomás en las modestas cuadras de la torre. Y la rutina resultaba reconfortante.
La diferencia radicaba en lo que estaba escuchando.
Fatana protestó con un relincho porque, con la sorpresa de saberse bajo el mismo techo que el heredero al trono de Castilla, Laín había dejado de cepillarla.
—¿Para qué? —inquirió el aragonés, incrédulo—. ¿A santo de qué iba a venir hasta aquí?
Eso mismo inquietaba a Laín. Según se decía, el rey Fernando estaba pidiendo confesión porque la muerte se cernía sobre él. Lo lógico era que su hijo Afonso estuviese junto a él, no en un perdido rincón en las montañas del reino.
El principio de la respuesta no pudo oírlo. Cantando con chirridos de madera vieja, pasó un carro cargado con el primer pasto de la temporada. Por un momento, el hedor del estiércol quedó atenuado por el olor fresco de la hierba recién segada.
—… no lo sé —escuchó cuando pasó el rechinar de las ruedas—, pero te aseguro que la batalla de Jerez de la Frontera es ya agua pasada. —Y debía saberlo con seguridad, porque, a juzgar por su aspecto y su acento, aquel mozo debía venir de algún lugar cercano—. Quizás está atendiendo viejas amistades, o algún amorío. ¿Cómo quieres que lo sepa?
Callaron durante un rato, mientras el aragonés digería la noticia. Y los bueyes de enormes cuernos que Laín había visto en los últimos pesebres mugieron.
—Mientes —soltó de pronto con un exabrupto—. Sí que lo sabes.
Aunque Laín no los veía más que de reojo, entrecortados por las pilas de heno, los postes, los arreos y los útiles de las caballerizas, supuso que podía ser así. Quizás el sureño guardaba silencio para darse importancia.
—Imagino que, si lo que he oído es cierto —empezó de nuevo después de una maldición por el esfuerzo de cargar con un atado de hierba seca—, los murcianos prefieren rendirse a Castilla.
—Prefieren rendir cuentas al Santo antes que al Conquistador…
A Laín le costó un instante comprender que el aragonés estaba hablando de los dos reyes, Fernando de Castilla y Jaime de Aragón.
—Ahí, justo en el clavo. Y yo creo que el infante Afonso ha venido a negociar con el señor de Traba las condiciones de la rendición, o para nombrar algún adelantado de entre los Villamayor. O eso o busca a un mensajero que enviar a Murica a parlamentar con Alhamar.
Por un rato volvieron a callar y Laín sólo escuchó gruñidos de esfuerzo mientras los otros usaban la horca para manejar el heno.
—Pero entonces —volvió a hablar el moreno—, ¿qué os ha traído aquí desde Monzón? Yo pensaba que traíais recado del rey Jaime sobre todo este lío de Murcia.
—¿Qué dices? Eres un mentecato. Venimos de Monzón, no de la Corte. No nos envía el rey y tampoco su mayordomo.
—A ver, pero ¿no está allí Jaime?, ¿en Monzón?
De aquello nada sabía Laín.
—Bueno, sí, estuvo a cargo del Temple en el castillo de Monzón hace sus buenos años, pero ya no; estás mezclándolo todo. ¿Cómo iba un rey a estar encerrado en el castillo? Explícame como iba a conquistar Valencia si no le dejan salir. Además, de Monzón salió siendo un niño.
—Pero… —arguyó el moreno rascándose la coronilla—, pero yo tenía entendido que andaba peleado con otros que le querían quitar la corona…
—Sí, eso es cierto, y también que lo tuvieron encerrado de tanto en tanto. Aunque de eso hace unos años. ¿Cómo crees que iba a llamarse el Conquistador si no estuviera libre?
—Y yo qué sé. Ni que fuera yo pertiguero mayor. Pero, entonces, ¿a qué habéis venido?
—No, no puedo contártelo, es un secreto —dijo el aragonés dándose importancia.
A Laín le pareció aquella queja un poco estúpida. Los establos eran un continuo ir y venir de gentes de todo tipo que iban de un lado a otro, atareados con sus propios quehaceres.
—Bueno, yo te he contado lo del príncipe Afonso.
—¡Vaya una cosa!
—Venga, ¿a qué habéis venido?
Laín oyó el resoplido del aragonés. Y, finalmente, la respuesta, con el tono de una concesión papal a un penitente que llevara años rogando indulgencias.
—Nos mandaron recado del castillo de Ponferrada.
Ese nombre sí que le era familiar a Laín. Y ahora le tocó esperar al jaco de Berenguer Baños, porque, al oír aquello, al muchacho se le quedó el brazo a medias cuando empezaba a restregar el pelaje del animal con la sidra de manzana aguada con la que untaba los cueros de las bestias. Era un remedio que le había enseñado el viejo Tomás. Servía para que las moscas y los tábanos no molestasen a las monturas y, aunque no le habían pedido que lo hiciese, Laín estaba decidido a hacer su trabajo lo mejor posible.
Cuando terminase de mojar a los animales aún tendría que ordenar los arreos y ahuecar las albardas. Quizá repasar alguna puntada de las bridas. Todavía tenía trabajo para rato.
Pero, por el momento, se había detenido y prestaba atención.
—¿De Ponferrada?, ¿para qué?
—Eso sí que no te lo voy a contar.
No lejos del castillo de Maceda estaba Allariz, a la que ya el séptimo de los Afonsos en el trono de Castilla había concedido fueros y, además de convertirse en villa importante para las mesnadas y las luchas contra los sarracenos, el lugar había crecido hasta convertirse en el más importante de la comarca para el mercado de ganado. Y, precisamente en esos días en que el verano desfilaba, se celebraba allí una feria de gran resonancia.
Con aquel ajetreo cercano, a las poblaciones del alfoz y al propio castillo de Maceda habían llegado caldereros errantes, buhoneros, trovadores, abaceros que vendían pastelillos dulces y otros que ofrecían empanadas, cuentacuentos, mozárabes cantores de jarchas, estafadores de mala muerte, timadores y, como al comercio le siguen los dineros y a los dineros les sigue el vicio, también fulanas, desde las más baratas hasta las que ambicionaban hacerse un hueco en algún lecho de la Corte. Además de la soldadesca, los mesnaderos y los mozos o sirvientes, siempre había alguien yendo de un lado para otro, regateando sobre cualquier bagatela, cerrando tratos lujuriosos sobre la carne ofrecida, haciendo apaños sobre suministros o siendo estafado por algún vivo con apego por los maravedíes ajenos.
Guy sospechaba que no podía fiarse de los hombres de su propia partida, ni siquiera del frade Seisdedos, del que nada sabía. Y tampoco las tenía todas consigo al pensar en cualquiera de las caras extrañas que rondaban por la fortaleza. De ahí que, a fin de buscar algo de intimidad y después de valorar la mirada nerviosa del muchacho, el gascón decidiera que debían hacer dos cosas: la primera, esperar a que se hiciera más tarde; la segunda, buscar un lugar más tranquilo.
Así que no les quedó más remedio que ejercitar la paciencia.
Pero, como no hay modo de detener los días, el barullo se fue apagando poco a poco a medida que la luz decaía. Y, para cuando se hizo de noche, después de la cena, el vino y algunos juegos de dados o de tabas, en los pebeteros repartidos por la gran sala ya sólo ardían lánguidamente unas cuantas brasas anaranjadas sin que nadie alimentase los fuegos. En la paja esparcida sobre el suelo dormían al menos tres docenas de hombres, repartidos por las esquinas, allá donde podían, mientras en los dormitorios de las plantas altas de la torre descansaban sus señores y también el heredero de Castilla. Se oían ronquidos. Murmullos apagados de una conversación bisbiseada. El rumor apurado y encendido de cuerpos restregándose, prueba de que alguien se había gastado los ahorros en algún escote. Y también el roer de un hueso de cordero que había quedado entre las sobras, preso entre los colmillos de uno de los podencos del señor de Traba.
Por un momento, el perro miró con interés al mestizo que caminaba tras el muchacho, preocupado por si el cachorro iba a disputarle su cena, pero ambos se alejaron quedamente por la esquina que llevaba a las escaleras.
Obediente, Laín seguía las instrucciones que Guy le había dado.
En el cielo, sobre sus cabezas, había aparecido la luna en cuarto menguante.
Estaban en el adarve de la muralla que defendía Maceda, sin otra compañía que los grillos que cantaban desde las grietas entre las piedras, esperando no tener la mala fortuna de que pasasen miembros de la guardia. A lo lejos se oía el murmullo del río y, en algún lugar del bosque, la llamada queda de un autillo.
—¿Estás seguro?, ¿completamente seguro?
Laín no respondió a la ligera y meditó en lo que había oído en los establos.
—Bueno, yo no lo entendí bien. Estaban descargando un carro de hierba y…
Guy lo miró con severidad y el muchacho dejó de buscar excusas.
—Sí, estoy seguro —aseveró—. No pude escucharlo todo, pero no me cabe duda, dijeron algo del lino de la cruz.
El entrecejo del gascón se arrugó, como ya había sucedido al escuchar la primera versión apresurada del chico.
—¿Lino de la cruz?
Laín, dubitativo, se corrigió a sí mismo.
—Bueno, sonó más como «lino cruces», pero eso no tiene sentido.
Al menos no lo tenía para él, que le había dado mucha más importancia a otras de las cosas que había escuchado. Pero las cicatrices del gascón volvieron a retorcerse como lo habían hecho por la tarde, al salir Laín de los establos y correr para encontrarlo.
—Lignum crucis, ¿no sería eso lo que oíste?
—¡Sí!, ¡sí!, el acento y el ruido me hicieron dudar, pero sí, eso fue, «lium cruces».
—Es latín… Lignum crucis, se dice lignum crucis —le corrigió.
En el rostro del gascón ahondó la preocupación y Laín no se atrevió a intervenir.
—Y de Monzón, nada menos que del castillo de Monzón. El castillo templario de Monzón. Ahora lo entiendo —dijo de pronto el infante—. ¡Maldita sea! Condenados malnacidos. —Se percató entonces de la sorpresa pintada en el rostro del muchacho —. No comprendes lo que significa, ¿verdad?
Temeroso de meter la pata, Laín dudó por un momento. Hasta que se convenció de que no podía permanecer callado por más tiempo y reconoció su ignorancia:
—No, no lo sé. ¿Es que se puede hacer una cruz con lino?, ¿para qué serviría?
El rostro severo de Guy se transformó de pronto. Un remedo de sonrisa cariñosa hizo bailar la cicatriz que le estropeaba un lado de la cara y se quedó mirando fijamente al muchacho durante un rato, calibrándolo igual que los ganaderos con las bestias en la feria de Allariz.
—Me parece que vamos a tener que ocuparnos de algo más que de mantenerte con vida —le dijo al zagal—. No había caído en la cuenta, pero habrá que prestar atención a tu instrucción. Tienes mucho que aprender…
Laín iba a decir que Egeria había comenzado a enseñarle el alfabeto, pero Guy lo interrumpió con un gesto sereno.
—Lo sé, lo sé —dijo condescendiente—, pero hay mucho más que aprender a leer y escribir. Hay mucho más que conocer. Un hombre sólo sabe quién es cuando comprende cuánto le queda por aprender —aseguró enigmático—. Y para eso se necesitan años de esfuerzo y dedicación.
Revolvió el pelo al muchacho, sorprendiéndolo por lo cariñoso del gesto y, cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, alejó la mano de golpe y se volvió hacia la noche. Por un rato, frente al desconcierto de Laín, el mercenario gascón contempló el horizonte, por el que seguía llegando la llamada queda del autillo. Tardó un poco en acomodarse de nuevo a la situación.
—Ya habrá tiempo de ocuparse de eso. Sigamos con lo que nos apura —resolvió, recomponiéndose—. A ver, intenta recordar antes de responder: el muchacho dijo que venía de Monzón y que eran dos partidas, ¿no es así?
—Eso fue lo que oí. De Monzón. Divididos en dos grupos.
—Y mencionó que habían salido en cuanto recibieron recado de Ponferrada, del castillo de Ponferrada —aclaró.
—Eso es.
El disgusto volvió al rostro del gascón.
—Pero el mozo aragonés, el que había partido de Monzón, no quiso decirle al otro el porqué, ¿fue así?
—Exactamente, dijo que era un secreto —corroboró Laín.
—Sin embargo, cuando el otro porfió en sus preguntas, el aragonés acabó cediendo y dijo algo de la lignum crucis…
Ahora Laín tardó un poco más en responder.
—Sí, bueno, en ese momento había otros trajinando con un carro de hierba…
El gascón revolvió los dedos en el aire, pidiéndole al muchacho que no se enredase con lo que ya sabían.
—Sí, eso fue lo que me pareció —dijo al cabo Laín, escogiendo con cuidado las palabras.
Y el disgusto del gascón se tornó en rabia contenida. Su ojo malo se contorsionó de manera extraña. Laín lo observaba, sin pronunciar palabra.
Dio unos pasos nerviosos a un lado y al otro, rumiando lo que el muchacho le había contado. Sus botas pesadas resonaban en los adoquines. Y los grillos callaron para dejar que se oyese el tintineo de metal que acompañaba las zancadas.
Cuando el mercenario volvió a sentarse, Laín se atrevió al fin a preguntar:
—¿Qué significa?
El otro no respondió, sino que pareció meditar. El silencio se abrió entre ellos y los grillos ganaron confianza para volver a cantar. El muchacho no quiso insistir.
La primera contestación fue un resoplido de fastidio; luego, el gascón se animó a hablar:
—Significa problemas.
Necesitó Guy de Tarba bufar de nuevo, como un gato enrabietado. Y entre tanto, expectante, el muchacho aguardó.
—Mi latín no es muy ortodoxo y tengo a los clásicos olvidados. —Laín no entendió lo que quería decir, sin embargo no quiso hacer más preguntas—, pero se traduce literalmente como madera de la cruz, lignum crucis, tal cual, madera de la cruz.
Una chispa de comprensión sacudió el rostro de Laín.
—¿La vera cruz? —interrumpió sin poder contenerse.
Una nueva sonrisa se pintó comprensiva en la boca maltrecha de Guy.
—Efectivamente —concedió el gascón—, la cruz en la que fue martirizado nuestro señor Jesucristo, la misma en la que sangró. Los travesaños a los que fue clavado —Laín se dio cuenta de que había poca piedad en el modo en el que el gascón hablaba de la crucifixión—, donde pusieron el título que servía de escarnio a ojos de todos los que vieron su ejecución… Lignum crucis, según los santos evangelios, los maderos que sostuvieron al Mesías mientras moría.
—Pero, no lo entiendo, ¿qué tiene todo eso que ver con nosotros?, ¿con Ponferrada?, ¿con Monzón?
De nuevo, el infante se tomó un tiempo para madurar una respuesta a las preguntas acuciantes.
—Tenemos mucho trabajo con tu instrucción —le contestó con expresión cansada —. Mucho.
Dicho aquello, Laín enrojeció y bajó la vista hacia sus pies descalzos, manchados por el camino y los trabajos del día.
—Sólo los imbéciles creen no tener nada que aprender —explicó Guy, indulgente —. Ponferrada es un castillo del Temple, Monzón también. Los dos son propiedades de la Orden.
El muchacho alzó el rostro.
—Cualquier descerebrado en cualquier taberna ha oído que los peregrinos a los santos lugares están protegidos en su camino por los pobres caballeros de Cristo, por los hermanos del Temple —dijo el gascón—. Pero eso no es lo único que hace la Orden. También firma cartas de pago, construye fortificaciones, custodia buena parte de esos lugares que se consideran santos, gestiona las herencias y las donaciones de los hombres que abandonan todo cuanto poseen, incluso a la familia, y se unen a sus filas —mientras enumeraba, gesticulaba con las manos, contando con los dedos—. Hace mil cosas más que proteger a los peregrinos. Algunas conocidas y otras, no tanto. Sin embargo —puntualizó alzando un índice al cielo nocturno—, y eso es algo que muchos desconocen, buena parte de los dineros y negocios del Temple tienen que ver con las reliquias.
—¿Los huesos de los santos?
—Sí, los huesos de los santos de nuestra Iglesia de Roma. Pero también hay sangre, pedazos de ropa e incluso plumas del Espíritu Santo cuando apareció como una paloma —soltó un suspiro—. Hay muchas, incontables. Y, de entre todas ellas, cualesquiera que te puedas imaginar, no hay una sola que pueda compararse a la vera cruz. Es la más venerada y, lo que es aún más importante —aclaró cambiando el tono de voz—, es también la de mayor precio, la más cara. Una sola astilla puede hacer que un rey hinque la rodilla.
Entonces, mientras Laín callaba y aprendía, el mercenario gascón le contó al muchacho la leyenda. Movida por su devoción, la madre de Constantino, el primer emperador romano convertido al cristianismo, había viajado a Jerusalén. Allí, Elena de Bitinia, que luego sería ascendida a los altares como santa Elena, había fundado la iglesia del Santo Sepulcro y la iglesia de la Natividad. Y lo había hecho después de encontrar el Gólgota y las tres cruces.
Además, bien fuera porque sólo una de ellas aparecía con las marcas de los clavos, bien porque sólo una portaba un titulus con la leyenda mencionada en los Evangelios, o bien porque con el influjo de los maderos había resucitado al muerto de un cortejo fúnebre que pasaba por allí, la que fuera mujer y madre de emperadores había descubierto la vera cruz y, desde ese mismo momento en el que había salido a la luz la más importante de las reliquias de la cristiandad, los maderos habían empezado a astillarse alimentando la codicia de los hombres.
—Y ¿qué tiene que ver todo eso con nosotros? —intervino Laín, desconcertado —. Vamos a la Palestina… Jerusalén no anda lejos —dijo con ciertas dudas, adivinando la geografía de ultramar—, pero nada tenemos que ver con la vera cruz. Vamos a buscar a mi padre.
La expresión de Guy traslucía lo cándido que le parecía el muchacho.
—Donde hay humo, hay fuego… Y es por mi culpa —reconoció Guy, de nuevo enigmático—. No puedes saberlo, sólo don Rodrigo lo sabía. Supongo que también podemos contar con que Fruela está al tanto, imagino que se lo revelaría en algún momento.
Ante el desconcierto del zagal, Guy fue al grano:
—Yo fui uno de los niños que acudieron a la llamada de Esteban de Cloyes. Uno de los que naufragó en ultramar.
Laín había oído la historia del pastor en labios del viejo Tomás.
Corría de boca en boca y de taberna en taberna. Treinta años antes, miles de niños habían partido de los reinos francos con la firme intención de acabar con los turcos y tomar Jerusalén.
No sabía otra cosa y no tenía la menor idea de qué relación había entre los seguidores del pastor de Cloyes y las reliquias de la vera cruz.
—Es largo de contar —añadió Guy—, y enrevesado. Demasiado enrevesado. Además, no es el momento de hablar de ello, ni aquí, ni ahora.
Estupefacto, a punto de reventar por culpa de la curiosidad que lo carcomía, callar fue una de las tareas más difíciles en la corta vida de Laín. Sin embargo, aun percatándose de las tribulaciones del muchacho, el gascón no se explicó.
—Tenemos que andarnos con mil ojos —advirtió—. No hay muchos de los que podamos fiarnos. Debemos averiguar algo más, hay que saber en qué nos va el pellejo.
Se había vuelto a poner en pie y gesticulaba, teniendo ideas que rechazaba al momento con un mohín, levantando una mano cuando se le ocurría algo nuevo. Entre tanto, Laín lo seguía con la mirada.
—Sólo se me ocurre una posibilidad que no nos compromete; al fin y al cabo, no podemos acercarnos a Berenguer Baños y plantarle cara sin estar seguros de cuál es su juego. No es baladí; lo mejor que uno puede hacer cuando sabe algo que no se le supone, es callar y aprovechar la ventaja. ¿Lo entiendes?
El muchacho no comprendía, pero intuyó que no era el momento de plantear sus dudas.
—En Navarra tengo un viejo conocido —anunció con expresión amarga—. No le prestaría mi bolsa; de hecho, corremos el riesgo de que nos mienta como un bellaco —siguió diciéndole al zagal con complicidad—. Sin embargo, si alguien sabe lo más mínimo sobre este asunto, ése es él. Sin duda.
Dejó de medir el adarve con sus pasos y se plantó frente al muchacho con los brazos en jarras.
—Cuando lleguemos a la Navarrería tendremos que encontrar el modo de despistar a esos desgarramantas —dijo con vehemencia—. No pueden saber lo que sospechamos. Y en cuanto encontremos el modo de deshacernos de ellos, iremos a ver a Ciriaco.