Laín

Francisco Narla · Capítulo 19 de 25

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Laín

Estrofa XVII. El nido en llamas

ESTROFA

XVII

E L NI DO EN LLAMAS

«… habéis hecho pedazos la roca más consistente,

arremetido contra el acantilado, hendido las

aguas profundas allá donde os he mandado…».

Historia secreta de los mongoles,

frase atribuida a Gengis Kan

Las carreras y las voces nerviosas de los guardias le habían brindado algunas pistas. La reducción de sus magras raciones había avivado sus sospechas. Hubo ocasiones en que el sobado cuenco quedó vacío por días y, azuzado por el hambre, se había visto obligado a lamer la grasa enranciada y a aprovechar hasta el último grano de pilaf prendido en los bordes. Durante semanas percibió la tensión creciente y, en su soledad, elucubró cientos de explicaciones.

La confirmación le llegó muchos días después, cuando los gritos fueron evidentes.

Más allá de la puerta de su celda el caos subía de volumen. Hasta la mazmorra llegaba el eco de golpes, tajos, puñetazos. Y Laín comprendió que Alamut estaba siendo atacada tras un largo asedio que se había prolongado durante toda la primavera.

Oyó una serie de porrazos que resonaron en el corredor de los calabozos. También el inconfundible retemblar de espadas entrechocando. Gruñidos ahogados. Y gritos. Algunos de ánimo y coraje, otros de inconfundible agonía.

No le cupo duda. En la fortaleza se estaba luchando a vida o muerte.

Y, allí encerrado, a la espera de acontecimientos, se sintió como un oso encadenado para un azuzamiento. No le costaba imaginar a los perros a punto de abalanzarse sobre él, dispuestos a despedazarlo a dentelladas.

Cabía la posibilidad de que entrasen en tromba y lo despedazasen entre muchos. O de que lo dejasen allí encerrado hasta que muriese de hambre y miseria.

Poco podía hacer para cambiar su destino.

La luz limpia de la mañana se colaba por el único ventanuco de la miserable estancia. Iluminaba un recuadro en las piedras mohosas y sobadas. A lo largo del día, se iría desplazando, poco a poco. Reptaría por el suelo hasta subir un par de cuartas por la pared opuesta como una lagartija tímida. Laín conocía bien aquel recorrido; había tenido meses para aprendérselo. Cada arenilla, las grietas en las losas, los parches de liquen, las hiladas de musgo en las juntas y cómo cada elemento iba cambiando según la luz jugaba con ellos.

Algo golpeó con fuerza contra la puerta de la celda. Si hubiera tenido que jurarlo, Laín hubiera dicho que eran las espaldas de un hombre que estaba recibiendo una paliza.

Luego resonó algo metálico. Y no le costó imaginar hierro atravesando carne, abriendo un costillar y reventando un corazón. Clavándose en los maderos. Después el susurro del cuerpo se deslizó contra la tablazón. Un estertor ahogado y el último taconear de una bota contra el suelo.

Y más carreras. Más gritos.

No tenía otra cosa que lo puesto. El jergón, una manta raída. Y el cuenco grasiento. Tendría que utilizar sus propias manos y cuanto acertase a ahorrar de su ingenio.

Entonces se acordó de la cuchara. Tallada en raíz de arrayán, sobada y vieja, curtida por capas y capas de grasa.

Resuelto, dio unos pasos y la cogió. La examinó con calma, atento a las vetas en el mango y, poniéndola bajo la suela de su bota, ejerció la presión justa, hasta que oyó cómo se astillaba. Tenía un pedazo de madera que terminaba en un extremo roto. Ésa era su única arma.

—Tendrá que servir —se dijo con un resoplido.

Y se pegó a la pared, a dos palmos del quicio de la puerta, preparado.

Oyó más ajetreo, órdenes que no entendió. El inconfundible sonido de la guerra y la muerte. Y esperó.

El recuadro de luz avanzaba, ladeándose a medida que el sol descendía sobre las montañas, acercándose a las punteras de sus botas.

No podía hacer otra cosa que contener la ansiedad y aguardar una oportunidad a la que aferrarse con uñas y dientes.

Imaginaba lo que harían los hashshashin si temían la derrota. Si comprendían que iban a perder, irían a buscarlo. Lo matarían. No querrían dejar a un viejo enemigo a merced de enemigos nuevos.

Si había ocasión, sería única. Y no podía dejarla escapar.

Se armó de paciencia, azuzado por la sola determinación de salir de Alamut con vida para cobrarse sus propias venganzas y cumplir sus juramentos.

Y, lentamente, aquel recuadro de luz empezó a subir por sus empeines.

A veces oía la lucha al otro lado de la puerta, tan cerca que incluso le parecía oler la sangre derramada. Por momentos, los sonidos llegaban desde muy lejos, apagados pero inconfundibles.

Y Laín esperó, con el mango roto de la cuchara en la mano como única arma.

Para cuando los rayos que se colaban por el ventanuco le rozaron las rodillas, sonó el conocido esquilar metálico del pasador que aseguraba la puerta. La barra de hierro rozaba los aros de cierre hendidos en la jamba.

Como si tamborilease, relajó los dedos uno a uno y los volvió a flexionar en torno al pedazo de madera, empuñándolo como una daga.

Rechinaron las bisagras y la hoja de la puerta comenzó a abrirse.

Laín se tensó.

No era asunto suyo y, si no se entrometía, saldría ganando. Podía aprovechar aquel desbarajuste para desaparecer sin dejar rastro. A esas alturas ya no cabía posibilidad de que los hombres de Alamut se librasen de las hordas que habían caído sobre ellos. Estaban siendo masacrados.

Su mejor opción era escabullirse sin más. Pero no pudo evitarlo: si alguien sabía la verdad, ése era el señor de la fortaleza. Aquél era quien podía darle las respuestas que buscaba.

—Eh, ¡mamarracho!

El altivo sheik Mohammed volvió el rostro. Con uno de sus inmensos puños sujetaba a un hombre por la pechera de la larga túnica acolchada. Y en el puño que no aferraba la lana sostenía el alfanje, tinto de sangre que escurría por el filo.

A su alrededor, la fortaleza ardía y buena parte de los espléndidos jardines de la alcazaba eran pasto de las llamas. Un hombre cayó desde la muralla, desgañitándose mientras se esforzaba inútilmente contra el vacío, intentando en vano espantar la muerte que le aguardaba en las rocas. Sonó sobre ellos el zumbido de unas flechas que, con increíble precisión, abatieron a dos centinelas nizaríes apostados en las almenas.

—¡Cristiano! Ah, el profeta me condene. —Tenía las mejillas tiznadas y desgarrones en la ropa, pero sus ojos brillaban—. Debí matarte hace mucho. Me pudo la codicia. —El caos que lo rodeaba no parecía haberle robado los ánimos—. Espera un poco y me ocuparé de ti con gusto.

El hombre al que sujetaba parecía a punto de desvanecerse; tenía el rostro congestionado y señales de haber recibido una golpiza. Aun así, a Laín no le costó identificarlo. Los ojos rasgados y el color cobrizo de su piel confirmaban lo que su ropa anunciaba. Además, el arco caído a sus pies, recurvado y con aspecto de ser capaz de enviar un dardo a trescientos pasos, era inconfundible. No podía ser otra cosa que uno de los hombres de las estepas, un mogol.

Laín tentó el alfanje flexionando la muñeca. Se lo había arrebatado al cadáver despatarrado en el suelo de su celda, uno de los centinelas de los hashshashin, tumbado sobre un charco de sangre que aún goteaba desde el mango de madera atravesado en el pescuezo.

—Tengo otros asuntos a los que atender —dijo entonces, alzando el hierro—, será mejor que despachemos nuestras cuentas pronto.

El sheik sonrió con aires de depredador. Le soltó un codazo brutal al mogol, que cayó inconsciente, y se giró para encararse con él, dispuesto a pelear.

Las cenizas volaban de un lado a otro. Las llamas rugían lamiendo las piedras de la fortaleza. Los gritos resonaban. La muerte se abría paso en la cima de la montaña. Y, en los que habían sido los maravillosos jardines de Alamut, dos hombres giraban uno en torno a otro con sus alfanjes dispuestos. Ambos sabían que sólo uno de los dos saldría de allí con vida.

Kachiun abrió los ojos y se sacudió para despejarse. Aquel condenado lo había cogido desprevenido mientras patrullaba por la fortaleza intentando descubrir sus secretos. Y, por eso mismo, lo primero que sintió no fue el dolor de los golpes recibidos, sino una vergüenza abrumadora. Porque un miembro del clan de los lobos no podía permitirse un error así. Ellos eran los descendientes del mismísimo Gengis y su única opción era la victoria, jamás la derrota.

Intentó incorporarse, pero estaba malherido. Tenía un feo tajo en el hombro. El mero hecho de respirar suponía un tormento y el dolor en su costado le dejó claro que tenía un par de costillas rotas. Había salvado la vida por los pelos. De no ser por la intervención de aquel desconocido, estaría muerto.

Sonó el inconfundible retemblar del acero chocando con acero. Y allí estaba su salvador, cruzando lances con el nizarí que había estado a punto de matarlo.

Era un mogol, orgulloso de su estirpe. De niño le habían hecho correr hasta las cimas de los oteros aguantando un trago de agua en la boca cerrada y le habían obligado a bañarse en los ríos helados donde nadaban los lobos de las corrientes, los tamen. Había empezado a montar casi antes que a caminar. Había tensado su primer arco con apenas cuatro temporadas. Había sido criado para luchar. Y Kachiun reconoció enseguida el valor y la pericia de los dos hombres que combatían frente a él.

Estaban igualados. Ambos eran grandes y fuertes. Los dos manejaban los pesados alfanjes como si no fueran más que puñales y, a una velocidad endiablada, giraban el uno en torno al otro lanzando mandobles, quites y fintas con las que caligrafiaban el aire espeso en el que rondaba el humo.

Los jardines de Alamut eran pasto de las llamas. La noche se alzaba por el este y, a poniente, el sol se refugiaba en las montañas. Todo quedaba envuelto en un largo naranja que vibraba como una manta cubriendo a dos amantes.

Vaharadas de calor revolvían el olor penetrante del fuego. Las hojas verdes chisporroteaban y los troncos de los pistacheros estallaban con quejidos que abrían sus cortezas.

No lo había visto en su vida, pero aquel extranjero había intervenido en el momento justo y Kachiun sentía curiosidad.

Se le veía desastrado. Con ropas raídas, el pelo revuelto y las barbas sin afeitar. El hambre le había dibujado las mejillas. Pero se movía con una furia que no conocía el cansancio. Y era bueno.

Los alfanjes chocaron una vez más.

—¿Quién pagó por mi cabeza? —gritó Laín, al tiempo que esquivaba un envite que le buscaba la garganta.

Saltó por encima de un mirto en llamas y adelantó el cuerpo para descargar su codo en la nuca del nizarí, pero el sheik, que se había sometido a la misma disciplina a la que obligaba a sus hombres, se inclinó justo a tiempo, dio media vuelta y lanzó un puñetazo que alcanzó al gallego en un costado, a la altura del riñón.

El golpe le robó el aire, aunque no lo detuvo. Laín bajó de inmediato su hoja y detuvo justo a tiempo la arremetida que Mohammed enlazó en cuanto retiró el puño.

—Infiel, quieres saber demasiado, y ese pecado se paga con la muerte.

No entendía una palabra de lo que decían, pero a Kachiun le sonaba aquella lengua extranjera. La había oído en labios de los embajadores cubiertos de armiño que enviaban los reyes europeos.

El mogol se retrepó, buscó su espada, la inspeccionó y se aseguró de que podría defenderse cuando todo acabase. Entonces improvisó un vendaje para su hombro rajado y, sosteniendo con la mano ensangrentada su maltrecho costillar, se dispuso a disfrutar del espectáculo. Igual que cuando se celebraban las juntas de todas las tribus con el buen tiempo de los veranos, cuando los hombres cabalgaban, luchaban, disparaban sus arcos o hacían volar sus águilas. Kachiun era hijo de los mares de hierba y sabía apreciar el valor de una buena competición.

—¿Quién pagó? —volvió a preguntar Laín, mientras acertaba a dar una patada en la corva del nizarí.

—Algún día el mismo Satán te responderá, cristiano —logró contestar el otro, acusando el golpe pero rehaciéndose a tiempo de evitar que el alfanje que silbaba en el aire le rebanase el cuello.

Tuvieron ocasión de chocar una vez más los hierros, con un impacto tal que el temblor de las muñecas les llegó hasta las muelas. Y quedaron trabados, con las espadas mordidas, formando una cruz entre ambos. Y cada cual apostó todas sus fuerzas para que su hoja se moviese hacia el cuello del otro. Pero cuando uno ganaba una pulgada, el otro arremetía de nuevo y recuperaba lo perdido. Ninguno quería ceder. Un solo instante de vacilación podía dar al enemigo la oportunidad de soltar el mandoble definitivo.

Sin duda, era un espectáculo digno de verse, pensó Kachiun para sí. Los dos hombres eran excepcionales. Cualquier tribu de las praderas estaría orgullosa de llamarlos hijos. Y el escenario era digno de ser recordado en los poemas junto al fuego de los campamentos, cuando los viejos recitaban la historia del pueblo de las estepas. En cualquier yurta los niños estarían encantados de escuchar aquel relato de dos formidables guerreros que se enfrentaron el uno al otro mientras el mundo ardía a su alrededor.

De lejos, mientras el fuego crecía, devastando la fortaleza, le llegaban a Kachiun los primeros vítores de sus hermanos. Los mogoles celebraban la victoria con entusiasmo. Habían aplastado a los nizaríes, a los perros que se habían atrevido a asesinar a Chagatai. Y pronto correría el airag negro, que alegraba los espíritus y entorpecía las lenguas. Habría bailes, fanfarronadas, largas charlas en las que se contarían las anécdotas de la batalla.

Los alfanjes volvieron a estrellarse y el sonido sacó al mogol de su ensimismamiento.

Viéndolos batallar entre sudor y gruñidos, Kachiun se preguntó si ganaría su salvador o si vencería el señor de la fortaleza.

Una vez más, bajo el estandarte con las colas de caballo teñidas en todos los colores imaginables, bajo el símbolo que Gengis había ungido para representar la unión de todas las tribus, el pueblo de los nómadas había vencido. Ya no eran simples ganaderos que sobrevivían día a día si el Padre Cielo tenía a bien bendecirlos, ya no estaban desperdigados por los rincones de las estepas rogando por que los chin o los rus no decidieran atacar para robarles hasta el último de sus rebaños de yaks. Ahora eran una nación unificada, grande y poderosa. Orgullosa. Y, como venía siendo desde hacía un siglo, una vez más, sin conocer la derrota. Los mogoles aplastaban a sus enemigos y hacían crecer su Imperio, el más grande en la historia de los hombres.

Los troncos de los árboles se resquebrajaban, las hojas siseaban, el fuego cobraba intensidad. Los jardines ardían y sólo algunos pasillos de entre los que habían sido impresionantes arriates de flores y macizos de arrayán eran practicables. Por ellos aparecieron sus hermanos buscando enemigos a los que rematar. En cuanto los vio, Kachiun levantó la mano para que detuvieran su impulso homicida.

Los dos espadachines, sin embargo, no dedicaron más que una mirada de reojo a los recién llegados. Estaban demasiado ocupados intentando matarse el uno al otro.

Obviando las llamas, el grupo se dispuso alrededor. Todos traían los rostros tiznados, y en sus armaduras, que habían aprendido a hacer gracias a los chin, se veían huellas de la batalla: cordajes rotos, manchas de sangre, escamas sueltas.

—¡Kachiun! Ya has encontrado una excusa para hacer el vago —gritó Guyuk, que era un fanfarrón y tan molesto como un forúnculo en el trasero durante una larga cabalgata—. Qué pensabas, no me digas que querías recoger unas flores…

—Me alegro de verte. Pensé que tendríamos que dejar tu cadáver en alguno de estos montes para que las rapaces esparcieran tus restos a los cuatro vientos.

El que habló ahora era el nervudo y baqueteado Yao Shun, un chin que había jurado lealtad al kan después de que el niño que había sido el emperador de su pueblo se postrase de rodillas ante el propio Gengis, aceptando, además de la vergüenza de la derrota, comprometer su fortuna y miles de hombres como prenda.

Kachiun le tenía estima e, íntimamente, reconocía lo mucho que habían aprendido los suyos de aquel afanoso pueblo que les había enseñado, por ejemplo, el papel. Bajo el mandato del mogol Ogodei, los chin habían levantado la esplendorosa capital de los esteparios: Qara Qorum.

Se veía en ellos el buen humor de la victoria, que ensanchaba sus rostros con grandes sonrisas.

Entre tanto, otro de los hombres, un jovencito de pelo revuelto del que Kachiun no recordaba el nombre, ya tensaba el arco para soltar una flecha que, sin error posible, atravesaría el pecho de uno de los dos combatientes. Era un cachorro deseoso de probarse.

—Déjalos pelear —le instó Kachiun poniéndose en pie—, veamos de qué pasta están hechos.

El infierno desatado a su alrededor no afectaba a uno solo de aquellos mogoles, que, como Kachiun, se dispusieron a disfrutar del espectáculo.

Sudando por el calor que desprendían las llamas, Kachiun se acercó a los suyos. Se reacomodó el vendaje e hizo la pregunta que, sabía, elevaría los ánimos:

—¿Quién crees que ganará? —preguntó a Yao Shun.

De inmediato corrieron las voces y se cruzaron apuestas.

—Más vale que se apuren, o acabaremos socarrados —renegó Guyuk.

Pero Kachiun no le prestó atención, estaba observando a los espadachines.

Su salvador debía ser europeo, como los misioneros o los legados papales. Desde unos años antes, habían sido numerosos los visitantes lejanos que habían llegado a la Corte de los descendientes del gran Gengis. El poder atraía las peticiones como la miel a las moscas, y no habían faltado interesados dispuestos a cubrir las largas etapas de las rutas comerciales para rogar la venia del kan. Otros habían sido traídos desde las incursiones en las tierras de los magiares, artesanos arrastrados hasta Qara Qorum para aumentar la gloria de las naciones unificadas de las estepas.

Y le constaba que el otro, el que había estado a punto de matarle, era el señor de la fortaleza y líder de los perros hashshashin.

Ajeno a cuanto ocurría en torno suyo, Laín decidió que tenía que hacer algo distinto para salir con bien de aquel trance.

—¿Quién pagó por mi cabeza? ¿Fueron los templarios?

Ya no esperaba respuestas, sólo quería distraer al sheik. Simuló que la presión lo vencía y la hoja del nizarí se acercó a su mejilla. Se echó un paso hacia atrás, fingiendo que sus fuerzas le abandonaban y que ya no podía resistir por más tiempo.

Se dio cuenta Kachiun de las artimañas del europeo y las aprobó con una sonrisa, en tanto que le largó un codazo al revenido Yao Shun, que se hurgaba la nariz sin apartar la vista de la lucha.

Laín se dejó ir un poco más hacia atrás, hasta que vio el destello de triunfo en los ojos del sheik Mohammed, donde bailaban los reflejos de las llamas. Entonces cruzó las piernas y, con tanta rapidez como pudo, se apartó dejando que su hoja se escurriese sobre la otra igual que una piedra de amolar.

Al hacerse a un lado de repente, el nizarí perdió el punto donde apoyaba todo su peso y trastabilló hacia delante, a punto de caerse. Laín aprovechó el instante para volverse con rapidez y lanzar su hoja contra la nuca desprotegida. Sin embargo, el otro era un hashshashin y no se dejó vencer tan fácilmente, sino que convirtió el impulso de la caída en pasos apresurados hacia el frente y se distanció del alfanje de Laín, que cayó sobre su corvejón izquierdo abriendo un tajo allí que inutilizó la pierna.

Los mogoles chillaron con excitación, encantados con el lance.

—Deberíamos irnos —propuso Yao Shun, examinando el fruto de sus trabajos en las yemas de sus dedos—, se nos van a quemar las cejas.

Y el joven arquero miró a Kachiun con el ansia pintada en el rostro, deseoso de recibir permiso para soltar sus flechas.

—Aún tenemos tiempo.

Pese a la herida, que sangraba con abundancia, el sheik se volvió con rapidez y reaccionó lanzando su propio ataque, tan furibundo que Laín hubo de retroceder mientras se esforzaba por bloquear los mandobles.

El humo acre y pesado empezaba a irritar los ojos y las gargantas de todos. A lo lejos se oían, sin un momento de calma, los gritos del resto de los mogoles, que campaban por la alcazaba dedicándose al pillaje.

Laín quedó con las espaldas contra un macizo de jazmines trepadores. Envueltos en retorcidas llamas, los arbustos ardían, consumiendo la celosía que los sujetaba. Era un muro de fuego y ramas carbonizadas. Y hacia él, como una avalancha, se dirigía el sheik, que ni siquiera cojeaba.

Fue entonces cuando Kachiun quedó boquiabierto. El europeo, sin pensarlo dos veces, saltó hacia aquella inmensa hoguera y se desvaneció entre las llamas. Dejó tras de sí una nube de centellas que se desperdigaron como polillas que volaran y ardiesen, todo a un tiempo. Del fuego salió una bocanada de cenizas.

—¡Por todos los caballos de mi padre! ¿Qué…?

El entramado de maderos que hacía de esqueleto para los jazmines se derrumbó y las llamas se avivaron, moviéndose como lenguas lascivas.

—Qué extrañas costumbres tienen estas gentes.

—¡Está loco!

Kachiun oía lo que decían sus compañeros, pero no les prestaba atención. Miraba embobado el anillo de fuego por el que había pasado el europeo.

Tan patidifuso como el mogol estaba el sheik, que se había quedado a unos pasos de las llamas contemplando con incredulidad el fuego que se había tragado a su enemigo.

Como por ensalmo, por un breve instante todo quedó en suspenso, aunque sólo duró un suspiro.

De repente, con un siseo como el de un gato furioso, un alfanje salió de entre el amasijo en llamas y se clavó en el pecho del nizarí. Tan atento estaba Kachiun que incluso pudo ver cómo un mechón de las barbas del hashshashin se desprendía, rapado por la hoja de la espada.

Boquiabierto, Mohammed aún tuvo fuerzas para aguantarse en pie un poco más. Pero, para cuando comprendió lo que había pasado, la vida se le escapaba tiñéndole de rojo la túnica blanca de los suyos. Hincó las rodillas y se derrumbó como una res a la que hubieran cortado el cuello.

A su alrededor, se sucedían las preguntas. Y Kachiun no daba crédito.

Entonces, con un crujido lastimero, lo que quedaba de aquella estructura se derrumbó con más chispas. El descalabro desperdigó carbonilla y levantó jirones de humo. Cuando se aquietó, todos comprendieron lo que el sheik había entendido justo antes de caer desmadejado como un muñeco de trapo.

Empapado de pies a cabeza, chorreando, con diminutas lentejas de agua esparcidas por el rostro y las ropas, apareció el europeo entre las llamas, el humo y las centellas.

Estaba en pie, sumergido hasta las rodillas en una alberca decorada con filigranas azules y diminutos baldosines que reproducían frases del Corán. Una de las muchas fuentes y acequias que embellecían los jardines de Alamut. Incongruentemente, los caños seguían manando, vertían chorros de agua que caían con mansedumbre, mojándole las canillas y sacudiendo las plantas palustres, todavía verdes pese al fuego. Los escombros ardientes de la celosía de jazmines se convertían en carbones, brasas encendidas se derrumbaban entre crujidos, caían, se apagaban con un siseo. Frente a él, casi como si rezase, habían quedado sus manos. Entrelazas al final de sus brazos estirados, en el gesto de liberar el mango del alfanje para lanzarlo a través de las llamas.

En su rostro, Kachiun vio la muerte. Era la viva descripción de las leyendas que había escuchado desde niño.

Desvelado el secreto del increíble desenlace, tras un instante de dudas todos los mogoles estallaron en aclamaciones. Incluso los que habían apostado que el europeo perdería.

Laín no les prestó atención. Chapoteando, salió del estanque, pisó los carbones y se acercó hasta el cuerpo del sheik.

—¿Quién pagó por mi cabeza? —volvió a preguntarle, hincando una rodilla contra la montaña derruida en que se había convertido el líder de los hashshashin.

Aún respiraba.

—¿Quién?

En los ojos pardos la vida huía a toda prisa. Se cubrían de bruma.

El sheik Mohammed, señor de la fortaleza de Alamut, último baluarte de los antaño poderosos hashshashin, sonrió y asintió con grandes trabajos.

—Sh… Sha…

Fue sólo un balbuceo. Y al principio Laín no lo entendió. Hasta que cayó en la cuenta de que, por primera vez, el nizarí le había hablado en parsi.

—¿El sha?

Pero ya no recibió más respuestas. El sheik exhaló su último aliento con un estertor poco digno.

A su alrededor los mogoles se palmeaban unos a otros y gesticulaban, imitando lo que acababan de presenciar. Todos parecían de buen ánimo, a excepción de Kachiun, que se preguntaba sobre su salvador.

Los ojos se habían apagado definitivamente y Laín supo que no merecía la pena insistir. Sin embargo, la respuesta obtenida no servía de mucho.

Los seljúcidas habían conquistado Ispahán dos siglos antes. Ya no había ningún sha que gobernase el antiguo Imperio persa. De las glorias de Darío y Jerjes sólo quedaban cenizas, como las de los jazmines que terminaban de consumirse a su alrededor. Y aunque hubiese algún rescoldo de aquellas dinastías, nada tenía él que ver con ellas, ni había motivo alguno para que pusieran un precio por su cabeza.

Sumido en un mar de dudas, Laín no sabía si tomar en serio las últimas palabras del sheik Mohammed.

Le sorprendió la mano que apoyaron en su hombro. Cuando se giró, vio un rostro redondo de ojos almendrados que le sonreía y escuchó una parrafada incomprensible en tono amigable.

Kachiun se dio cuenta de que el europeo no le había entendido e insistió en parsi, la lengua franca que había abierto las rutas comerciales de todo el Oriente.

—Te debo la vida, europeo —repitió mostrando una amplia sonrisa.

Laín se encogió de hombros.

—Supongo que ahora soy vuestro prisionero —se limitó a decir.

Los labios del mogol se abrieron aún más y aparecieron dientes grandes como los de un caballo, incluso con el mismo tono amarillento y decorados con pequeñas líneas más oscuras.

—Ya hablaremos de eso —respondió en tono vago, quitándole importancia al asunto—. Por el momento —añadió con una expresión risueña en la que todo eran dientes—, te doy mi palabra de que te llevaré a Samarcanda a buscar el más lujoso lupanar…

Amplió aún más su sonrisa antes de continuar.

—… y encontraré para ti una mujer con pelo negro como ala de cuervo y con el más glorioso par de tetas que puedas imaginar.

El campamento de los mogoles era enorme.

En la cima de la montaña aún se distinguían fumarolas que ascendían desde los escombros de Alamut y, al pie del alcor, en el lugar donde habían levantado sitio durante meses, se desperdigaba la intendencia de los hombres de las estepas. Allí, sobre la tierra endurecida por los miles de pasos, caminatas y cambios de guardia, estaban sembradas sus tiendas.

Algo le había contado Ciriaco de la imparable máquina de guerra de los antiguos legionarios romanos, y Laín imaginó que aquello no era tan distinto de los acuartelamientos que habrían levantado las cohortes de aquellos fieros ejércitos.

En lugar de alargados barracones de lona, los mogoles usaban curiosas yurtas circulares. Se las veía sobadas, usadas durante largo tiempo, y daban fe de la vida nómada de sus dueños. Estaban montadas con un esqueleto de vigas y riostras, de una madera blanca como la de abedul, pero más resistente. Los flancos estaban cubiertos con pesados lienzos de fieltro prieto y abrigado, sobre los que pendían los nudos que sujetaban las telas enceradas que resguardaban de la lluvia, y Laín comprendió que aquellas lazadas debían de tener algún significado oculto. Variaban en complejidad y forma de una yurta a otra, como un auténtico surtido de las habilidades de un marinero. Y algo similar debía suceder con las únicas puertas con las que contaban aquellas tiendas. Pintadas con brillantes colores de significados inaprensibles para él, eran pequeñas, lo que espantaría el frío, pero también forzaría al visitante a agacharse de modo que sólo pudiese traspasar el vano encogido, ofreciéndose desprotegido al interior. Resultaría imposible entrar con la guardia preparada para repeler un ataque.

Sin duda, los mogoles eran algo más que temibles salvajes. Aquella simbología hablaba de una cultura ancestral, describía a un pueblo cuajado de tradiciones.

Expectante y confuso a un tiempo, sin saber a qué atenerse, Laín caminaba por los pasillos entre las tiendas.

Se vio obligado a evitar los excrementos de aquellos que no habían llegado a las letrinas. Se agradecía la brisa que, desde la cima, arrastraba un olor a carbonilla. Sólo unos pocos hombres pululaban de un lado a otro. Apenas había amanecido y miles más dormían; podía ser que decenas de miles, a juzgar por el número de tiendas. Era evidente que la mayoría de los mogoles aún descansaba y que era la disciplina, férrea, la que mantenía a los centinelas, los esportilleros y los sirvientes activos.

Había además abundantes corrales en los que pacían millares de pequeños y aguerridos caballos de hirsutas pelambreras. Bajos en la cruz y anchos de ancas, tenían el aspecto de ser capaces de recorrer, infatigables, leguas y leguas. Eran animales de rostros francos, con mirar sereno y colores variados, aunque predominaban los alazanes y los ruanos, con algún pinto de simpáticas manchas.

Como era habitual en él, Laín se acercó a uno de los vallados y, de inmediato, un picazo de expresión curiosa se acercó para olisquearle, sin que ninguno de los otros mostrase temor alguno ante aquel extraño.

—Da gusto ver una cara amiga —le dijo, extendiendo los dedos y ofreciendo la palma de la mano a los ollares del jaco.

Poco después, el jamelgo cabeceaba contento y se dejaba acariciar entre las orejas, totalmente confiado. Por primera vez en mucho tiempo, Laín se sintió reconfortado, gracias al calor húmedo de los morros del animal en su piel. Y aspiró el olor inconfundible de los equinos.

No sabía qué esperar de aquella nueva situación.

No sabía si era de nuevo un prisionero.

Lo habían tratado sin violencia. Pero era obvio que, sin montura, víveres o bastimentos, no necesitaban encerrarle para retenerle.

Le habían dejado dormir en una de las yurtas, cerca de la estufa central, entre mantas de buena calidad. Corpulentas mujeres de manos callosas le habían ofrecido una infusión salada a la que habían llamado cha; una bebida extraña, pero reconfortante. Apenas había entendido más que alguna palabra suelta, aunque, con gestos de ánimo, las mismas mujeres de aspecto curtido lo habían conminado a comer algo de cuajada y un estofado frío de una carne que no reconoció.

Desde el mismo instante en que el tal Kachiun lo acompañara hasta allí, todos en el campamento lo habían tratado con deferencia. El mogol había soltado largas parrafadas con cuantos se habían cruzado y Laín, sin entender lo que se decía de él, no supo qué pensar.

Antes de que pudiera preguntar, otros hombres, entre risas y jolgorio, habían venido a buscar a su anfitrión. Y aún no había vuelto a verlo.

Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, bajo el sol de la mañana, se sentía cómodo, por el mero hecho de estar junto a los caballos.

Como le había sucedido desde niño, parecía entenderse mejor con los animales que con sus semejantes. Y, cariñoso, le revolvió el flequillo al jumento, que dejó escapar un suave relincho de contento.

—Te tratan bien aquí, ¿verdad? —le preguntó al poni al reparar en el pelaje lustroso y las crines desenredadas.

Pensativo, asaltado por los recuerdos, abandonó las caricias y rebuscó entre sus ropas.

Después de tantear un poco, extrajo un pedazo de tela sobado y, acodado en la valla, bajo la atenta mirada del picazo, lo extendió en sus manos.

Era la cruz encarnada que su padre se había arrancado para entregársela.

Era lo único que le quedaba.

Aquel remiendo descosido era cuanto tenía para no olvidar quién era y de dónde venía.

El caballo la olisqueó con curiosidad, pero Laín no se dio cuenta. Estaba recordando aquella mañana en la que se había ofrecido a acompañar a los hombres de San Paio en la cruzada a la que llamara el rey Teobaldo de Navarra.

Se sintió vacío.

Las yemas de los dedos acariciaron la urdimbre. Palparon los relieves. Siguieron los hitos en un mapa, el mapa de su propia vida, contenido en aquel pedazo de tela.

—¿Qué voy a hacer? —le preguntó al caballo.

Miró fijamente cada uno de los brazos de la cruz. En los contornos aún se veían los restos de las puntadas; de algunas todavía colgaban, rotos, los hilos con los que había sido cosida al sayo de don Rodrigo.

—¿Qué…?

A su alrededor, la mañana se iba desgranando y, mientras él seguía junto al corral, el campamento de los mogoles despertó. Al poco, aparecieron más hombres que se afanaron con las tareas del día. En algunos rostros se veían los estragos de la noche anterior, pero el buen ánimo por la victoria sobre los nizaríes podía palparse en las bromas que se oían en aquel idioma extraño, en las palmadas en la espalda, en los saludos efusivos.

Ajena a las tribulaciones de Laín, la vida continuaba.

Pero ni el manso picazo ni la sobada tela tenían las respuestas que él necesitaba.

—¡Europeo!, llevaba un buen rato buscándote…

—¿Te han tratado bien?, ¿has comido?, ¿necesitas algo?

Laín dio una última caricia al picazo y se volvió hacia aquella voz afable.

—¿Soy vuestro prisionero? —preguntó sin tapujos.

El mogol lo miró con expresión de sincero desconcierto. Y algo de su vitalidad de buena mañana pareció apagarse.

—Por el Padre Cielo, no. Claro que no. Me salvaste la vida —le respondió con una amplia sonrisa—. Tú mataste a ese bastardo malnacido. No, europeo. No eres un prisionero. —Y a Laín le pareció que decía la verdad.

Se miraron indecisos durante un instante. El caballo los observaba a ambos con curiosidad.

—Soy Kachiun, del clan de los lobos —volvió a presentarse el mogol—. Mi padre, Kashar, fue uno de los exploradores que el kan Batu envió a las tierras de los magiares y más allá. Fueron espías que descubrieron las rutas de los romanos y desvelaron vuestros secretos viajando hasta el río al que vosotros llamáis Duna…

Hablaba de los ataques sobre los que ya había oído rumores en Venecia, y supuso que se refería al inmenso Danubio. Laín también comprendió que no merecía la pena sacarle de su error y explicarle que poco tenían que ver los campesinos gallegos con el reino de Polonia o con los sanguinarios magiares.

La noche anterior, el fuego les había metido prisas y apenas habían cruzado unas pocas palabras, pero Laín captó que el mogol se estaba presentando formalmente, según sus rituales.

—… Y yo soy rastreador —continuó—. Tengo a mi cargo un jaghun de cien hombres que pertenece a la hordu al mando del general Guyuk, quien sirve a nuestro kan Hulagu, que es hijo de Tolui, quien fue hijo del señor de los mares de hierba, el gran Gengis.

Lo miró con ojos orgullosos, y el caballo, que no se había despegado de su lado, lo urgió cabeceándole suavemente en la espalda.

—Yo soy Laín, de la torre de San Paio.

La escueta presentación intrigó al mogol, aunque advirtió enseguida que el europeo era hombre de secretos, y Kachiun podía respetar eso.

—Está bien, Laín —logró decir, pronunciando el nombre de manera peculiar—, pues debes saber que tienes la hospitalidad del pueblo de las estepas. ¡Bienvenido!

Bajo la amplia sonrisa de Kachiun, se sujetaron las muñecas.

Dada la expresión adusta de su huésped, el mogol se hizo cargo de la conversación. Y, mientras paseaban por el campamento, como hombre orgulloso de sus raíces, fue desgranando detalles de sus gentes y costumbres. Incluso tuvo el tacto suficiente de hacer pocas preguntas.

—Nuestro señor Hulagu ha partido al amanecer para reconocer el terreno — explicaba—. Llegamos aquí sobrepasando el gran lago de Kaspioi y atravesando el Damavand, y pronto caeremos sobre Bagdad —dijo con entusiasmo—. Llegaremos hasta Judea, tomaremos Alepo, y Damasco. Alcanzaremos las pozas de Goliath.

Se percibía cuánto se enorgullecía de los suyos y, mientras el sol avanzaba hacia su cenit, Kachiun contó innumerables historias de su pueblo. Incluso un somero relato sobre los comienzos de su adorado Gengis, que, en su infancia, había sido abandonado por el clan junto a sus hermanos y a su madre viuda.

—Fueron capaces de sobrevivir al invierno. Sin armas, sin espadas. Ni siquiera un mísero arco les dejaron y, aun así, Gengis y su familia salieron adelante —comentó con admiración—. Hierbas, raíces, y hambre hasta que se las apañaron para cazar marmotas.

Laín asintió, sin prestar demasiada atención al parloteo, ocupado con sus propias tribulaciones.

—Esas tierras, al nordeste, cerca de la Montaña Roja, son duras —recalcó convencido—. En invierno, la nieve lo puede todo, los ríos se convierten en hielo; incluso los suelos se congelan y se vuelven impracticables, como si fueran roca viva. Yo he estado allí —aclaró con aires soñadores—. Por las mañanas, hasta se pueden partir las crines de los ponis, y tus propios cabellos, si no tienes un buen gorro con el que abrigarte —añadió, revolviéndose el oscuro flequillo—. Y el gran Gengis, el que unió a todas las tribus bajo un único estandarte, se las arregló para sobrevivir y para alimentar a los suyos.

El campamento había despertado por completo y, a su alrededor, empezaban a notarse signos de actividad. Como una exhalación, unos chiquillos pasaron corriendo frente a ellos y, tras los zagales, apareció también un perro manchado que movía el rabo, contento. No podían tener más de cinco o seis temporadas, pero ya llevaban con ellos varios puñados de flechas y aquellos curiosos arcos recurvados. Era fácil adivinar que se disponían a buscar algún lugar donde practicar su puntería.

Aquel detalle no era más que una constatación de lo que había visto al abandonar Alamut. Entre los escombros humeantes y las llamas, se intuía el perfil de un acerico. Sobresalían cientos, miles de flechas clavadas en los cadáveres, los maderos y cualquier lugar imaginable. Sin duda, los mogoles habían construido gran parte de su éxito en la guerra gracias a sus potentes arcos.

Durante un rato, con largas preguntas y escuetas respuestas, Kachiun se interesó por su huésped.

—… No muy lejos del lugar en el que se alza la gran iglesia del apóstol Santiago —aclaró Laín al hablar de dónde había venido—. A apenas un par de días de marcha de Finisterra, donde empieza el gran océano.

Para su sorpresa, el mogol asintió como si comprendiera a la perfección.

—Sí, el gran templo de Jacobo. El orfebre Guillaume el Parisino, el que alzó el árbol de plata frente al palacio de Qara Qorum, me habló de ello. Tan importante como santa Sofía, o como la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén.

Aquello asombró a Laín, que no esperaba semejante familiaridad tan lejos de su hogar.

Pronto comprendió que los mogoles, al contrario que los mahometanos o que los propios cristianos, no se mostraban cerriles con los extranjeros. Gracias a lo que Kachiun le explicó de las hordas y el modo en el que se organizaban sus ejércitos, el gallego entendió que en aquel pueblo eran los méritos individuales los que daban valor al hombre, no su lugar de nacimiento o quién era su padre. El gran Gengis había sembrado la semilla, ascendiendo al más alto poder desde la nada, y se había empeñado en fomentar el ejemplo. Y los extranjeros eran admitidos si ofrecían alguna habilidad o conocimiento que fuera de utilidad.

Tocándose las escamas de su armadura, Kachiun le explicó que su pueblo había aprendido a fabricarlas de los chin. Y también, que el orfebre parisino había sido capturado en la «ciudad blanca» de Belgrado y que el kan Mongke le había pagado con generosidad a cambio de que fundiera y tallara, para el atrio de palacio, un árbol de plata con cuatro caños que vertieran, a su elección y para sorpresa de los invitados, leche de yegua, vino, licor o hidromiel de arroz.

Además, en la ciudad de Qara Qorum, según le dijo, había muchos más extranjeros que el platero franco. Había también magiares que habían traicionado a su pueblo, rus que habían aceptado su derrota y mercaderes de todas las nacionalidades, que iban y venían por las rutas de las sedas y las especias.

Laín descubrió que a los mogoles les importaba muy poco a quién rezase cada cual: entre ellos había cristianos caldeos, mahometanos de diferentes tribus, budistas, taoístas e incluso viejos persas que aún adoraban a un tal Zaratustra. Según le contó, en Qara Qorum había mezquitas, pagodas, sinagogas e iglesias cristianas, tanto caldeas como romanas. Y los mogoles no tenían problema alguno en tomar por esposas a mujeres de cualquiera de aquellas confesiones.

—Lo que haces, es lo que vales —le había dicho Kachiun con una sonrisa, como invitándole a quedarse con ellos si así lo deseaba.

Todo aquello reavivó punzadas de un dolor que Laín ya creía olvidado, pero no le trajo las repuestas que había estado buscando. Pensativo, metió de nuevo la mano en su sayo y tocó la cruz encarnada.

Cuando volvieron a la yurta para comer algo antes de la tarde, Kachiun volvió a sacar el tema de los orígenes, pero de un modo peculiar.

—Antes de que cruzáramos el Oxus, nos topamos con un misionero flamenco que había acompañado al rey Luis de los francos a Egipto —dijo con aire casual—. Volvía de la capital igual que otros enviados de vuestro rey de las iglesias…

Laín entendió que se refería al papa Inocencio, e intuyó que hablaba sobre los frailes que habían sido enviados a Oriente como legados que solicitaban ayuda de los mogoles para luchar contra los mahometanos.

—… La respuesta de nuestro señor fue clara: los reyes europeos deben rendir vasallaje al kan, único rey verdadero bajo el Padre Cielo.

Ya le habían puesto un cuenco con cuajada en la mano, y estaba a punto de llevarse la primera cucharada a la boca cuando se quedó a medio camino.

—Nos contó que cerca de Ulus se había encontrado con otro europeo que lo había acompañado hasta Qara Qorum —relató el mogol—. Un hombre que había llegado en las campañas de los cristianos para conquistar Gaza, y nos dijo que era un noble que venía de las tierras que están junto a la iglesia del santo Jacobo.

Laín dejó la cuchara en la escudilla y la depositó en el suelo, a los pies del escabel donde había tomado asiento.

—¿Un cristiano?

—Sí —contestó Kachiun, comprendiendo de inmediato que el trivial comentario había ganado gravedad de pronto.

—¿Para las campañas de Gaza?

—Así es.

—¿De las tierras donde está la catedral de Compostela?

El mogol dudó un momento y Laín se corrigió de inmediato.

—La gran iglesia de Santiago…, del santo Jacobo.

—Eso fue lo que nos dijo.

—¿Estás seguro?

Aquella pregunta extrañó a Kachiun, pero contestó igualmente:

—Las noticias viajan rápido en las praderas. Somos un pueblo nómada —aclaró con seguridad—. Sí, estoy seguro. Era un misionero flamenco que viajaba en nombre del rey Luis y regresaba con salvoconducto del kan Mongke. No tenía por qué mentir.

Laín se tomó un instante.

—¿Y qué fue del cristiano?

—Ah, estaba enfermo y se quedó en Qara Qorum.