Laín
Estrofa XI. El eunuco
ESTROFA
XI
E L EUNUCO
«Bien valdrá, como creo, un vaso de buen vino».
Vida de santo Domingo de Silos, Gonzalo de Berceo
Llevaba en la piel el color trigueño del cereal maduro.
Y, aunque no era devota, se había preparado para el amor. Untada en afeites, arreglada con aleña, depilada con arsénico y alumbre. Lista para recibirle.
En la base de su espalda, donde las curvas perdían la timidez, se abría un hueco donde él encajaba su mano. Casaba tan bien allí, que aquel surco de carne vibrante parecía hecho a propósito para que él pudiera sujetarla y atraerla, tirar de ella para perderse en sus labios, que se abrieron, ansiosos, entre jadeos.
Era alta, casi tanto como el muchacho. Pero más menuda, fina como juncos de ribera. Sus ojos tenían el mismo tono de la miel que había recogido de niño, allá, lejos, en las colmenas de corcho que el viejo Tomás rodeaba con un coso de piedras para evitar la glotonería de los osos.
Antes de que las bocas se separasen, ella recorrió con la lengua el interior de sus labios y a él se le escapó un gemido quedo, lleno de impaciencia. Algo de lo que ella se regocijó, porque sabía bien lo que hacía y, cuando él quiso acercarse de nuevo, ella sólo le ofreció la mejilla y, en lugar de besarlo, lamió la juntura entre la quijada y la oreja, mordisqueó el lóbulo y, cuando lo dejó ir de entre sus dientes, sopló, provocándole un escalofrío que lo hizo temblar de placer.
Notó que la mano del joven tiraba de ella otra vez, apretando la carne de su espalda. Y se escurrió como una fierecilla asustada para ponerse tras él con una vuelta de bailarina mientras con las uñas le dibujaba arabescos en los hombros, oprimiendo lo justo para evitar arañarle, pero dejando huellas de lascivia.
Sintió bajo las yemas de los dedos que él se agitaba, que reaccionaba a sus caricias con una pasión que luchaba por desbordarse.
Manteniéndose tras él, pasó las manos por los brazos, percibió los músculos, abultados y tensos. Las venas que palpitaban bajo la piel, pintando sombras como ríos descendiendo la montaña. Traviesa, inclinó el rostro y le susurró al oído mientras sus dedos, aleteando como pajarillos, siguieron el contorno de su pecho, donde se detuvieron para palpar la dureza del torso y pellizcar la blandura de los pezones. Continuaron bajando, deslizándose por el vientre, repasando el cuarteado de su abdomen y, en cuanto llegaron a la costura de la única prenda que él aún conservaba puesta, huyeron espantadas.
Escuchó un nuevo gemido. Esta vez lleno de frustración, y, cuando él se volvió hacia ella, lo miró con intensidad. Estaban de nuevo cara a cara. Y había algo en aquellos ojos cenicientos, algo perturbador, pero lo sintió lejos y consintió cuando él la aferró con ambas manos y la sujetó por la cintura, encontrando de nuevo aquel asiento que parecía hecho a la medida para sus dedos fortalecidos por la espada y la ballesta.
Volvió a ofrecerse para un beso largo, lleno de las prisas que lo atormentaban. Y, antes de que volviera a impacientarse, deshizo el nudo y desenredó la tela que había quedado colgando en su hombría, preparada desde hacía tiempo para el fin que se avecinaba. Cuando los calzones cayeron, las manos de ella lo acogieron, lo apretaron, deslizaron la piel cálida y palpitante. Lo escuchó gruñir y, sin soltar aquella firmeza que había encontrado, lo guió hasta la alfombra y los cojines. Tiró de él como una chicuela traviesa, riendo con risas quedas y coquetas.
Se dejó caer y le pasó los dedos por las corvas. Entonces abrió la boca, dejó salir un ronroneo y le permitió a él entrar.
En cuanto los labios de ella rodearon el glande, él corcoveó instintivamente y ella volvió a usar la lengua con pericia. Sabía manejar las debilidades de los hombres. Le bastó usar su boca unos instantes más para saber que estaba logrando enloquecerlo.
Entonces lamió el miembro por última vez y echó la cabeza hacia atrás para mirarle a través de los encajes de su cabellera negra.
Lo llamó para que acudiera. Con una voz que era una trampa ineludible. Y él se tumbó a su lado, intentando acariciarlo todo y titubeando en cada gesto.
Ella se inclinó y le ofreció sus pechos, que eran pequeños y atrevidos, con areolas oscuras y pezones como bayas dulces que él acertó a probar enseguida. Luego encontró un lunar que se escondía junto al ombligo, y lo cató también. Usó la lengua como una mariposa, libando de su piel. Y, mientras lo hacía, ella le tomó la mano, la apartó de su seno, donde jugueteaba, y la guió a la horquilla entre sus piernas para que él conociese por primera vez los secretos de una mujer. Le enseñó a palpar su humedad, a encontrar la pequeña protuberancia carnosa escondida entre los pliegues de la delicada alcancía y a usar sus dedos para hacerla temblar también.
Fue un buen alumno. Aprendió rápido. No tardó mucho en probar cosas nuevas. Cambió el ritmo, la fuerza con la que acariciaba, los gestos, la cadencia. Y, en breve, ella se ofreció abriendo sus muslos, entre los que él deslizó sus dedos hasta la calidez que ella le brindaba.
Cuando los sacó, ella se los llevó hasta la boca y los lamió, cambiando el brillo con el que relucían en la luz de lamparillas de aceite. Entonces le susurró que se montara sobre ella, y él encontró enseguida su camino y descubrió al fin lo que se sentía.
Corcoveó, empujó con toda el ansia y la frustración que lo habían arrastrado hasta aquel momento. Y ella lo invitó a continuar. Clavó las uñas en su espalda, en las nalgas, atrayéndolo. Y se movió al unísono, haciendo girar levemente las caderas, apretando, sintiendo.
Eran tantas sus ansias que la tomó bajo las axilas y la levantó. Él se puso en pie y ella enroscó las piernas en su cintura para dejarse colgar de su hombría. La sujetó con firmeza por las caderas, y las manos, recias, la movieron adelante y atrás, cada vez con más prisa. Hasta alcanzar un frenesí.
No duró mucho. Aunque ella ya lo había imaginado. Sabía que aquélla era su primera vez.
Él se desbordó con un gruñido en el que pareció liberar mil demonios y la confusión de toda una edad. No sólo descargó dentro de ella lo que no se habían llevado las noches de sueños inquietos, sino también fantasmas del pasado y espectros del futuro.
Se derrumbaron sobre las alfombras apiladas y los cojines. Se dejó caer encima de ella y ella lo recibió con un abrazo cálido. Estaba haciendo su trabajo, pero le gustaba aquel extranjero.
Por eso no se resistió cuando, al poco, él quiso volver a comenzar. Volvieron a entregarse a las pasiones del sexo, con menos titubeos y más experiencia.
Enredaron sus piernas y permanecieron sobre la alfombra. Y cuando sintió que él se acercaba al fin, lo invitó a salir con palabras de lascivia. Tomó lo que él le ofrecía y agitó la mano. Hasta que él se derramó sobre su pubis depilado y esparció su simiente sobre la piel, morena, suave, brillante por el sudor.
Aún lo hicieron una vez más.
Luego, él se quedó dormido plácidamente, y ella observó el rostro anguloso, el mentón definido, y se dio cuenta de que era mucho más fácil contemplarlo así. Y comprendió que era porque aquellos ojos perturbadores estaban cerrados.
Le acarició la frente y le apartó un mechón rebelde que caía junto a la ceja izquierda.
Antes de que amaneciera, él se había levantado, vestido y marchado. Sin otra palabra que una breve explicación sobre que debía hacer volar a su halcón.
Ella pudo descansar un par de horas más hasta que, entrada la mañana, llamaron a su puerta y no le quedó otro remedio que echarse algo sobre los hombros para atender a su visitante.
—¿Se dio cuenta de algo? —inquirió Ciriaco, mirándola expectante.
—No —repuso ella convencida—. Se dejó llevar en cuanto me mostré zalamera.
El mercader de reliquias dejó que una enorme sonrisa le iluminase el rostro y la mancha de su mejilla bailoteó feliz.
—Bien, bien —dijo sacando unas monedas de la bolsa y depositándolas en la alfombra donde se habían sentado—, mejor así. Estaba más que preparado. Y yo quería asegurarme de que no se topara con hembras de cierta calaña. Supongo que ya me entiendes… Me alegro de que haya salido bien.
—Pues puedes quedarte tranquilo —le dijo segura—. Él sigue creyendo que soy una simple tintorera. Y tú sabes que ésa es casi toda la verdad.
No llevaban mucho tiempo en Berseva, pero Ciriaco ya conocía todos los secretos de la laboriosa aldea y tenía la certeza de que la mujer no le engañaba. Se llamaba Aaliyah, y era cierto que se ganaba la vida con el índigo, ese curioso tinte amarillo que acababa dando telas de un bellísimo azul profundo. El propio Ciriaco había comerciado a menudo con la valiosa pasta, pero seguía sorprendiéndose por el alto valor que podía adquirir aquel mejunje que se conseguía al procesar las hojas de un arbusto de aspecto tan humilde, con pequeñas flores de color mucho más modesto que el que podían dar al trabajar las telas. Hacía falta maña y un cierto aprendizaje para dominar aquellos asuntos y garantizar productos de calidad, y los tintoreros hacían sus ganancias. Sin embargo, una viuda joven como ella no siempre podía salir adelante sin algo de ayuda y, de tanto en tanto, se socorría de la alcoba para asegurarse un futuro en el que pudiese espantar el hambre. Algo que, además, no le era extraño.
Por lo que Ciriaco sabía, ella misma era fruto del pecado a ojos de dos culturas distintas y un ejemplo unívoco de lo que confluía en Berseva, donde no había ulemas fanáticos ni sacerdotes que quisieran seguir el ejemplo de la Inquisición. Su madre, muerta en el parto, era cristiana caldea. Su padre, asesinado por unos bandoleros que querían robar sus reservas de añil, había sido un mahometano nizarí que había escapado de las montañas del norte, harto del fanatismo. Como resultado, ella vivía su vida sin preocupaciones por la piedad o la devoción.
Y en el pecado la había conocido él. Así se le había ocurrido la idea de encelar a Laín y dejar que se convirtiera en hombre por algo más que el aspecto ganado en los últimos meses.
—Claro —dijo comprensivo mientras rebuscaba entre sus ropas nuevas, teñidas con aquel prodigioso y caro añil, para abrir su bolsa una vez más y dejar otro par de monedas—, desde luego.
Se despidieron como amigos y él abandonó la casita, que estaba rodeada de pozas hechas con ladrillos de adobe en las que la mujer desempeñaba su oficio.
Era un lugar modesto Berseva. Poco más que una aldea que aprovechaba el escaso bien del agua en el desierto en virtud de unos pozos que habían sido excavados en los tiempos del mismo Jesucristo. Como muchas otras poblaciones desperdigadas por aquellos pagos de Tierra Santa, allí rápidamente se despertaba la morriña de los bosques que habían dejado atrás en Navarra y Castilla.
Berseva no ofrecía más ventajas que la de ser paso transitado por caravanas que iban al norte hacia Jerusalén o Acre, al sur hacia Mascate y los aljofares que se extraían del mar de Ormuz, hacia poniente hasta Gaza y a levante hacia las rutas de las sedas y las especias, ahora controladas por los mogoles. Sin embargo, pese a su modestia, era una villa donde se vivía y se dejaba vivir, porque allí había armenios, seljúcidas que habían traicionado a su soldán, suníes y media docena más de mahometanos de diferentes ideologías, gentes de Gazna, beluchistaníes, hebreos que mercadeaban en el pequeño barrio judío, y lo que había llevado a los tres hasta allí: cristianos caldeos, los únicos aliados con los que podían contar en aquellas tierras hostiles.
Además, su pequeño tamaño y escasa importancia la libraban de ser objetivo de las campañas militares de unos u otros. Y casi cumplía a la perfección su papel de oasis en el desierto con unas pocas palmeras datileras, algunos camellos en un menudo caravasar y unas cuantas cabras que apacentaban chicuelos medio desnudos que se tiraban piedras entre risas y correteos.
Estaban bien allí, sin noticias de los templarios y sin rastro de sus perseguidores, y era el lugar donde podrían descubrir algo, porque, de entre todos los que se movían a un lado y a otro por aquellos lares, sólo podían confiar en los hebreos, si es que conseguían romper el muro con el que se separaban del resto de gentes, o en los más próximos caldeos, con quienes compartían al menos un dios, aunque no las costumbres.
Bajo aquel sol que parecía no cansarse jamás, Ciriaco paseaba entre las apiñadas casas, sintiéndose cómodo entre aquellas gentes que había empezado a conocer, saludando a unos y a otros sin importar la fe que practicaban.
De buen humor, el mercader estaba disfrutando de una plácida caminata en la que intentaba aprovecharse de las mallas de sombreo tendidas entre las estrechas callejuelas.
Se topó con un estrafalario grupo de derviches, monjes musulmanes errantes que andaban de aquí para allí. Como era su costumbre, iban rapados de pies a cabeza, harapientos, con rotundos callos en la frente que daban fe de las cinco veces al día que se postraban para orar. Apestaban a sudor rancio y le hablaron con prisa y deferencia, incluso le ofrecieron unas migas resecas, porque el arcángel Gabriel, el mismo que había revelado las Sagradas Escrituras a Mahoma, también había llevado pan al paraíso para dárselo a Adán.
Ciriaco, escarmentado por el sabor salitroso, rechazó con la mayor humildad el currusco que le ofrecieron, los dejó a un lado y siguió su camino. Tanteaba la idea de, tras las lecciones de parsi, pedirle al muchacho que jugara unas plácidas partidas de ajedrez; empezaba a comprender algunos de los misterios del juego y estaba demostrando que podía llegar a convertirse en un rival digno.
Era un buen plan mientras seguían esperando noticias. Con el ajedrez despistaba las ideas, y el mercader, que estaba librando una lucha en su interior, agradecía alejarse de las tentaciones que le asaltaban en los últimos tiempos.
Sin darse cuenta de ello comenzó a tararear una tonada y, cuando dobló la esquina que bordeaba el taller de un artesano que reparaba arreos para los camellos, apareció ante él su amigo Guy y un acorde se le quedó sin terminar, prendido en los labios.
Venía agitado, con el sudor perlando su frente y la mirada ansiosa. Era evidente que lo había estado buscando. Y en cuanto llegó a su altura le preguntó a borbotones:
—¿Dónde está el muchacho?
Ciriaco pudo haberle contado algo, pero se limitó a disimular.
—Supongo que habrá ido a volar ese halcón suyo —dijo con un encogimiento de hombros.
—Pues hay que encontrarle —tascó Guy con prisas.
—¿Qué sucede?
—Ha llegado una caravana con noticias.
El mercader sabía que, desde su llegada a Berseva, ésa había sido la mayor preocupación del gascón. Interrogar a cualquiera que llegara o partiera desde la villa.
—¿Sobre los hombres de Teobaldo? —inquirió Ciriaco, no sin desear una vez más que su amigo fuera de verbo más fácil.
Y la respuesta fue un mero asentimiento, lo que obligó al mercader a suspirar con resignación.
—Por el amor de los cielos, no voy a cobrarte si te explicas.
Guy lo miró con su único ojo, con una expresión torva.
—Sí —dijo como si tuviese los labios cerrados con argamasa—, tenemos noticias de lo que sucedió con los hombres que Teobaldo perdió en Gaza.
Aquello era lo que habían estado aguardando. Y Ciriaco se alegraba por el muchacho, porque sabía lo mucho que significaría para él. Sin embargo, también suponía un trastorno para los planes que había comenzado a idear.
—Está bien —dijo el mercader acudiendo de nuevo al disimulo—, buscaré al zagal y nos encontraremos en el caravasar.
Y, sin añadir nada más, Guy se dio la vuelta y se puso en marcha.
Algo del escepticismo descarnado de Guy había calado hondo en el joven Laín.
Pese a los esfuerzos de Ciriaco o a la visión mucho menos espiritual de Aaliyah, con la que también había hablado sobre el asunto, el joven gallego seguía sin entender el jaleo de las iglesias cristianas y sus doctrinas. En San Paio, incluso no siendo más que un pequeño feudo perdido entre los montes verdes en el fin del mundo conocido, Laín había vivido bajo el influjo de la omnipresente Iglesia de Roma. Sin embargo, criado casi como un salvaje, habiendo pasado más tiempo en el bosque que con sus semejantes, su conocimiento de liturgias y teologías era muy limitado. Además, los palos que había recibido en su vida y la indudable referencia del infante gascón habían carcomido su fe.
Lo único que sabía con certeza era que un fraile llamado Nestorio se había convertido en patriarca de Constantinopla y que con sus homilías había sembrado semillas que se convirtieron en discordia. Pero nada más, porque Laín no entendía qué tenía que ver en todo aquello la naturaleza divina o mortal de Jesucristo, o si el crucificado había sido hombre y dios a la vez, o si había sido, además, el Espíritu Santo; menos aún comprendía la sacra maternidad de la virgen María o las regañinas sobre el papel de san José. Ésas y el resto de las diferencias que marcaban la lucha entre los cristianos de Oriente y Occidente suponían asuntos de los que Laín prefería mantenerse alejado.
De ahí que su mayor preocupación con respecto a los cristianos caldeos fuera, precisamente, lo que los había llevado a Berseva.
Desde Edesa a Bujará, desde Merv hasta la mismísima Qara Qorum, partiendo de la enigmática Ormuz hacia Samarcanda. Germanicia, Ispahán, Alepo, Mosul, Petra, Mascate.
Aquélla era una lección más sencilla que la de comprender si María había sido madre únicamente del hombre o también del ser divino, y Laín la había aprendido pronto gracias a Ciriaco: donde no llegaba la fe llegaba el comercio.
De un modo similar a los mercaderes hebreos, los cristianos caldeos iban y venían de todos aquellos lugares vendiendo y comprando todo lo imaginable y, lo que era más importante, escuchando cualquier rumor, pues en aquellos días las caravanas eran la única fuente de noticias en todo el Oriente.
Se llamaba Cosroes y a Laín le gustó desde el primer instante, porque iba siempre acompañado de un cuervo de la Palestina al que había amaestrado. El pájaro, de pecho ceniciento y algo más pequeño que los congéneres gallegos que tantas veces había observado Laín, no abandonaba nunca el hombro del caldeo y parecía contento de obedecerlo, pues se movía de un lado a otro según le indicaba su amo y se mantenía en silencio sin intentar alzar el vuelo.
El cuervo tenía un plumaje lustroso y, sin embargo, su dueño se estaba quedando calvo. El poco pelo que le rondaba las orejas lo llevaba tan recortado como la misma barba, y ambos eran negros como el azabache. Aun así, apenas destacaban en un rostro tan moreno y curtido que parecía un pellejo abandonado al sol de los desiertos que cruzaba. Sus dientes carcomidos tampoco resaltaban entre los labios finos, y lo único que llamaba la atención eran sus ojos, de un verde claro perturbador en un rostro tan oscuro. Resultado, según él les dijo entre amplias sonrisas, de tener algún antepasado entre las huestes griegas del mismo Alejandro Magno, que había conquistado aquellas tierras tantos siglos atrás, pasando a fuego las ciudades y aprovechándose de las mujeres.
Crecido como estaba, Laín le sacaba una cabeza y no menos de una fanega de peso, porque Cosroes era más bien canijo. Y tanto miraba a todos lados, que tenía el aire de un ratón que, asomado por la boca de la madriguera abierta en la despensa, echase vistazos desconfiados a derecha e izquierda no fuera a aparecer el gato de la casa. Algo que, junto a los andrajos que vestía, le daba un aire de rufián venido a menos.
Sin embargo, aun sin parecerlo, tenía fama de ser uno de los mejores caravaneros que pasaban por Berseva y habían oído sobre él referencias que daban crédito a lo que pudiera contarles.
Tal y como delataba el follón que llegaba desde fuera, estaban en el caravasar, en cuya explanada principal se preparaba una enorme caravana con destino a Qara Qorum compuesta por más de un centenar de camellos, decenas de mulas, acemileros, guías, jinetes, guardias armados y cualquiera que quisiera apuntarse y fuera solvente, porque, en general, la fuerza la daba el número, y cuantos más se enrolasen, más fácil sería evitar acabar en manos de bandoleros, turcos seljúcidas, mogoles o cualquier otro que tuviera la idea de asaltarles.
En el modesto caravasar de Berseva se repartían los almacenes, bastimentos y corrales de media docena de jefes de caravanas y de un buen puñado de comerciantes que ofrecían dátiles, pescado seco, odres, mantas de oración, gualdrapas y casi cualquier cosa que pudiera necesitar un viajero.
Todo estaba envuelto por aquel aire reseco propio del desierto, con el levísimo dejo del estiércol seco y duro de los camellos, únicos bichos que aguantaban el traqueteo por las arenas sin desfallecer. Y además de las voces, los gritos, los insultos y los bramidos de los animales, se escuchaba el enloquecedor tintineo de los cascabeles que adornaban los arreos de muchos de los animales.
Se habían reunido en el almacén de un hebreo de nombre Neftalí ben Jesse, un respetado hombre de la comunidad, amigo personal del rabí que guiaba a la pequeña población judía de la ciudad y referente para todos los que comerciaban en aquel lugar de paso.
Neftalí, de larga barba, nariz aguileña, ojos pardos y largos rizos que colgaban junto a sus patillas, al uso en los hombres de sus tribus, hacía tratos con Cosroes. Y había sido el judío quien avisara a Guy de que había llegado al caravasar de Berseva quien podía darles razones a sus cuitas.
Sentados en unas corachas de mijo, entre los rayos de sol que parecían sostener el polvo y la arena que nunca faltaban en aquella ciudad, era Ciriaco el que llevaba el hilo de las presentaciones y diplomacias. Y el menudo Cosroes respondía con susurros apresurados. Pero hasta el momento no habían sacado mucho en claro, poco más que vaguedades, algún comentario sobre las rutas, el tiempo, y el comercio a un lado y a otro del golfo Pérsico.
—Hemos pasado casi un año de viaje —explicó el caldeo—. Venimos de Mascate y hemos atravesado el reino de Ormuz, donde compramos un poco de esto y un poco de aquello. —El tono neutro daba a entender que callaba más de lo que decía—. También hicimos una última escala en Hira, donde sacamos partido de unos intercambios —aclaró, dándole poca importancia al asunto—. Ha sido una expedición modesta. Una caravana pequeña, de apenas media docena de camellos.
El hebreo, dándose cuenta de los recelos de ambas partes, intervino en la conversación para mediar con algunos elogios.
—Cuando se trata de perlas —dijo Neftalí, al tiempo que enredaba los dedos en las largas barbas que le llegaban al pecho—, lo más habitual son las grandes caravanas, con mercenarios contratados y gente de sobra para asegurar el destino. Sin embargo —aclaró levantando una mano—, nuestro amigo Cosroes prefiere moverse rápido y en silencio, sin llamar la atención. Le gusta hacerse pasar por un simple mercader de pescados secos o de mijo —terminó. Y palmeó uno de los sacos en los que habían tomado asiento, del que salieron despedidos unos cuantos pelos de camello.
Laín supuso que aquello explicaba el aire zarrapastroso del hombre. No podía negarse que el curioso personaje tenía la virtud de camuflar más que bien las riquezas que manejaba. Porque después del tiempo que habían pasado mezclados con la intensa actividad comercial de Berseva, el joven era consciente de que los aljofares de aquel golfo eran las mercaderías más valiosas que pasaban por aquel lugar.
Mientras observaban a Cosroes y valoraban las palabras del judío, el aludido se rascó la coronilla como si tuviese piojos, sin que ninguno de los tres llegase a saber si era parte del papel que interpretaba y, acto seguido, extrajo de la faja con la que sujetaba la cintura de su chilaba una gumía herrumbrosa con la que descosió la coracha en la que estaba sentado, metió la mano, sacó el puño lleno de mijo y empezó a darle granos a su cuervo, dejando que Neftalí terminase con las presentaciones.
—Ellos no tienen otra intención que encontrar a los suyos —le dijo entonces el hebreo a Cosroes—. No han venido siguiendo a ningún rey loco de los cristianos, no buscan gloria y no quieren conquistas. De hecho, estoy convencido de que se esconden de hombres peores —añadió para dejarles entrever que había intuido buena parte de la verdad que escondían a sus espaldas.
Dejó por unos instantes que el silencio ayudase a que sus palabras calasen y, al cabo, sentenció:
—Podéis fiaros de él —dijo dirigiéndose a los tres—. Y tú de ellos —insistió volviéndose hacia el otro.
Tras oír aquello, Guy soltó un gruñido que podía significar cualquier cosa, pues, al fin y al cabo, su dominio del farsi seguía siendo muy rudimentario. Sin embargo, Ciriaco captó mucho mejor las peculiaridades del asunto.
De su bolsa sacó un grosso veneciano que apoyó en uno de los sacos de mijo.
El cuervo y el hombre miraron el brillo de la plata con idéntica expresión de codicia.
—Muy bien —dijo Ciriaco entornando los ojos—, sea.
Era una muestra de buena voluntad y Cosroes, después de asentir, dejó que su cuervo picotease los últimos granos que tenía en la palma de la mano y, una vez vacía, la metió de nuevo en el saco, hurgando entre el mijo.
Al poco, extrajo del saco de cereal otro más pequeño de gamuza, usó la misma gumía para cortar el cordel de esparto que la cerraba y, con sus magros dientes, tiró del cabo hasta descoser todo el pespunte y abrirla.
De su interior surgió enseguida el inconfundible brillo de las perlas. Los pequeños orbes de nácar variaban en tamaño y color, pero Ciriaco se dio cuenta enseguida de que aquel andrajoso comerciaba con lo mejor de lo mejor. Porque entre la mercancía vislumbró el oriente de una magnífica perla negra del tamaño de un huevo de petirrojo, casi con la misma forma ovalada. Una joya así, en cualquier Corte europea alcanzaría precios capaces de arruinar un feudo.
Cosroes dejó entonces el saquito junto a la moneda de plata y volvió a atrapar otro puñado de mijo con el que alimentar a su cuervo.
—Habla —le dijo a Ciriaco.
—¿Sabes algo de los hombres del rey Teobaldo de Navarra?, ¿de los que se perdieron en Gaza?
Se habían terminado los rodeos. Todos estaban hartos de las formalidades y las pérdidas de tiempo.
—Puede que haya oído algo, pero no estoy seguro.
Ciriaco miró a Neftalí, que hizo un gesto de aquiescencia sacudiendo aquella nariz no tan distinta al pico del halcón de Laín, y el mercader de reliquias puso otras dos piezas de plata junto a la que ya había sacado antes. Gesto ante el que el hebreo añadió un aspaviento dirigido hacia Cosroes, para animarle a hablar sin tapujos.
—Los tiene el eunuco Wasif —dijo con aire sombrío.
Aquello no sirvió de mucho para ninguno de los tres extranjeros. Sin embargo, a Neftalí se le escapó un gemido pesimista. Estaban en problemas.
Bajo el cielo estrellado, a la luz de las hogueras, que servían para espantar a los malvados djinn, los nómadas, los beduinos, los caravaneros y cualquiera que no tuviera otra cosa que hacer tras haber atendido a sus camellos y haber asegurado su jaima, contaban historias.
Esas noches de campamento, en las que se compartía la hospitalidad obligada de los hombres que sobrevivían en las arenas, se confabulaban para que las leyendas corrieran por el desierto más veloces que los zorros fenecos.
Y cuando el mito tenía un matiz tan morboso como el del eunuco Wasif, las leyendas no sólo corrían, sino que también crecían. Tanto que costaba distinguir la realidad de la exageración.
Aun así, hubo unas cuantas cosas entre las que escucharon aquella mañana que parecían fuera de toda duda.
Según les dijeron, alternándose entre Cosroes y Neftalí, los eunucos eran esclavos sumamente apreciados para los harenes de los más pudientes.
—Un método expeditivo para evitarse los cuernos —comentó Ciriaco con su habitual chanza.
Algunos sonrieron con la broma, pero Laín no, porque lo que escuchó le hizo considerar con gravedad las circunstancias de su propia vida, pues de repente comprendió que, de haber nacido en otro lugar del inmenso mundo que empezaba a descubrir, su suerte podía haber sido bien distinta.
Normalmente se trataba de muchachos huérfanos o bastardos, aunque, en ocasiones, las familias más humildes acudían a los tratantes esclavistas, como los del reino de Ormuz, para vender a los hijos más pequeños, algo que no era extraño los años de sequía o hambruna. Podían castrarlos como a un caballo, quitándoles sólo las criadillas, y normalmente se buscaba convertirlos en tipos fornidos que sirvieran para guardar las puertas y asegurarse de mantener lejos del harén a libidinosos intrusos. Pero cuando se trataba de servir en el interior de las habitaciones que ocupaban las mujeres, el tajo no sólo se llevaba los testículos, sino también el pene, obligando a los pobres desdichados a llevar con ellos, para el resto de sus días, un cañón de pluma con el que poder orinar.
Entre estos últimos, se apreciaban además las deformidades. Muchos de ellos habían recibido brutales palizas para desfigurar el rostro, porque cuanto más grotesco fuera su aspecto más alto era su valor, pues menos posibilidades tendrían de encandilar a las esposas de su amo. Sin embargo, pese al vandalismo físico, a este tipo de eunucos se les formaba en escuelas especiales. La más prestigiosa, sita en la populosa Bagdad, suponía la mejor muestra de la excelencia que se pretendía en esa clase de esclavos. En aquellos centros aprendían gran cantidad de tareas domésticas, generalidades contables, nociones sobre la sharia, el fiqh y demás puntales de la vida islámica y, lo que era más apreciado, poesía, canto, música, las habilidades para tocar diferentes instrumentos y demás artes que pudieran servir de entretenimiento a las ocupantes del harén. Tras años de arduos estudios se convertían en sirvientes sumisos, deformes, generalmente obesos y con voces atipladas, pero con la capacidad de recitar las compilaciones de Abu’l-Faraj, entonar los poemas de Imru’l Qays o extraer las más bellas notas del arghul o el bendir.
—Nadie está seguro de dónde nació Wasif —explicó el caravanero hebreo—. Se rumorea que en Bujará, pero también he oído que en Amán, aunque hay quien dice que es heredero de los antiguos shas de la dinastía samaní, caída en desgracia después de que los seljúcidas arrasaran Ispahán…
—Paparruchas —interrumpió Cosroes—, es hijo de una zorra del desierto y del mismo Satán —concluyó ufano, dándole algo más de mijo a su cuervo e ignorando la mirada de fastidio del judío.
—Nadie lo sabe —repuso Neftalí, sin querer enzarzarse en discusiones inútiles—. Lo que sí sabemos es que fue vendido como esclavo, convertido en eunuco y educado en la escuela de Shiraz, donde fue comprado por un rico comerciante de tapices de La Meca.
Parte de la historia eran elucubraciones, y había en ella contradicciones, pero las habladurías daban la razón al hebreo.
Según se contaba, Wasif se ganó pronto la confianza de su amo. Era el esclavo ideal, bien dispuesto, habilidoso, con mano para tratar celos y rencillas en el harén, con una voz deliciosa que podía entretener a los invitados más ilustres y con un rostro tan horrendo que jamás despertaría el más mínimo interés entre las mujeres, de modo que no tardó mucho en desempeñar papeles importantes en el hogar de su dueño.
—A los pocos años —explicaba Neftalí rascándose su nariz de halcón—, ya no sólo era el jefe de los esclavos del harén, sino que también ayudaba a su señor con los negocios de tapices y alfombras. Al principio, poco a poco —aclaró—, pero ganando cada vez más importancia.
—Y durante todo ese tiempo se comportó como el perro más fiel —apostilló Cosroes—, sin un mal gesto, sin una protesta. Siempre obediente, siempre vertiendo miel con sus labios.
—Efectivamente —el hebreo asintió con agitar de sus barbas—. Tan bien lo hacía y tanto presumía su amo, que pronto se despertaron envidias entre otros nobles de la alta sociedad mequí. Se ofrecieron cantidades astronómicas por él, pero su dueño, orgulloso, se negó a venderlo.
—¡Pobre imbécil! —apuntó el caldeo mientras acariciaba al cuervo—. El altísimo castigó su vanidad.
Y Neftalí dudó entre darle la razón o no, incertidumbre que sopesó repasando el formidable puente de sus narices. Al cabo, tras encogerse de hombros y mirar por un momento al cielo, quizá para pedir perdón por mezclar a Dios con asuntos terrenales, continuó con la historia.
—Tan pagado estaba de sí mismo el tratante de tapices, tan seguro, que no se dio cuenta de que, en secreto, pese a sus deformidades y a su falta de hombría, el eunuco Wasif se había quedado prendado de una de las esposas encerradas en el harén.
Se llamaba Despina y era tan bella que, incluso cubierta con su velo, despertaba la lujuria de cualquiera que pudiese verla en las escasas ocasiones que su marido la permitía salir por la fastuosa ciudad de La Meca. Y ella, ansiosa por vivir fuera de los muros que la encerraban, se aprovechó del amor de Wasif.
—Lo usó para su propio beneficio —explicó el hebreo—. El pobre iluso debía estar asombrado al verse correspondido por semejante hembra. No pudo intuir que se trataba de una vulgar Lilith, una meretriz del mismísimo Samael, una pérfida sin corazón.
Apabullado por los encantos de Despina. El embobado Wasif había accedido a robar parte de los beneficios en los negocios de alfombras de su amo. A favorecerla en el trato del harén. Y, por último, incluso a organizar a la guardia y a los demás sirvientes para permitir el paso hasta el harén de un amante de la caprichosa mujer. Al parecer, un prestigioso médico de la ciudad que se dejó embaucar por el adulterio y por ella estaba dispuesto a cometer asesinato envenenando al tratante de tapices a la próxima ocasión en que solicitase un sanador por las frecuentes molestias que le ocasionaba su dispepsia matinal.
—Como no podía ser de otro modo, el escándalo estalló —contó Neftalí—. Al matasanos le abrieron las tripas, a ella la decapitaron y, cuando el tratante de alfombras decidió ajusticiar por su cuenta al eunuco, se encontró con una daga que le abrió el pecho, empuñada por el propio Wasif.
Antes de que los ulemas condenasen el sangriento crimen, el asesino ya había escapado con las alforjas llenas del oro de su amo muerto. Y también con el pecho lleno de odio, a todo y a todos, pues no sólo se había convertido en prófugo a ojos de una ley islámica que lo condenaría a muerte, sino que también había perdido a la mujer que amaba y lo poco, bueno o malo, que le garantizaba servir en la casa de un comerciante acaudalado.
—Dicen que, en su huida, mató a otros tres esclavos y a dos de los hombres del kelonter cuando intentaron apresarlo —contó el hebreo—. Salió de la ciudad una noche sin luna…
—Y a partir de ahí comienza la leyenda, porque no cabe otra explicación que acudir al maligno —puntualizó Cosroes.
Al parecer, sin que hubiese explicación posible a tal hazaña, en su loca fuga el eunuco Wasif se dirigió hacia el sur. Dejó atrás a sus perseguidores a base de cabalgar sin descanso, reventando un camello tras otro. Y se adentró en el peligroso desierto de Rub al-Jali.
—Es un auténtico páramo donde no hay más que arena y sol —aseguró entonces el caldeo—. Las caravanas lo cruzan únicamente a través de rutas que duran unos pocos días, acortando por alguno de sus extremos. No se sabe de nadie que haya sido capaz de atravesarlo. ¡Jamás! Es el infierno en la tierra, un lugar de muerte. —Por cómo hablaba se notaba el miedo que le inspiraba la sola idea de perderse en aquel desierto—. Allí, en ese páramo calcinado, es donde se alzaba la ciudad maldita de Ubar.
Aaliyah le había contado aquella historia a Laín, la «ciudad de las columnas», una joya en las arenas que había pagado caro el orgullo de sus riquezas. Había sido castigada por el mismo Allah a ser enterrada en el desierto. Una historia que a Laín le había parecido muy similar a la de Sodoma y Gomorra.
—No hay explicación posible. Ese malnacido tuvo que aliarse con alacranes y víboras —siguió Cosroes—, tuvo que vender su alma al mismo diablo…
Neftalí, más cachazudo que el nervioso caldeo, lo interrumpió para acercar el relato a lo terrenal:
—Explicable o no… Los prodigios están sólo en manos del altísimo. Wasif salió de las arenas de Rub al-Jali. De algún modo se las apañó para llegar a la costa del golfo, no lejos de Mascate.
A partir de ese punto las versiones también daban lugar a especulaciones. El hebreo y Cosroes divagaron por un rato sobre ellas. Sin embargo, quedó claro que había hechos consumados que despejaban buena parte de las dudas.
El eunuco Wasif se había apoderado de un antiguo monasterio caldeo al norte de Dammam, abandonado después de que el empuje de la hégira mahometana vaciara buena parte de los lugares cristianos de aquellas tierras.
Instalado en un cuartel que pronto atrincheró y, gracias a los dineros robados, Wasif fundó un imperio basado en el comercio de perlas y esclavos. Proeza a la que contribuyeron dos cualidades: una astucia demostrada en cientos de ocasiones en sus tratos con cualquiera que se atreviera a comerciar con él, y un desprecio absoluto por cualquier vida que no fuera la suya propia.
De una crueldad probada, el eunuco mantenía un pequeño ejército de mercenarios, una flotilla de barcas y un número indeterminado de esclavos a los que obligaba a jugarse la vida, un día tras otro, zambulléndose y pescando para él las ostras que se refugiaban en los fondos marinos de la costa al norte del estrecho de Ormuz, en el angosto brazo de océano que separaba las tierras de los beduinos del Beluchistán.
—No es el mejor tramo para las ostras, más abundantes cerca de Mascate, pero aquello son tierras inhóspitas en las que nadie le disputa su dominio —aclaró Neftalí.
Se rumoreaba que, a los esclavos, para obligarlos a trabajar, los amenazaba con irles cortando un dedo tras otro, empezando por los de los pies; y, si no obedecían, les abría un tajo en el vientre y los arrojaba a las aguas del golfo para que fueran pasto de los tiburones. O buceaban para que Wasif se enriqueciese o morían, descarnados en vida entre las terribles dentelladas de los escualos.
—Si quieres perlas, él es tu hombre —aseguró Cosroes—, y si tienes esclavos que vender, él los comprará. Por eso vuestros amigos han acabado en ese condenado lugar —explicó con evidente tristeza—. El gobernador de Gaza sabía bien lo que hacía. Podía haberlos ejecutado, pero prefirió condenarlos a una vida de penurias que acabaría con ellos sin remisión.
El silencio que siguió lo rompió Ciriaco:
—De lo que no cabe duda es de que ese tipo es un hideputa de cuidado.
Y por primera vez, el cuervo del caldeo graznó, como si quisiera darle la razón al mercader de reliquias.
Antes de que la ola del Islam barriese buena parte de Asia, mucho antes de que desde Roma y París se preocupasen por reconquistar las tierras que ocuparon los discípulos de Mahoma, los cristianos caldeos habían tenido tiempo de llevar la cruz hasta los lugares más remotos, incluso a muchos de los desiertos que proliferaban por aquellos países.
Con pocos medios y con el recuerdo de las persecuciones a las que los había sometido Roma antes de que el emperador Constantino decidiese abrazar el cristianismo, los caldeos había aprovechado para su culto muchas construcciones abandonadas y escombros de fortalezas que habían dejado atrás las conquistas y reconquistas de las múltiples guerras que habían asolado aquellas tierras desde los tiempos bíblicos.
Y eso era lo que estaban viendo ahora, después de la terrible marcha en la que los habían guiado Cosroes y su cuervo. Unas ruinas inmensas. Una mole enorme que recordaba a una pirámide truncada por unos zarpazos. Estaba construida con aquella piedra blanquecina que tenía el mismo color de las arenas que rodeaban la costa. Y aparecía cubierta por un costillar de gruesos contrafuertes que habían visto tiempos mejores, pues recordaba a la osamenta lironda de una de las míticas criaturas marinas de las que le había hablado Ciriaco, como si la bestia de los abismos hubiera llegado hasta la playa para vararse en la línea de pleamar y descomponerse bajo el sol de justicia. Castigada sin misericordia por el viento, incansable en aquel lugar, los restos de las viejas torres de vigilancia aparecían muy sobados, como piezas envejecidas del juego de ajedrez al que tan aficionado era el mercader de reliquias.
Lleno del espíritu aventurero que, sin duda, lo había llevado a convertirse en caravanero, a Cosroes no le había costado lo más mínimo aceptar la oferta que le hiciera Ciriaco.
Habían partido de Berseva con diez hombres de confianza del caravanero, una docena de camellos desgarbados, tres mulas para cargar los bastimentos, abundante provisión de agua y la confianza de los tres europeos depositada en el pequeño caldeo. Les había llevado mes y medio llegar hasta allí, sin otra parada digna de mención que la de Basora, principal ciudad en el extremo norte del golfo, donde se encontraban los míticos Tigris y Éufrates, dándole al ajetreado lugar el aire de una Venecia en sequía.
Desde la distancia a la que estaban no podían distinguir grandes detalles, pero el aspecto del edificio hacía fácil suponer que se debió tratar, en tiempos, de alguna fortaleza que bien hubieran podido construir las fuerzas del mismo Alejandro Magno, pues por aquel lugar inhóspito hubiera podido trazarse la frontera de su enorme imperio.
Rodeada por depresiones salitrosas, la construcción estaba, además, asentada en una estrecha bahía que rompía la línea de la costa y que servía de puerto seguro al que podía accederse desde la entrada principal.
—Están saliendo —señaló Cosroes.
Del mamotreto de piedra surgieron las pequeñas figuras de hombres mal vestidos que arrastraban los pies bajo la atenta mirada de otros que los flanqueaban con actitud desafiante.
—¿Reconocéis a los vuestros? —preguntó el caldeo mientras acariciaba el cogote del cuervo.
Laín entornó los ojos y se hizo sombra sujetando una mano sobre las cejas. Se tomó su tiempo. Distinguía a los esclavos de los guardias, veía como se iban repartiendo unos y otros en lanchones atracados en amarraderos hechos con grandes piedras.
—Salen todas las mañanas y los tienen durante el día zambulléndose una vez tras otra —comentó Cosroes mientras seguía esperando respuestas.
—¿Y el eunuco? —intervino Guy desoyendo al caldeo.
Cosroes le dio unos cuantos mimos a su cuervo antes de contestar.
—Según se dice, no abandona jamás el interior del monasterio. Se queda a la fresca.
—Puedo contar cuarenta y dos esclavos y veinticuatro guardias. ¿Sabes cuántos más quedan en el interior? —cuestionó el gascón.
—No tengo la menor idea. Habrá algún sirviente, otros esclavos que no sean capaces de mantenerse en pie y unos cuantos guardas escogidos para velar por la seguridad de Wasif. Pero son sólo conjeturas.
Entonces, mientras Laín seguía esforzándose por reconocer a su padre entre los hombres que remaban alejándose de la costa, habló Ciriaco:
—Tú has estado ahí abajo —le dijo al caldeo con premura.
Y como si se arrepintiese por haberse dejado llevar por su codicia hasta el extremo de hacer negocios con el eunuco, a Cosroes le costó responder con algo más que un susurro:
—Sí, pero nunca he visto a Wasif. Siempre que he comprado perlas he tratado con su hombre de confianza, un gigantón nubio, de piel negra como el carbón y cuajado de cicatrices que responde al nombre de Silko —explicó el caravanero—. Jamás regatea: pide un precio, que supongo que le ha dado Wasif, y si no aceptas el trato te despide cerrándote las puertas en las narices.
Siguieron preguntándole, pidiéndole que recordase cualquier detalle que les pudiera ser útil, pero los tratos se cerraban en el zaguán que seguía a la puerta principal y, en las pocas ocasiones que Cosroes había estado en el antiguo monasterio, apenas había visto algo más de lo que veían en ese momento.
Finalmente, llegaron a la conclusión que debía tener a su servicio a unos cuarenta guardias en total, que tenía armas de sobra para mantener un pequeño ejército y que, demostrando su poder y su inteligencia, Wasif dejaba crecer la leyenda bajo sus pies.
—Hay quien dice que paga a los beduinos para que cuenten las atrocidades que lleva a cabo —comentó Cosroes.
—Cría fama y échate a dormir —repuso Ciriaco con cinismo.
—¿Y no hay quien le haya plantado cara? —preguntó entonces Guy.
—No, ¿quién iba a hacerlo? —se sorprendió el caldeo—. Esto es tierra de nadie —señaló con un ademán la costa desértica, carcomida por las ciénagas salitrosas que se hundían bajo el nivel del mar—. Y Wasif es avispado. No interfiere con los negocios de esclavos del puerto de Ormuz y se mantiene al margen de las luchas. Trata con cristianos occidentales, con caldeos, con hebreos, con mahometanos y con los tártaros, cuando alguno llega hasta aquí. Además, siempre ofrece los mejores precios.
—Y a nadie con poder le interesa que deje de ser así —terminó Ciriaco, haciéndose cargo de la situación.
A lo lejos, las lanchas con los esclavos ya se habían repartido por diferentes puntos de la costa; algunas fondeaban y otras seguían remando.
—¿Y cómo diantres vamos a entrar ahí? —se preguntó Guy observando la antigua fortaleza.
—¿Crees que hay alguna posibilidad de sitiarlos? —aventuró Ciriaco.
—Con un ejército de unos cuantos camellos, un chucho, un halcón y cuatro hombres… —contó el gascón con sorna—. No, no lo creo. Incluso si conseguimos engañarlos de buen principio, el embuste caería pronto por su propio peso.
Entonces intervino Laín.
—Llévame hasta allí —le pidió a Cosroes, ignorando las dudas de Ciriaco y el gascón.
Todos lo miraron con asombro.
—¿En qué estás pensando? —Fue el caldeo quien preguntó.
—En que sólo sabremos algo más si logramos colarnos ahí dentro —dijo, apuntando hacia el mazacote de piedra—. Y ahí dentro sólo hay esclavos y guardias. Así que es sencillo —aseguró sorprendiéndolos aún más—. Dudo que nos aceptase si nos ofrecemos como guardias. De modo que sólo hay una solución.
Los otros tres lo miraron entonces fijamente.
—Llévame hasta allí y véndeme como esclavo.
Cuando oyó el repicar de la campana, Silko dejó escapar un gruñido de enfado y tuvo que luchar contra la tentación de ignorar la llamada del deber.
Maldijo por lo bajo, negó sacudiendo la cabeza, se preguntó qué querría el gordo y, sabiendo que no le quedaba otro remedio, se apartó de la muchachita que se debatía bajo su enorme corpulencia.
En cuanto empezó a incorporarse, la joven se escurrió a toda prisa hasta acurrucarse en una esquina de la antigua celda.
—¡Qué pena! —dijo el gigantesco nubio—. Aún no habíamos llegado a lo mejor.
La cría se abrazó las rodillas y se apretó contra el rincón. Entre la maraña de cabellos que le caían por la frente se distinguían dos ojos pardos, enormes y asustados, húmedos por lágrimas de terror. Tenía convulsiones y, de entre sus nalgas, fluía un líquido rojizo que manchaba el suelo de piedra a la luz escasa que entraba por el estrecho ventanuco, apenas una rendija que atravesaba el muro de piedra.
El nubio se puso en pie y se regocijó cuando la muchacha miró con horror el miembro desmesurado que ahora, desbaratada la emoción, colgaba entre sus piernas.
—No te enfríes, pequeña —le dijo con una sonrisa en la que brillaron dos filas de dientes blanquísimos y bien formados—, volveré pronto.
La muchacha se encogió aún más y pegó el rostro aterrorizado a la pared.
Atándose el turbante a toda prisa, vestido sólo con unas calzas de lino que sujetó en los tobillos con polainas, Silko salió de la habitación, cerró con la pesada llave y echó a andar. Mientras caminaba, iba también arreglándose el cinturón y colocando los tahalíes de las dos pesadas cimitarras que siempre llevaba consigo.
Resonó entonces el agudo tintineo de la campana y, sin darse cuenta de ello, el nubio apretó el paso. Sus sandalias de cuero repicaron con cada pisada en el inmenso vacío de la nave central. Y Silko se internó en aquel laberinto de piedra.
A lo largo de los años aquel lugar había pasado por muchas manos. Con un sentido u otro, se habían hecho reformas que habían ido cambiando su aspecto y su utilidad. Y todas aquellas iniciativas habían terminado por dejar un batiburrillo de tabiques hechos de piedra, maderos de barcos o simples tapices que convertían el interior en un auténtico dédalo en el que, a la antigua celda de uno de los monjes desaparecidos, le seguía una armería, y después un socavón que se abría hasta los cimientos del edificio, empantanados por un lodo salino que se filtraba a conveniencia de las mareas, inundaciones de las que ni siquiera se salvaba el profundísimo pozo que alimentaba el lugar y que, de tanto en tanto, quedaba contaminado por el salitre, arruinando el suministro de agua dulce por una larga temporada. Deficiencia que obligaba a los hombres a almacenar grandes tinas que se ocupaban de llenar con baldes del mismo pozo cuando el agua era potable.
Las desconfianzas de Wasif habían convertido la plaza en un auténtico laberinto. Había puertas que se abrían a boquetes tapiados y columnas tras las que se había practicado un pasadizo. Los esclavos habían cavado túneles entre los pozos bajo la fortaleza. Incluso había un par de trampillas disimuladas que podían hacer caer a algún desprevenido, y una trampa de contrapeso antes de la subida a la torre. Y podía ser que hubiera más de las que Silko no tuviera idea, porque Wasif no se fiaba ni de sus hombres. Probablemente el único capaz de moverse por todos aquellos lugares completamente a salvo era la rata de Melik. El nubio y los demás guardias se limitaban a usar rutas conocidas, pero el caos era tal que, como siempre le sucedía cuando iba distraído, Silko tropezó con unos escombros.
Se golpeó los dedos del pie y acabó trastabillando a la pata coja mientras maldecía en las pocas palabras que recordaba de su propio idioma, que no había vuelto a oír desde que lo capturaran en su poblado y se lo llevaran al mercado esclavista de Ormuz.
Había dado unos cuantos tumbos el nubio, pero, tras muchos sufrimientos, había logrado por fin una situación ventajosa. En la fortaleza de Wasif era el jefe, el lugarteniente del eunuco. Disfrutaba de poder, de respeto, de un buen surtido de muchachas que podía elegir entre las esclavas y, pese al yermo entorno, Silko sentía que había logrado algo. Sólo había un inconveniente, el propio Wasif, al que incluso el gigantesco nubio temía.
Sorteó la esquina en la que un portón de hierro guardaba el falso tesoro que Wasif había dejado allí años atrás, para saciar las ansias de cualquiera que asaltase la fortaleza antes de que siguiera buscando por las entrañas del lugar. Y se aproximó al recoveco que daba acceso a las escaleras que servían de única entrada a las estancias del eunuco, bien disimuladas por unas piedras colocadas estratégicamente y un viejo tapiz ruinoso que, en tiempos, había mostrado coloridas escenas del culto caldeo.
Cuando traspasó el umbral, lo encontró comiendo, como siempre.
La estancia dominaba todo un piso de la torre que mejor se conservaba de entre las que habían erigido la antigua fortaleza. Estaba abarrotada de cuanto al eunuco se le pudiera antojar o desear, porque Wasif se había convertido en un grotesco ermitaño que apenas salía de sus aposentos, entre otros motivos, porque renegaba de sus semejantes y porque sentía un odio cerval por casi cualquiera que no fuera él mismo, quizá con la excepción del pequeño Melik; pero también porque su obesidad era tal que el mero hecho de dar un paso le suponía un esfuerzo enorme y, para hacerlo, debía ayudarse de dos gruesos bastones tallados con filigranas en carísima madera de ébano.
Gracias a la altura y a la ventilación de las troneras que en tiempos habrían usado los arqueros al mando del gran Alejandro, la pieza era la más fresca de todo el edificio. Sin embargo, resultaba opresiva. Había cofres y arcones, sacos, atados, corachas, alforjas. Bolsas de gamuza de escroto llenas de perlas, tinajas rebosantes de especias, delicadas alfombras lo cubrían todo, y había tantas que algunas permanecían enrolladas y desperdigadas como ramas caídas en el suelo del bosque. Tapices, plata, oro, jarras con vino, bandejas con comida que se hacía traer en las caravanas y también pescado del que se encargaban sus hombres. La profusión de colores y formas, el revoltijo de cosas y la inmensa presencia del eunuco provocaban que toda aquella fortuna respirase desasosiego.
Un niñito al que le faltaban tres dedos de la mano derecha, hijo de alguna de las esclavas y fruto de la violación de algún guardia, manejaba con nerviosa torpeza un pesado abanico de plumas de avestruz. Intentaba ventilar la habitación, en la que, pese a los caros inciensos, siempre se percibía el dejo rancio del sudor que chorreaba del obeso a todas horas. Incluso había, encadenadas y sujetas por un cáncamo prendido en la pared, dos esclavas que estaban allí para untar de aceite el cuerpo inflado y evitar las llagas a las que era propenso.
Y aun a pesar de que era incapaz de beneficiarse del amor carnal, las mujeres eran bellas, porque le gustaba contemplarlas y relamerse, como si mirase uno de los múltiples banquetes que engullía cada día. A una de ellas le faltaba el pulgar de la mano derecha, a la otra los dos meñiques de ambos pies. En sus rostros se veía la mezcla de miedo y asco que despertaba en ellas su señor, al que no se atrevían más que a mirar de soslayo.
En el centro, dominándolo todo como un rey en el salón del trono, estaba el eunuco Wasif.
Comiendo.
Aunque Silko no guardaba muchos recuerdos de su niñez en Nubia, sí tenía presente la imagen de un viejo de la tribu al que habían matado un enjambre de abejas enfurecidas cuando había intentado saquear sus panales. Esa misma sensación, de mirar a un cuerpo deformado por bultos inflamados y a punto de estallar, era la que le producía el eunuco Wasif. Sin duda alguna, la aberración más grande con la que el nubio se había encontrado jamás.
Apoltronado en su grotesca humanidad, entre gigantescos cojines de plumón, acaparaba un desproporcionado triclinio hecho con las cuadernas de un naufragio. Por toda ropa, llevaba una túnica que hubiera servido para jaima de una familia beduina. La tela, del mejor algodón indio, estaba teñida con púrpura de Tiro y, rellena por aquel corpachón, tenía el aspecto de una gorda berenjena persa. Por la abertura del cuello surgían las carnes abultadas del grueso pescuezo, que sostenía una cabeza desproporcionadamente pequeña en la que, desde el primer vistazo, se percibían las anormalidades. Uno de los ijares había sido fracturado muchos años antes y la mejilla se hundía de forma grosera, algo que también pasaba con la sien derecha, ahuecada y cubierta por una cicatriz áspera que desvirtuaba la línea de crecimiento del cabello. Entre toda aquella masa de abultadas arrugas, brillantes por la eterna y abundante transpiración, destacaban dos ojillos porcinos, tan oscuros como el ébano de los bastones que tenía a su alcance.
Con grandes ademanes, Wasif engullía codornices estofadas con dátiles a una velocidad asombrosa, mientras se relamía y soltaba portentosos eructos y estruendosos cuescos. La bandeja era tan grande como para albergar un ternero asado y, si lo hubiera hecho, no hubiese sido la primera vez, porque cuando estaba especialmente contento, el eunuco pedía en sus cocinas que preparasen su plato favorito: el capricho del sha.
La leyenda decía que los soberanos persas hacían gala de aquella pantagruélica exquisitez cuando organizaban las grandes bacanales que los habían condenado a ojos de los mullahs islámicos. Un huevo se introducía en un pajarillo, éste en un pollo, el pollo dentro de un faisán, el faisán en un cordero, el cordero en una cabra, la cabra en un venado, el venado en un ternero y el ternero dentro de un camello. Toda la mezcla se untaba con manteca, se albardaba, se especiaba y se asaba a fuego lento durante varios días en un enorme pozo excavado en el suelo. El auténtico acierto de los cocineros del sha del Imperio persa se lograba cuando el huevo en el interior de todas las carnes quedaba justo en su punto, con la yema aún líquida y untuosa, al capricho del monarca. En la excentricidad de aquellos tiempos pasados, se suponía que el soberano tan sólo comía el huevo y que el resto de carnes se utilizaban únicamente para darle un sabor incomparable. Sin embargo, a Wasif le encantaba comer trozos de cada una de las piezas y regodearse en la abundancia.
Además de no separarse de la bandeja de codornices, también al alcance de su mano derecha había una mesilla labrada con arabescos y hecha con rojiza madera de cedro; en ella, enrollado como una víbora a la espera de un cuitado sobre el que saltar para hincar su veneno, descansaba un poderoso látigo de piel de camello.
—¿Llamabas? —preguntó Silko, solícito, evitando mirar fijamente cómo el obeso engullía una codorniz con la misma ansia de un marrajo despedazando vísceras.
Wasif tragó entre ruidos grotescos. Se chupó los dedos grasientos y, tras inspeccionar satisfecho la bandeja, donde todavía quedaban otra media docena de aves, habló:
—¿Cuál es el recuento de ayer?
Sin perder tiempo, Silko pasó a relatar los pormenores de la pesca del día anterior, sabiendo que los resultados mantendrían al eunuco de buen humor, lo que siempre redundaba en la salud de todos, porque nadie estaba a salvo de la crueldad de Wasif, como daba fe la red de cicatrices que cosían la espalda del nubio. Todo por culpa del dichoso látigo, arma que el eunuco usaba con una habilidad endemoniada y que le daba un alcance que suplía su falta de movilidad.
Confiando en regresar pronto junto a la esclava que había dejado en su alcoba, Silko hablaba de corrido, pero se calló de pronto cuando vio aparecer, emergiendo de un hueco en las grietas de la pared, al correveidile del eunuco.
Aquel ser despreciable, aquella rata escasamente humana era los ojos y los oídos de Wasif. Se trataba de Melik, un enano maltrecho, con un cráneo enorme, brazos arqueados y una cadera retorcida que arrastraba de un lado a otro de la fortaleza. Un ser deforme con una lealtad inquebrantable, porque nadie jamás le había mostrado comprensión o afecto, a excepción del propio Wasif, que lo mimaba como a un niño caprichoso. Le regalaba alhajas y perlas que el enano atesoraba en los rincones más secretos de la fortaleza. Le permitía comer cualquiera de los exquisitos manjares que se hacía traer. E incluso lo acariciaba de tanto en tanto, como si fuera un perro afectuoso.
Y Melik lo observaba todo, lo tasaba todo, lo escuchaba todo y, lo que era más peligroso, se lo chivaba todo al eunuco.
Ésa era una de las razones por las que un ser que apenas podía moverse continuaba ejerciendo su implacable tiranía sobre todos los hombres del lugar. La otra, el simple hecho de que los guardias eran perros dispuestos a matarse entre ellos si la paga era buena. Así que nadie se atrevía a disputarle el liderazgo a Wasif.
En el tiempo que llevaba en aquella fortaleza, Silko había tenido ocasión de ver a hombres morir enloquecidos de sed, atados a una roca o simplemente enterrados hasta el cuello en alguna duna. A otros los había visto padecer el tormento de ser prendidos justo en la línea de pleamar, con el cuerpo lleno de cortes que atraerían a los cangrejos para que se los comieran poco a poco. Últimamente, el eunuco solía ordenar que los sospechosos de traición o los esclavos remolones fueran arrojados como pasto de tiburones.
Evitando un escalofrío que le reptó por el espinazo, el nubio intentó mantener la compostura mientras veía como la masa informe de Melik trepaba trabajosamente al triclinio y se afanaba entre los cojines para acercarse, como una sanguijuela, al hombro enorme y redondo del eunuco.
Wasif escuchó, sin desaprovechar la oportunidad de engullir otra codorniz mientras le prestaba atención. Inmediatamente el rostro del eunuco se transformó en la peor pesadilla que un niño pudiera imaginar acechando en la oscuridad, y Silko clavó los ojos en la mano derecha de su señor, esperando el momento en que los dedos gruesos como maromas se hicieran con el látigo. Mentalmente, el nubio repasó todas las acciones de sus últimos días, temiendo haber hecho algo que hubiera podido enfadar al eunuco. No cayó en nada susceptible de despertar su ira, pero no por eso dejó de apretar las nalgas y tensar las corvas, porque había probado demasiadas veces el cuero de aquel condenado látigo como para olvidarse del terrible dolor que le aguardaba.
—Una barca se aproxima —anunció finalmente Wasif dando palmaditas en el cogote del enano.
El tono no daba lugar a dudas, y la noticia, de por sí, tampoco. Los guardias tenían orden de aguantar en la mar hasta la tarde, incluso aunque se hubieran topado con la perla más maravillosa de todos los tiempos. De modo que el regreso de uno de los lanchones sólo podía significar problemas.
—Ve a ver qué ha sucedido y vuelve de inmediato, ya sabes qué hacer.
Y Silko sabía que, casi con toda seguridad, esa noche servirían la cena a los marrajos.