Laín
Estrofa I y estribillo. Las deudas del trovador
ESTROFA
I Y ESTRI BILLO
LAS DEU DAS DE L TROVADOR
«Después, pasada la tierra de León y los puertos del monte Irago
y del monte Cebreiro, se encuentra la tierra de los gallegos».
Guía de peregrinos, Liber Sancti Iacobi, Codex Calixtinus
Las buenas historias son como las buenas mujeres.
Ésa ha sido la gran verdad de mi vida. Y la mayor de mis desgracias.
Porque con las buenas historias siempre me ha pasado lo mismo que con las buenas mujeres. O ya las había contado otro o se me escapaban antes de que pudiera contarlas yo. Por eso nunca he llevado en la bolsa más que unas pocas cantigas de versos pobres, y por eso no he encontrado más amores que los de barraganas de puerto; cómodos y cálidos, pero falsos como cruces de tres brazos.
Hay quien jurará que yo mismo he labrado mi suerte por mi mala cabeza. Y puede que lleve algo de razón. He de admitirlo: no he sido un santo, pero no todo fue culpa mía. La triste verdad es que las pocas veces que las rondé, a las buenas historias o a las buenas mujeres, me encontré de repente con una daga en los riñones o una cuerda al pescuezo.
Y uno es pobre, de los que han tenido que apañárselas con un mendrugo de pan y mucha hambre en el camino, pero siempre le he tenido cariño al pellejo. Que mejor es verse pidiendo limosna en la plaza de la iglesia, que bajo una lápida sin nombre en algún camposanto perdido de la mano de Dios.
Las buenas mujeres y las buenas historias.
Ambas han sido mi perdición.
Y, pese a ello, nunca dejé de buscarlas; ni a las unas, ni a las otras.
Así fue como acabé por enterarme de una que nadie había contado aún. La de unas perlas que debían de haber terminado en un relicario de la vera cruz en Ponferrada. Perlas que, en vez de acabar en manos de un orfebre, habían llegado hasta San Paio desde los mismos eriales de la Palestina.
Me pudo la tentación, como al ver el escote de la tabernera que se agacha sobre la mesa con las jarras de vino. Quedé anzolado como un pescado cualquiera. Me bastó intuir que había allí una gesta, como la del mismo Sigfrido, con mujeres tan bellas como la incomparable Crimilda, con hazañas que habrían de recordarse.
Tuve que porfiar. Tenía que escuchar esa historia. Para escribirla, para contarla, para que los copistas la repitieran una y otra vez, para guardarla por siempre en pergaminos bien enlucidos a los pies de mi nombre.
Me llamo Martín. Nací en Vigo el año antes de que en las Navas de Tolosa se rindieran los moros. Mi padre mercadeaba con pescados en salazón y yo, desde chico, supe que mi camino habría de ser otro. Soy trovador.
Trovador, y también algo más.
Lo reconozco.
Hechizado por los dados, rufián de medio pelo, vividor de ilusiones, enamorado del vino, soñador de historias, deudor de cualquiera, ladrón a veces, nunca santo, espabilado siempre y, más que nada, ofuscado por las faldas que se deslizan rápido por piernas impacientes.
Más de una vez perdí hasta los dientes de leche. Y más de una vez lapidé una fortuna entre jarros de figón y dedos que desataban esos mismos calzones que estaba a punto de apostar.
Ahora sólo soy un viejo. Un anciano con bastón que disfruta escuchando las notas que aún puede arrancar a las cuerdas de la cítola. Un vejancón arrugado que sueña a las buenas mozas que conoció cuando la lujuria no era un recuerdo. Pero antes de que me lleve la parca quiero contar la historia que conocí cuando iba camino de Santa María de Sobrado en los tiempos en los que Afonso acababa de ceñirse la corona de Castilla tras conquistar a las bravas Murcia y Sevilla. Antes de que acabase solo, despojado de sus títulos y con el hijo desheredado.
En aquellos años aún nadie le decía eso de el Sabio y no hacía tanto que se había criado con sus ayos en los montes gallegos. No, en aquel entonces muchos lo llamaban el Gibelino por mor de su madre, la de Suabia.
Hace ya mucho de todo aquello. Eran los días en que llegaban lejanas noticias de que los tártaros mogoles habían hecho hincar las rodillas a los magiares después de pasar a sangre y fuego la Rus de Kiev. Muchos miraban hacia el levante temiendo que a los perros mahometanos les salieran aliados.
Ha pasado el tiempo.
Me basta ver mis manos sujetando la pluma. Están manchadas por la edad, cubiertas de arrugas. Se han ido muchos años desde aquellos días, muchos, y ha llegado el momento.
Prometí guardar silencio. Pero ya se cumplió lo pactado. Ya no estoy atado por el juramento que hice. Ahora puedo contar esa historia.
Me bautizaron Martín y me dicen Códax.
Y ésta es la gesta del halconero.
—Nos han desterrado —protestó Álvar cuando los echaron a patadas de Vivar.
Ésa, esa misma es otra de las buenas historias que se me escapó, la de don Rodrigo con su honor maltrecho. Maldita la gracia. Alguien se me adelantó. En lugar de escribirla me tocó leerla.
Pero asimismo me he visto yo, como el buen Cid. Con todo perdido. Y más de una vez, muchas, desde los perros años que anduve a gatas.
Escapando, la talega vacía, el miedo en el cuerpo. No fuera a ser que me encontrase la espada de un cornudo, la guadaña de un padre deshonrado o la daga de uno que echaba en falta la bolsa. Que son muchos los que no se toman a bien que uno ame a las mujeres. Y a las historias.
No, aquélla no fue la primera vez que me vi sin nada, como el buen Cid del cantar. Pero sí sería la última.
Andaba huido, sin un cobre y, para mi desgracia, Vigo había quedado atrás.
Y en Vigo, junto al mar, en el barrio del puerto quedaba también una casa. Bien enlucida, para que no cupiese duda de que su dueño hacía fortuna vendiendo vino a los ingleses. Tenía su escudo acuartelado en el portalón, en las vigas sus canecillos cepillados, y estaba decorada con tapices de los mejores reposteros aragoneses. Y, dentro, había una habitación. Y, en ella, un lecho caliente donde cada noche recogía besos de ambrosía.
Qué caderas, qué ímpetu. Aún recuerdo aquel lunar justo donde el cuello pierde el nombre y empieza el deseo. Qué pena.
No puedo mentarla, no sea que, después de tantos años, aparezcan por aquí dispuestos a sacarme de este santo lugar. Pero era tan bella como un atardecer acunando las olas. Y escribí para ella algunas de mis mejores estrofas.
Marchó bien hasta que se enteró el marido, demasiado egoísta para compartirla. Además, para colmo de desgracias, tenía yo también cuitas con un prestamista al que le decían Tres Cantos. Así que no quedó otro remedio.
Llegué a la conclusión de que mejor era tomar las del lazarillo que le robó el pan al ciego: echar a correr. No fuera que, tras los dos primeros avisos, al rufián se le ocurriera darme el tercero. Que el apodo se lo había ganado porque decían que las deudas se las cobraba siempre a la de tres. Al parecer, o se llevaba los dineros o le bajaba a uno los calzones y le cortaba lo que cuelga para hacerse una bolsa que echarse al cinto. Menudo era.
Así que al marido no le dediqué un adiós. Y a ella, la lloré una noche entera.
En una taberna me bebí mi último maravedí. Compuse para ella una cantiga postrera, solté un suspiro, agarré los bártulos y eché a andar hacia el norte, buscando fortuna y, a ser posible, algo de fama, que ésa ha sido siempre la mujer más escurridiza para ganapanes como yo.
Lo que no supe hasta bastante después fue que el marido y el Tres Cantos se conocían de largo y que ambos se acordaron juntos de mis muertos. Contrataron a cuatro matasietes de esos que cobran del mejor postor y tanto se van a Sevilla para zurrarle al sarraceno bajo pendón cristiano, como se arriman a Valencia a la orden del moro para reventarles los morros a compadres aragoneses.
Cuatro indeseables, eso eran, cuajados de vicios y cicatrices. Los mandaron tras de mí, como perros rabiosos, a cuenta de la virtud de una mujer y unas pocas deudas que tuve la mala idea de jugarme al tallarín doblado.
No me parecía a mí que una honra y cuatro míseras platas merecieran la vida de un cristiano honrado y de viejo, con sus pecadillos y defectos, pero paisano al fin y al cabo.
Por eso puse pies en polvorosa. Y no me detuve hasta las riberas del Sil, donde andan los monjes labrando la tierra para cultivar vides que se agarran a la montaña como lagartijas, ahí colgadas sobre el río, a la solana y al orvallo, con uvas pequeñas y dulces como miel que, por aquel entonces, maduraban para la recogida, pues, lo recuerdo bien, faltaba poco para el día de santa Raquel.
Qué vinos. El buen Dios guarde muchos años a esos santos hombres y a sus recetas, qué beber tienen esas tierras sacras llenas de monasterios y ermitas, que, donde no hay un blanco verdoso, hay un tinto con fuerza, todos buenos y todos capaces de alegrar el espíritu. Benditos los monjes que copian historias en sus escritorios y maceran vino en sus bodegas. El Señor los valga.
Y fue culpa del vino.
No tuve nada que ver; fue el vino, que me enredó. Me pudo.
Está bien, he de confesarlo. Que ya soy tan viejo como para que la verdad, por oscura que sea, deje de importar. También algo de culpa tuvo una mocita con ojos de cervatillo y ancas de potra. La hija de un molinero de batán que entrecerró la mirada a la primera nota que toqué con la cítola. Andaba yo a la fuga, pero aquellos gestos ablandaban las piernas y endurecían el deseo.
—Una más, toca una más —me decía entre suspiros y sonrisas que revoloteaban, mirándome llena de arrobo mientras yo paseaba los dedos por las cuerdas y pensaba en pasear las manos por sus muslos—. Una de amores imposibles. Una en la que ella añore a su amado. Un hombre apuesto que se ha ido lejos, ¡a ultramar!, ¡a luchar con los infieles!
Y todo con su buena jarra de vino a mano. No pude evitarlo: me enredé. Y ahí, ahí mismo me enteré de los cuatro desgraciados que me seguían los pasos, porque faltó un pelo para que me colgasen de una higuera, lo mismo que a Judas.
Tuve, sin embargo, por una vez, un pellizco de suerte y me olí la encerrona cuando vi el brillo del oro en los ojos del posadero, que se había ido de la lengua. Me había vendido y salvé el pellejo por un milagro digno de cualquiera de los Urbanos que llevan la mitra en Roma.
Salí corriendo del molino como Dios me trajo al mundo, con las ropas en un atado, la cítola en la otra y lo del medio, lo que quería cortar el Tres Cantos, colgando. Me eché al monte con el culo al aire, dejando atrás los suspiros de la zagala y las maldiciones de los otros cuatro, que ya habían afilado las hojas y pateaban los postigos de la aceña.
Así acabé, evitando las viejas calzadas romanas y rondando por caminos de mala muerte, temiendo que algún desaprensivo de los que ni respetan la Cuaresma me aventase las tripas de un tajo por encontrarse las telarañas de mi bolsa. Porque en aquellos días reinaba Fernando, al que le decían el Santo, y andaba tan ocupado persiguiendo a los moros del Tajo en adelante, que los senderos no se desbrozaban y los bandoleros andaban a la que caía.
Sorteé las tierras del condado de Lemos, no fuera a ser que me tomaran por cazador en busca de venados y me apiolasen sin preguntar el nombre y, dando tumbos, en algún bosque perdí camino. Más que saberlo, adiviné que Lugo y sus murallas me quedaban a desmano y acabé cruzando el Minio gracias a la gabarra de un boyero que volvía del mercado con la talega llena.
Huía como conejo asustado, durmiendo al raso y vigilando con el rabillo del ojo. Que cada sombra me parecía gañán espada en mano.
Entre tantas penurias, llegué a unas casuchas, pocas y maltrechas, apretujadas bajo una loma donde despuntaba la torre de algún señor. Todo rodeado de carvallos y castaños viejos, con gentes que labraban la tierra. Se veía algún revolcadero para los gorrinos, campos de mies y centeno, agostados y esperando la siega. Salpicados por doquier, asomaban los postes de los almiares, listos para almacenar la hierba y, remendando las lomas, había huertas pequeñas, y también vegas donde pacían vacas rubias de grandes cuernos y pelambres recias. Incluso distinguí a dos lavanderas que bajaban al río con cestos sobre las cabezas. Era un señorío pequeño que un buen hombre, estrujándose la boina, me dijo que era de los Seijas, mayorazgo de la fortaleza de San Paio, esa misma que se distinguía en el otero, con sus piedras, sus dovelas y sus rosetones.
Bastaba un paseo para saber que sus gentes eran pobres diablos acogotados por un señor que les apretaba el cinto con impuestos.
Tenía ansias de llegar al monasterio de Sobrado, donde esperaba acogerme a sagrado y visitar la biblioteca para rebuscar historias mejores que las mías entre las copias de los monjes, con fama de buenos iluminadores y de gente hospitalaria. E, iluso de mí, albergaba esperanzas de perder de vista a los que me perseguían.
Me convenía la prisa, pero las tripas me rugían y yo, que en los bosques, además de roer alguna bellota, ni era ni soy hombre de capaces, hasta entonces había ido tirando con la sisa de unas pocas manzanas allá y unas cuantas peras acá. Así que, tentado por el hambre, pensé en esperar a la noche tumbado junto a un roble enorme y buscar la taberna del lugar de los Seijas para agenciarme algo que echar al gaznate después de tocar alguna pieza a los parroquianos, que la cítola siempre arranca propinas a los borrachos si las tonadas son pícaras, con viudas alegres embaucadas por jóvenes infanzones.
Recuerdo que era un buen día al final del estío. Prestaba echarse a descansar hasta pasada novena y que llegara la fresca. Las cigarras cantaban sus estribillos y yo las acompañé con mi cítola, tocando unos pocos acordes. Pero la hierba crecida me recogió, el rumor de un regato me acunó y me venció el sueño, allí tumbado, al pie del árbol. Cuando cerré los ojos me rondaban por los sesos los cumplidos de la hija del molinero.
Se estaba a gusto allí, pero me despertaron los infiernos.
—¡Corres mejor de lo que tocas, pescadito!
Allí estaban los cuatro. Cubiertos de polvo del camino y remiendos de alfanjes moros. Ansiosos por rebanarme la hombría y cobrar su recompensa.
—Lejos nos has traído con tus andanzas… —dijo el que parecía mandarlos, un tipejo de ojos bizcos con pintas de comadreja y vestido con sayón de cuero—. Y vas a llevarte las que te mereces, puedes jurarlo.
No me cupo duda. Pero algo había que intentar. Que, como ya he dicho, entonces y ahora, uno le tiene cariño al pellejo.
—Mis buenos señores, debe tratarse de una confusión. No sé a quién andáis buscando, pero no puedo ser yo. Voy a Compostela —fue lo primero que se me ocurrió decir—, peregrinando como buen cristiano devoto hasta el santo sepulcro del apóstol Zebedeo, y busco mi camino desde el Cebreiro —algo había que inventar—. En cuanto gane mis indulgencias, tengo intención de regresar a Toledo, de donde partí el año pasado.
Aquello no les convenció. Mi lengua siempre ha sido más valiente que mis restos y, mientras soltaba aquellas farsas de bellaco, mis piernas temblaban.
—Ya, y seguro que piensas hacer un buen donativo a gloria de nuestro patrón Santiago, ¿verdad?
Lo dijo el tercero mirando al último, que nada respondió, quizá porque los sarracenos le habían cortado la lengua por mentiroso.
—No cuela, pescadito, tú has salido por piernas del mar de Vigo, que yo lo sé, ¡pescadito! —se burló uno que era bizco.
Luego miró a sus compinches, ensanchó su sonrisa y tuvo una idea que pareció hacerle el hombre más feliz del mundo.
—Yo creo que nos da tiempo antes de que anochezca —siguió diciendo, con aquellos ojos que lo miraban a uno y a su sombra a la vez.
—Juro por lo más sagrado que voy a la misma Compostela. Para ver antes de morir la catedral que levantó el santo Gelmírez a gloria del mayor de los Santiagos — trataba de dominar la voz con toda mi voluntad, para esconder tanta mentira, pero creo que el terror me traicionaba—. No sé a quién andáis buscando, pero no soy yo. ¡Lo juro!
Y apenas terminé de hablar, el bizco me agarró de la chupa y me puso en pie como quien levanta a un chicuelo que empieza a andar.
—Seguro, pescadito, seguro. —Parecía que les había hecho gracia el mote—. Me apuesto a que, aquí, mi amigo Perico nos cuenta enseguida la misma historia —dijo señalando con la barbilla al que no había abierto la boca, que parecía un poco crecido para llevar ese nombre, aunque no iba yo a discutírselo en ese momento—. La mismita historia, ya lo verás, punto por punto, y legua por legua. —Todavía me entran escalofríos al recordar a aquel bigardo—. Estoy seguro de ello.
Se me encogieron las brevas. Parecía un verraco enfurecido el tipo aquel. Y a mí se me vinieron las jaculatorias al gaznate para rogar misericordia a los cielos. Pensé que de aquélla no salía.
Ya me veía penando por el purgatorio.
Como ya me había imaginado, no le hizo falta hablar. A lo mejor era mudo de verdad. Pero a fe mía que se explicaba más que bien.
No abrió la boca y no me dejó hacerlo a mí. Se puso manos a la obra y, antes de atreverme a protestar, el resto de sus compinches lo ayudó.
Me desnudaron, con mucho menos cuidado que la hija de aquel molinero del Sil. Me ataron las manos a la espalda apretando bien la soga, una maroma de esparto que rascaba como un demonio. Hicieron otra lazada para colgarme de las muñecas y me izaron, justamente de una rama del carvallo al pie del que había estado yo soñando con los besos cálidos de la molinera.
Allí, columpiándome como una chacina puesta a secar, empezaron las chanzas. Y yo me acordé de san Esteban, al que los infieles habían asaeteado junto a un árbol. Un mártir sin causa ni gloria.
No tenían arcos ni flechas, que eso era más propio de sarracenos. Pero enseguida encontraron remedio a la falta de utilería. El mudo Perico estuvo raudo. Cortó ramas verdes de salguero y, tras repartirlas entre los cuatro, todos me iban arreando zurriagazos según les parecía divertido. Como chicuelos jugando a la billarda.
Zas. Zas.
Uno viene, otro va.
Zas.
Condenados. Aún me duele al recordarlo.
Estaban encantados. Se jugaban las monedas a ver quién acertaba a darme donde yo más chillara. No tenían prisa, incluso celebraban la presa cobrada con chascarrillos y maldiciones. Probablemente, ya pensaban en cómo iban a dilapidar los pepiones que cobrarían al volver a Vigo con mi pellejo curtido.
El buen Dios me perdone la blasfemia, pero eran unos hideputas malparidos.
Yo, entre berrido y berrido, entre varazo y varazo, rogaba por mi alma y susurraba mis pecados en sincera contrición. Ni confesándome el buen Gelmírez, el Señor lo haya puesto a su derecha, hubiera sido más sincero.
Ya sólo esperaba tener la suerte de que, por arte de birlibirloque, apareciese un cura al que sincerarme. Pero entonces, de repente, mientras yo apretaba ojos y dientes temiendo el siguiente zurriagazo, se detuvieron.
Yo me zarandeaba adelante y atrás. Giraba con la cuerda de un lado a otro como plomada de cantero, despellejándome las muñecas. Dolorido, mareado y abatido. Más que ninguna otra cosa, cagado de miedo. Por eso, y porque me costaba mantener los cabales con tanta sacudida, tardé en caer en la cuenta de que, a pocos pasos, había aparecido alguien a quien nadie había invitado.
Ni era fraile ni tenía aires de que aspirara a ello. Que no venía a escuchar mi confesión quedó claro al momento.
Si no era caballero poco le faltaba. Bastaba verle allí plantado. Llevaba su cota de malla, su sayo de buena lana. Manto recio ya gastado y capucha que le embozaba el rostro. Cinto ancho de cuero repujado, con su tiracol, su vaina y su espada a la cintura. E incluso yo, pese al bamboleo, me di cuenta de que la empuñadura era fina artesanía, con arriaces labrados y pomo grabado. En la mano sujetaba las riendas de un rucio percherón que, a sus espaldas, resoplaba con disgusto mientras agachaba los belfos para mordisquear unas briznas de hierba. Lo recuerdo bien, era una buena montura, de las mejores, con cara de princesa y trasero de puta.
El encapuchado llevaba polvo como si viniera de la misma Roma. Con las alforjas y los odres que colgaban de las grupas se echaban rápido las cuentas de que traía encima un largo viaje. Como se decía entonces, se le caían las leguas de las botas.
—Búscate tus propios asuntos, que de los nuestros ya nos ocupamos nosotros — le espetó el bizco soltando la vara y echando mano al puño de su propio hierro, de aspecto más modesto.
Yo iba y venía, columpiándome a un lado y a otro, pero retorcía el pescuezo como gallina picoteando grano, procurando no desnucarme y no perder detalle, todo a un tiempo.
No contestó el recién llegado. Se limitó a dar unos pasos hacia aquel espectáculo del que yo era la mayor atracción y los miró a todos de hito en hito, parándose un rato en mi paupérrima condición. Yo, pobre de mí, con las vergüenzas al aire, intentaba recuperar el resuello, y pasé a rezarle a san Martín, por aquello de que compartíamos el nombre y a lo mejor se apiadaba de mí.
—¿No me has oído? —insistió el bizco, sacando una pulgada del filo, el de la espada y el de la nariz, porque adelantó su hocico de comadreja como si confiase más en su mala baba que en el hierro que empuñaba.
El aludido sólo torció el gesto y dio unos pasos más. O había prendido candela a más de una tienda de los moros, o había hecho vida de jugarse el pescuezo con las armas, porque no le tembló ni la sombra de la capucha mientras se iba acercando.
—Perico, enséñale modales a este entrometido —le gritó entonces el bizco al mudo.
Y el tal Perico gruñó con satisfacción de gorrino. Le debía hacer gracia repartir sopapos, cuando convenía y cuando no. Aun así, el otro ni siquiera pestañeó; más bien al contrario, siguió aproximándose como si tal cosa.
Las sombras bajo la caperuza me miraron fijamente, olvidándose de los otros cuatro.
—¿Qué has hecho para acabar así? —preguntó en voz baja y ronca, como de adjutor reprendiendo a un novicio trabucado en el paternóster.
Yo eché una bocanada de palabras enredadas. Por supuesto, aderecé el asunto para quedar en buen lugar. No era cuestión de ensuciar mi nombre. Pero intenté contarlo todo, tan aprisa y tan resumido, que no se entendió nada.
El mudo, sin embargo, no se detuvo a escuchar. Se despabiló con un bufido y se lanzó a contestar en mi lugar, soltando espumarajos por la boca. Sacó del cinto la clava que llevaba y la levantó sobre su cabeza, listo para espachurrarle los sesos dentro de la capucha a aquel entrometido.
No le duró mucho. El otro, calmo como hielo, soltó las riendas, se echó a un lado para esquivar la embestida y aprovechó la carga. En cuanto el mudo Perico pasó de largo, le arreó con el codo en el cogote y lo mandó al suelo, despatarrado. La maza salió rodando hasta los cascos del caballo, que volvió a resoplar con irritación.
Entonces, la comadreja bizca se decidió a intervenir. Desenvainó, me pegó un puntapié en las costillas que me echó a columpiar de nuevo y animó a sus compinches con un ademán.
—Perro fisgón, vas a aprender a ocuparte de tus propios asuntos —oí que le rezongaba al extraño.
A partir de ese momento, todo fueron gruñidos y voces roncas entre tintineos de metal. A mí, con la brutal patada, me faltaba el aire. Además, tenía las tripas en la garganta por culpa de tanto vaivén. Escuché protestas, golpes, algún juramento suelto y los gritos de la refriega. Pero hasta que se detuvo la cuerda no pude aclarar la vista y comprender lo que había pasado.
El encapuchado acababa de salvarme el pellejo.
—¡Mi señor! Gracias, mil gracias, el buen Dios os colme de riquezas, vino y mujeres… De bendiciones, ¡de bendiciones! —insistí, corrigiéndome con algo de castidad, no fuera a ser que el tipo se las diese de mojigato, que no era cuestión de ofender a quien me había sacado las castañas del fuego—. Gracias, muchas gracias. ¡Os debo la vida! Y he de recompensaros, soy un famoso trovador…
Se me trabucaban las palabras y tenía ganas de echar hasta los hígados, pero podía verlo allí, entero. Y también a los otros cuatro, arruinados.
Él estaba en pie, sin un rasguño, tranquilo bajo las sombras de su caperuza, como si nada hubiera pasado. De los otros, un par parecía sin sentido, desmadejados sobre la hierba, y los dos que faltaban se arrastraban, gateando malamente, escupiendo sangre y dientes entre lamentos.
—Nuestro patrón Santiago os acompañe por los muchos años que os deseo de vida. Puedo aseguraros que tengo estrechas relaciones con ricoshombres de Castilla y, os lo juro, os recompensaré por esto. —Yo no había pisado jamás la Corte y más que trovador era un mercachifle que tocaba la cítola con algo de gracia, pero no iba a ponerme yo mismo en mal lugar.
Desnudo, colgado como un chorizo puesto a ahumar, no era capaz de encontrar florituras que poner a mis palabras para hacerme creíble. Aunque nada impresionaba a aquel hombre, que se limitó a desenvainar, cortar la soga de un tajo y chistarle a su caballo para que se acercara.
Me di un buen golpe al caer, pero él no dijo nada más. Apenas había empezado a desatarme cuando ya se había dado la vuelta, dispuesto a marcharse.
En tanto, el bizco empezaba a recomponerse y me miraba sudando odio. No le hizo falta soltar juramento alguno. Yo iba a pagar las mías y las del encapuchado, todas juntas y bien repartidas.
A mí me entraron las prisas por salir de allí en busca de aires nuevos. Comprendí que mejor sería arrimarse a otro árbol para que me cobijase buena sombra. El encapuchado era mi única esperanza.
—¡Esperadme!
Atendía a los nudos y a mis ropas, todo a un tiempo, sin dejar de mirar de reojo a los cuatro matasietes. El mudo empezaba a sacudirse. Iba a recuperar el aliento en cualquier momento. Y yo no quería volver a tentar la suerte.
—¡Esperadme! ¿Quién sois? Debo recompensaros… —No tenía ni donde caerme muerto, pero él no lo sabía, no era más que una mentira piadosa—. ¿Cómo os llamáis? He de saldar esta deuda, tenéis que dejar que os invite a una buena jarra de vino…
O no me escuchaba o no le importaba. Sin embargo, un vistazo más a la comadreja bisoja me bastó para estar seguro de lo que me esperaba.
—Por mi padre —gritó con rabia desde el suelo, fallando al intentar ponerse en pie—, que como me llamo Julián Núñez te voy a encontrar. ¡Vayas donde vayas! Y, cuando lo haga —amenazó mientras volvía a caer al suelo—, te voy a destripar…
No se movió de donde estaba, por si acaso el encapuchado volvía a repartir mandobles y dejaba el trabajo finiquitado con cuatro muertos para las moscas. Pero no me cupo duda de que, así, sin comerlo ni beberlo, me había ganado un peligroso enemigo de por vida. El viajero también, por supuesto. Aunque aquello ya no era asunto mío.
—Esperadme —porfié intentando atarme la camisa y echar a andar, todo a un tiempo—. Ha de haber una taberna por aquí, dejadme que os pague una cena caliente. Y mañana mismo enviaré recado a Toledo y a Burgos para que recibáis en pago el oro que deseéis, podéis contar con ello.
—¡Te encontraré! ¡Puedes apostar tu raído pellejo a que lo haré! Empieza a rezar lo que sepas…
Fue un gorjeo que sonó a mis espaldas. No tuve que girarme para saber que había sido el tal Julián.
Apuré el paso intentando no tropezarme mientras me vestía.
—Esperadme…
El encapuchado siguió sin volverse.
—Te encontraré —escupió furioso el bizco Julián—. Me las pagarás, ¡todas juntas!
En el plato, de barro desportillado, se ahogaban trozos de nabo en un caldo oscuro, espeso y grasiento. También flotaban en aquel mejunje pedazos de unto rancio y hebras de carne que a saber si era gato o liebre. Le habían puesto tanto romero que sólo podía sospecharse que, fuera el bicho que fuese el que había acabado en la olla, no lo hizo hasta que la carne ya verdeaba. En aquel lugar y para aquellas gentes, no parecía que abundasen las buenas viandas. Aun así, era tanta el hambre que arrastraba, que la primera cucharada me supo a gloria.
Mucho había padecido desde que saliera a toda prisa de Vigo. Como solía decirse, a falta de pan buenas son tortas.
No tenía ni la más repajolera idea de cómo iba a pagarlo. Pero haber entrado con aquel encapuchado de pintas nobles frenó al tabernero, que nos fió sin preguntar: un plato de guiso y una jarra de vino aguado. No sin echarme una ojeada que calaba desconfianza. Aunque tampoco el lugar podía presumir de atender a reyes y princesas, pues no se trataba más que de la habitual mezcla de posada, taberna y abastos. Con suelo de tierra pisada, un par de ventanas cubiertas con vejigas tensas y mesas destartaladas en las que las mangas de la chupa se agarraban a la roña que tenían por mantel. Y el que servía, aparentemente el dueño, tampoco tenía mejor aspecto. Un tipo osco de pelo ralo y ojos lechosos que renqueaba, como si un barbero con pocas mañas le hubiera soldado mal una antigua fractura en la pierna derecha.
Mugriento o no, allí estábamos. Los dos.
Yo cataba el guiso, con ciertos trabajos por culpa de la golpiza recibida, y evitaba pensar en aquella carne.
Él, callaba, sin más.
Supongo que tenía idea de ir a la taberna de todos modos y que nada tuvo que ver mi palabrería, porque vació el primer vaso de vino con un trago y, después de volverse a escanciar, pidió orujo.
—O algún espiritoso más fuerte —tascó con una voz que parecía eco de caverna.
Y a fe que debía tener la sana intención de emborracharse hasta las trancas, a conciencia y rápido, porque no había tomado yo más que cuatro cucharadas de aquel estofado mugriento cuando él ya se había echado al coleto tanto bebercio como para que, en su lugar, yo hubiese caído desplomado. Y eso pese a que, a juzgar por el lugar, lo que le servían podía ser tan infecto como meados de burro.
Igualmente, él bebía, taciturno, sin retirarse la capucha.
Bebía, pero no hablaba.
Y yo, dolorido, inquieto, preocupado por las amenazas del tal Julián, temeroso del tabernero cuando supiera que no llevaba encima ni un mísero cobre, me tenté los cueros y los huesos con palmadas tímidas. Al no sentir quebranto, estando comido y bebido, recuperé algo de compostura. Así que me dediqué a llenar los silencios con lo primero que se me ocurrió.
—Me llamo Martín, trovador y contador de gestas…
La única respuesta fue una sacudida del mentón y otro trago del abigarrado licor.
Tan fuerte que, a mí, al otro lado de la mesa, me lagrimeaban los ojos con los vapores que salían de aquel jarro.
Él callaba.
Afuera se terminaba el día y los gatos salían para sus noches de ronda. La calorina se apagaba y se anunciaba la fresca. Entraron unos cuantos lugareños con algarabía, y yo me asusté pensando que aquellos jaques se habían recompuesto y venían a cobrarse la deuda, pero eran sólo unos labriegos. Parroquianos, cubiertos de serrín y ramillas secas, como si se hubieran pasado el día desbrozando algún monte. Les bastó una mirada a nuestra mesa para bajar la voz. El tipo imponía respeto como una capilla llena de relicarios. Tras dudar entre los escaños vacíos, cuchicheando entre ellos, optaron por sentarse tan lejos como pudieron y comandaron algo que echarse al coleto. No cabía duda de que aquellas pobres gentes de San Paio habían visto tiempos mejores. Miraban de un lado a otro como ratoncillos asustados que piensan en cómo cruzar el granero cuando el gato duerme encima de una paca de heno.
—Muchas gracias por lo de antes —volví a insistir, después de desentenderme de los campesinos—; si no os hubierais presentado, no sé…
No había manera, no decía nada.
Aunque para entonces yo ya tenía otras preocupaciones más importantes que su silencio. Empezaba a pensar en el modo de escabullirme sin que el tabernero se percatase. Estaba en deuda con aquel hombre, pero no tenía un triste maravedí y él, a juzgar por su aspecto, seguro que podría hacerse cargo sin mucho menoscabo. Sin embargo, el cantinero nos echaba vistazos desconfiados mientras atendía a los labradores, y a mí no se me ocurría excusa para escurrir el bulto.
Sí, lo sé, aquel encapuchado me había salvado la vida, pero nunca he sido muy escrupuloso a la hora de dejar deudas a la espalda.
—¿Algo más? —nos preguntó el tabernero retirando mi plato y esparciendo la mugre de la mesa con un trapajo que debió hilarse antes que la misma sábana santa.
Mi buen samaritano se limitó a señalar la jarra para pedir otra ronda y, desde encima del trapo, llegó un refunfuño. El figonero dudaba, pero yo supuse que seguiría sirviendo antes de atreverse a pedir pagos a un hombre con las trazas de ser un caballero venido de ultramar.
—Voy camino de Caaveiro —mentí por puro impulso, no fuera a ser que me arrepintiera de dejar detrás a quien podría encontrarme—. ¿Y vos?, ¿sois de estos lares?
Quizá fueron las palabras adecuadas o fue a costa del alcohol trasegado. No lo sé. Pero habló.
—Lo era —respondió con apenas un suspiro.
Yo me retrepé en el asiento, aún pendiente del cantinero. Habían entrado otros tres. Éstos hablaban quedamente de la siega que pronto empezaría y se habían sentado en una mesa poco más allá, entre nosotros y los labriegos, que comentaban preocupados sobre los maravedíes que habrían de pagar para cumplir con las martiniegas. Lo recuerdo bien, porque aún faltaban meses para que llegase noviembre y me sonó a cuerno quemado que el señor de San Paio quisiera recibir los impuestos de las matanzas de san Martín; sin embargo, para cualquier don nadie sin otra propiedad que los callos de sus palmas, el asunto de los pagos siempre era peliagudo. Allí, en San Paio, en Vigo, y en el quinto infierno, porque en aquellos días, como sigue siendo hoy, cuando no toca apoquinar el diezmo a la muy Santa Madre Iglesia, suena la alcabala para el rey o cualquier otra excusa para llevarse una parte del pan ganado con el sudor de la frente. Y aunque yo no sea de los que se han preocupado en su vida por cumplir con el pago de los impuestos, lo reconozco, al final, como visitador habitual de tugurios varios, uno acaba enterándose de qué va el asunto.
Así que andaban todos muy atareados con sus cuitas, y yo reconocí enseguida la ocasión.
Nosotros estábamos cerca de la puerta. Cuando el tabernero sirviera a los segadores, podía tener una oportunidad. Si me apuraba, quizá contaría con el tiempo justo para salir corriendo como alma que lleva el diablo. Con disimulo, eché mano a la cítola y a mi atado. Pero entonces caló en mi sesera lo que el otro había dicho.
—¿Lo erais?, ¿cómo?, no entiendo —reconocí perplejo—, ¿ya no?
Cayeron otros dos tragos. El cantinero ya cojeaba hacia la mesa de los gavilleros con una bandeja surtida de tazas y vino. Los labriegos de más allá se mandaron callar a toda prisa y miraron a todos lados temiendo descubrir oídos indiscretos.
—Ha pasado mucho tiempo, demasiado —había melancolía en sus palabras, también una pizca de resentimiento—. Es una larga historia…
Iba a ponerme de pie y echar a correr, pero quedé clavado al asiento. Lo mismo que si hubiera aparecido una linda hija de aquel tabernero cojo y me hubiera sonreído con encanto.
Las buenas mujeres y las buenas historias.
Ya lo he dicho antes, las mujeres y las historias han sido mi perdición. La lujuria que ambas han despertado en mis entrañas ha sido el mayor de mis pecados. No escapé. Solté mis cosas junto a las patas del taburete y, renunciando a mi fuga, pregunté:
—¿Con que una larga historia? —entoné como si lanzase zalamerías a la más guapa moza.
Volvió el silencio, pero a mí ya me había mordido la cizaña de la curiosidad. Quizás había venido desde Lombardía. O Florencia. O se había escapado del dogo veneciano. A lo mejor había luchado a favor de los güelfos, o en el bando de los gibelinos. Podía ser que en sus manos hubiera estado el trono del Sacro Imperio. Tal vez había combatido en los emiratos africanos para cumplir con alguna misión secreta de nuestro rey Fernando; no en balde, no mucho antes de aquellos días, la corona de Castilla se había atrevido a perseguir a los almohades hasta sus propias quintas de la Berbería. Hasta cabía el tiento de que hubiera asesinado a algún mandamás sarraceno en Arcila, pues se rumoreaba que más de uno había muerto a manos de mercenarios del rey cristiano.
Mis sesos se llenaban de ilusiones con tanta rapidez como él bebía. Algo cosquilleaba en mi interior gritando que el secreto de aquel hombre podía ser lo que llevaba toda una vida buscando.
Allí tenía que haber una historia, una buena historia.
El sudor empezó a escurrírseme por los costados. Estaba tan nervioso como un mozalbete ante la primera mujer que le regala su cuerpo desnudo.
Por su sayo sabía que no era hospitalario, y tampoco un pobre caballero de Cristo, ni teutónico, pero llevaba la cruz.
—A mí me encantan las historias —sugerí con los labios fruncidos—. Las buenas historias.
Bajo la capucha, los hombros se encogieron y las manos sirvieron más alcohol.
Entró más gente en la taberna y el bullicio empezó a llenarlo todo. Hablaban de los lobos que se veían en los montes y amenazaban el ganado, de las reservas de simientes que habría que guardar tras la siega, de los costales de grano que se llevaba el molinero por su trabajo, del próximo día de mercado. Yo conocía todas esas historias. En Vigo hubiesen hablado de mareas y redes, de las sardinas y de los bonitos, pero eran las mismas historias, y también las conocía. Ninguna de ellas me interesaba.
Pero la de mi samaritano, sí.
Al poco, cuando el vino calentase sus espíritus, empezarían a hablar de las meigas que se esconden en los bosques, de las ánimas que penan por los caminos, del camposanto que no debe cruzarse tras la puesta de sol, de las harinas que se tornan negras. Esas historias las había escuchado. En Vigo hubieran cuchicheado de la sierpe escondida en las furnias del puerto, del pesquero hundido que se ve navegar en la ría durante la luna nueva, de islas que jamás se encuentran. Y ésas también me las habían contado.
La que no conocía era la del encapuchado.
—¿Qué historia es ésa?
No hubo respuesta.
—¿Cómo empieza?
Ya me había olvidado de la cojera del tabernero, de mis ganas de salir de allí chiflando, del tal Julián y de sus ojos bizcos. Hasta me había olvidado de la casada para la que había compuesto las cantigas en Vigo.
—¿Cuándo?, ¿dónde?
Cuanto más pienso en ello y, sabiendo lo que pasó después, más me convenzo de que fue el orujo y no mi tesón lo que le hizo hablar.
Demasiadas penas, demasiada soledad. Él necesitaba desahogarse. Tuve suerte, estaba en el momento oportuno en el lugar oportuno, y con la ración oportuna de bebida.
Más tarde pagaría un alto precio por ello. Pero en aquella taberna, al pie de la torre de San Paio, aún no lo sabía. Y aun sabiéndolo creo que no me hubiera marchado.
Vació otra copa de orujo. Se limpió con el dorso de la mano y me contó la historia.
—Empieza con un mocoso. Un crío estúpido que se cayó de un nido…