Laín

Francisco Narla · Capítulo 23 de 25

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Laín

Estrofa XXI y estribillo. La deuda

ESTROFA

XXI Y ESTRI BILLO

LA DEU DA

«La ventura del rey, que quería guiarlo

antes de partir de este mundo,

lo quiso colmar con el poder del mundo,

pero muy poco tiempo duró en ese estado».

Libro de Alexandre, de autor desconocido

Si dijera que se me cayeron los palos del sombrajo, diría poco y mal. Después de escuchar el relato, necesité un buen rato para asimilar cuanto acababa de oír.

Cuando reaccioné, tuve que cerrar la quijada antes de poder articular palabra.

—¿Afonso? —pregunté espantado—, ¿Afonso de Castilla?, ¿nuestro Afonso?

No contestó.

—Era él, ¿verdad? Afonso es el infante del que te habló tu padre.

Siguió mudo.

—¡Maldita sea mi estampa! ¡Afonso! Ahora lo entiendo. Por eso no querías que lo contase. Cuando partisteis a Judea él no era más que un infante, un infante ambicioso si me ha entrado en la mollera la mitad de este condenado embrollo, pero sólo un infante. Y ahora… Por todos los demonios… Por eso no querías que lo contase ¡hasta que muriese el rey Afonso! —exclamé, comprendiendo al fin—. Ahora es el rey, el condenado rey, y tú vas a matarlo.

Él se encogió de hombros, como si no le fuera un bledo en todo aquello. Le daba lo mismo una cosa que la contraria.

Estaba decidido. Iba a hacerlo. Se veía en sus ojos.

—Como si matar al infante de Castilla fuera una nadería, ¡por todos los santos! — continué yo, incrédulo, dándole vueltas—. Pues ya no lo es —le espeté con retintín —. Ahora es el rey. Nuestro rey. Rey de Castilla, de Toledo, de León… Rey de Galicia y no sé de qué más. ¡Rey! ¡El rey! No, ¡ojalá sólo fuera eso!, ojalá —continué apresurado, al darme cuenta de algo más—: también es el futuro emperador del Sacro Imperio. ¿Acaso no sabes que ha llegado embajada de Pisa para proponerlo como heredero por ser hijo de su madre? —Era la comidilla de la ciudad; sobre aquello había gritado Fruela—. Los electores tudescos tienen que decidir, pero será Afonso o Ricardo de Cornualles. Uno de los dos se sentará en el trono de Barbarroja. Y tú quieres matarlo, al rey de Castilla, al heredero a la corona del Imperio. ¿Has perdido los cabales? ¡Es el rey! No puedes hacerlo.

Almodís se acercó hasta nosotros. En su rostro estaba pintado el mismo horror. Incluso el gato maulló con preocupación.

Pero él callaba y yo solo, sin necesidad de que Laín se explicase, caí en la cuenta.

—¡Por todos los demonios! ¡Claro! Por eso el empeño en las reliquias para sobornar a los electores. Maderos de la vera cruz. Eso es lo que quería Afonso cuando era infante. Ya entonces aspiraba al trono de Barbarroja. —No sabía ni la mitad, pero no era difícil imaginar el resto—. Y ese mal bicho de Fruela se lo aventó todo y quiso traicionarlos. Vendió lo de las reliquias a los templarios y le fue con el cuento al obispo, y el obispo escribió a Roma… Claro, el papa Alejandro no quiere oír hablar de que Afonso sea el próximo emperador… Muchos gallos son ésos para un solo corral.

Todos, de un extremo a otro del reino, sabíamos que, ni Inocencio ni su sucesor en la silla de Pedro veían con buenos ojos el amor del rey Afonso por la astrología y otros asuntos de los cielos. En aquellos años, entre los sabios que el rey había reunido en su scriptorium de Toledo, había moros y hebreos y se discutían asuntos de medicina y teología. Temas peliagudos para quienes se creían dueños de la única verdad posible.

Rey o no, Afonso no gustaba a prelados y obispos. Incluso se oía que alguno quería excomulgarlo, como habían hecho antes con el emperador Federico.

Y eso no era todo. Ni siquiera hacía falta echar cuentas.

Afonso casó con la hermana de Teobaldo de Navarra, que había sido el que organizara la expedición en la que partiera Rodrigo. Y las dos esposas eran hijas de Jaime de Aragón, que se entendía bien con los templarios y quería medirle los pasos a Castilla, no le fueran a crecer los egos al otro. Era bien sabido que el aragonés echaba pestes cuando le mencionaban que Afonso podía acabar en el trono del Imperio.

O sea, que el secreto de aquel oasis en los desiertos de La Meca que guardaba los maderos de la vera cruz sólo fue secreto hasta que Guy de Tarba se lo contó a su señor. A partir de entonces, se armó un sindiós.

—A saber qué condenados vericuetos se siguieron en toda esta maldita historia. Es un enredo de mil pares —dije entonces, vislumbrando sólo algunas verdades—. Y a mí me has arrastrado hasta aquí… ¡Estás como una chota! No, yo no me meto en esto —aseguré, convencido—. No voy a seguirte, no puedo contar algo así.

Volvió a encogerse de hombros.

—Haz como te plazca, pero no te vayas de la lengua.

Pese a todo por lo que habíamos pasado juntos, vi en sus ojos que la amenaza no iba en balde. No pestañearía si se daba el caso. No me cupo duda alguna. Estaba resuelto a seguir adelante, y yo no iba a ser quién para impedirlo.

A mí me entraron sudores fríos y se me encogió la hombría. Me había metido en muchos líos a lo largo de mi vida, pero aquello se me iba de las manos. Mi mala cabeza me había aconsejado con poco acierto muchas veces, siempre detrás de buenas mujeres y buenas historias. Y, mal que bien, había ido librando. Pero matar a un rey, a todo un rey, al heredero al trono de Federico Barbarroja, eso era harina de otro costal. Para eso se bastaban solitos en la Corte, donde las conjuras estaban a la orden del día y el poder era lo único que pesaba, nunca la conciencia.

—Y lo siguiente qué va a ser, ¿el papa Alejandro?

La ironía era tan buen refugio como cualquier otro, pero él siguió callado. Fue entonces cuando Almodís se acercó aún más.

—No van a volver —dijo con un susurro.

Los dos la miramos, sin comprender.

—Tu madre, tu padre, el mío —siguió hablando ella con amargura—. Puedes prender fuego a la ciudad, y bien sabe Dios que no serías el primero en intentarlo, pero no conseguirás nada.

Él la miró antes de contestar.

—Di mi palabra.

Y aquello encendió algo en Almodís que yo no había visto antes, aun a pesar de que habíamos abusado de su confianza durante días.

—Como mi padre. —Aquello sonó como un chirrido; salió cargado de una furia que llevaba mucho tiempo contenida.

Los dos la miramos sorprendidos.

—¿Y de qué servirá? Eh, ¿de qué? Puedes perderlo todo.

—No tengo nada —fue capaz de decir Laín antes de que ella continuase.

—No seas imbécil. Tienes tu vida. Toda tu vida. Podrías encontrar a alguien con quien compartirla; podrías tener hijos. Por el amor del cielo, podrías meterte a monje en un convento y consagrarte al bien y a Dios. Lo que quieras. Cualquier cosa. Y, sin embargo, vas a arriesgarlo todo, ¡todo!, ¡igual que mi padre!

Estaba junto a nosotros, pegada al lecho; blandía las ramas con las que había estado barriendo, y su voz empezó a temblar.

—Nos abandonó por un ideal estúpido —escupió con resentimiento—. Ni siquiera lo conocí. Y, ¿para qué?, ¿por qué? Nos abandonó…

No creo que esperara una respuesta. Ella ya había pensado en todo aquello, del derecho y del revés.

—Para salvar a quien ya estaba perdido sin remedio, ¡no!, ¡no! Eso es una mentira, cruel e injusta. ¡Una mentira! Fue un egoísta, lo hizo por él mismo. — Extendió un dedo acusador y señaló a Laín; el gato, asustado por el empuje de su ama, saltó y fue a esconderse en algún rincón oscuro—. No fue por salvar a ese don Rodrigo, no, qué va, fue por contentarse a sí mismo. Por decirse a sí mismo que había cumplido con su deber; ¡con su deber!, ¡ja!, valiente cosa el deber, que no da de comer, que no consuela al cansado, que no ayuda al enfermo. El deber, el deber. ¡El honor! Basura…

Yo no sabía qué responder a aquel desahogo de resentimientos, pero Laín sí tuvo el cuajo de decir algo.

—Un hombre vale tanto como su palabra…

Y ella ardió, igual que el fuego en la forja cuando el herrero sopla el fuelle. Saltaron chispas de aquellas brasas. Yo llegué a temer que se liara a escobazos con nosotros y nos echara a patadas de su casa.

—Justo. Sí. Así es, eso era lo que él decía. Eso mismo…

Entonces, antes de continuar, pareció desinflarse, como si aquel arrebato de furia la hubiera llevado más allá de todo su aguante.

—Eso mismo.

Lágrimas furtivas empezaron a temblarle en las comisuras de los ojos y, que el Señor tenga a bien perdonarme, yo pensé que no había visto en mi vida criatura más hermosa. Las mejillas arreboladas le daban una luz a su rostro que ni siquiera toda aquella pena conseguía apagar.

—No sé cómo mi madre pudo perdonarle —reconoció con voz temblorosa—. Siempre me decía que no debía pensar así, que tenía que comprenderlo. Que volvería. Que viviríamos felices. Y mira, tú has traído su maldición a mi hogar. ¡Maldito seas! Te odio. Y le odio a él por lo que hizo, ¡le odio! Nos abandonó. Y tú eres de la misma calaña. —Apuntaba con el dedo y sus ojos brillaban llenos de furia—. Sois horrendos.

Dicho aquello, se dio la vuelta, dejó caer las retamas y salió de allí con aires desconsolados.

El gato maulló lastimero, llamándola.

Cuando nos quedamos solos, a mí me entró el pánico.

—Va a denunciarnos —le urgí—. Tenemos que irnos, cuanto antes.

Claro que Laín no estaba en condiciones de ponerse en pie, mucho menos de echar a correr. Pero creí entonces, y sigo creyendo ahora, que no lo hubiera hecho, incluso de haber podido.

—No, no nos denunciará —repuso él con una seguridad que yo no sentía.

—Pero sabe lo que pretendes, sabe lo que has hecho y sabe que yo estoy metido en este mierdero hasta el corvejón. —Yo estaba muy agitado; lo mío no era la valentía—. Puede que le den una recompensa. El obispo estará encantado de saber lo que ha sucedido con su lacayo Fruela. Y, si no, puede buscar a hombres del rey. Has conseguido que tengamos enemigos en todos los bandos. Se lo diga a quien se lo diga, estamos condenados.

—Por más que le pese, es hija de su padre, no lo hará —insistió él.

Y, dando por zanjado el asunto, cerró los ojos y pareció dispuesto a echarse un sueñecito. En tanto, a mí se me llevaban los demonios. Debo confesar que, durante buena parte de aquella mañana, pensé que la única salida era salir corriendo yo mismo hasta el palacio del obispo y cantar hasta la última nota de cuanto sabía.

El honor, el deber y la lealtad eran asuntos, siguen siendo asuntos, que quedan bien en los cantares que se componen, en las gestas de los héroes y en los espejos de los príncipes, pero yo no estaba hecho de esa pasta. Aún no sé cómo me contuve.

Y no trato ahora de echarme flores, pero no sólo aguanté porque me seguían picando las entrañas por conocer el final de todo aquel embrollo, no. Después de lo sucedido, por primera vez en mi vida comenzaba a comprender aquellos asuntos de los que cantaba y componía. Además, le debía la vida a aquel hombre. Y, de pronto, para cuando empezó la tarde y el gato había vuelto a su lugar en el regazo de Laín, creí entenderle.

De tanto en tanto me asomaba a la puerta de la botica y miraba arriba y abajo, por entre las piedras de la ciudad. Vi pasar comerciantes, frailes, paisanos con cestas llenas y vacías. Pero no apareció veguer, sayón o soldado dispuesto a aherrojarnos.

Él, tranquilo, dormitó buena parte del tiempo, y ella, al fin, regresó cuando los faroles empezaban a espantar la oscuridad de la noche.

—Hay que cambiar esos vendajes —dijo en cuanto entró, como si nada hubiera pasado.

Y apenas cerró el postigo se puso manos a la obra: calentó vino para limpiar las heridas y escogió trapos limpios de un estante junto al hogar.

Los dos nos quedamos en silencio, viéndola trajinar. Incluso enfadada, con un mohín de disgusto pinzándole las cejas, seguía siendo una beldad.

Arrimó también el pote a las brasas recién arregladas, para preparar algo que echarse al coleto, y se acercó a donde él estaba postrado, dispuesta a hacer las curas.

Mientras, yo seguía intranquilo, temiendo a cada instante que abatieran la puerta a puntapiés y aparecieran alabarderos con el ánimo de ensartarnos como olivas. Pero nada de eso sucedió. Con el mimo de los días anteriores, atendió al paciente y, para cuando recogía los trastos, Laín le habló en voz baja:

—Perseguí a mi padre hasta los confines del mundo, y allí, para mi desgracia, lo encontré —le dijo vacilante—. Sólo para comprender que ya lo había perdido durante el camino.

Ella apretó con fuerza las vendas que acababa de retirar, retorciéndolas como si las enjugase.

—Ahora lo sé —continuó él—, Guy fue el único padre verdadero que he tenido. Y sé cómo te sientes, lo comprendo. Pero no debes pensar así de él, no se lo merece… Sé que estaría orgulloso de ti, y también sé que nada más hubiera querido en el mundo que estar junto a ti y junto a tu madre hasta el fin de sus días. Créeme. Lo sé.

Ella abrió sus labios, se partieron como una ciruela madura, y quiso decir algo, pero fue incapaz.

—Él me dijo que lo sentía, que se había equivocado. Me pidió que me asegurase de que estaría… de que estaríais bien —insistió Laín—. No se merece que lo odies.

Quiso de nuevo arrancarse a hablar y tampoco fue capaz.

Laín entonces la obligó a dejar caer los trapos y le tomó las manos entre las suyas.

—No se lo merece…

Eran pequeñas y finas, estilizadas, de largos dedos. Parecían frágiles atrapadas en aquel cepo encallecido por la espada y los años.

—Supo que se había equivocado y debes perdonarle.

Empezó a sollozar, quedamente, y la tensión de sus hombros se diluyó, pero era demasiado orgullosa para dar su brazo a torcer y no quería que ninguno de los dos la viésemos llorar otra vez.

—Has de comer algo —dijo con prisa.

Soltó sus manos, recogió las vendas del suelo y, con más alboroto del necesario, se ocupó del pote puesto al fuego para hacer un estofado en el que incluyó las primeras castañas de la temporada y una liebre que tenía adobada.

Había allí, entre ellos dos, mucho dolor y demasiado orgullo. Costó un mundo que ambos se dieran la oportunidad de perdonarse y perdonar. Fue como abrir a la fuerza bisagras oxidadas; chirrió, dio trabajo, pero uno sabe que, antes o después, podrá pasar del quicio y resguardarse del frío tras la puerta.

Se siguieron los días y a mí nunca me abandonó el temor de que, en cualquier momento, aparecieran hombres del obispo, del rey o hasta templarios dispuestos a poner nuestras tripas a orear.

Pero nada de eso sucedió. Las bisagras siguieron chirriando una buena temporada, pero no apareció nadie para llevarnos presos.

Yo estuve pronto plenamente recuperado y, como un regalo inesperado, Laín me dijo que encargara al artesano por el que habíamos pasado al entrar en Compostela una cítola nueva.

Es la misma que tengo aquí, conmigo, mientras cuento al fin esta historia, ahora que el rey Afonso está dándole explicaciones a san Pedro.

Una verdadera delicia. Tiene una exquisita figura de alcuza, con su cintura y su cadera, como una buena mujer. Hecha de un bloque entero de un cerezo viejo, que es sólido y suena delicioso, con una maravillosa tapa de cedro encolada con pez, las clavijas son de recio boj, las cuatro cuerdas de la mejor tripa y el remate del mástil lleva tallada la cabeza de un arroaz que me recuerda al mar de mi Vigo natal. Costó una fortuna y la pagó gastando sus buenos pepiones, partidos de su herencia en besantes de oro.

Y, mientras él recobraba las fuerzas, se nos hizo familiar la costumbre de estar allí, de permanecer juntos, de charlar al amor del hogar y contar recuerdos. Ella era dulce como la miel y, una noche de tormenta, mientras Laín dormitaba, Almodís también escuchó mi historia de penas y maldiciones.

—Pobrecito —me dijo con aquellos ojos cándidos que invitaban a amarla.

La botica volvió a funcionar. Laín y yo permanecíamos en la casa, junto al lar. Yo salía de vez en cuando, para ganar unas piezas cantando en la plaza del Campo, o en el Preguntoiro cuando no se daban los pregones. Paseaba por Compostela, charlaba con sus gentes, veía con asombro cómo llegaban peregrinos desde el último rincón del mundo. Y no volví a cortar los cordones de una faltriquera o a engañar con el juego de las tabas.

El invierno se fue armando a pocos. Las noches se hicieron más largas, las madrugadas más frías, las lluvias aguanieve, las hojas marchitas llenaron las calles, las gentes se reunían para los magostos. Llegó el día de santa Lucía en apenas un suspiro y, para entonces, Laín ya caminaba de un lado a otro de la habitación y se sentía con fuerzas para ayudar en las tareas: menudeaba la leña con el hacha, libraba los desagües e iba haciendo lo que Almodís le pedía.

Ella no dejaba caer la coraza, pero, de tanto en tanto, se cruzaban sus miradas, y yo veía lo que ellos no querían decirse.

Fuimos felices. Los tres, el gato, la vaca y la yegua.

Llegaron las nieves y, un día radiante de cielo despejado, acompañamos sin prisa a Almodís para sus asuntos de la botica. Los tres juntos, bien abrigados, nos llegamos a los altos de Lavacolla para recoger bayas de acebo y de tejo, con las que ella preparaba tisanas y emplastos. Lo recuerdo bien, porque, de regreso a Compostela, escuché reír por primera vez a Laín cuando ella le contó no sé qué anécdota de Guy de Tarba que su madre Egeria le había repetido hasta la saciedad.

—… y se marchó sin decir una sola palabra —relataba ella—. Volvió dos días después con una flor de plata que le había comprado a un hebreo…, pero no dijo una sola palabra.

Y Laín rió, grave y fuerte, como el romperse de un tablón, y asintió sacudiendo la barbilla con aires familiares, dando a entender que aquello le sonaba muy propio.

Nos convertimos en una condenada familia. Y que me perdone el señor mi mala lengua, pero ésa es la verdad.

Ni antes ni después de la natividad del señor de aquel año de 1256 disfruté de una Nochebuena tan espléndida. Comimos un capón asado con mimo, albardado con su buen tocino y relleno con grasa de pato e higos pasos. Un roscón de almendras por postre. Todo regado con buen vino de Vigo comprado en el mercado de Mazarelos. Yo toqué unas tonadas con mi nueva cítola y, cuando fuimos para oír la misa del gallo en la catedral de Santiago, por un momento, sólo por un momento, vi que sus manos se rozaban.

A ella se le llenó el rostro de arrebol y él carraspeó muy serio, y se apartó un paso, colocándose el cinto, quitándose las arrugas del sayo.

Fuimos una condenada familia.

Ellos empezaron a charlar a menudo, pasando cada vez más tiempo a solas. Cuando Laín se ejercitaba con la espada, ella ponía mala cara y, para recuperarse, en lugar de fingir que guerreaba, él la ayudaba con las tareas de la casa. Cortó leña, adecentó el establo, reparó patas cojas de los bancos. Y yo le ayudaba.

Incluso albergué la esperanza de que Laín olvidase su maldito juramento. Fuimos felices. Hasta el dichoso mico perdió su desconfianza y aprendió a sobarme los tobillos; ronroneaba y pedía mimos levantando sus ojos amarillos con aires desamparados. Nunca volví a vivir una etapa tan dichosa. Nunca, ni en éstas, mis últimas jornadas, entre estas santas paredes de Carboeiro.

Lo echo de menos.

Fuimos felices. Como en un cuento para niños de teta que no quieren dormirse. Felices. Hasta que, para el día de la Anunciación, cuando ya asomaba la primavera pintando de amarillo los tojos, llegó aquella viejuca sarmentosa a la botica. Toda enlutada y enclenque, pidió grasa de oso aderezada de endrinas para aliviar las articulaciones de las manos.

—Dicen que andan los hidalgos revueltos por los gastos del rey Afonso — comentó, envuelta en mandil negro y pañoleta bien apretada.

La buena señora lo aireó por aquello de chismorrear un rato mientras atendía la mañana, igual que podía haber mentado a los de la Orden de Calatrava, que andaban peleando por los alrededores de Granada, o igual que se podía haber callado. Pero lo dijo. Y me bastó ver los ojos asustados de Almodís en cuanto oyó el nombre del rey. Apenas la vieja se limpiaba los perdigones de sus labios hundidos y sin dentadura, ella miró hacia donde estábamos Laín y yo arreglando la puerta del establo con buenos clavos de herrero.

—Estaban escocidos ya por tanta ley, tanta partida y tanta zarandaja —siguió la mujeruca—, y ahora se les atraganta que les quieran hurgar en la bolsa.

Era cierto, yo lo había oído ya en mis paseos por Compostela, aunque a mí no se me había ocurrido mentarlo al regresar a la botica. Los ánimos en la Corte andaban revueltos. Muchos nobles buscaban excusas para ir con el asunto a Jaime de Aragón o al mismo Papa en Roma, a ver si alguien le paraba los pies al rey Afonso.

Pero no fueron las cuitas de los hijosdalgo y ricoshombres de Castilla lo que preocupó a Almodís. Lo que en verdad la inquietó fue el momento en que Laín dudó. Antes de dar el último martillazo para enterrar en los maderos el último clavo, su mano quedó quieta un instante.

Ella y yo nos miramos, y los dos supimos que aquel cuento había terminado.

No pude contenerme. Simplemente, no pude.

Las buenas mujeres y las buenas historias. Gracias debo dar al señor todopoderoso por su clemencia porque, sin duda alguna, me he condenado muchas veces al fuego eterno.

No pude contenerme, me perdieron mis ansias de conocer el final de la historia, y fui tras él.

Cabizbajo y pensativo, Laín no se volvió una sola vez. Y para aquel entonces lo conocía bien. No era sólo su venganza la que le anegaba el alma. Parco en palabras, descastado, resignado a su condena. Laín era todo eso, pero yo también sabía que, una vez más en el rosario de tormentos por los que había pasado, volvía a encontrarse con la desdicha.

Y en la puerta de la botica quedó Almodís. Él no echó la vista atrás, yo sí me volví. Estaba de pie, apoyada en el quicio de granito, con el gato enredado en el ruedo de la falda. No la olvidaré nunca. Sus rizos trigueños aplastados por la lluvia, los brazos cruzados bajo el pecho generoso, el aguacero brillándole en el rostro. No sé si lloró o no. El cielo de Compostela, gris y apretado contra los tejados, empapaba las calles y disimulaba las lágrimas. Nos vio marchar y no dijo nada. Pero en su semblante se leía la pena, estéril, amarga, honda como un pozo.

Los dos estaban destrozados y yo sabía qué atormentaba sus corazones.

Unas noches antes, antes de que apareciera aquella vieja enlutada y condenada que nos empujó a recorrer el viacrucis que nos esperaba, los vi.

Ellos pensaban que yo dormía y se susurraron palabras que nunca había pensado escucharles.

Había estado tocando por las calles que llamaban tendas de ourives, donde abundaban los orfebres hebreos y los dineros se movían. Estaba cansado después de un día de trajín en el que había ganado mis buenas monedas. Y debió parecerles que la modorra me había vencido junto al calor del fuego, pero se oyeron maullidos melancólicos de alguna gata ansiosa que recorría los callejones buscando amoríos, y abrí un ojo.

Se reían. Y la risa de Almodís, que intentaba contener por no despertarme, sonaba como un lindo cascabeleo; era pura alegría. Lisco, ansioso, quería responder a la llamada solitaria que la gata repetía mientras se frotaba contra alguna esquina cercana. El mico corría de un lado a otro de la casa, preso de sus ansias. Buscaba una salida, arañaba las puertas y los postigos, contestaba a la amante vagabunda con largos miaus, muy graves y muy serios.

Estaba el bicho tan agitado en sus idas y venidas que tropezaba hasta con el aire, y Almodís seguía riendo. Rió hasta que cayó en la cuenta de que era la lujuria la que movía al animal y, de pronto, calló, abochornada. Con ojos gachos, miraba a Laín, que sonreía.

En algún lugar entre la vergoña y la carcajada, quedaron el uno frente al otro y, mientras el gato seguía buscando por donde escapar, ellos ya no le hacían caso. Sólo estaban pendientes el uno del otro.

Sé que estuvo mal. Debí evitarlo. Pude cerrar los ojos, volverme como quien se voltea en sueños. Pero tantas veces en mi vida he dejado de hacer lo que debía… Me pudo la curiosidad.

Estaban trabados en sus miradas. No se dieron cuenta, sus rostros se acercaron, sus bocas se abrieron, sus labios se prepararon. Entonces el condenado gato saltó a la mesa y tiró al suelo los picheles y los platos, armando un escándalo de mil demonios.

Fue el beso que no se dieron.

Pero quedó grabado a fuego en sus corazones.

Yo fingí despertar con la cantinela de estaño repicando, todos nos miramos sobresaltados, el gato maulló estirando el pellejo y Laín, sonriendo como nunca antes, abrió la puerta para dejar que Lisco marchara a desfogarse.

Todos reímos viendo cómo salía disparado hacia la noche de Compostela.

Ya no reíamos.

Quise quedarme con ella, pero fui tras él. Los cascos de la yegua chapoteaban en los charcos, las gentes pasaban, iban, venían. No pude evitarlo. Tenía que conocer el final de la historia. Y no me quedé con ella.

Aunque jamás habría imaginado que acabaría haciéndome pasar por mudo.

Cruzamos las murallas por la puerta de Mazarelos y, tras ella, quedó Compostela y, en Compostela, quedó Almodís. Se me cayó el alma a los pies.

—¿Cómo vas a acercarte al rey Afonso? —le pregunté con la garganta anudada.

Él me miró de reojo y del borde de la capucha cayó una cortina de agua.

—Él vendrá a mí, no te apures.

Y ni siquiera cuando llegamos a Toledo había imaginado yo qué clase de artimaña había ideado Laín para tener al rey al alcance de su espada. El señor me perdone por tantas mentiras; me dejé llevar. No pude resistirme.

En el camino, paramos en Astorga un día entero y, mientras yo aguardaba en una taberna, Laín se ausentó.

—Volveré para la cena, espérame aquí. —Fue cuanto me dijo.

Y yo aguardé hasta que apareció con un hato prieto del que no dijo una palabra. Dos días después llegamos al cruce para seguir hacia Mérida o continuar hacia Aragón. Podíamos haber elegido cualquiera de los dos caminos, pero Laín decidió que seguiríamos hacia el sur por la que desde los tiempos de César Augusto llamaban «ruta de la plata» Y, en cuanto tomamos el desvío, detuvo la montura y nos hicimos a un lado del camino.

—Desnúdate —me dijo, empezando él también a despojarse de sus ropas.

Estaban limpios y no parecían usados. Eran de lana basta, suelta, teñidos con agalla de roble. Nunca me lo explicó y prefiero no saberlo, pero la verdad es que llegamos a Astorga como un caballero seguido por un trovador que le hacía de escudero y continuamos camino como un fraile franciscano con su asistente oblato. E íbamos de buena guisa, porque después, afeitándonos el uno al otro, nos hicimos la tonsura y seguimos cabalgando con las coronillas escocidas.

Aunque ésas no fueron las únicas sorpresas que me aguardaba en esos días de locura.

Llegamos a Toledo remontando el Tajo. Pasamos por los huertos y cigarrales concedidos después de arrebatarles la ciudad a los moros. Rodeamos los cementerios de mudéjares y de mozárabes y dimos un cuarto de vuelta a la muralla hasta estar a la par de la isla de Antolínez, donde vimos un buen molino de grano que le robaba fuerzas al río. Entramos en la ciudad por la puerta del Vado, dejando atrás la que decían de la Bisagra, porque andaban esos días reparándola.

Y es que de eso vimos mucho en Toledo en las semanas que siguieron. Parecía que estuvieran levantando la ciudad entera de nuevo, pues, donde no estaban obrando, iban a empezar o acababan de terminar. Aunque, de entre todos aquellos menesteres, el más grande, sacro e impresionante, era el de la catedral que alzaban entre andamios, cantería y maestres ocupados; alta, espigada y al estilo de los francos, montaban en esos días la girola, piedra a piedra, borrando la mezquita que los agarenos habían santificado en la plaza para sus rezos. Y parecía justo aprovecharse, porque antes que mezquita, el lugar ya había sido iglesia. Allí estaban las tumbas de los godos Recesvinto y Wamba, que habían reinado desde Toledo antes de que los moros la conquistaran para perderla después.

Y a fe que se notaba que los mahometanos habían ocupado la villa durante sus buenos siglos. Estaba llena de callejas estrechas, callejones sin salida y laberintos complicados que nos ocuparon buena parte del día y una docena de preguntas hasta que dimos con lo que Laín buscaba.

Pasamos por donde levantaban de nuevo el alcázar, en el que estaban construyendo grandes torres. También por unas calles enredadas en las que se vendían viandas, vinos y pinchos de carne de cordero adobada al estilo moruno, cocinados sobre ascuas. Y al poco llegamos, al fin, a nuestro destino.

—Ése es, frade —nos contestó un pordiosero cuando preguntamos por enésima vez a ver si nos encontrábamos—, vais bien encaminado. Ahí mismo lo tenéis, santidad. El castillo de san Salvador, y enfrente —añadió moviendo una mano a la que le faltaban dos dedos—, la iglesia de san Salvador.

Para aquellas alturas de la aventura, a mí, la curiosidad me hacía hervir la sangre. No tenía idea de en qué carajal nos metíamos, pero Laín no soltaba prenda y a mí no me daban los caletres para imaginar respuestas por mi cuenta. Me dejé ir hasta que él cogió la aldaba de la puerta y llamó con fuerza.

—De aquí en adelante, eres mudo —me dijo muy serio, con las barbas crecidas, la tonsura y el hábito de franciscano que no lo hacía parecer ni medio santo—, mudo.

—¿Cómo?

No me dio tiempo a hacer más preguntas. Se oyeron los goznes. La puerta se abría. Y yo recibí un codazo en el costillar que me quitó el aliento.

—Mudo —insistió mirándome con aquellos ojos de hielo.

Apareció un tipo enclenque con los dedos manchados de tinta, las mangas cubiertas de borrones y todo envuelto, como harina en un molinero, en una niebla de polvos de las piedras secantes para las vitelas.

—Buen día nos dé el señor —nos saludó, fijándose en los hábitos.

Tenía pecas por doquier, los ojos tan claros que parecían de leche, y hablaba con una matraca que sólo podía ser de origen germano.

—Buen día —respondió Laín con un acento que tenía que ser igual que aquel dejo meloso de Guy de Tarba—, soy Guillermo de Rubruquis, embajador del rey Luis para los tártaros del este.

A mí, igual que a aquel copista, se me salieron los ojos de las órbitas, pero Laín, muy serio, siguió con la impostura.

—Y este pobre desdichado, mudo desde su nacimiento, es mi asistente, Gosset — terminó de anunciar, haciendo un gesto hacia mí.

—Bienvenido —logró balbucir el otro, claramente impresionado.

—A mi regreso desde Cilicia, se tuvo noticia en la Corte de que el buen rey Afonso ha instalado en este buen lugar —yo miraba a Laín sin poder creerme lo bien que fingía aquel acento franco— de san Salvador observatorios en las terrazas, para contemplar sus tablas sobre las estrellas de nuestro firmamento en el octavo cielo.

El copista asentía con la boca abierta, mostrando pocos dientes y mal sembrados.

—Y traigo de mi buen rey, santo como pocos, el noveno de los Luises de todos los reinos francos, el recado de conocer mejor esos trabajos.

Fue como cortar manteca. Se nos abrieron todas las puertas gracias a aquellos embustes descarados.

Nos trataron como a reyes. Enseguida se pusieron a disposición del enviado del rey Luis aposentos en las casas del arzobispo y, tanto en las salas anejas a la catedral como en las propias del castillo de San Salvador, conocimos a más copistas, escribientes, amanuenses y estudiosos de todo color y condición. Ellos eran los de verdad y nosotros meros fingidores, pero Laín se manejaba con disimulo y la cosa pitaba.

El rey Afonso era hombre de peligrosas ideas en aquellos tiempos. Además de sus líos con los casorios, su irredento empeño en hacerse con el trono del Imperio y demás discusiones con Aragón, desde la Corte promovía el estudio de las ciencias y la medicina, algo tan cercano a los moros y a lo esotérico que había muchos en demasiados lugares que le querían tomar medidas para cavarle una fosa. Se rumoreaba que incluso desde la misma Roma lo miraban con el ojo torcido, asunto que no le ayudaba para hacerse con la herencia de Carlomagno y que explicaba la traición de la vera cruz en la que Laín se había visto enredado.

Pero para mí, pese al suplicio que supuso hacerme pasar por mudo, fueron aquellos días en Toledo una sucesión inolvidable de descubrimientos fabulosos.

Por aquellas mismas mesas de los escritorios que visitamos habían pasado grandes como el magister Miguel de Escotia, que había traducido al latín obras de Aristóteles. O Juan el Hispalense, y Domingo Gundisalvo, sin olvidarse del gran Salio de Paula. Incluso Germán el Alemán, que había puesto en castellano la Retórica de Averroes o la Ética a Nicómaco.

Aunque a mí, como me movía el oficio, me hacía mucha más gracia saber del trovador genovés Bonifacio el Calvo. De Cerverí de Girona. Y, por supuesto, conocer cualquier detalle de mis admirados Airas Nunes o Pero da Ponte, que habían llegado a Toledo desde mis tierras gallegas.

A cada paso por aquellos lugares descubría algo que leer o que admirar. Porque se me suponía mudo, sí, pero no ciego y, en aquellos días de Toledo, pude leer los cuentos traducidos del Calila.

Me faltaban las horas para ver cuanto allí se hacía y quedé patidifuso cuando me dieron a conocer los himnos que se habían compuesto en aquellas mismas mesas en loor de la santísima Virgen María. Qué dulce maravilla. Incluso aprendí de memoria más de una estrofa.

Pero no todo resultó miel sobre hojuelas.

La pena fue que, como se suponía que recorríamos aquellas calles y bibliotecas por los intereses astrológicos del rey Luis, tuvimos más trato con los hombres de ciencia que, atareados como hormigas, corrían de las terrazas de San Salvador a los escritorios. Así conocimos a la curiosa pareja que formaban Yehudá ben Mosé y Guillén Arremón de Aspa, que andaban trabajando en los que terminarían siendo los Libros del saber de la astrología.

Yehudá era hebreo hasta la médula, con su nariz ganchuda, sus labios finos, sus ojos pardos y pequeños, sus rizos colgando en las patillas, sus ropas extravagantes y un saber hacer pausado. Era menudo, ratón de biblioteca hasta la médula, y callado. Por el contrario, Guillén era largo como un día sin pan y parecía hecho de astillas. Llevaba todo el cabello desarreglado y sus barbas valían para nido de chochines. Resultó ser un tipo mucho menos preocupado por los preceptos de su fe y tanto le daba comer conejo que cordero.

El primero era más de tinta y vitela, y andaba siempre preocupado por sus mezclas de alumbres, yesos y cerosas, interesándose por nuevas moliendas de cinabrio, mina o rubia para dar mejores colores a sus iluminaciones. Y tenía a todas horas una queja en los labios por los nuevos pergaminos que se habían empezado a fabricar en Játiva según la receta llegada desde Oriente a través de las rutas comerciales. Al parecer, aprestaban trapos húmedos y los aplastaban entre planchas que les escurrían el agua para producir algo a medio camino entre los papiros de los egipcianos y la buena vitela de toda la vida. Y al atareado Yehudá se lo llevaban los demonios con aquel ingenio.

—Es mucho más barato, pero se descoyunta en cuanto se apoya la pluma y se rompe con sólo mirarlo —repetía una y otra vez.

El segundo era un hombre mucho más práctico, sin otra preocupación en la vida que las nubes. Pasaba la tarde mirando al horizonte, intentando adivinar por dónde pasarían los rebaños descarriados de las malditas, no fuera a ser que le estropearan el trabajo que tenía planeado.

Y ambos tenían la intempestiva costumbre de pasarse despiertos de vigilia a maitines, mirando al cielo y rogando porque fuera luna nueva, porque, si estaba llena, les estropeaba el brillo de las estrellas.

Sin duda, Toledo era una ciudad de prodigios en aquellos días; lo único malo fue que, tanto Yehudá como Guillén nos trataban con la cortesía justa.

Estaban allí pagados con los dineros del rey Afonso, y, como nosotros, presuntamente, andábamos a la búsqueda de los trabajos astrológicos, ellos quedaban escamados. Temían que le fuéramos con el cuento al rey Luis, que tenía sus buenas migas con Jaime de Aragón y mejores aún con el papa Alejandro, ambos con ojeriza hacia Castilla.

Su trato era tan frío y distante que echó a volar los pájaros de mi cabeza. Andaba yo tan metido en mis ilusiones por las cantigas que había visto recién compuestas, por tanto libro del que aprender algo, que tardé en darme cuenta de lo precario de nuestra situación. No éramos más que un par de embusteros que, por ende, habían elegido un mal papel que representar en aquella tragedia.

Como en Compostela, cualquier día podía ser el último. En cualquier momento podían venir a prendernos. Y a mí, en cuanto caí en la cuenta, no me llegaba el pellejo al cuerpo.

Una noche ya no pude aguantar por más tiempo mis temores. Tumbado en mi jergón de paja a los pies del lecho de Laín, se lo hice notar.

—Todos nos miran con el ojo vuelto. No se atreven a echarnos por si acaso decimos la verdad —mi voz andaba tomada por el poco uso de esos días—, pero no creo que duremos mucho.

Me contestó con pasmosa calma:

—Eso es lo que queremos, que desconfíen.

No me dio más explicaciones, por más que le rogué y, cuando se cansó de callar las respuestas que yo buscaba, se limitó a insistir en lo que le convenía.

—Recuerda que eres mudo, mi buen Gosset —me dijo con una sonrisa cargada de cinismo.

Y yo no comprendí el porqué hasta que llegó el momento de la verdad. Hasta aquella noche de tormenta en Toledo, cuando descubrí el fin de aquella historia que llevaba toda una vida buscando.

Durante años pensé que mi promesa había condenado mi historia. Debía esperar hasta que Afonso muriera. Y hasta el último hijo de su madre ha de saber lo que pasó aquella noche en Toledo. Y poca gracia tenía contar la gesta si, de antemano, se sabía el final.

Fue una noche de tormentas. El cielo se desmoronó. Un rayo tremebundo cayó en una de las torres del alcázar, y la obra se vino abajo.

Sin embargo, ahora, con la sensatez que da el llegar a viejo, comprendo que estaba equivocado. Porque no todo acabó en aquella noche de perros que barrió Toledo.

Ahora lo sé.

El río Deza se revuelve en estos montes. Serpentea entre los bosques, hechos de carvallos, castaños, laureles, alisos y madroños. Sus aguas y sus piedras bañadas envuelven el otero donde se construyó esta bendita abadía de Carboeiro.

Y entre estas paredes acabaré mis días. Eso también lo sé.

Me lo dicen mis manos, llenas de manchas que me ha traído la vejez; mis manos, que ya no son lo que eran. Tocar sólo una tonada en la cítola hace que me duelan todas las junturas, más aún ahora, que paso el día sobre la vitela, escribiendo la historia de Laín de San Paio.

Son tantas horas encorvado que, de tanto en tanto, me levanto. Echo mis viejas manos a los cuadriles para estirarme y, después de oír cómo me crujen los huesos del espinazo, deambulo por entre las mesas de mis hermanos. Veo a los iluminadores con sus cartularios, a los letristas con sus misales, y me piden consejos porque piensan que los años me han hecho sabio. Después me acerco a esas ventanas que ayudan a los cirios para que acometamos nuestros trabajos y miro entre las copas de los árboles.

Puedo ver los cerros llenos de paz en los que trabajan los hombres. Talan árboles con los que industriar el carbón de madera que da nombre a este lugar.

Veo el río. Veo los bosques. Y veo también mis recuerdos. Vienen a mí para que no olvide a aquel encapuchado que me salvó de morir apaleado como una chacina. Para que recuerde lo que sucedió en Toledo.

Han pasado tantos años…

Y he tardado tanto en comprender cuál fue el verdadero final de la historia de Laín…

Que el Señor me perdone, pero fue una noche de mil demonios.

Ya durante nona Laín empezó con sus preparativos, seguro de que todo iba a salir según lo tenía previsto. Y mientras mentíamos, escondíamos y robábamos, el bochorno todo lo podía, haciendo que costase respirar de tanto calor y tanta humedad.

La tormenta crecía y crecía, robando agua del Tajo, arrebatándoles el viento a los montes, preparándose para caer sobre la ciudad.

He tardado tanto en comprender que no todo acabó aquella noche.

Por aquel entonces el rey Afonso era aún joven y gallardo, Teobaldo de Navarra ya había muerto y Jaime de Aragón miraba hacia la vejez. Fue el año en el que, con boatos y alharacas, se celebraron Cortes en la ciudad para dar el anuncio oficial, político, firmado, rubricado y lacrado de lo que ya era un secreto a voces que conocía hasta el más borracho de la taberna más cochambrosa de todo el reino: el rey de Castilla era heredero al trono del mismo Barbarroja. El rey de Castilla, Toledo, Galicia, Sevilla… El rey de todo quería más. Quería reinar sobre toda la cristiandad.

Supongo que eligió Toledo porque le tenía apego al lugar. Había nacido en la ciudad y en ella estaban sus talleres reales. Por eso, después de que terminara el asunto de las Cortes, dio voz a los pregoneros para que el vulgo supiera de su próxima hazaña: partiría hacia Roma una embajada en la que mandaba a su hermano Manuel, acompañado de don Raimundo, prelado de Sevilla, para convencer al papa Alejandro de las virtudes de la candidatura de Afonso al trono. Quizá le llevaban también otro de aquellos condenados pedazos de la vera cruz que tantas muertes habían causado. Aunque eso ya no lo sé, pero imagino que algo había, porque el cuarto de los Alejandros tenía manía al rey Afonso y se decía que era terco como una mula revenida.

Estaba hecho. Había sobornado a los electores, iba camino de sobornar también al mismísimo Papa y, sin embargo, nada era suficiente para Afonso. Su ambición lo carcomía y, mientras atendía aquellos asuntos, se rumoreaba igualmente que, además, el rey tenía puestas sus ansias en la fortaleza que los moros llaman Ribat. Y a saber adónde más apuntaban sus ojos.

En aquellos días parecía que Afonso brillaba con su propia estrella. Lleno de ambición y deseo. Vestido de codicia.

Fue esa ambición la que lo perdió, y no por primera vez.

Tenía razón Laín, y sabía bien lo que se hacía. Con aquella farsa que había ingeniado, el rey no pudo resistir la tentación. Quién sabe en qué diantres pensaba Afonso. El franciscano Guillermo había estado con los mogoles, el Papa quería convencer a los mogoles de que echasen una mano en Tierra Santa, y el rey quería ponerse a bien con el Papa.

Después de tanto anuncio y tantas políticas, hubo una gran cena en el alcázar. Tanto se cocinó y tanto se comió que por toda la ciudad corría el aroma de los cochinos asados, los mejores costillares de buena ternera adobados y las frituras de truchas con almendras.

Ya en el monasterio de Santo Domingo se habrían recogido los frailes después de completas, pero, tras la comilona, guardando las apariencias para que nadie supiera de sus intenciones, el rey se dejó llevar por la semilla de codicia que Laín había plantado.

Afonso llevaba mucho tiempo gastando sus buenos dineros en lustrar su reino. Al modo de los califas, el monarca de Castilla pagaba por conocimientos y sabiduría, para que filósofos, teólogos, matemáticos y médicos trabajasen para la Corona haciendo de su reino un lugar a envidiar. Si Castilla era grande, Afonso era grande. Y era espabilado, sabía bien que quienes estudian las estrellas tienen horas intempestivas para dedicarse a laborar y, pese al vino de la cena, no pudo dejar de acercarse a San Silvestre para averiguar la verdad de lo que le habían contado.

No había alma en la ciudad que no supiera del enviado del rey de Francia, y aquellas nuevas llevaron a Afonso hasta las terrazas que había mandado instalar para que quienes gastaban de sus mecenas mirasen los astros del cielo.

Y allí lo estaba esperando Laín. Y yo junto a Laín.

Estaba dispuesto a matar o morir, sin importarle el precio.

Se había preparado para agarrar a su sino por lo que cuelga y echarlo barranco abajo. No había en su rostro ni pizca de las sonrisas de Compostela. Era de nuevo aquel encapuchado irredento que no había oído hablar de la clemencia. El mismo que había apaleado a los hombres del Tres Cantos, el mismo que había reventado a su hermanastro y despachado al vuelo a un veterano de los templarios. Era el hideputa malnacido que Guy de Tarba se había empeñado en crear.

Lo era.

Y estaba dispuesto.

Le rebanaría el pescuezo a cuantos hiciera falta. A los ayudas, al mayordomo, a los coperos y despenseros, al ayo, a los guardias y, por supuesto, al propio rey Afonso.

Sin embargo, ni Laín ni yo habíamos esperado que también apareciera aquél a quien ya creíamos perdido.

Bastó escuchar aquella risa de oso. Pese a los años, la voz llena de mofas y jarana resultó inconfundible. Se quedó tieso, se le escapó sólo un murmullo.

A mí no me llegaban las uñas para morderme apenas lo oí.

—No puede ser…

Lo miré desconcertado, escupí un pellejo de mis propios dedos mordisqueados hasta el hueso y le pregunté:

—Es…

Prestó atención un momento; se acercaban, se oían las chanzas y el buen humor. Venían unos cuantos, contentos. Como un perrillo, inclinó la cabeza.

—Es Ciriaco —dijo al fin.

Llegaron las primeras nubes. La luna y las estrellas se arroparon con ellas.

Ya no soy más que un viejo monje, blasfemo y pecador. Empieza a fallarme la memoria. No recuerdo si hoy he desayunado gachas o cuál fue el sermón de nuestro abad en la última homilía, pero no para aquellos días, no para aquella noche. Cómo olvidar la oportunidad que perdí. Cómo olvidar que estropeé el propósito de toda una vida.

No, de aquella noche recuerdo hasta el más mínimo detalle.

Aquella noche se convirtió en tinieblas. Ya nada había que mirar en el cielo. Los nubarrones se espesaron como humos sobre el caldero de una meiga. Todo fue oscuridad. Se aventaba la tormenta, que ensortijaba los rizos, que hacía sudar, que apretaba con su calor, pegajoso y húmedo.

La inmensa ciudad dormía a nuestros pies. Junto a las mismas terrazas quedaba a medias la faena del castillo de San Silvestre. Más allá, en la penumbra, se distinguían las torres de las iglesias: la de Santiago del Arrabal, la de San Ginés, la de Santo Tomé. También se adivinaba el contorno de la bóveda de la Sinagoga Mayor, y la más pequeña del Tránsito. Se veía la girola a medio terminar de la catedral, cruzada de riostras y andamiajes. Y, algo más lejos, la modesta mezquita de las Tornerías. El laberinto de todas aquellas calles enmadejadas que habían dejado los moros se llenaba de sombras, y los gatos, que se olían la mojadura, se escurrían por las esquinas buscando refugio.

Éramos cuatro, pero Yehudá y Guillén llevaban maniatados desde nona. Habían aparecido por allí como de costumbre, para dedicar otra noche más a contemplar las estrellas y dar sentido a los libros que traducían. Laín los había reducido haciéndoles el menor daño posible y miraban hacia nosotros con los ojos asustados de dos conejillos. Estaban amordazados. No tenían pajolera idea de lo que pasaba, pero no eran importantes. Acurrucados en un rincón, junto a un desaguadero, no molestarían.

Volvió a oírse aquella risa. Empezó a llover, goterones grandes y tibios. Cayó el primer relámpago y el cielo chispeó como una hoguera humeante. Y, antes de que el trueno se descorriese, aparecieron por las escaleras los primeros hombres del rey.

Plantaron sus botas en los miradores de San Silvestre dos fornidos caballeros que venían de buen humor, contentos por el espíritu del vino en la cena.

La lluvia arreció y eso los distrajo. Siguieron avanzando bajo el aguacero y, tras ellos, media docena más, todos soldados escogidos que habían acompañado al rey en lances contra los moros. Curtidos, baqueteados por la espada, el alfanje y la adarga.

La tormenta volvió a rugir entre las centellas del cielo mientras los hombres del rey Afonso se iban dispersando, dejando sitio para su majestad.

Yo estaba detrás de los bancos que había allí para los estudiosos de los cielos, intentando que no me vieran. Sin perder detalle. Con los humores del vino y la tormenta achuchando, al principio, ninguno de ellos se dio cuenta de que los estaban esperando. Chantado allí, bajo el aguacero, Laín aguardaba espada en mano. Era una locura. Se enfrentaba a una muerte segura. Aunque nadie pareció advertir en él.

Estaba allí, al contraluz de los relámpagos, dispuesto a todo a cambio de nada. Impertérrito. A mí, en cambio, me podía el miedo, me temblaban hasta las muelas y poco faltó para tragarme la lengua del susto cuando sonó la primera campanada.

Medianoche.

Por toda la ciudad sonaron las campanas en las espadañas y en las torres, pero antes de que los bronces cumplieran la docena, estalló otro relámpago y el trueno lo siguió de inmediato. Teníamos la tormenta encima.

Llegó el rey y con él quien no podía ser otro que Ciriaco. Vi la mancha en su mejilla a la luz de un relámpago, como vino derramado.

Venían riendo, charlando animados, con buen humor pese a la noche de perros. Contentos por todo el asunto de las Cortes y la embajada papal.

El resto de la guardia se fue espaciando por la azotea, acostumbrados a estar sin parecerlo, a guardar las espaldas del rey si era necesario, pero a pasar desapercibidos si no se les necesitaba.

Con el siguiente relámpago uno de ellos se percató de que aquel franciscano en medio de la terraza no era trigo limpio. Quizá vio la espada. No lo sé, pero, a partir de ese momento, todo sucedió, imparable como una avalancha.

La risa de Ciriaco se apagó de golpe y su mano señaló donde aguardaba Laín.

El rey preguntó algo; sus hombres se echaron hacia delante. Ya todos se preparaban y los hierros salían de las vainas. No hacían falta explicaciones.

Afonso y el mercader de reliquias hablaron. El rey ordenó a sus hombres que se quedaran quietos. Laín dio un paso al frente y todo el miedo que él debía haber sentido se quedó conmigo, mientras yo, agazapado, luchaba contra el deseo de salir corriendo.

Un rayo encendió el cielo. Cayó a unas calles, sobre la casa de algún desgraciado.

—Depón la espada y saldrás con vida. Conseguiré merced para ti —le dijo de pronto Ciriaco.

Laín dio otro paso al frente. Dos de los guardias se pusieron nerviosos y miraron a su rey, dispuestos a inmiscuirse a la menor señal de peligro.

—No seas insensato —volvió a hablar Ciriaco—. Es imposible que lo consigas.

Laín dio un paso más y alzó su espada. La que había sacado de las manos frías de Guy de Tarba, la que había rescatado de la fortaleza de Alamut, la que había llevado hasta su padre en la ciudad del árbol de plata.

—¿Fue desde el principio?, ¿desde Navarra?

Ciriaco negó sacudiendo la cabeza.

—¿Qué importa eso?

—Dímelo, ¿cuándo nos traicionaste?

La tormenta zarandeaba Toledo. Otro rayo hizo retemblar las obras de la catedral y los andamios cayeron con estruendo golpeados por cascotes de piedra.

—¡Maldita sea! Todavía puedes salir de aquí con vida, no merece la pena…

—¿Cuándo?

Resopló y se limpió el agua del rostro con la mano. El rey Afonso miraba la escena; parecía divertido, seguro de sí mismo.

—¿Cuándo? —insistió Laín, alzando la voz por encima de los coletazos de otro trueno.

—Antes de que vinierais a verme —sus labios se contorsionaron—, Teobaldo ya había hablado conmigo —reconoció Ciriaco.

Bien sabe el señor que no he sido un santo. Conocía bien la expresión en el rostro del mercader. Se arrepentía por lo que había hecho. No me cupo duda, se había dejado vencer por la tentación. Le dolía en el alma, pero, igual que yo mismo en mi vida de pecador, él tampoco pudo evitarlo.

—Después del fracaso en Judea, recurrió a mí. —Yo lo conocía bien, el sabor a hiel que aquellas palabras dejaban en su boca me era familiar—. No sabía que yo había sido uno de los niños de Cloyes —había pena y dolor en él—, pero conocía mis negocios. Quería que averiguase lo posible, había hecho un trato con su majestad — señaló con una mano al hombre que llevaba la corona de Castilla—. Lo habían arreglado a conveniencia de ambos a cambio de San Sebastián y Fuenterrabía… Y fue entonces cuando aparecisteis vosotros dos.

Vi al rey Afonso torcer el gesto. Y no me extrañó. No le gustó que le aireasen los trapos sucios de aquel modo. Además, tenía que andar espantando a sus guardias. Los suyos andaban locos de preocupación y querían sacarlo de allí cuanto antes, no fuera a ser que, si se libraba del franciscano loco que lo amenazaba, acabase presa de un relámpago que lo matase. De haber podido, habrían ido allende los mares para traer el cuerpo de santa Bárbara.

—Nos abandonaste —dijo Laín mordiendo cada sílaba, ajeno a las cuitas del rey.

Volvió a negar Ciriaco y otro relámpago prendió en el cielo, arrancando destellos a cada gota. A lo lejos empezó a oírse ajetreo y alarma. Los andamios de la catedral se habían prendido fuego y chisporroteaban, queriendo arder pese al aguacero.

El rey ordenó algo a sus hombres y se dio la vuelta.

—Tenía a los hombres de Cosroes. Era una oportunidad única: podía pagarles con las perlas del eunuco y estaban dispuestos a acompañarme. Rodrigo había desaparecido en las montañas de Persia, no podría volver a tiempo… Sabíamos que los templarios nos buscaban, teníamos que encontrar los maderos antes que ellos. Si lo hacían, hubieran cerrado el trato con Fruela…

Hubo una pausa, y entonces llegó la excusa que siempre necesita el cobarde para convencerse a sí mismo de que no ha hecho mal alguno:

—Y pensé…, pensé que habías muerto. Que los dos habíais muerto.

No hacía falta preguntar el porqué. Había llegado a Toledo en la comitiva real.

El rey había querido con qué pagar por el trono. Los templarios habían querido las reliquias para hacerse aún más ricos. Fruela había aprovechado la ocasión. Ciriaco había hecho lo mismo.

La tormenta no daba tregua y los hombres del rey empezaban a perder la paciencia. Podía leerse en sus caras que se estaban hartando de toda aquella cháchara. Uno de ellos instó al rey, Afonso chistó, negó y, después de una mirada, asintió.

—¡Pensé que estabais muertos!

Yo sabía cuán fácil era poner excusas para evitar la culpa. Llevaba haciéndolo toda una vida de tabernas, robos, mujerío y timos.

El rey desaparecía por las escaleras y con él se iban sólo un puñado de hombres. Una docena larga se quedó en la terraza y, a la orden de quien los mandaba, cerraron el cerco. Uno de ellos nos rodeó con pasos cautelosos, buscándole la espalda a Laín.

Hasta entonces nadie me había visto y di gracias al Señor, porque estaba claro que iban a matarlos a los dos, al frade loco y al mercader de reliquias. Y a mí, si me encontraban. Ya se sabe que la amistad de un rey dura sólo lo que su paciencia. El poder sobre la vida y la muerte corrompe a cualquiera.

—He esperado toda mi vida una oportunidad como ésa —prosiguió Ciriaco—. Siempre supe que me haría rico. Y era un secreto que valía más que el oro.

Más excusas.

No sé si Laín se percató de que el rey ya se había escapado. Supongo que no. Supongo que en aquel momento le pesaron todos los consejos, las largas horas del camino, las risas compartidas, los regalos, los juegos de ajedrez. Ciriaco había sido para él más que un compañero de travesía. De algún modo, igual que Guy, el mercader había llenado el hueco de un padre al que había echado en falta. Ciriaco los había traicionado, a él y al gascón.

Traicionado.

Cayó otro relámpago y lo siguió un nuevo trueno. En el rostro de Laín, la repentina luz agudizó los ángulos de sus huesos. Tensaban la piel, brillaban bajo el velo de agua.

Lo conocía lo bastante como para comprender que no tendría piedad.

Y tampoco quedaba tiempo.

El guardia del rey, sin previo aviso, se lanzó hacia Laín con la espada dispuesta.

Quizá, pese a estar aturdido por cuanto había averiguado, habría reaccionado a tiempo; nunca vi a nadie tan hábil con el hierro como ese condenado loco. Quizá. Pero no hizo falta, porque Ciriaco, que había tenido la escena de cara todo el tiempo, reaccionó.

Supongo que lo acosaban los remordimientos. Lo más probable es que no lo pensase bien. Se interpuso entre el hierro y el hombre. Se lanzó hacia delante, sin más. Se llevó la estocada.

No vestía cota y la espada lo atravesó de parte a parte. Cayó desmadejado a los pies de Laín. El resto de la guardia se lanzó en tropel, imparable, una masa erizada de hierros afilados.

Cada vez que caía un relámpago yo veía la escena moverse.

Ciriaco estaba en el suelo, malherido. Laín peleaba, pero eran demasiados.

Un nuevo destello.

El traidor intentaba ponerse en pie y ayudar. Había comprendido el mal que había hecho y pagaba su penitencia. Intentaba redimirse. En tanto, Laín luchaba por su vida. Un tajo le costó dos dedos de la mano izquierda. Un golpe lo llevó al extremo de la terraza y a punto estuvo de caer al vacío.

Otro relámpago.

No sé por qué lo hice, pero salí de mi escondrijo, cogí la primera espada que encontré en el suelo y traté de ayudar.

Temblando de miedo, me lancé entre aquella marabunta.

Volaban los puños y los codos. Los filos segaban el aire. Laín atendía a unos y a otros. Ciriaco trataba de incorporarse.

Estaba entre dos y un tercero se levantaba trastabillando tras una tarascada. Inseguro, fui a por él. La espada era extraña en mi mano, nunca antes había usado un arma como aquélla. Lo mío había sido siempre salir corriendo.

Desdichado de mí, lo intenté, pero fui incapaz.

Cayó otro relámpago que deshizo la noche. Le siguió un trueno que sonó como si se abriesen de pronto las simas del infierno.

Apenas pude acercarme cuando una sombra se me echó encima y me golpeó con el pomo de la espada.

Infeliz, condenado, imbécil. Fue un golpe tan grande que aún hoy en día puede verse la cicatriz atravesándome la tonsura.

No volví a ver otro rayo. Perdí el conocimiento.

Desgraciado de mí.

Me perdí el final de la historia que llevaba buscando toda mi vida.

Quién me mandaría a mí meterme en aquel desaguisado. Había seguido a aquel hombre durante leguas y leguas, movido por el deseo de conocer el final de su historia y, cuando estaba a punto de conseguirlo, fui tan imbécil como para terminar sin sentido.

Desperté con el ruido de pasos en las escaleras. Me asusté. Me llevé las manos a la cabeza y descubrí que sangraba. Me dolía como si me hubiera coceado un caballo con mala baba. Y aún estaba aturdido. La tormenta ya había pasado. Sobre mí se abría el cielo infinito, limpio y renovado, cuajado de miles de estrellas y sueños de poetas.

Pero en cuanto me giré encontré la muerte. Allí estaba Ciriaco, sin vida. Y los guardias del rey Afonso, tiesos. Y otros tantos venían en camino, pues se oía el retumbar de las botas en los peldaños. Ni rastro de Yehudá o de Guillén, a los que algún alma caritativa habría cortado las ataduras.

La cabeza no me regía como era debido, pero me di cuenta de que había algo en mi mano. Y, cuando la abrí, se me escapó un gañido. Besantes, besantes de oro que habían recorrido el mundo por dos veces. Tenían que ser los últimos, cuanto le quedaba de lo que don Rodrigo le había dado en Qara Qorum. Y una cosa más. Un recuerdo que Laín se había traído consigo de aquellos lejanos lugares de la Tartaria.

—Me trae a la memoria al viejo Tomás y a sus mentiras sobre los salmones —me decía siempre con una sonrisa.

A saber por qué diantres me dejó aquello. Lo más seguro, lo cogió al despiste, al tiempo que se hacía con las monedas para dejarlas en mi mano.

Tardé mucho en entenderlo.

Me revolví de inmediato, luchando contra el dolor que me iba del colodrillo a los talones. Me guardé los besantes y aquel carajo. Y entonces lo busqué.

No estaba por ningún lado. Maldije en arameo. Corrí de un lado a otro de la terraza, buscándolo. Agitado, resollando como una mula al trote, lo busqué por todos lados, pero no lo vi. Se había ido. Las pisadas se aproximaban, venían a limpiar lo que quedase del desastre, o a interesarse por sus compañeros. O a mirar las estrellas, qué demonios importaba. Si me encontraban allí, iba a tener problemas.

Y yo no sabía cuál era el final de mi historia. Sí, de mi historia. Porque ya era mía. Mi mayor tesoro. Y no sabía cómo acabarla. Maldije mi estampa y me acordé de todos mis muertos.

Al pensar en ello aún se me eriza el vello de los brazos. Lo perdí. Sólo tenía preguntas y nadie que me respondiera. Y, si me entretenía allí un poco más, la clase de explicaciones que iba a recibir tenían más que ver con despellejarme vivo o con acabar mis días en una mazmorra.

Corrí por la azotea una vez más. Pero no estaba. Desesperado, huí.

Habían sido muchas las madrugadas escapando de maridos cornudos.

Balconadas, pajares, torres. Prófugo de los celos y penitente de las faldas, ése era yo. Había salido por piernas de muchos lechos. Tenía práctica, incluso en precario, con el hato de ropas en la mano y las vergüenzas al aire.

Me escurrí por los tejados de Toledo.

Me arrebujé en la noche y desaparecí cuando empezaron los gritos de alarma en las terrazas.

Dejé la ciudad sin mirar atrás.

Y tardé mucho en comprender la verdad. Años.

Maldiciendo mi suerte, temiendo estar otra vez donde había empezado, vagué un tiempo de un lado a otro con aquella fortuna en oro tintineando en la bolsa, incapaz de volver a mi antigua vida. No hubo mujeres, no hubo historias. Tampoco estafas, ni faltriqueras descuidadas a las que prestar atención. Ni apuestas, ni borracheras, ni galanteos a las mozas de la posada. Vagué por los amplios campos de Castilla, entre las ovejas y el trigo.

Atravesé el reino; no sé el motivo. Y encontré solaz llegando a los montes gallegos. Rumiaba mi desgracia, pero los verdes de mi infancia me recogieron para calmarme.

Quería dejarlo todo atrás. Empezar de nuevo. Había perdido mi gran oportunidad.

No sabía si estaba vivo o muerto. No hubo noticias de prisioneros. Si los viajeros hablaban de algo, era de la manía del rey por hacerse con el trono del Imperio.

Viajé hasta los pagos de San Paio. Encontré a sus gentes contentas, felices por haberse librado del cruel Fruela Rodríguez. Las tierras pasaban a un pariente lejano por parte de la madre, alguien de Navarra, pero aún no había venido a reclamarlas. Y en los paisanos se advertía la alegría de la libertad, que les aclaraba los rostros.

Tampoco allí lo encontré. Nunca volví a verlo. Y tardé muchos años, muchos, en comprender la verdad. Todo había sucedido ante mis ojos, pero yo no lo entendí. Cuánta verdad hay en aquello de que el demonio sabe por viejo, no por demonio. Me hicieron falta años.

El azar me llevó hasta las tierras del Deza. Pasé por sus fortalezas; la de Cira, la imponente de Rellas y la más modesta de Costela. Y cada una de ellas me recordaba mi mala fortuna, porque cada una de ellas me susurraba el nombre de San Paio.

Una tarde, cuando intentaba cruzar el río en un estrecho entre grandes berruecos de granito, hube de cederle paso a un carro cargado de carbón que ocupaba el único puente que había en leguas. Tirado por dos bueyes de grandes cuernos y flequillos recios, las ruedas se quejaban por el esfuerzo de la carga. Chirriaban sobre su eje y el caso avanzaba con penosa lentitud. Y me senté a esperar en una roca, mientras el boyero se afanaba con la vara, guiando a los animales con toques en las ancas y palabras amables.

En tanto aguardaba, alcé la vista. El río, profundo y azul, tempestuoso. Los berrocales caídos por doquier, como dados olvidados. Los laureles y los madroños colgando de las empinadas laderas. Y arriba, en el cerro, me topé con los impresionantes muros del monasterio.

Y lo supe. Fue como una revelación. Nada quedaba para mí fuera de aquel lugar.

En aquel rincón de paz encontraría fin para mis remordimientos. Tuve la certeza inmediata. Ya no importarían las mujeres, y tampoco las historias. Ni buenas, ni malas. Allí podía empezar una nueva vida lejos de mi pasado y espantando todos mis vicios. Fue como si el mismo san Benito me hubiera susurrado al oído que siguiera el camino de su regla.

No era el primero que se acogía a sagrado para olvidar una vida de pecado. Sabía escribir, sabía de músicas y, ante la generosa dote en besantes, el buen abad me aceptó en su congregación.

Y aquí he visto pasar el tiempo entre maitines y vigilias. Cantando salmos. Rezando. Sin más ambiciones que mi trabajo en el scriptorium y, de tanto en tanto, arrancarle unas notas a mi querida cítola. Regidos por la Santa Regla, la vida terrenal transcurre aquí en un aparte; el monasterio se las da y se las sobra para apañárselas.

Algunas veces, un viajero se hospedaba con nosotros. Y yo buscaba su compañía para hacerle preguntas, para saber cómo seguía el mundo más allá de estas paredes. Luego abandoné la costumbre.

Durante muchos años estuve a punto de olvidar la historia de Laín de San Paio.

Hasta que llegaron las noticias de la muerte del rey Afonso. Entonces comprendí. Entonces caí en la cuenta.

Cuando se le caía el rostro a pedazos por la peste que lo iba carcomiendo, cuando se le salió el ojo de la órbita como si fuera un sapo aplastado por una bota, fue atendido por benedictinos como éstos de Carboeiro. Al alcázar de Sevilla, donde pasó sus últimos días, el rey hizo llamar a cualquier matasanos, cirujano o médico; hebreo, moro o, como se dio el caso, monje cristiano.

Y, dentro de la Orden, las noticias viajan rápido.

Pocos días antes de morir, Afonso X recibió la visita de un ánima que lo perturbó mucho.

Nada más escuchar aquel relato, corrí al dormitorio y rebusqué entre mis cosas, hasta encontrar aquel anzuelo despelucado. Aquel carajo que Laín había puesto en mi mano en las azoteas de San Silvestre. Y me reí como un loco cuando lo encontré. Un hierrico en el que habían atado pelambres de res para que pareciera un ratón. Me había contado la historia muchas veces, la de aquel gran pez que se le había escapado cuando lo daba por condenado. Y los salmones del viejo Tomás, allá en San Paio. El camino da para mucho.

Me lo había contado tantas veces…

Y sólo entonces comprendí, y supe que podía escribir al fin la gran historia. Tenía la edad y la sensatez. Los años me habían enseñado.

Lo condenó su ambición.

Su soberbia. No se había atrevido Afonso a decir que, de haber estado él junto a Dios cuando la creación, el mundo iría mejor.

Fue un déspota y eso mismo lo condenó.

Su camino se llenó de desgracias.

Por cada cosa que le salió bien, un ciento se le atravesó.

Su primogénito Fernando cayó muerto en Villa Real, la misma ciudad que el rey Afonso había alzado solamente para romper las costuras de la Orden de Calatrava. Y los caballeros de la cruz le traicionaron.

Su propio hermano, en el que tanto había confiado, el mismo que había enviado para tentar al Papa, lo traicionó. Y los nobles de su reino lo traicionaron. Y su esposa Violante lo traicionó. Y su propio hijo.

Su propio hijo Sancho lo traicionó.

Mientras tanto conquistaba y tanto ansiaba, a su alrededor todo se desmoronó.

Salieron levantiscos hasta de debajo de las piedras. Los mudéjares le plantaron cara. Enfermó, se dijo que se había vuelto demente. Se rumoreó que tenía la lepra.

Entre sombras y dudas, en agonía, a Afonso le arrebataron hasta la última de sus potestades. Como si fuera una chanza, sólo le dejaron el título, para que no muriese de pena.

Ricardo de Cornualles le robó el trono del Sacro Imperio. Y, cuando el inglés murió, fue Rodolfo de Habsburgo el que se sentó en la silla aún caliente.

Triste rey y triste sombra la suya. Afonso repudió a todos. Mató a su hermano Fadrique, y al otro hermano lo condenó a muerte. Desheredó a su hijo, a su propio hijo Sancho.

Y, loco de dolor, con la peste comiéndole la quijada, murió en Sevilla.

Solo.

Desahuciado.

Lo enterraron, casi como quien esconde las basuras, en la misma catedral del Guadalquivir, hace ya dos veranos.

Cayó. Cayó de la gloria al purgatorio.

Y yo he esperado todo este tiempo para contar al fin qué sucedió en Toledo.

La mañana de su muerte el rey despertó agitado, hablando de pesadillas. De un ánima que lo había visitado en la noche.

Los pocos fieles que aún tenía a su lado registraron el alcázar por si algún intruso había entrado hasta los aposentos del rey, pero no encontraron nada. Aun así, el rey porfiaba. Lo habían visitado de madrugada. Un franciscano al que le faltaban dos dedos le había hablado.

Todos creyeron que la locura le había revuelto los sesos. Zanjaron el asunto pensando que había perdido los cabales. Pero yo sé que ésa no es la verdad.

No sé cuándo, no sé cómo.

Yo sé cuál es la verdad. Quizá fue aquella misma noche de tormenta en Toledo, quizá fue años después, en Segovia o en Ribat, quizás esa misma madrugada antes del día de su muerte. Puede que, como yo tardé en comprender, él también tardase en comprender. No sé cuándo y no sé cómo, pero alguien visitó al rey Afonso, alguien que iba vestido de franciscano y que no lo era. Alguien al que yo conocí. Alguien que me salvó la vida mientras colgaba como una chacina.

Y estoy seguro porque ese mediodía, poco antes de que se lo llevara la parca, el rey Afonso cambió su testamento.

Todos se preguntaron por qué. Nadie lo entendió, pero yo sabía la verdad. El rey Afonso conoció la historia del bastardo de San Paio. Y esa historia lo obligó a mudar de opinión.

Lo sé, lo sé porque Laín había escapado. Igual que aquel condenado pez de los ríos tártaros. Laín había comprendido aquella noche en Toledo, tras morir Ciriaco, que no valía la pena. Igual que yo hallé la paz dentro de estos muros de Carboeiro, él la halló en su corazón. Igual que aquel enorme pez, Laín, coleando, luchando con toda su voluntad, había logrado soltarse del maldito engaño que tiraba de él hacia su perdición.

Por eso me dejó aquel carajo despelucado con los besantes. Para que yo entendiera.

Antes de morir, el rey Afonso escuchó la historia del bastardo de San Paio. Y el rey Afonso perdonó. Perdonó a su hijo Sancho, al mismo al que había repudiado y desheredado. Lo perdonó.

—El mejor hombre que hay en mi linaje…

Ésas fueron sus últimas palabras, como rey y como padre.