Laín

Francisco Narla · Capítulo 15 de 25

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Laín

Estrofa XIII y estribillo. La ciudad de las piedras

ESTROFA

XIII Y ESTRI BILLO

LA CIU DAD DE LAS PIE DRAS

«… vuelan las piedras, las flechas y los dardos sobre el altar

y se producen combates sacrílegos. Los perversos atacantes le

prenden fuego a la iglesia de Santiago…».

Historia Compostelana, lib. 1, cap. 114

[sobre los disturbios compostelanos del siglo XII]

Maldita sea mi estampa. Ni cerca he estado de la universidad de Salamanca y no tengo más estudios que los robados en plazas y burdeles. El misericordioso Altísimo me perdone. Pero yo, Martín Códax, conozco la verdad, por más que duela.

Mi historia, la de mi propia vida, era basura.

Y yo lo sabía bien. Al fin y al cabo, soy el que más tratos ha tenido con el protagonista.

Mendicidad, latrocinio, sodomía, estafas, cornamentas y más de un robo. Lo sabía y lo sé. Incluso a pesar de estos últimos años más piadosos. Y qué es eso comparado con lo que dejaron otros. Cómo ponerlo a la altura de los espejos de Berceo, o con lo escrito por Martín Dumio para el rey Miro.

Era y es basura, porque lo único bueno que dejo tras de mí son las pocas promesas que cumplí, las que le hice a aquel encapuchado que me topé en San Paio.

Sin embargo, aun siendo basura, mi historia sirvió para ablandarle el corazón. Y desde luego se hizo cierto aquello de que los caminos del Señor en este valle de lágrimas son tortuosos.

Abandonamos aquel viejo crucero perdido en los montes y yo, pobre pecador, lo seguí como un perrillo faldero. Necesitaba saber qué había pasado con el niño que se había caído de un nido.

—¿Adónde vamos? —le pregunté con un último vistazo al crucero—. ¿Adónde vamos? —repetí cuando no contestó.

—A Compostela —respondió al fin sin volverse.

Recuerdo que sonreí, porque iban a hacerse verdad mis mentiras. Al fin iba a conocer la ciudad de Santiago.

—¿Y qué vamos a hacer allí?

—Lo sabrás en su momento —me dijo él, apretando el paso y tironeando de las riendas de su montura.

Antes de partir, nos detuvimos de nuevo en las casuchas del alfoz de San Paio, que sin duda habían visto tiempos mejores. Después de preguntar un poco, encontramos a un desgraciado que nos vendió una mula vieja de dientes gastados. Una bestia lamentable que el encapuchado puso a mi cargo. No era un jumento grácil y mis pies colgaban casi a ras de suelo, pero nunca en toda mi vida había poseído yo jaco, jamelgo o bicho semejante, así que abandonamos aquel valle bajo la torre rumbo a poniente. Él montado en su impresionante yegua; yo, en mi pobre mula.

Y no era un compañero de fatigas que dispensase conversación, porque no hablaba más que para dar indicaciones sobre el camino o para pedirme que callase. Cosa que hacía con harta frecuencia, porque pronto me quedó claro que le gustaba el silencio.

Sin embargo, al segundo día de viaje, después de dejar atrás el miliario romano que dicen da nombre al lugar, acordamos con un posadero de Melide dos jergones para pasar la noche. Y, mientras nos servía la cena una moza de buenas delanteras y mejores caderas, siguió con su historia donde la había dejado, en Navarra.

—Pero, entonces…

Yo dudaba. Porque no me salían las cuentas. Y a mí no me entraba en la mollera quién era cada cual y cuándo había pasado cada cosa.

Fue en aquel momento, después de escuchar cómo un joven y un perro se embarcaban para cruzar el estrecho de Ormuz, cuando comprendí que había estado equivocado. Había errado en todas mis suposiciones.

—Si el gascón… Entonces tú eres…

Una moza, que para mi desgracia no me echó ni un mal vistazo porque sólo parecía tener ojos para mi rudo amigo, tan gallardo, pero sin el menor interés en corresponderla, nos había traído algo para manducar. Un plato con costilla de vaca vieja, bien cocida en caldero hasta quedar tierna, acompañada de nabos y hierbas de anís. Además de una jarra de vino que no era tan bueno como los de Monforte, pero que se dejaba tragar sin rascar demasiado, quizá porque lo habían aguado.

—Tú eres el chico.

El hombre se quitó la capucha y pude ver, por primera vez, unos ojos grises como ceniza vieja. Dos. Fríos como una mañana de helada que arruina la cosecha.

—No estás tuerto —dije yo embobado.

—Guy murió en el monasterio caldeo y yo no tengo acento franco.

Era cierto.

—Pero… Pero vistes como un caballero… Trataste con el monje… Un bastardo no…

Callé al instante, temeroso de ofender, pero él no se lo tomó a mal.

—Soy Laín de San Paio, hijo ilegítimo del señor don Rodrigo de Seijas, encomendero de Santa María de Sobrado, y va para veinte años que no pisaba las tierras de mi padre.

Tenía al héroe regresado al hogar.

Una epopeya como en los clásicos griegos.

Lugares exóticos, enemigos implacables, traiciones, venganzas.

Una historia tan buena como la de la espada Caliburnus y los caballeros ingleses del tal Arturo, aquella que contó Godofredo de Gales mezclando el honor, el grial y los torneos de justas que tienen allá en sazón, donde no andan zafando sus fronteras de moros enfebrecidos y tienen tiempo para jugar a la guerra en lugar de practicarla.

Ya me bullían en la sesera estrofas y rimas.

Al fin, después de tantos años miserables, había encontrado una historia por la que jugarme el pescuezo, una por la que olvidarme del Tres Cantos, del cornudo de Vigo y del tal Julián. Y eso fue lo que tuve que hacer, pero ya habrá ocasión de contarlo.

Sólo faltaba una cosa. Un detalle imprescindible. No había bella dama. Faltaba el amor del héroe pródigo.

Aunque eso se resolvería pronto.

Ni entonces ni ahora, no hubo, no hay y no habrá versos que le hagan justicia. Era bonita como un recuerdo de infancia. En cuanto abrió la puerta se me cayó la quijada hasta los pies; bobo me quedé con sólo mirarle los rizos.

Pero me estoy adelantando otra vez. Igual que galgo que echa a correr antes de ver la liebre. Apareció la dama y yo tuve que arriesgar el pescuezo, es cierto; sin embargo, antes hubo que atender otros asuntos.

Aquella noche en Melide escuché un pedazo más de la historia de Laín de San Paio. Palabras al amor de una jarra de vino, un blanco afelpado que se agarraba a la lengua. Lo recuerdo, y también recuerdo que fue entonces cuando comprendí que la historia en verdad merecía la pena. Porque poetas, trovadores y juglares ansiamos todos contar gestas que sirvan de espejo a reyes, pero la pura verdad es que en la Corte no se sabe lo que vale una historia. Las buenas, las que no se olvidan, las que se siguen contando durante años, son justamente aquellas que apadrinan una larga noche al calor del vino en una taberna cualquiera. Ésas son las historias que merecen la pena.

Llegamos a Compostela dos días más tarde, a la par de un puñado de peregrinos que descendían desde Lavacolla después de adecentarse con el agua de la fuente para pisar tan piadoso lugar.

Y algo tengo que contar yo de la Compostela de aquellos tiempos, porque hoy en día las cosas son bien distintas.

Compostela ha crecido mucho y se ha convertido en ciudad de tanta enjundia como la misma Jerusalén, pero en los años de mi juventud las aguas bajaban revueltas.

En aquellos tiempos, los curas no se intimidaban y los ricos iban de bravucones, queriendo mandar donde ordenaba la Iglesia. Nobles y obispado andaban a la gresca. Ya se sabe que, cuanto más se tiene, más se quiere.

Los rumores decían por las esquinas que habían saqueado la capilla de santa Susana y la de san Félix, pero el rey no se metía en esos asuntos y el obispo Juan, señor de la villa en aquel entonces, hacía oídos sordos, empecinado como estaba en adecentarse el palacio, ampliar la basílica y desmontar Antealtares para albergar un inmenso cementerio, que es el camposanto al que hoy todos llaman de la Quintana, conocido por sus historias de ánimas en pena.

Y no sólo andaban las cosas revueltas en la propia Compostela, sino también en todo el reino. De los normandos hacía mucho que no se sabía y los moros tenían las barbas a remojar en Granada, sin embargo, a falta de enemigos extranjeros, en Vizcaya se sublevaron los nobles, acaudillados por los de Haro y acompañados, para colmo, por el mismo hermano del rey, el infante Enrique, que se había despertado levantisco y les había seguido el ejemplo. Escaparon todos a los fueros de Jaime de Aragón y más de uno en la Corte echaba sierpes por la boca.

Además, eran los días en que habían llegado las primeras noticias de la embajada de Pisa, y había a quien le dolían los callos, porque los ricoshombres y señores de toda Castilla tenían temblando los bolsillos, pues se olían que el rey Afonso iba a pedirles los dineros para irse a Aquisgrán y reclamar el trono.

No se me olvida: los mentideros no callaban. En aquellos tiempos no estaba el horno para bollos, ni en Castilla, ni en Compostela.

A las afueras nos topamos con las barracas de los menesterosos y con las chozas de los ladronzuelos de navaja afilada, prestos a cortar los cordones de las faltriqueras de los muchos que por allí pasaban.

Atravesamos las murallas que construyera Sisnando para defender la ciudad de los normandos por la puerta que llaman «del camino», en la travesía de San Pedro, y enseguida nos envolvió una marabunta de gentes que todo lo atestaba, porque ya en aquel entonces, según las malas lenguas, en la villa se apacentaban veinte miles de almas a la sombra de las diez iglesias con las que contaba Compostela.

Por allí, como era entrada popular en la ciudad, abundaban los concheros, que se ganaban el pan vendiendo a los romeros las vieiras que daban fe de su peregrinaje, y yo quise hacerme con una, pero Laín no me dio ocasión.

Sin detenernos, nos cruzamos con hebreos, flamencos, magiares, eslavos, genoveses, pisanos, caballeros, buhoneros, mercaderes, sillas de mano, carros, carretas y, más que nada, mucha mierda, porque no hay ciudad grande a la que no le sobren dos cosas: randas y porquería.

Era todo ajetreo, pero él sabía bien adónde íbamos o, si no lo sabía, fingía mejor.

Atravesamos la que llamaban plaza do Campo y dejamos atrás los restos del último auto de fe. Dos pilas de carbones y cenizas que me arrancaron un intenso deseo de persignarme y pedir perdón por mis pecados. Aún tengo escalofríos al recordarlo.

Pasamos junto a san Benito y embocamos hacia el mediodía la calle de los Selleiros, donde, a la entrada de sus negocios, tenían puesta a envejecer la madera de sus toneles y barricas. Aquél era el primero de los barrios artesanos; siguiendo hacia el sur había herreros, zapateros y, sobre todo, picapedreros, a los que no les faltaba trabajo en Compostela.

Después entramos en la barriada de los caldereros, cerca de donde se dan los pregones, que allí le dicen Preguntoiro, y entre ellos había muchos que se dedicaban al estaño, gentes de fama en la comarca, pues eran típicos los vasos, bandejas, jarras y platos que hacían estos picheleros.

También pasamos junto al negocio de un maestre gaitero, que, sentado en un escabel, trabajaba con herramientas como las de vaciar los zuecos para ahuecar un tocho de boj que se convertía, a ojos vista, en un puntero. Había, además, arcos de viola recién encerados, cuerpos de organistros bien labrados y tacos sueltos de cerezo, de castaño e incluso de cedro traído de Oriente.

Y yo quise detenerme para interesarme por las cítolas, pero Laín me urgió de mala manera.

Yo enfurruñado y él impaciente, fuimos bordeando la muralla para acabar volviendo hacia el norte por la ajetreada rúa Vilar, que no abandonamos hasta que Laín, sin mostrar dudas, embocó por la esquina que le convino.

Nos adentramos en el barrio al que decían de los francos, porque había allí occitanos, provenzales, gascones y aquitanos que, después de peregrinar al Santo Sepulcro, se quedaban en la ciudad para hacer fortuna.

Y allí, en un auténtico amasijo de casuchas, casas y caserones, escogió él un callejón tan estrecho que apenas daba para cruzarse con otro que viniera de frente, hasta que nos detuvimos en una cantina en cuya puerta colgaba un cartel desvencijado que rezaba La Guyenne, lo que confesaba que era el negocio de un aquitano.

En tiempos podía haber sido una posada respetable, pues incluso contaba con lo que parecían amplios establos, pero era evidente que aquellos días de dicha habían quedado atrás.

—Espérame aquí.

Eso fue lo que me dijo y, cuando iba a protestar, me miró con aquellos ojos que parecían granito de iglesia.

—He de averiguar algo —me soltó enigmático—. Espérame aquí.

Y me tendió las riendas al tiempo que desmontaba.

Cuando él cruzó la puerta, salió un parroquiano. Y, mientras empezaba a lloviznar, caí en la cuenta de los tipos que frecuentaban aquel lugar infecto.

Yo había corrido lo mío. Sabía dónde me metía cuando asomaba las narices, porque facinerosos, prestamistas, pendencieros y jaques había conocido unos cuantos. Y allí no se reunían las monjitas de ningún convento.

Mientras me iba empapando a pocos, como parece que siempre le pasa a uno en Compostela, vi a algunos que entraban o salían y no albergué dudas. Allí, además de vino y mujeres de poca reputación, se manejaban asuntos turbios. Nada me hubiera extrañado si algún alma cándida, al verme allí parado, me hubiera advertido de que mejor me hubiera sido seguir mi camino. Ya en Vigo había oído yo contar que, durante las revueltas, algún desgarramantas le había prendido fuego a la mismísima iglesia de Santiago. Y a mí no me costó imaginarme que allí mismo se estuvieran tramando planes igual de descabellados.

El agua me calaba hasta los huesos y todo aquello me olía a chamusquina, pero, ya lo he dicho, las buenas historias han sido mi perdición.

Además, no había otra cosa que pudiera hacer que no fuera esperarle. Aunque no sabía si quería templarme el carácter y se disponía a matar el tiempo con unos tragos de vino o si de verdad alguien en aquel tugurio tenía respuestas para él.

Yo esperé, aguantando el orvallo y el frío, sin más calor que el de la mula, que de tanto en tanto rezongaba para expresar su enfado por estar a pelo bajo el aguacero. El pobre animal debía sentirse tan aburrido como yo, porque, a falta de otra tarea, recuerdo bien que, entre horribles ventosidades que debían presagiar un ataque de lombrices, levantó el rabo y aportó su caritativa contribución a la porquería de la ciudad.

Haciéndome mil preguntas, aguardé hasta que volvió a aparecer y me tendió la mano para que le pasase las riendas de la yegua.

—¿Y bien?

Me miró con desdén.

—Me parece a mí que la mojadura podría merecer una explicación.

Aun hoy en día no sé cómo me atreví a espetarle semejante frase. Pero, para mi sorpresa, él reaccionó con una sonrisa que se abrió en su cara igual que una grieta en la roca cuando hiela.

—Tenía que hacerme pasar por ladrón —me respondió con una mueca que daba miedo.

Yo me saqué de la frente el agua que tenía por flequillo y rezongué alguna maldición, tentado ya de mandarlo todo al carajo.

Aunque me duela reconocerlo, no era más que una bravuconada. Hubiera aguantado que me hicieran pasar por una ordalía.

—Ahora ya sé dónde se ha metido ese desgraciado —me dijo antes de que yo pudiera seguir protestando.

—¿Él?, ¿quién es él? —Cambié el enfado por curiosidad. No sé para qué me esforcé. Sirvió de bien poco.

—No llegará hasta mañana. Ésos —añadió señalando hacia el tugurio— se han creído que quiero robarle hasta los dientes. Por unas cuantas monedas, los del gremio me han dicho cuanto necesitaba.

Quedó pensativo durante largo rato, sin despejar mis dudas ansiosas. Y yo hube de tragarme las ganas de saber a qué venían aquellas zarandajas.

—Y no está solo…

Tampoco contestó a mi nueva ristra de preguntas.

—Pero no llegarán hasta mañana, y mañana nos ocuparemos de ellos. De los dos. Mientras tanto, iremos a verla, a ella.

Ni siquiera se molestó en esperar a ver si le seguía, sólo sacudió las riendas.

Lo único bueno fue que dejamos atrás la fetidez que había salido de las tripas de mi mula, porque a esas alturas yo estaba convencido de que algo había comido la pobre bestia que le estaba pudriendo los menudos.

Iba yo refunfuñando como un chicuelo a disgusto con las gachas del desayuno. Y la mojadura no hacía más que empeorar las cosas, porque pronto empecé a estornudar como un jabalí mientras hocica castañas.

Pero él no me prestaba atención. Seguía guiando a su montura, eligiendo cuidadosamente el camino en cada esquina, hasta que desembocamos de nuevo en la rúa Vilar, donde bajos con soportales mantenían negocios variados que daban servicio a lugareños y peregrinos. Había tienduchas de todo calaje, asentadas donde habían caído y fuera de la influencia de los gremios. Estaban los que trabajaban el cordobán y cueros finos, unas cuantas abacerías de paños, otras de quesos y mantecas, un puesto de miel, dos que se dedicaban a las velas y los cirios, e incluso una platería judía que mostraba en la puerta sus piezas.

Olía a ese inconfundible caer de la lluvia mansa que lava el granito y la pizarra. Las gentes iban y venían, resguardándose con sombreros e incluso con trajes de esos que se hacen lazando gavillas de heno y que yo había visto usar a los pastores.

Llegamos a una pequeña ermita con una virgen modesta labrada en la fachada y, junto al templo, había una travesera que cruzaba hasta la rúa Nova, un pasaje angosto de los que tanto abundan en Compostela. Y había allí un negocio que, a salvo de la lluvia con un escaso toldo, mostraba una colección de hierbas que ofrecía a la venta. Una botica.

—¿A quién vamos a ver? —pregunté entre estornudos cuando detuvo la yegua frente al negocio.

Me miró bajo la capucha que le defendía del agua y, por una vez, me respondió sin ambages.

—A Egeria —dijo ya cerca de los postigos de la casa.

La puerta estaba partida en dos, como es costumbre. La mitad inferior cerrada y la de arriba abierta, dejando ver un interior donde parecía seguir la colección de hierbas, salpicada de tarros, jarras y toda clase de potes, entre los que no faltaban los de estaño.

Había un aldabón sencillo, de esos que son poco más que un badajo, y Laín llamó.

—Ya va —llegó desde dentro.

Al poco apareció ella, saliendo de las sombras del interior y revelándose como una aparición divina.

Nunca antes y nunca después vi a Laín de San Paio perder la compostura. Aquélla fue la única vez.

Yo estornudaba, la mula volvía a levantar el rabo y a él se le transfiguró el rostro.

—Buen día, ¿en qué puedo serviros? —se ofreció ella con una sonrisa radiante como un gajo de luna.

Abrió el postigo de abajo, invitándonos a entrar y, lo que era mucho mejor, mostrándose para que pudiéramos verla bien.

Llevaba ropa sencilla. Falda de bayeta negra con mandil atado a la cintura, camisa amplia y un chal como el de los moros echado sobre los hombros, también negro. Tenía el rostro prometedor de una fuente borboteando con el deshielo de primavera, blanco como el nácar, para que destacaran las ciruelas maduras de sus labios. Los ojos eran del color de la mies crecida y los cabellos, ondulados, iban a la par, porque parecían un campo listo para la siega. Trigueña fue la primera rima que se me ocurrió al verla. No podía tener más de veinte temporadas, y era la plenitud misma. Las curvas que se dibujaban tras la tela eran encarnación de la lujuria.

Era una reina a la que sólo le faltaba la corona. Y yo creo que empecé a babear.

Un gato, abundante en gorduras y casi todo blanco, menos una mancha parda en la nariz, como si hubiera estado hocicando en la comida y hubiera descuidado el aseo, se arrulló en el ruedo de la falda, levantando el rabo y restregándose contra sus tobillos.

—¿En qué puedo serviros? —volvió a preguntar sin perder un ápice de aquella sonrisa que invitaba a jugarse la vida.

—No puede ser…

Oí farfullar a Laín y decidí intervenir:

—Mi señora —dije yo bajando de la mula para hacer una reverencia—, debéis disculparnos, el camino ha sido largo y el cansancio nos ha devorado —le expliqué con la más galante de mis voces—. Estoy seguro de que tenéis el mejor triturado de zarzamora, hojas de llantén y corteza de sauce bien molida. —En realidad, ni sabía ni sé mucho de las ciencias de la curación, pero yo seguí recitando para aparentar que era hombre de provecho, incluso me incliné un poco más para que se viera la cítola que llevaba a la espalda por la correa—. Y no dudo de que vuestro surtido es el más completo y de mejor factura de toda esta santa ciudad. Sin embargo, me temo, no venimos a comprar vuestras maravillas; venimos buscando a Egeria, la que fue manceba de Guy de Tarba —terminé con una floritura de las manos que era muy cumplida y que tenía bien ensayada.

Enseguida algo se apagó en su rostro. Algo tan profundo que yo sentí la más honda de las penas de mi vida, porque verla así, sumida en aquella tristeza repentina, era como ver los pétalos de una rosa cayendo con la helada.

Algo se le rompió dentro.

Pero era una mujer fuerte y se recompuso rápido.

Nos miró a los dos de hito en hito, se fijó en la espada que Laín llevaba en su tiracol, calibró hasta la última pulgada de nuestras ropas y monturas y, finalmente, con la voz tomada, nos habló:

—Os llevo esperando toda mi vida —dijo haciéndose a un lado para invitarnos a pasar—, y me temo que llegáis tarde.

En cuanto atravesamos el umbral, ella recogió sus muestrarios y el toldo que los protegía de la lluvia. Cerró los postigos. Y el negocio, que parecía próspero, quedó clausurado por cuanto restaba del día.

Y no dio la impresión de que le doliese lo más mínimo.

Yo fui a decir algo, pero ella me mandó callar.

—Cuando nos hayamos acomodado —susurró.

Pasamos las monturas al establo, que ocupaba parte de la planta baja y que, como sigue siendo costumbre, debía ayudar a templar las noches de invierno gracias al calor de los animales y su estiércol. Dejamos a los jumentos con una vaca. Un bicho de pelambreras hirsutas, grandes cuernos y con una capa del mismo color de la paja; masticaba perezosa bocados de heno.

Seguimos sus indicaciones. Y, siempre en silencio, nos acompañó al otro extremo del piso inferior, donde estaba el hogar, cuyo tiro también ayudaba a templar los dormitorios del piso superior.

En un rincón, sobre las piedras del lar, ardía un fuego tímido, junto a una trébede donde un caldero mantenía tibio un potaje de habas que dejaba en el aire un aroma que abría el apetito. El pote y las piezas de granito estaban cubiertos de un negro rastro de hollín que daba fe de que en aquel lugar no faltaba leña para el invierno ni comida que llevarse a la boca.

Con todo el trasiego, Laín tuvo tiempo de recomponerse y, para cuando nos habíamos sentado junto a la lumbre, apareció otra vez el cazador de ratones. El michino nos miró con curiosidad felina durante un rato y, al cabo, se enredó en las piernas de mi nuevo amigo, como buscando quien le diera mimos.

Ella atendió el fuego con otro leño, se alisó el mandil y se sentó en otro banco frente a nosotros. Luego tomó aire y, ensayando una sonrisa, nos volvió a hablar:

—Egeria, mi madre —dijo con evidente pesar—, murió el día de san Silvano, el invierno pasado, por culpa de unos bultos en el pecho que le consumieron los humores.

No era difícil darse cuenta de que, dedicándose a la sanación, la enfermedad y la muerte habían afectado mucho a la joven. Sin embargo, tenía presencia de ánimo y carácter afable por naturaleza, pues enseguida recobró la buena disposición que había mostrado al vernos en la puerta.

—Me llamo Almodís —anunció con un amago de reverencia cortesana—, tal y como me dijeron que se llamaba mi abuela, que era de Narbona. Y supongo que traéis malas noticias, porque tú eres demasiado joven para ser mi padre —terminó, mirando fijamente a Laín.

Él, que ya se había hecho amigo del gato, pareció necesitar su tiempo y, mientras le dispensaba caricias al minino, permaneció callado. Sin embargo, ella, mucho más delicada, volvió a hablar. Para entonces, algo del color que se había escurrido de sus mejillas volvía a pintarle el rostro.

—Responde por Lisco —le dijo Almodís, a la vez que señalaba hacia el animal.

Aquella revelación consiguió que los hombros de él brincasen.

La sonrisa de ella era un cuento lleno de ternura.

—Lo sé, ya lo sé, mi madre me lo contó —añadió entonces—. Por eso mismo escogimos ese nombre para él.

Aquellas palabras hicieron que Laín asintiera, y ambos comprendieron que había mucho que los unía, más de lo que habían pensado.

—Cuéntame, ¿qué pasó?, ¿cómo murió mi padre?

—Me pidió que le dijera a tu madre que lo sentía.

Aquello volvió a robar el color de las mejillas de la muchacha. Y era tan bello su rostro que era lo mismo que mirar un rosal agostarse cuando le faltan las lluvias en la canícula del verano.

—Que lamentaba en el alma no haber cumplido su palabra de regresar. Me rogó que solicitase su perdón y me pidió que trajera esto —explicó Laín, sacando una faltriquera de cuero sobado que no era la que ya había visto en el crucero días antes —. Para ella.

Más tarde supe que aquél era el alijo personal del eunuco Wasif, las mejores y más brillantes perlas de todos sus aljofares, las más excepcionales. Una fortuna suficiente para vivir varias vidas. Sin embargo, ella rechazó semejante regalo.

Detuvo su gesto con las manos, cerró los puños de él en torno a la bolsa e insistió.

—¿Qué pasó?

Llevaba toda la vida esperando conocer a su padre y era comprensible que desdeñase el prodigioso regalo que le tendían. Aunque a mí se me iban los ojos por el saquito que Laín sostenía en sus manos. Y al propio Laín se le iba la mirada una y otra vez hacia ella, con dudas que nunca volví a ver en su rostro, pues, según me explicaría tiempo después, Almodís era el vivo retrato de su madre Egeria.

Indeciso, dejó en el suelo aquella fortuna. Se desentendió de ella como si no valiese un cobre, y el gato lo agradeció de inmediato, porque se puso a jugar con los cordones que cerraban la bolsa.

Laín suspiró.

Había dicho que nada teníamos que hacer hasta el día siguiente. Claro que, en aquel momento, él no sabía cuánto iba a salir mal al día siguiente, cuando se enfrentase a su viejo enemigo.

Pero me estoy adelantando de nuevo.

Así que, con la compañía del michino, junto a la lumbre de aquel hogar, Laín contó su historia.

La miraba a ella a los ojos. Y le hablaba a ella. Yo escuchaba, pero Laín no se dirigía a mí. Dejó escapar toda su pena. Y ella la fue recogiendo.

Para cuando Almodís acercó el pote a las brasas a fin de cenar caliente, escuchamos qué había sido de él cuando abandonó la lancha robada, en una playa que bien podía haber sido la misma en la que desembarcaran los hombres fugados del antiguo monasterio caldeo.