Las sombras de la catedral
Berlich
Pero era mejor asegurarse.
Ahora estaban en la Plackgasse, una calle que unía San Gereón con el Eigelstein y discurría paralela a la muralla de la ciudad. De hecho, no merecía el nombre de calle. En toda su longitud había menos de media docena de edificios agrícolas, mientras que en el resto de su recorrido, el camino, convertido ahora en una peligrosa pista de patinaje de lodo y grava, estaba bordeado de árboles y cercados. Los terrenos pertenecían en su mayoría a los ricos señores de Klockring, que poseían también diferentes propiedades gravadas con censos en la Weidengasse, donde acababa la Plackgasse.
Parecía que el pelirrojo disfrutaba del status muri.
Su marcha empezaba a hacerse trabajosa. Ahora se inclinaba avanzando con esfuerzo contra el azote del agua y el viento, y Urquhart se extrañó de haber valorado sus fuerzas de forma equivocada. Los sauces se doblaban ante las nubes negras que cruzaban por el cielo, como si rindieran pleitesía a las fuerzas de la naturaleza. Seguían sin verse casas. No podía pasar mucho tiempo antes de que el hombre fuera incapaz de poner una pierna ante la otra.
Un instante después, resbaló y cayó sentado en el fango. Urquhart se detuvo. El sombrero y el manto del hombre lo ocultaban de tal modo que hubiera sido fácil confundir aquella figura con una piedra grande. Luego el hombre se movió y trató de levantarse.
Casi lo había conseguido.
Tosió.
Urquhart avanzó unos pasos y se situó junto a él, levantó la ballesta, apuntó a su nuca y apretó. La flecha penetró con tal violencia que el cuerpo saltó hacia delante, cayó pesadamente de rodillas, se dobló y se inmovilizó en una postura grotesca, como si alabara al Señor.
Urquhart lo contempló sin especial emoción.
No estaba orgulloso de su obra ni lamentaba tampoco el asesinato. Le resultaba incomprensible que muchos de los que cometían actos semejantes luego gimieran arrepentidos o se vanagloriaran de ellos. La muerte era algo único, y la historia de ese hombre había acabado. No había nada que se pudiera cambiar en ello. Nada que mereciera mayores reflexiones.
Dio media vuelta y volvió hacia el Berlich.
Tras él, el muerto se fundió con la noche como un ser informe sin nombre ni significado.
Berlich
Maria se había tranquilizado un poco después de que Tilman se hubiera marchado, pero el ambiente estaba enrarecido.
Jacop miraba la vela fijamente.
Durante mucho tiempo no se oyó una palabra.
—¿Y a qué ha venido eso, si puede saberse? —preguntó.
—¿El qué?
—Lo de darle tu manto, tu sombrero y tu sitio en la muralla.
—Será solo por esta noche.
Maria levantó la nariz y se abrazó el cuerpo con los brazos, como si tuviera frío.
—No soy una persona sin corazón.
Jacop suspiró.
—Nadie ha dicho eso.
—¡Mentira! —replicó retadora, con los ojos brillantes de ira—. Tú lo dices, y tu horrible amigo Tilman lo dice. ¿Puedes imaginar lo que es que una haya encontrado un techo, pasando fatigas y necesidad, y que luego deba compartirlo con el primero que aparezca?
—¿Qué quieres decir con «el primero que aparezca»? —preguntó Jacop irritado —. Te traigo todo lo que puedo. Siento mucho no ser un patricio que todo el día está comiendo asado de cerdo con pasas de Corinto y echándose al coleto vinos caros.
—No hablaba de ti.
—Pues lo parecía.
—Podrías preguntar de quién hablaba. Y además, dime, ¿qué hago yo? ¡Me acuesto con Dios sabe quién, y vivo de eso justamente para no tener que dormir en alguna fosa apestosa! Todo el mundo tiene que ver dónde está. A pesar de todo, te dejo venir aquí cuando te apetece, pero parece que las cosas no te van bastante mal, ¿no? Apenas te dan algo, se lo regalas a otro, apenas alguien te da cobijo, te traes a esa chusma.
—¡Es la misma chusma de la que yo formo parte, Maria!
—¡Pero es mi habitación! Y es cosa mía si quiero aguantar a alguien aquí o no.
Jacop calló. En el fondo ella tenía razón. Si hubiera ido a buscar a todos los que le daban lástima, todo el Berlich no habría bastado para acogerlos.
—Cómete una manzana, venga —dijo un poco cortado.
Ella no hizo ningún movimiento para cogerlas, pero era por puro orgullo, porque no podía apartar la mirada de la fruta.
—Tienen buen aspecto —reconoció al menos.
—Claro. Son manzanas del arzobispo. O eran.
—Ojalá no hubieras ido nunca allí.
—¿Por qué?
—Ahora se te han reblandecido los sesos y cuentas historias del diablo que me dan miedo.
—No sé si era el diablo.
—No era nadie. El cliente de Wilhilde dice que dos hombres estaban enfrente del ábside y vieron cómo Gerhard resbalaba.
—Mienten.
—¿Y por qué deberían hacerlo? Dices que te caíste del árbol, y luego vino gente y la sombra negra quiso cazarte. Pues ¿por qué toda esa gente no ha visto a tu sombra negra, eh?
—Maria.
—¡Porque no había ninguna! —concluyó triunfante.
—¿Y por qué te cuento yo toda esta historia? ¿Crees de verdad que soy tan mentiroso?
Maria sonrió astutamente.
—No. Pero podrías querer hacerte el interesante con tus cuentos, y así todo el mundo querría oírlos. Así que te van llenando el vaso, tú tienes que seguir contándolo, y hay un proceso, la Santa Inquisición te cita —a esta mención, se persignó apresuradamente— y quiere saber más de ti, y de pronto el Zorro sin importancia se ha convertido en un imponente oso.
—Estás loca. No hay Santa Inquisición en Colonia. ¿Piensas que alguien podría creerme si ni tú misma crees una palabra de lo que digo?
Ella lo contempló con aire meditabundo.
—Sí. Eso pienso. Hay muchos chiflados en el mundo que creen cualquier cosa siempre que suene bastante horripilante.
—¡Pero es que es verdad!
—Jacop. —En su voz se percibía un tono amenazador—. ¿Quieres hacerme enfadar?
—¡Santo Dios! —se indignó él—. Incluso he llegado a hablar con Gerhard.
—Esto cada vez se pone mejor.
—Dijo…
—¡Estoy ansiosa por oírlo!
Aquel tono de burla ya era excesivo.
Jacop perdió las ganas de explicarse. Se levantó del taburete y fue hacia la puerta sin mirar a Maria. Al llegar al umbral se detuvo. Su mirada siguió el curso de las vetas de la madera.
Todo su cuerpo temblaba de ira.
—Tal vez encuentres a tu caballero y te saque de aquí —le soltó—. Pero no puedo imaginar que alguien pueda caer tan bajo para olvidar hasta la última sombra de orgullo.
El estupor de la mujer casi podía palparse.
Jacop no esperó su réplica, sino que caminó resueltamente hacia fuera y bajó la escalera. Se juró que nunca volvería a poner un pie en aquel cuarto.
¡Jamás volvería allí!
Estaba casi abajo cuando oyó su grito de cólera. Algo salió volando por la puerta abierta y golpeó contra la pared. Probablemente le habría lanzado la palmatoria. Con los dientes apretados salió a la lluvia, mientras Clemens y Margarethe lo contemplaban perplejos y luego, encogiéndose de hombros, volvían a sus ocupaciones.
Jacop no vio la sombra que aparecía al extremo de la calle, y la sombra no lo vio a él.
No coincidieron por el espacio de un latido.
Urquhart se dirigió hacia el burdel, golpeó la puerta con el puño y entró sin esperar a que le invitaran. El marco era tan bajo que tuvo que agacharse para pasar. Se echó la capucha negra hacia atrás.
Un tipo encorvado y seboso que estaba asando alguna cosa en el fuego lo miraba con el entrecejo fruncido. En un banco dormitaban dos mujeres. Una era bastante bonita, y la otra, seguramente barata. Olía a una mezcla de col, carne quemada y algo indefinible sobre cuya naturaleza era mejor no investigar.
—Buenas noches —dijo suavemente.
El viejo junto al fuego iba a hacer una observación, pero se detuvo un momento. Contempló a Urquhart detenidamente y luego apareció en su rostro una sonrisa servil. Se levantó de un salto, lo que le permitía su encorvada espalda, y se acercó arrastrando los pies. Al parecer había decidido que Urquhart podía ser bueno para el negocio. La más bonita de las mujeres miró embobada al gigante rubio y despertó corriendo a la otra, que se sobresaltó, abrió los ojos y, al hacerlo, mostró una acentuada bizquera.
Urquhart caminó despacio hasta el centro de la habitación y miró alrededor. El dueño lo contemplaba esperanzado.
—¿Una chica? —preguntó con cautela.
Urquhart miró al viejo pensativamente. Luego le rodeó los hombros nudosos con el brazo, se lo llevó a un lado y susurró:
—Más tarde. Tal vez podáis prestarme ahora un servicio.
—Tal vez sí —dijo el dueño marcando las palabras, y le dirigió una sonrisa torcida—. Y tal vez vos tengáis compasión de esta pobre gente que os atiende. ¿Sabéis?, con la edad uno se vuelve olvidadizo…
Urquhart sonrió y dijo:
—Nunca olvidaréis mi visita.
—¡Entonces no se hable más! —El jorobado adoptó una expresión de máxima diligencia—. ¿En qué puedo serviros?
—Alguien cuyo nombre he olvidado ha estado aquí esta noche. Sus cabellos son —guiñó un ojo al dueño— al menos tan llamativos como los míos. Aunque seguramente en raras ocasiones han conocido el peine.
El rostro del dueño se iluminó.
—¿De color rojo? ¿Rojo fuego?
—Vos lo habéis dicho.
—¡Ah, es Jacop!
—¿Jacop?
—Jacop el Zorro. Así es como lo llaman. —El dueño describió un círculo con el dedo en torno a su cabeza—. Ya sabéis qué quiero decir, ¿no?, igual que un zorro. — Rio como si Urquhart y él fueran viejos amigos.
—Naturalmente. —De modo que había matado a un tal Jacop. Muy bien. Un Jacop menos.
Las dos mujeres los miraban con curiosidad.
—¡Ocupaos de la comida! —las increpó el viejo—. Y bajad las orejas. El señor pensará que ha ido a parar a un establo lleno de liebres.
—¿De modo que ha estado aquí? —inquirió Urquhart.
—Ya lo creo.
—¿Y qué ha contado?
El dueño parpadeó sorprendido.
—¿Qué puede haber contado?
—Eso os pregunto. —Urquhart metió la mano en el manto, sacó una moneda y se la apretó en la mano.
El viejo realizó entonces un imposible fisionómico y mostró una sonrisa aún más amplia.
—Bueno. Pues hizo un comentario sobre el asado —musitó lanzando una mirada a la cosa del fuego, que, por tanto, debía de ser un asado—. Seguramente pensó que le daría algo. ¡Bah!
—¿Y nada más?
—La verdad es que no habló mucho. Se había traído a otro pobre diablo con él. No, no dijo nada, enseguida subió con Maria.
—Ah, Maria. —Urquhart hizo como que reflexionaba—. Creo que la ha mencionado alguna vez.
—¡Sí, es mi gran orgullo! —El dueño trató de pavonearse, lo que le llevó a realizar una contorsión grotesca; luego estiró a Urquhart de la manga y le dirigió una mirada conspirativa—. Lo podría arreglar para que os ofreciera sus servicios — susurró, y señaló despectivamente con el pulgar por encima del hombro—. Es mucho más guapa que estas.
—Más tarde. ¿Aparte de ella, no ha hablado con nadie más?
El dueño adoptó el aspecto de alguien forzado a descender a las más profundas cuevas de la memoria. Pero parecía que allí reinaba una oscuridad impenetrable. Urquhart le dejó ver otra moneda, y cerró la mano antes de que pudiera cogerla.
—No, no, seguro que no. No ha dicho nada —se apresuró a asegurar el viejo—. Yo he estado todo el rato aquí abajo, y también Margarethe, y Wilhilde tenía…, tenía visita en ese momento.
—¿Y qué pasa con el otro de que hablabais? ¿Todavía está aquí?
—¿Tilman? No.