Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 51 de 72

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Las sombras de la catedral

Goddert

Ella siguió la dirección de su mirada y meneó la cabeza.

—Tonterías, Kuno, esto son mazas y no báculos. Ya me las arreglaré.

—¿Seguro?

—Seguro. Pero ¿cómo habéis llegado…?

—Más tarde. Primero tenemos que salir de aquí.

Cruzaron la habitación, él deprisa y ella torpemente, pero decidida a mantener el paso.

—¿Y adónde iremos? —preguntó.

—Puedo llevaros a mi casa —dijo él con un sonrisa complacida—. Solo es un pequeño paseo, y hace un tiempo excelente, realmente encantador. Sujetaos de mi brazo.

Richmodis sonrió, y Kuno abrió las puertas.

Daniel estaba justo frente a él.

 

Goddert

Goddert de Weiden se sentía como si lo hubieran hecho pedazos y lo hubieran vuelto a montar a toda prisa. Hacía años que no trabajaba tanto. Pronto las campanas darían las nueve, aún no había llegado a casa y, para acabarlo de arreglar, estaba chorreando. También era cierto que en las últimas dos horas más que trabajar había estado bebiendo cerveza negra en casa de uno de sus clientes, que la escanciaba en jarras con gran generosidad. Pero habían estado hablando del negocio, ¡vaya que sí!

«De todos modos eres un viejo imbécil», constató Goddert, mientras atravesaba con pasos cansinos la Hochpforte cruzando el fango. ¿A quién se le ocurría salir con un tiempo como aquel? No se había cruzado ni siquiera con un cerdo o un chucho. Y con cada nueva avenida de agua que caía sobre él, sentía que el demonio del reuma exultaba y que sus dominios se ampliaban. Pensó con nostalgia en el fuego del hogar y en la reserva de vinos de Jaspar. Le parecía que incluso el chapoteo de sus pasos sobre el barro de la calle se burlaba de él. «Viejo», decía el pie izquierdo. «Chocho», el derecho. Izquierdo, derecho. Izquierdo, derecho. «¡Viejo chocho! ¡Viejo chocho!».

Entonces pensó en el Zorro y meneó la cabeza. Richmodis tenía razón. ¿Qué quería demostrarle? ¿Que sin él, sin Goddert de Weiden, el mundo se detendría? No podía tenerla encadenada en casa. Pero aún era más tonto entablar una competición con un hombre joven, una competición que nadie quería sino él y que solo podía perder; era realmente denigrante, lamentable, para echarse a reír.

Decidió disculparse con Richmodis. Y aquella decisión lo llenó de orgullo. ¡Bien pocos tendrían la grandeza de ánimo necesaria para pedir perdón a su propia hija! Entonces ella le contaría las novedades de aquella extraña historia en que Jaspar se había metido, estiraría los pies frente al crepitante fuego de la chimenea y daría gracias a Dios por tener un techo sobre su cabeza.