Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 60 de 72

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Las sombras de la catedral

Johann

—Está tan claro como el agua del Rin. Los patricios quieren…

De la puerta de entrada llegó como un sonido de raspado, débil pero inconfundible.

—Silencio —ordenó Jaspar.

Todos aguzaron el oído tratando de oír algo entre el estruendo y el aullido de la tempestad.

—Tiene que haber sido el viento —dijo Richmodis. Su voz temblaba imperceptiblemente.

—No —susurró Jaspar—. No era el viento. Está ahí fuera.

Jacop cerró los ojos y concentró toda su atención en aquel lugar del exterior, frente a la puerta. A lo largo de los años había tenido que aprender a prestar atención a cada sonido, a cualquier pequeñez.

Allí estaba de nuevo. Un raspado. Crujidos.

Luego algo que rascaba desplazándose a lo largo de la pared de la casa. Pasos, suaves y cautelosos. De nuevo un ruido de arañazos en la pared, esta vez más fuerte.

Goddert se apretó las manos contra la boca y los fue mirando a todos con los ojos muy abiertos.

—Dios mío —dijo con voz ahogada.

Jacop notaba el corazón en algún lugar directamente bajo la mandíbula. Volvía a tener la misma sensación de hacía unos días, cuando se había escondido en la pequeña iglesia y había observado por una rendija la sombra que le buscaba, que parecía olfatearlo, de modo que, siguiendo un impulso, se había volcado por encima toda la pila de agua bendita. Vagaban por su cabeza las imágenes fantasmagóricas de Maria, de Tilman, de Rolof y… Se forzó a tranquilizarse. Los otros lo miraban llenos de esperanza. Y en todas las miradas se reflejaba el miedo.

—Sí —dijo—. Urquhart está ahí fuera.

 

Johann

Hacía rato que los vigilantes nocturnos habían cantado la hora undécima con las voces rasgadas por el viento, pero Johann seguía sentado en su habitación de trabajo mirando cómo se consumía la vela.

Originalmente, la alianza debía haber pasado junta la noche, pero aquella decisión parecía haber sido tomada hacía años. Daniel se había disculpado, Theoderich también, el de Maguncia había cabalgado a casa, y Mathias no había vuelto a aparecer. En aquel momento, la idea de que pudiera existir entre ellos alguna forma de comunidad le parecía absurda.

—Es lícito lo que hacemos —murmuró.

¿Lo era? Las palabras le parecían en ese momento un puro sarcasmo. ¿Cómo podía ser lícito matar seres humanos? Lícito era el objetivo común, y era lícito también hacer sacrificios por él. Pero ¿qué clase de objetivo era aquel?