Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 14 de 72

Páginas del PDF

Las sombras de la catedral

Jacop

—Hummm. —Urquhart levantó la cabeza pensativo. ¿Tilman? Más adelante se ocuparía de él. Ahora tenía que aclarar las cosas aquí.

—¿Habéis oído hablar de Gerhard Morart? —preguntó.

El rostro del dueño adoptó de pronto una expresión de profunda y piadosa aflicción.

—Sí, el pobre maestro Gerhard. —Un doble lamento procedente del banco lo apoyó en su repentino duelo—. ¡Que terrible accidente! El… visitante de Wilhilde nos trajo la noticia. El maestro estaba tan embelesado en el reino de los cielos que sus pasos lo llevaron directamente al puro aire.

—Paz a su alma —dijo Urquhart piadosamente, y el viejo se persignó con torpeza.

No sabían nada en realidad.

—En estas horas difíciles solo puede consolarnos el amor de una mujer hermosa —suspiró el dueño—. ¿No es cierto, señor?

—Sí. —Urquhart esbozó una sonrisa—. ¿Por qué no?

 

Jacop

La lluvia ya no era tan intensa. E incluso la luna aparecía de vez en cuando en el cielo.

Jacop se había dirigido hacia el Mercado Nuevo, sin saber, en realidad, por qué. Sencillamente sentía la necesidad de ir a algún sitio y pensar. El lugar no importaba. Hubiera preferido que fuera una buena cervecería, pero qué iba a hacer en una cervecería sin dinero. De manera que había salido disparado hacia allí y había ido a parar al gran prado entre la iglesia de los Santos Apóstoles y el convento de Santa Cecilia, donde durante el día se celebraba el mercado de ganado, se exponían a la venta caballos y vacas, restallaban los látigos, compradores y vendedores regateaban a voz en cuello y se llevaban detenidos a los curanderos charlatanes, dominado todo por el penetrante olor a excrementos.

Ese mismo lugar estaba ahora oscuro y vacío. Los pocos árboles que se veían susurraban al viento. Apenas llegaba un poco de luz de la imponente residencia del conde de Gymnich, en el lado este, y una única antorcha brillaba ante la entrada de la cervecería La Laya, que Jacop hubiera visitado encantado para salir después, a ser posible, a cuatro patas. Los restantes edificios, la amplia fachada del Schwerthof, la mansión de la familia patricia de los Hirzelin, los conventos, capillas y casas señoriales, parecían muertos. A esas horas los postigos de las ventanas estaban cerrados y la gente decente en la cama.

Aquel día Jacop deseaba más que nunca ser también decente.

Mohíno, atravesó lentamente el prado cenagoso hasta llegar a los abrevaderos y se sentó junto a la bomba.

Trató de sentirse afectado por la ira de Maria, pero solo sintió su propio orgullo herido. Era una puta; bueno. Al menos ella era algo. Su belleza la llevaría a una casa honrada con un artesano trabajador como marido, alguien que no tuviera reparos en sacarla del agujero de ratas de Clemens. Jacop, en cambio, solo podía ofrecerle lo que robaba a otros, y solo si no lo pillaban, como aquella mañana, o se caía del árbol del arzobispo.

Sus pensamientos volaron hacia la tintorera.

Él y Maria ya no tenían nada más que decirse; eso estaba claro. Su soberbia había destruido el astroso lazo de la pobreza que los había mantenido unidos durante unas semanas. Lo peor era, sin embargo, que entendía perfectamente esa soberbia. Maria no hacía más que estirarse para alcanzar sus sueños, con la esperanza de poder sujetar una mano de aquel mundo honrado y pudiente en el que se movían muchos de sus clientes. Estaba dispuesta a perder las simpatías de todos los que la habían acompañado en su vida anterior, los apaleados y enfermos, los mendigos y los ladrones, los marcados por la muerte, los deshonrados y perdidos. Sus amigos.

Los últimos serán los primeros, pensó Jacop. ¿Por qué no está contenta con el destino que Dios ha querido darle? Los pobres son pobres. Los ricos están para dar a los pobres, y los pobres para rezar por la salvación de las almas de los ricos, algo que en general necesitan con urgencia. Así funcionaba el mundo, ¿y qué había de malo en ello?

Nada estaba mal.

Pero, siguió pensando de pronto, si no hay nada que esté mal en eso, tampoco puede haber nada que esté bien. Estupefacto por la lógica forzosa del pensamiento se puso en pie de un salto. Eso explicaba su sensación de sospecha cuando el clero hablaba de la justa distribución de los papeles. La persistencia. ¿Qué podía tener Dios en contra de que un pobre tratara de ascender? ¿No había también ricos que se volvían pobres, como el comerciante Berengario, de la Salzgasse, cuyos negocios al final iban tan mal que ahora podía vérsele con el platillo de las limosnas?

Tal vez Maria fracasara. Tal vez fuera solo una soñadora ingenua. Pero su orgullo no fracasaría.

¿Y qué ocurría con su propio orgullo?

Se dejó caer de nuevo al suelo, junto a la bomba, y empezó a discutir consigo mismo. ¿Era culpa suya si no aspiraba a ningún objetivo más alto que el de comer tanto como correspondía a su cuerpo flaco, robar siempre que se presentaba la ocasión, arrebatar su inocencia a las doncellas de Colonia y vivir al día?

¿Era culpa suya que escapara siempre que la vida le imponía compromisos o simplemente se hacía desagradable? ¿Qué podía ofrecerle a ella que no tuviera ya de sobra? ¿Qué podía hacer él que fuera grande?

¿Qué había intentado hacer nunca?

Sus dedos rebuscaron en el interior de los anchos calzones que le había regalado la tintorera. Había guardado allí algo, lo único que poseía en abundancia, porque siempre estaba tallando y regalando nuevos ejemplares.