Las sombras de la catedral
Jacop
Jacop corrió a grandes zancadas hacia la sombra. Aparentemente, su perseguidor no había contado con aquel giro repentino. Estaba demasiado cerca, y probablemente demasiado perplejo, para detener su carrera o desviarse. Iban a chocar como dos carneros. Solo Dios sabía quién estaría luego en situación de salir por su propio pie del callejón. Pero era mejor que recibir un virote entre los hombros.
Jacop sintió una extraña sensación de alivio al ver por fin a su adversario. El extraño no le pareció tan gigantesco como en el andamio de la catedral, pero su estatura seguía siendo imponente. Lo que llevaba en la mano tendida recordaba, de hecho, a una ballesta, aunque era mucho más pequeño. Sus ropas eran negras como el plumaje de un cuervo, y apenas podían reconocerse sus rasgos en la oscuridad. Pómulos anchos, cejas muy pobladas, una frente alta por encima y un mar de cabellos largos y flotantes. Jacop no hubiera sabido decir si era un rostro hermoso o repulsivo. Sintió que había algo desenfrenado, bestial, en los movimientos del otro. El ser que se encontraba ante él había matado a Gerhard Morart, a Tilman y a Maria. Si era el diablo, a Jacop no le quedaba tiempo siquiera para una última oración.
Pero si era un hombre —¡aunque lo hubiera engendrado una bruja y lo hubiera criado con la ayuda del diablo!—, podía engañarlo. Incluso el diablo había sido engañado ya.
Y si eres una bestia, pensó Jacop rabioso, no importa. Yo también lo soy. ¡Soy Jacop el Zorro!
Esperó el encontronazo.
Pero este no llegó.
En lugar de chocar, su oponente abrió los brazos y despegó del suelo. Jacop vio cómo la capa negra subía y subía, y sintió el contacto áspero de la tela que le rozó la cara cuando el gigante, con un poderoso salto, le pasó por encima.
Nadie saltaba tan alto. Pero eso no importaba ahora.
Sin aliento, salió corriendo del callejón y dobló la siguiente esquina para bajar hacia el Rin. Por detrás, oyó cómo el otro reanudaba la persecución. Jacop volvió la cabeza, esperando encontrarlo pegado a sus talones, pero, al parecer, el salto adelante había sido mayor de lo esperado. Su finta había dado resultado.
Torció por una calleja minúscula que sabía que conducía a la catedral, y corrió tan deprisa como pudo sin saber muy bien lo que hacía, rodeado de árboles y muros, dejando a la izquierda el recinto de San Maximino. Para los monjes el día empezaba a la una. Entraría en su convento, se prometió, renunciaría a todo, rezaría con ellos, si a la una todavía vivía y respiraba. Las ramas le azotaban los brazos y las piernas, le arañaban la cara. Pero él no notaba nada.
Al borde del camino apareció una iglesia, pequeña y sencilla. Un hombre lanzó algo al camino y se dispuso a entrar de nuevo. Su hábito se hinchaba con el viento.
—¡Padre!
Jacop se deslizó a sus pies y le sujetó por la manga. El monje se asustó y trató de soltarse. Era gordo y calvo, y resollaba.
—Dejadme entrar —susurró Jacop jadeando.
Por encima de las rollizas mejillas, los ojitos del hermano brillaron recelosos.
—Es demasiado tarde para eso —replicó.
—¿Demasiado tarde?
—Hace rato que ha acabado la misa.
—Por favor, dejadme entrar. Solo un momento, os lo suplico.
—Ya he dicho que es imposible, hijo mío, deberías volver mañana…
—¡Reverendo padre! —Jacop le cogió de las manos y las apretó—. Oídme en confesión. ¡Ahora, enseguida! Sabéis que no podéis negarme esta gracia en ningún momento, ¡es la voluntad y la ley de Dios, lo sabéis muy bien! —Pensó si realmente era la voluntad y la ley de Dios. Tal vez no. No sabía demasiado de las cosas del clero, pero valía la pena intentarlo.
El monje alzó las cejas asombrado. Parecía indeciso.
—En fin, no sé…
Desde el extremo de la calle llegaba el sonido de unos pasos. Suaves, rápidos y regulares.
—¡Padre, por favor!
—Está bien. Pero no conseguirás nada más que eso —dijo el monje; empujó con brusquedad a Jacop al interior de la capilla y cerró el portal tras él.
Jacop reflexionaba febrilmente. ¿Cómo podía estar el otro pisándole los talones de nuevo? ¿Cómo había podido saber qué camino había tomado?
Como un animal que husmea en el aire.
De pronto tuvo una idea.
—Agua bendita, padre. ¿Dónde está el agua bendita?
El monje gordinflón se llevó las manos a la cabeza.
—¡Quiere agua bendita! ¡Que dónde está el agua bendita, dice! ¿Y dónde va a estar el agua bendita en una iglesia? ¡Por Dios misericordioso y por todos los santos!, ¿cuándo fue la última vez que estuviste en la casa del Señor? ¡Ahí! —Con un movimiento rápido de sus dedos cortos y gruesos señaló una sencilla taza de piedra apoyada sobre una columna—. Ahí está el agua bendita. Pero no creas que tus pecados te serán perdonados solo… ¡Eh!, pero ¿qué haces?… ¿Acaso el Maligno te ha escupido en el cerebro? ¡¡¡Esto no es una charca en la que te puedas bañar!!!
Jacop se había acercado a la pila, la había bajado de su soporte y con un movimiento enérgico la había volcado sobre su cabeza. Si no podía escapar al asesino por velocidad, tal vez pudiera hacerlo con la fuerza de la bendición. Dios lo protegería.
El monje le arrancó la pila de las manos rojo como un tomate.
—¿Has perdido la cabeza por completo? —gritó fuera de sí—. ¡Largo de aquí!
—Esperad. —Jacop se dirigió corriendo a un minúsculo ventanuco situado junto al portal.
—Os voy a…
—Callad. El diablo acecha fuera.
El monje se quedó mudo. Abrió mucho los ojos, tanto como lo permitían las acumulaciones de grasa que tenía alrededor, y se persignó.
Jacop inspeccionó el exterior.
Se estremeció al descubrir la sombra que bajaba por el camino. Su perseguidor llegó a la altura de la iglesia, allí se detuvo y volvió indeciso la cabeza.
Jacop no se atrevía ni a respirar.
La sombra avanzó unos pasos más, volvió a detenerse y miró hacia arriba. Por un momento pareció que su mirada pálida apuntaba directamente a Jacop.
Luego su cabeza se volvió bruscamente a la derecha y luego a la izquierda, se movió de un lado a otro, y después miró al cielo. La luna hacía resaltar su contorno plateado contra el fondo oscuro de los árboles y los muros y derramaba su luz sobre los largos cabellos.
Está confundido, pensó Jacop, regocijado. No puede comprender por dónde he desaparecido. Su razón le dice que tengo que estar aquí, en algún lugar de las proximidades, pero sus sentidos le dicen lo contrario.
¡Confiará en sus sentidos! Todos los animales de presa lo hacen.
Esperó en tensión, hasta que la figura volvió a iniciar su marcha vacilante. Al cabo de un rato se había fundido con la oscuridad. ¡La sombra lo había perdido!
—Hijo mío, la confesión —susurró el monje. En su frente se habían formado diminutas perlas de sudor. Estaba temblando.
—Un poco de paciencia todavía, os lo ruego.
El tiempo se arrastraba con lentitud torturadora en la sombría nave de la iglesia. Al parecer, el miedo al demonio dominaba de tal modo el espíritu del monje que no se atrevía a dar un paso.
Cuando Jacop finalmente estuvo seguro de que había despistado a su perseguidor, se dejó caer contra la fría pared de la iglesia, cerró los ojos y dirigió a santa Úrsula una breve oración de agradecimiento. De todas las santas, era la que le resultaba más simpática. Decidió agradecerle la salvación de su miserable vida pecadora y pedirle, en cambio, que se mostrara generosa y olvidara que hacía un momento había querido hacerse monje en San Maximino.
—¿Qué estás diciendo del demonio? —balbuceó el monje con voz temblorosa.
Jacop se sobresaltó.
—¿El demonio? Ah, sí. Olvidadlo.
—¿Y la confesión?
—Ah, la confesión. Sabéis, pensándolo mejor, creo que puede esperar aún.
—Pero…
—¡Acabo de recordar que esta misma mañana me he confesado! ¡Parece mentira! ¿O tal vez fue ayer por la tarde? ¿Creéis padre que un hombre sencillo y honrado puede cometer en el curso del día tantas faltas para que valga la pena confesarse?
El monje lo miraba con los ojos muy abiertos, como si no pudiera dar crédito a lo que oía. Luego recuperó de golpe la compostura. Sonrió sombríamente. Una cara de luna sin la dulzura de la luna.
—Mi querido hijo… —Jacop consideró que sería mejor ponerse en pie. El querido hijo no sonaba a querido hijo—, cuando tenía tu edad, era capaz de zurrar a tres tipos de tu talla de modo que al acabar podían mirar a través de sus costillas como un gallo a través de la reja de su jaula. Naturalmente ya soy demasiado viejo y demasiado piadoso para eso. —Se acercó con pasos rápidos y arrastró a Jacop hacia el portal—. ¡Pero, que el Señor me perdone, creo que contigo bastará un buen puntapié para echarte fuera de mi iglesia!
Jacop reflexionó sobre el asunto.
—Sí —dijo—. Yo también lo creo.
Sin esperar a su réplica, abrió las pesadas puertas de madera, lanzó una mirada al exterior y se marchó a toda prisa caminando agachado. Solo esperaba que la sombra no estuviera esperándole todavía.
Pero esta vez no lo siguió nadie.
El monje meneaba la cabeza, plantado frente a su iglesia con los brazos en jarras.
¡La confesión! ¡Que volviera el pícaro pelirrojo a pedirle confesión!
Luego desapareció su enfado. Inspiró con devoción el aire claro y murmuró un rápido avemaría.
Qué hermosa y pacífica noche.