Las sombras de la catedral
¡Deus lo volt!
Ya no lo sabía. El monstruo había vuelto a sumergirse en las aguas negras del olvido.
Casi por su cuenta la mirada volvió a ocuparse de los rostros de la gente que corría ocupada de un lado a otro, los capturaba, los examinaba, los soltaba, y pasaba al siguiente. Rápida, precisa, sin emoción.
¡Deus lo volt[32]!
Cuando Jacop se despertó, ya empezaba a oscurecer. Dio una vuelta sobre el jergón de paja y se quedó mirando el brillo amarillento de los ojos de un gato.
—¿Qué haces tú aquí? —murmuró—. ¿Quieres hacerme arder?
Era algo que ocurría con frecuencia en las estrechas casas de madera. Los gatos se tendían sobre los rescoldos aún calientes de la chimenea, y cuando los echaban de allí, quedaban colgando de su pelo algunas partículas de carbón encendidas. Entonces corrían al granero, donde se guardaba la leña menuda, virutas u otros materiales fácilmente inflamables, y un instante después todo ardía.
Al gato no le gustó la suposición. Le dedicó un maullido, le enseñó el trasero y soltó un generoso chorro de orina. Jacop se estiró y pensó cuánto tiempo debía de haber dormido. Después de que Jaspar Rodenkirchen lo hubiera llevado al límite de la desesperación con la historia del arcángel, se había arrastrado como había podido hasta el desván, se había dejado caer sobre un montón de paja y se había dormido al instante. De modo que había pasado todo el día roncando.
Y lo que era más importante, todavía estaba vivo.
Al pensar en las últimas veinticuatro horas sintió que un miedo helado penetraba en sus huesos. Pero aquella sensación no duró mucho tiempo. El dolor en el hombro había cedido, y Jacop se sentía fuerte y descansado. Sentía el apremiante deseo de hacer algo. Probablemente, Jaspar estaba en la habitación. Jacop encontró el hueco de la escalera, se pasó la mano por el pelo para tener un aspecto más o menos aceptable y bajó.
En la habitación, un hombre grande de rostro bondadoso estaba sentado junto al fuego masticando un pedazo de tocino. Al principio, Jacop pensó en huir de allí enseguida. Pero no tenía el aspecto de alguien que comparte su techo con asesinos y demonios. Jacop se acercó con desconfianza e inclinó la cabeza en un saludo.
—Yo también te saludo —dijo el hombre con los carrillos hinchados, de manera que apenas podía entenderse una palabra.
Jacop se sentó con precaución en el banco y lo contempló con detenimiento.
—Me llamo Jacop —empezó.
El otro asintió, lanzó un gruñido y siguió tironeando, muy ocupado, de su pedazo de tocino.
—Jacop el Zorro. Así me llaman. ¿Tal vez Jaspar ha hablado de mí?
La respuesta fue otro gruñido. Resultaba imposible saber si era una confirmación o si respondía al entusiasmo que sentía por aquel delicado bocado. No cabía duda de que el tipo no era hablador.
—Muy bien —opinó Jacop, y cruzó las piernas—. Ahora os toca a vos.
—Rolof.
—¿Cómo?
—Soy Rolof. Criado.
—Ah. ¿El criado de Jaspar?
—Mmm.
Rolof tomó aire, y resonó un eructo tan potente que a su lado las trompetas de Jericó no eran más que un croar de ranas.
—¿Y dónde está ahora? Quiero decir, Jaspar.
Rolof parecía haber comprendido que no podría evitar por más tiempo iniciar una conversación, aunque resultara molesto y masticar tocino fuera mucho más beneficioso para él.
—Jaspar está en Santa Magdalena —dijo masticando—. Predica. ¿Carta a los hebreos, no? Eso dijo al menos.
—¿Santa Magdalena? ¿La iglesia pequeña frente a San Severino?
—Mmm. Es deán de Santa Magdalena. Sí, iglesia pequeña. Pero bonita. No un monstruo como San Severino, ¿no?
—Pues sí.
—Escucha —empezó a decir Jacop, y se acercó más al corpachón de Rolof—, eso que tienes aquí, el tocino… Quiero decir que… no crees que podrías, en ciertas circunstancias, si es que no piensas que vas a necesitar todo ese pedazo tan grande, porque esto puede dar unos dolores de estómago espantosos; mi tío, por ejemplo, un día se comió un pedazo gigantesco como ese él solo, hace poco, y murió de eso, su cuerpo apestó a tocino durante días, de modo que los enterradores acabaron vomitando, probablemente por eso no fue al Paraíso, todo por culpa del tocino, ¿y no querrás que te pase lo mismo?
Rolof se quedó un buen rato como petrificado. Luego contempló el tocino, y a continuación a Jacop.
—No —dijo débilmente.
—Ya me lo imaginaba. —Jacop le dirigió una sonrisa jovial y le puso una mano sobre el hombro—. Pues yo estaría dispuesto a librarte de un pedacito, pongamos la mitad.
Rolof asintió, sonrió amistosamente y siguió atacando la carne ahumada con su enorme dentadura. Durante mucho rato no sucedió nada más.
Jacop se puso nervioso.
—¿Rolof?
—Mmm.
—Tú querrás ir al Paraíso, ¿no?
—Mmm.
—¿Y has entendido lo que te he dicho antes?
—Sí. Has dicho que cuando muera apestaré a tocino. Está bien, ¿no? Así todos saben que Rolof era hombre rico y podía comer tocino, ¿no?
—Increíble —murmuró Jacop, y se retiró de nuevo a su rincón.
Al cabo de un rato, Rolof se inclinó hacia él y enseñó los dientes.
—¿Tienes hambre?
—¿Cómo? ¡Haces preguntas! Naturalmente que tengo hambre.
—Ten. —Rolof alargó la mitad de su corteza a Jacop, que tuvo la sensación de que su corazón se detenía por un instante; luego lo cogió y lo mordió con tanto entusiasmo que salpicó. No sabía cuánto tiempo hacía que no había comido nada parecido. En todo caso, con el viejo Bram. Y quizá ni entonces.
Era salado, ¡rancio!, ¡exquisito!
Rolof se inclinó de nuevo cachazudamente hacia atrás y empezó a lamerse los dedos. Parecía extremadamente satisfecho.
—Jaspar dice que tengo gran ventaja —gruñó—. Que parezco tonto de remate, ¿no?
Jacop dejó de masticar y lo miró indeciso. No sabía muy bien qué debía añadir a eso. En realidad, cualquier comentario que hiciera sería inoportuno.
—Pero —siguió Rolof con cara de astucia— no lo soy. Quieres tocino, ¿no? Me cuentas historias de miedo. Tú no eres un zorro, eres un buey, ¿no? Un buey tonto con piel de zorro. Hubieras podido preguntar.
—¡Y pregunté! —protestó Jacop.
Rolof rio.
—Has mentido. Tu historia es una tontería. No puede ser. —Levantó el dedo y le dirigió una sonrisa radiante—. Tú no tienes tío. Jaspar dice que nunca has tenido a nadie. Pero no puede ser lo del tocino sin tío, ¿no?
Gozando plenamente de su superioridad intelectual, se rascó la barriga y cerró los ojos. Poco después la habitación temblaba con sus ronquidos.
—Creía que tenías que estar pendiente de mí —rio Jacop entre dientes, y se concentró en su pedacito de Paraíso.
Finalmente llegó Jaspar, y la apacible calma de la pequeña y torcida sala tocó a su fin. Parecía irritado y dio un puntapié al banco. Rolof se levantó asustado. Luego la mirada del físico recayó en Jacop. Levantó las cejas como si lo viera por primera vez, se rascó la calva y se dio unos golpecitos con el dedo en la punta de la nariz.
—Ah, sí —dijo, se aclaró la garganta y desapareció.
—Oh —exclamó Rolof—. Será mejor que me vaya, ¿no? Cuando Jaspar habla de los hebreos, ay, ay.
—¿Qué ocurre con los hebreos? —preguntó Jacop, y se levantó para ver qué estaba haciendo el físico. Oyó el ruido de la trampilla del suelo en el patio trasero. Parecía que Jaspar estaba haciendo una visita a su bodega.
Rolof miró a derecha e izquierda, se acercó rápidamente y susurró en tono confidencial:
—¡La gente no entiende a Jaspar Rodenkirchen! —Hizo un gesto de desprecio con la mano—. Demasiado listo. Puede hablar hasta que le duelen los dientes, ¿no? Porque los hebreos… no sé nada de eso yo, pero es de amor y paz y hospitalidad y cosas buenas todo, pienso yo. Pero siempre se pone furioso, es como un animal y echa espuma, así más o menos: ¡¡bueee, brrraaa!!
—Sí, porque son las únicas palabras que entiendes —le increpó Jaspar al entrar de nuevo con una jarra bien llena al brazo—. ¡Brrraaa, brrraaa! Ahí reconoce el buen Rolof toda una frase muy bien puesta, con objeto, sujeto, predicado y enunciado, y por eso comprende también a los cerdos. ¿Qué dicen los cerdos, Rolof? ¿Cómo habla el cerdo? ¿No dice «cómeme, cómeme»? Es increíble que alguien comprenda a los cerdos; ¡ni siquiera san Francisco dominaba su lenguaje con tanta fluidez y sin una falta!
—Es por el tocino —dijo Jacop, corriendo en ayuda del pobre Rolof.
Este soltó una carcajada atronadora que lo dejó sin aliento. Luego se quedó allí de pie, sin saber qué otra cosa podía hacer que tuviera sentido después de reír. Probó con un bostezo. Y funcionó.
—Tarde —constató.
—¡Muy bien! —se burló Jaspar—. Ya hemos aprendido a distinguir la noche de la mañana, qué magnífica hazaña en el campo de la epistemología. Que la tierra tiemble avergonzada ante el fuego ardiente de tu espíritu.
—Sí —asintió Rolof sin inmutarse—. Me voy a dormir.
Volvió a bostezar y subió las escaleras. Oyeron cómo cantaba algo, una calamidad sin ninguna armonía que de repente se interrumpió. La incoherente canción fue sustituida por el conocido ronquido, y quedó confirmado así que para cada ruido horrible podía encontrarse otro aún peor.
Jaspar colocó dos vasos sobre la mesa, los llenó e hizo una señal a Jacop de que bebiera. Vaciaron los vasos de un trago, Jacop lleno de avidez, y Jaspar con la mesura del bebedor experimentado.
—Bien —dijo, y golpeó la mesa con el vaso, se sirvió otro, se lo llevó a los labios, lo dejó, sirvió otro, bebió, lo dejó en la mesa y observó ahora a Jacop con una mirada considerablemente más clara.
—¿Cómo habéis dormido, zorrito?
Jacop se sentía extraño. Aquello se le estaba subiendo a la cabeza.
—Pues como un zorrito —dijo.
—Perfecto, perfecto. Mi casa, una madriguera de zorro. ¿Y qué tal va vuestro brazo?
—Mejor.
—¿Mejor? Eso es bueno.
Callaron un rato. Jacop pensó cómo podría llevar la conversación al tema que le interesaba, aunque en realidad hubiera preferido olvidarlo todo.
El silencio empezaba a resultar incómodo.
—¿Habéis hablado sobre los hebreos? —le interrogó más bien por cortesía.
Jaspar le miró sorprendido.
—¿Cómo sabéis…? Ah, sí, Rolof. Le dije sobre qué iba a predicar. Condenado Rolof, a veces no sé realmente si tiene el cerebro de un jabato o el refinado don para la simulación de mi gato. Sin embargo, es un buen criado, cuando no duerme o mastica. Sí, he hablado sobre los hebreos, pero eso no ha complacido a algunas pulcras señorías.
Cerró la boca de golpe. Era palpable su ira. Jacop miraba el vaso fijamente. Podían seguir así, callando y bebiendo, pero no le gustó la idea. De pronto sintió la necesidad de saber algo más sobre Jaspar.
—¿Por qué no? —preguntó.
—¿Por qué no? —refunfuñó Jaspar, y se sirvió más vino—. Porque son falsos y están endurecidos hasta la médula, las damas y caballeros cristianos, y porque ese inmenso hijo de puta de Alejandro ha predicado la cruzada, lo que aceptan con agrado en lugar de indignarse. Como si la llamada santa Colonia no tuviera todos los motivos para desconfiar de las sugerencias de la serpiente romana que se da el nombre de Papa. ¡Precisamente los colonienses!
—¿Por qué precisamente los colonienses?
Jaspar puso los ojos en blanco.
—¡Oh, Señor! Mira a tu hijo Jacop, que vive en las murallas de la Colonia Claudia Ara Agrippinensium y cuyas luces, sin embargo, igualan a las de un fuego de turba consumido. Jacop, aunque sepáis menos que nada, ¿no habéis oído hablar de los niños perdidos? ¿Anno domini 1212?
Jacop negó con la cabeza.
—¡Lo imaginaba! Pero ¿sabéis lo que es una cruzada?
—Sí. Una guerra justa para la reconquista de Tierra Santa de manos de los infieles.
—¡Demonios! Bien hablado, bien aprendido, y escupido con diligencia desde el fondo de vuestra falta de entendimiento con la evitación consiguiente de toda reflexión. ¡Sancta simplicitas! Si me preguntáis, os diré que la cruzada es una mofa de las enseñanzas de Agustín, puesta en circulación por otro idiota de nombre Urbano II. Pero, por Dios, ¿cómo os hablo de cruzadas y de Agustín? Debo de haber perdido el juicio.
—Tal vez. —Jacop se encolerizó—. Sí, no cabe duda. Habéis perdido el juicio y yo soy estúpido. Es una magnífica conclusión, venerable Jaspar Rodenkirchen, deán y físico y todo lo que queráis. No saber nada es algo imperdonable, ¿no?
—Lo imperdonable es no tener nada en la cabeza.
—Oh. Claro, es culpa mía. Al fin y al cabo, durante toda mi vida he estado rodeado de sabios. Solo tenía que preguntar. Todo el mundo ha estado esperando día tras día la oportunidad de ampliar mis conocimientos. Debo de ser un cretino, pues. ¡Algo imperdonable, desde luego!
Exaltado, cogió la jarra, se llenó el vaso y derramó el contenido. Jaspar lo miró como si se sintiera perplejo.
—Pero ¿qué estáis diciendo? Los pobres no se avergüenzan de su falta de sabiduría, lo sé bien. Nadie exige de gentes como vos un tratado de filosofía. Bienaventurados los pobres de espíritu porque…
—¡Yo no soy ningún pobre de espíritu! Y si no sé nada, eso solo me molesta cuando alguien me lo restriega por las narices y al mismo tiempo me viene con paparruchas como la de que debo usar la cabeza. ¿Y cómo, venerable maestro, si es evidente que no tengo sesos? De acuerdo, por el momento no sé siquiera qué debo hacer para sobrevivir a los próximos días. De hecho, soy un zorro absolutamente ignorante, o más bien una miserable ardilla, ¡pero no permito que nadie me ofenda! Ni siquiera vos, por más que os jactéis mil veces de que queréis ayudarme.
Se atragantó, tosió y tuvo que pararse a coger aire. Jaspar lo observó; luego se acercó y lo golpeó con fuerza en la espalda.
—¿De modo que queréis saber de verdad qué ocurre con eso de las cruzadas?
—Sí —jadeó Jacop—. ¿Por qué no?
—Cuidado, clase de historia: un asunto bastante árido.
—No importa.
—Hummm. Bien. Tengo que retroceder un poco en el tiempo. Servios mientras tanto. ¿Queda algo en la jarra?
—Debería bastar.
—Bien. ¿Sabéis lo que es el Sacro Imperio Romano?
—Naturalmente.
Jaspar meneó enérgicamente la cabeza.
—No es en absoluto tan natural. Si se mira bien, es un Imperio cristiano dividido, que ha ido reventando durante siglos. Allá el Imperio romano de Oriente, cuyo centro secular y espiritual es Bizancio, y frente a él el Imperio romano de Occidente, en torno a Roma. Si hoy pensamos que nos encontramos en tiempos turbulentos, debéis saber que en la época de la decadencia definitiva —hace unos doscientos años— las cosas iban mucho peor. El Papa arremetió con palabras encendidas contra la vida supuestamente licenciosa de los reyes y el emperador. Es la vieja historia. Cuando el poder espiritual y el mundano se lanzan uno al cuello del otro, toman siempre como pretexto a Nuestro Señor Jesucristo. El rey, en conflicto con el Papa, hizo elegir a un antipapa. Entonces de pronto hubo dos Papas, dos representantes del Señor en la tierra, que se tenían rencor y que proclamaban cada uno una cosa distinta. Uno hablaba del montón de estiércol de Roma, y el otro de las putas de los reyes, una edificante situación en conjunto. Como respuesta, el Papa de Roma excomulgó sin más al rey. Un buen reparto de bofetadas. Pero de ese modo solo había impuesto su autoridad sobre el Imperio romano cristiano de Occidente. Existía también, sin embargo, el Imperio romano oriental y el emperador bizantino, que no se preocupaba mucho de Roma. Era un individuo turbio que había robado el trono en una acción sangrienta y alevosa, y de ese modo había irritado profundamente al Vaticano. ¿Qué hizo, pues, el Papa en su santa ira? ¿Qué creéis vos?
Jacop se encogió de hombros.
—Es difícil decirlo.
—¿Qué hubierais hecho vos como Papa romano?
—Hubiera ampliado la excomunión a Bizancio.
—¡Muy bien, zorrito! Eso hizo el pontífice. Excomulgó también al emperador bizantino. Pero a él no le importaba. En el fondo nada le importaba, ni siquiera que los selyúcidas se encontraran a sus puertas…
—¿Selyúcidas?
—Perdón. Selyúcidas, pechenegos [33] y todas las estirpes turcas que Mahoma había unido con los árabes. De este modo, su Imperio se extendía de Jorasán, pasando por Irán y el Cáucaso, por Mesopotamia, Siria y Palestina, hasta Hiyaz. Un territorio de imponentes dimensiones. Ahora los infieles querían también Bizancio. Pero ante el embrollado conflicto de intereses existente en el seno de la cristiandad, las perspectivas de oponerles algo que no fueran inofensivas citas de la Biblia eran mínimas. El emperador bizantino era tan falso como débil, y tal vez estuviera bien así, porque de ese modo resultaba más fácil derribarlo. Se produjo, de hecho, la consabida revolución de palacio, y ascendió al poder en Bizancio un joven notable llamado Alexios. Cuando hubo consolidado ampliamente su posición, hizo balance, y fue un balance sombrío. Amplias regiones del Imperio bizantino estaban en manos de los turcos, y los miserables restos que quedaban corrían el riesgo de acabar igual. ¡Una situación realmente complicada!
Jaspar se pasó la lengua por los labios y bebió.
—Además —prosiguió—, Alexios también tenía problemas con la Iglesia romana occidental, ya que la excomunión papal se había transferido a su persona como la glosopeda. No podía esperar ninguna ayuda de Occidente. Así, Alexios empezó en solitario sus campañas contra los selyúcidas y los pechenegos, acabó con ellos allí donde los encontraba, los hizo retroceder y finalmente consiguió negociar algo parecido a una paz inestable, un asunto cogido por los pelos, pero ya era algo. En beneficio de la cristiandad, como hizo proclamar. En el fondo, naturalmente, solo le importaba el territorio. Lo que tanto exasperaba al Papa, es decir, que los Santos Lugares de la Iglesia cristiana, la tierra de Palestina, la sepultura del Señor, Jerusalén y Antioquía, la ciudad de Petra, se encontraran bajo el dominio selyúcida, le era relativamente indiferente. Con mayor razón aún porque los cuentos de miedo de los impíos turcos que degollaban peregrinos cristianos a miles, los asaban y los devoraban debían atribuirse más bien a la fantasía de estilitas sobreexcitados. Los cristianos de las regiones ocupadas se acogían al derecho islámico; en mi opinión, por otra parte, el más tolerante. No se les prohibía la práctica de su religión, y en consecuencia tampoco se habían quejado demasiado ni habían enviado a Occidente una petición de auxilio formal. Esta es la historia previa. ¿Es demasiado para vos, o deseáis oír el resto?
—¡Sí, sí! Seguid contando.
Jaspar sonrió.
—Vuestra cabeza no está tan enredada como lo hace suponer esa mata de pelo rojo. Pues bien, volvamos a Roma. Las circunstancias mejoraron, el Papa y el antipapa murieron, y un nuevo pontífice ocupó el trono romano. Se hizo llamar Urbano II, y si antes dije que era un idiota, eso es solo una media verdad. No era estúpido, en realidad. Pero ese Urbano tenía una tendencia a la comodidad casi ofensiva a Dios y, sencillamente, no tenía ningunas ganas de pelear con nadie. En primer lugar levantó la excomunión de Alexios, que se encontraba acorralado en la lejana Bizancio y cerró una alianza de amistad con él. Los dos tunantes se prometieron en adelante estima recíproca, nada más y nada menos. Alexios pensó enseguida en cómo podía arrancar a su nuevo amigo algunos devotos combatientes que pudieran servirle de ayuda para la reconquista de determinadas regiones ocupadas, en especial de Anatolia. Pero parecía que la amistad no llegaba a tanto, porque Urbano no estaba interesado en la guerra. Él organizaba su Iglesia. Y ahí acababa todo. A Alexios aquello no le convenía; ahora tenía de pronto un aliado que no hacía nada. De modo que envió una delegación de doce embajadores a Piacenza, donde en aquel momento Urbano celebraba un concilio, y esos enviados expusieron con todo detalle los padecimientos de los cristianos bajo el yugo del Islam, pusieron el grito en el cielo por el sitio de la santa Jerusalén y porque los peregrinos, en su camino a Palestina, eran colgados por los pies y cortados en pedazos aún vivos y qué sé yo cuántas tonterías más. Todo desmesuradas exageraciones bien adornadas con la retórica oriental que habían aprendido allí. Pero hicieron su efecto. Urbano prometió ayuda. De palabra, enseguida estaba dispuesto a todo.
—¿Y envió ayuda?
—¿Urbano? Al principio no. —Jaspar rio entre dientes—. Ya he dicho que era un clérigo puro que prefería consagrarse a los asuntos corrientes, a las canonizaciones y la quema de brujas. Pero al menos lo había prometido. Alexios se frotó las manos y contó con que podría disponer de un centenar de esforzados caballeros bien armados, y sin duda más pronto o más tarde Urbano los habría reunido si, ¡maldita sea!, si no hubiera tenido ese sueño.
Jacop, que escuchaba fascinado, quiso servirse otro vaso de vino, pero no había nada que servir.
—Oh —exclamó Jaspar—. Marea baja. —Se levantó y se dirigió caminando torpemente a la parte posterior de la casa.
—¡No me importa! —le gritó Jacop.
—A mí sí.
—Pero ¡no podéis dejarlo aquí sin más!
—¿Por qué no? —resonó la voz de Jaspar fuera de la sala—. La historia ha necesitado siglos y siglos para convertirse en historia, y vos nunca tenéis bastante.
—Pero quiero saber qué sucedió después. ¡Y todavía no me habéis hablado de los niños perdidos!
Jaspar empezó a manipular la trampilla del patio.
—¡Por mí podéis venir si queréis oírlo! —gritó.
Jacop se puso en pie de un salto y se dirigió hacia el oscuro patio. Jaspar, que había encendido una vela, le indicó que le precediera. Avanzaron con cuidado, colocando los pies sobre los escalones resbaladizos. De nuevo lo envolvió aquel húmedo olor a moho, y lo invadió una extraña sensación de intemporalidad. Delante, en la oscuridad, las gotas resonaban al golpear contra el suelo. Entonces el resplandor de la vela iluminó su entorno inmediato. Jaspar estaba junto a él.
—¿Podéis imaginar lo que sería permanecer aquí para el resto de vuestra vida? — preguntó—. No si pudierais, sino si tuvierais que hacerlo.
—Ni siquiera si pudiera.
El físico rio secamente.
—Y sin embargo, aquí estáis en el Paraíso. ¿Qué sabemos, pues, de las cruzadas?
Jaspar se dirigió al centro de la bóveda, se puso a manipular un barril y llenó tres o cuatro pintas. Jacop lo siguió corriendo ágilmente. No estaba acostumbrado a aquella bebida. Bastante eufórico ya, giró sobre sí mismo, extendió los brazos y se sintió caer como una pluma sobre el suelo frío.
Jaspar le dirigió una mirada escrutadora y colocó la vela ante él. Luego se sentó frente a Jacop y llenó los vasos.
—Este es mejor lugar para hablar de las cruzadas —dijo, y bebió.
Jacop lo imitó.
—Admitido —señaló.
—No, me habéis entendido mal. Esta bodega es un agujero. Es insana y oprimente. Es mi lugar penitencial.
—Interesante penitencia —rio Jacop.
—Podría seguir bebiendo arriba, zorrito, donde se está tan bien y tan caliente. Pero no quiero hacerlo. Hablar sobre la injusticia y sobre el horror en una habitación cálida y agradable sería como una burla para todos los que sufren el verdadero horror. ¿Queréis saber lo que soñó Urbano? Bien, se supone que se le apareció el Señor y le ordenó que hiciera la guerra en nombre de la cruz contra los paganos y los infieles. En noviembre del mismo año, anno domini 1095, predicó la cruzada en el concilio de Clermont, convocó a pobres y ricos para aniquilar a los turcos en una colosal campaña, una guerra justa y santa como no había habido nunca otra igual, y todos los que estaban allí —¡demasiados eran, toda una multitud!—, burgueses, comerciantes, clérigos y hombres de armas, todos se rasgaron las vestiduras formando cruces y gritaron ¡Deus lo volt!, ¡Deus lo volt!
Calló durante un rato. Jacop no preguntó por el significado del grito de batalla. No era difícil de adivinar.
—Luego partieron, los caballeros, el emperador y los reyes, príncipes, ladrones y mendigos, sacerdotes y obispos, la chusma de las calles, estafadores y asesinos, y todos los que podían correr o cabalgar. Jubilosamente se pusieron en camino para luchar por el Señor, tentados por la obtención de una inaudita indulgencia de sus pecados solo con que tomaran la espada y quisieran viajar a los Santos Lugares. Y una y otra vez gritaban ¡Deus lo volt!, ¡como si Dios hubiera podido querer que en su camino, mientras sus turbas y sus hordas avanzaban, asesinaran también a los infieles en su propio país y hundieran sus manos en la sangre de los judíos de Maguncia, de Worms y de Espira y de otras ciudades, realizaran insensatas matanzas en las que hombres, mujeres y niños inocentes eran decapitados, quemados, despanzurrados, que asolaran y saquearan y convirtieran en rehenes de la cristiandad a aquellos que trataban de liberar! —Jaspar escupió—. ¿Dios lo quiere? Las historias de tu Bram sobre la cruzada son una basura ridícula, las he oído, ningún cuento podría estar más alejado de la verdad que su charlatanería, aunque supiera presentarla bien.
Bram no era ningún caballero cruzado. Había conocido a algunos de ellos, que habían vuelto sin brazos, sin piernas o sin entendimiento. Hungría y Bizancio, Istria y Constantinopla, todo fue arrasado hasta los cimientos. He leído lo que un cronista de Maguncia escribió antes de que también a él lo degollaran. «¡¿Por qué no se ensombreció el cielo —escribió—, por qué las estrellas no dejaron de brillar y el sol y la luna se oscurecieron en sus cúpulas cuando en un día mil cien personas santas fueron muertas, asesinadas, tantos niños y lactantes que no habían cometido ningún delito ni pecado, tantas pobres almas inocentes?!». Invocaban al Eterno, pero el Eterno estaba en otro lugar, tal vez encontrara también que lo habían merecido. Y todo eso sucedió aquí, en nuestras ciudades.
Jaspar sacudió la cabeza.
—Luego siguieron hacia Tierra Santa, en nombre del Señor. El populacho, el pueblo de a pie, las turbas desordenadas, ni siquiera llegaron, murieron de hambre en el camino o a manos de los suyos o simplemente claudicaron. Pero los grandes ejércitos de caballeros, esos lo consiguieron. Sitiaron Jerusalén. ¡Durante cinco semanas! Debían sudar a mares en sus armaduras, debían oler como cerdos bajo ellas, se pudrían y se descomponían, pero aguantaron. Luego penetraron en la ciudad, y de ese día se dice que los nuestros nadaban hasta los tobillos, hasta las rodillas de los caballos, en la sangre de los sarracenos. ¿Sabéis sobre qué fundaron su nuevo reino de Cristo? ¡Sobre el asesinato! ¡Sobre la mutilación y la tortura! ¡Sobre el saqueo y la violación! ¡Esos son los cristianos, hijo mío! ¡Esa es nuestra condenada postura cristiana, de la que tan orgullosos nos sentimos, nuestro amor al prójimo que clama al cielo! —Silbó entre dientes con desprecio—. ¿Y qué se dice contra esto en la carta a los hebreos? Unas pocas frases sencillas, casi aburridas: «El amor fraternal debe permanecer. No olvidéis la hospitalidad, pues por ella algunos han albergado a ángeles sin saberlo. Pensad en los cautivos como si estuvierais presos con ellos. Pensad en los maltratados, pues también vosotros vivís aún en vuestro cuerpo terrenal».
Jacop blandió el vaso y trató de no perder el equilibrio.
—Pero de eso hace mucho tiempo —dijo. Las palabras se unieron formando un gusano de sonidos.
—¡No! —Jaspar agitó violentamente la cabeza—. ¡No, los sarracenos volvieron a conquistar Jerusalén! A una cruzada siguió otra, después de que incluso un santo como Bernardo de Claraval se pusiera al servicio de los carniceros. ¿Conoces a Bernardo, muchacho?
—No, yo…
—Claro que no. Y de nuevo hubo indulgencia, fue como en los mercados, las bulas papales legitimaron nuevos crímenes una y otra vez, y los caballeros —la vida es aburrida en el castillo cuando ya no se solicitan caballeros— se lanzaron al combate y volvieron a gritar ¡Deus lo volt! Pero no les sirvió de nada. El lamentable éxito no volvió a repetirse. Fueron a Tierra Santa para fracasar y morir, mientras dirimían con las armas sus juegos de poder, la Iglesia trataba de consolidar su papel dominante y, muy lejos de allí, tesoros legendarios aguardaban seductores. Ya ves, todas razones honorables. Llamas luminosas del fuego sagrado de la fe. Y luego la cruzada llegó a Colonia, es decir, su hálito maligno sopló por las callejas de la ciudad y rozó a un muchacho llamado Nicolás y a otro más, dos rapaces de diez años. Ese Nicolás se plantó ahí en medio y llamó a todos los niños a seguirlo a Jerusalén y a derrotar a los sarracenos solo con la fuerza de la fe. Querían dividir el Mediterráneo como Moisés el mar Rojo, esas hordas infantiles a las que no dudaban en unirse peregrinos y sacerdotes, por no hablar de los criados y criadas. Dios sabe cómo llegaron a cruzar los Alpes niños que en ocasiones no tenían ni seis años. En Génova la multitud se había reducido enormemente, la mayor parte habían muerto. ¿Y qué ocurrió? Dime, ¿qué ocurrió?
Jaspar dejó caer el puño contra el suelo de piedra.
—¡Nada! ¡El mar se rio bien de ellos! «¿Yo, dividirme? Para eso tiene que venir un profeta, o al menos un santo de la especie de un Claraval». Allí estaban los niños perdidos, despojados de todo, sin fuerzas; allí fue el llanto y el crujir de dientes. Y en Saint-Denis había también un perdido, Esteban, que todavía no tenía barba en la cara, pero también a él lo siguieron miles, y marcharon hacia Marsella. «Dejad que los niños vengan a mí», dijo el Señor, pero eso dijeron también allí mismo dos comerciantes. Embarcaron a los niños en barcos y los vendieron como esclavos a aquellos que debían haber sido vencidos, egipcios y argelinos. ¿Y tú preguntas por qué precisamente los ciudadanos de Colonia deberían estar prevenidos frente a las cruzadas?
La voz de Jaspar había empezado a rodear a Jacop como un chucho aullador que quiere morder y no sabe todavía dónde. Jacop bajó el vaso y lo volcó sin querer.
—Hubieran debido dar un par de bofetadas a esos niños —balbuceó.
—Sí, hubieran debido. Pero nadie lo hizo. ¿Sabes lo que dijo la Iglesia entonces? Son unos críos impertinentes, dijo, como si hubieran robado fruta o hubieran tenido una pelea con el calderero. ¿Quieres oír las palabras del Papa? «Esos muchachos nos avergüenzan. Pues mientras ellos corren a reconquistar Tierra Santa, nosotros permanecemos dormidos». Eso dijo. Pero un año más tarde, cuando la catástrofe se había hecho evidente, colgaron al padre de Nicolás en Colonia, de pronto él era el culpable de todo, decían que había aconsejado a su hijo que realizara aquella locura por puro afán de gloria. Fíjate, de pronto todos opinaban que había sido una locura. ¿No es gracioso? ¿Y hoy? Conrado de Hochstaden ha anunciado para pasado mañana un sermón contra los infieles, quiere predicar en el ábside de la nueva catedral, y hace poco en Roma se llamó a una cruzada contra los tártaros. ¿No te sugiere nada eso?
Jacop hizo un esfuerzo indecible para poder pensar. ¿Le sugería algo aquello?
—No —decidió.
Jaspar se acercó y lo cogió por el jubón.
—¡Claro que sí! Vuelven a las andadas. Yo hablo de amor al prójimo y de la vida cristiana, y ellos hablan de cruzada. Dios sabe que no se me puede acusar de un exceso de moralidad; bebo, maldigo, sí, galanteo, como muy acertadamente ha hecho notar Goddert, y soy de la opinión de que debería castigarse a los valdenses y a algunos otros tipejos astrosos, pero la cruzada no puede ser grata a Dios, es demasiado cruel para eso. Escarnece la cruz en que murió Cristo, ¡y, por mil demonios, él no murió para que provoquemos un baño de sangre en Jerusalén ni en ningún otro lugar del mundo!
Jacop lo miró. Lentamente, el mentón de Jaspar se desplazó a la altura de la frente mientras la nariz se duplicaba. Eructó.
Luego la cara de Jaspar desapareció hacia abajo, mientras la bóveda entretejida de sombras de la cueva caía progresivamente dentro de su campo de visión. Sin poder pensar en otra cosa que no fuera en dormir, Jacop se dejó caer suavemente al suelo.
La mano de Jaspar le tiró de los calzones.
—Eh, espera, zorrito. Ahora recuerdo que quería preguntarte algo. Esta mañana olvidaste mencionarlo.
—No entiendo nada de política —murmuró Jacop con los ojos cerrados.
—Olvida la política. ¿Jacop? Eh, zorrito.
—¿Mmm?
—¿Qué dijo él?
—¿Qué dijo quién…?
—Gerhard, demonios. ¿Qué te dijo? Sus últimas palabras.
—¿Últimas…?
¿Qué había dicho Gerhard? ¿Y quién era ese Gerhard?
Entonces volvió a recordarlo.
—Sí… dijo…