Las sombras de la catedral
Filzengraben
—Una decisión inteligente, hijo mío.
—Sí —dijo Jacop—. Eso espero.
En un salto estuvo junto a la ventana. Lorenzo chilló. Jacop saltó a la cornisa. Bajo él se extendía la calle. El árbol estaba mucho más lejos de lo que había pensado.
Demasiado lejos. No lo conseguiría.
—Vamos —gritó Lorenzo—. Cogedlo, ¡lo vais a dejar escapar!
¿No acabará nunca esto?, gimió Jacop interiormente.
Se puso en cuclillas y tomó impulso. Su cuerpo voló más allá de las arcadas por encima de la calle. Durante un momento maravilloso se sintió ligero como una pluma, alado como un pájaro, ingrávido como un ángel.
Luego se oyeron crujidos cuando chocó contra el ramaje.
Las ramas le hicieron cortes en la cara y los miembros. Trató de encontrar algo donde agarrarse para frenar su caída, pero seguía inexorablemente hacia abajo; el árbol le estaba dando la paliza de su vida. Algo lo golpeó dolorosamente en los riñones. Jacop vio que lo de abajo subía y lo de arriba bajaba, como un gato trató de sujetarse a la rama más próxima y durante un momento se mantuvo pataleando por encima del suelo. Luego se dejó caer, consiguió ponerse en pie y corrió a meterse por el callejón más cercano.
Cuando los guardias, con sus pesadas corazas, abrieron por fin el portal y salieron corriendo a la calle, era ya demasiado tarde para que pudieran atraparlo.
Filzengraben
—¿Que has hecho qué? —exclamó Johann indignado.
Theoderich parecía incómodo.
—Urquhart me explicó que había dispuesto a ese criado con todo cuidado para que pudieran pensar que también el deán había podido hacerlo —intervino Mathias en tono apaciguador—. Entonces se me ocurrió que podría aumentar un poco la presión sobre Jaspar Rodenkirchen.
Johann meneó la cabeza con incredulidad.
—¡Aumentar la presión! ¡Lo último que necesitamos es una persecución de los alguaciles contra ese Jaspar, y tú te dedicas a aumentar la presión! ¿Por qué no esperaste al menos a tenerlo en tus manos?
—Eso quería hacer —se defendió Theoderich.
—¿Querías? Pero si ni siquiera sabías dónde estaba.
—Me lo imaginaba.
—Te lo imaginabas. Pero ¿lo sabías?
—Podíamos partir de la base de que se escondería en casa de sus parientes, y de hecho se comprobó que así era —le explicó Mathias.
—Ah, claro, eso es otra cosa —dijo Johann con patente sarcasmo—. Podíais partir de esa base. Probablemente os hicisteis leer el porvenir en la palma de la mano por alguna matrona con poderes mágicos. ¡Estáis locos!
—Teníamos razón —exclamó Theoderich—. ¿Cómo podía saber que pondrían pies en polvorosa antes de que llegáramos? Alguien tiene que haberlos prevenido.
—¿Y quién?
—Está muy claro. Ha tenido que ser Bodo.
—¿Y qué quieres que hagamos ahora contra Bodo Schuif?
Theoderich vaciló.
—No puedes hacer absolutamente nada contra él —concluyó Johann—. Ni contra él ni contra nadie puedes hacer nada ya. Desde el principio todo lo que hemos planeado ha salido mal, ha sido un fracaso. ¡Bravo! Fantástico, señores míos.
Mathias negó con la cabeza.
—Hemos dejado de propagar que Jaspar había asesinado a su criado. —Fue hacia la ventana y miró hacia la oscuridad de la calle—. Y no lo haremos en adelante. Está bien, ha sido un error. Pero ¿qué importa? Urquhart ha matado a Kuno, y eso debería bastar para que los otros cierren la boca.
Johann apretó los dientes hasta sentir dolor. No podía recordar que hubiera estado nunca tan furioso.
—Sí, otro muerto, siempre más muertos —dijo entre dientes—. Nos hemos convertido en una miserable banda de carniceros. Me habías prometido…
—Por Dios, ¿y qué hubiera debido hacer? —gritó Mathias—. No haces más que lanzarme a la cara todo el día tus dudas morales. ¡Es para vomitar! ¡Ya no puedo seguir oyendo que nos hemos hecho culpables, que tenemos sangre en las manos, toda esa cháchara! —Golpeó el marco de la ventana con el puño—. Kuno nos hubiera traicionado. Tenía que desaparecer. Si por mí fuera, acabaría con todos esta misma noche. Enviaría a un par de hombres al arroyo para que cortaran la garganta a Goddert y a su palomita, dos testigos menos, y también cogeremos a los otros, no lo dudes.
—Tú no cogerás a nadie más. Ya basta, Mathias.
—¡Sí, bastará! ¡Johann, piensa un poco! ¿Sabes lo que creo? Que no lo han contado a nadie más. No tenían tiempo para eso. Deja que Theoderich arroje a la torre a Goddert y a Richmodis de Weiden; me importa muy poco que haya o no un motivo, ya lo encontraremos.
—No.
Mathias se retorció las manos.
—Johann, tenemos que protegernos.
—He dicho que no. ¿Dónde está Urquhart?
—¿Cómo? —Mathias parecía desconcertado—. ¿Por qué lo dices? No sé dónde está. Parece que el fuego no le ha hecho tanto daño para impedirle cumplir su tarea. En otro caso, me hubiera hecho llegar un mensaje.
—¿Y dónde se hará, si puede saberse?
Mathias lo miró de arriba abajo con desconfianza. Luego esbozó una sonrisa.
—Si te propones…
—¿Dónde será?, te digo.
—En un buen lugar.
Johann se acercó hasta casi tocarlo.
—Ya no podré evitar la muerte de Conrado. —Su voz temblaba de ira—. Aunque, entretanto, haya llegado a la conclusión de que nunca he aprobado algo tan corrompido y pecaminoso como esta alianza. No puedo cambiarlo. Pero puedo evitar que mueran más personas por esta causa impía, que no es más que un cobarde asesinato para que cada uno de nosotros vea satisfechas sus apetencias personales. Durante demasiado tiempo he estado viendo cómo aquí todo el mundo hace lo que quiere. A partir de ahora, cualquier decisión que se tome quedará de nuevo en mis manos. ¿Has oído, Mathias? ¡Cualquier decisión! Nadie más morirá.
Mathias frunció los labios.
—Estás loco —dijo.
—Sí, estoy loco por haber escuchado a mi madre. Desde el principio hubiera debido…
Se oyeron unos golpes abajo. Todos callaron y se miraron. Volvieron a llamar a la puerta. Oyeron cómo una de las criadas se dirigía arrastrando los pies hacia la entrada para ver quién quería entrar en la casa a aquellas horas. Un sonido de voces apagadas llegó hasta arriba, y luego llegó la criada.
—¡Es su excelencia el secretario Lorenzo de Castellofiore, señor!
Theoderich se quedó con la boca abierta.
—¿Qué viene a hacer ese aquí?
—Hazle subir —ordenó Johann con brusquedad.
La criada asintió humildemente con la cabeza y desapareció. Johann frunció el entrecejo y se preguntó qué podía haber pasado. Theoderich tenía razón. Lorenzo hubiera debido estar en el palacio. Era injustificable que se dejara ver allí en ese momento.
El secretario entró como un torbellino. Estaba sin aliento.
—¡Vino!
—¿Qué?
Lorenzo se dejó caer en un escabel.
—Dadme algo de beber. Rápido, no puedo tenerme en pie.
Mathias contempló perplejo a todo el grupo, luego fue hacia el aparador y llenó un vaso dorado. Se lo alcanzó a Lorenzo. El secretario bebió como si se estuviera muriendo de sed.
—Johann acababa de señalar que somos una banda de locos —indicó Mathias cáusticamente.
Lorenzo se secó la boca y lo miró de hito en hito.