Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 36 de 72

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Las sombras de la catedral

Rheingasse

—No nos creerán, niña —dijo Jaspar resueltamente. Siempre que la llamaba niña, lo decía muy en serio—. No tenemos ninguna prueba, y no puede decirse que Jacop sea lo que yo llamaría socialmente presentable. Por otro lado, ¿qué se puede esperar de los escabinos, después de que los lobos de otros tiempos hayan sido sustituidos por un rebaño de corderos? Mires donde mires, solo verás marionetas de Conrado. Por soberbias, corruptas y crueles que sean las familias patricias, el número de representantes que han podido mantenerse en el colegio es demasiado escaso. Esta misma mañana Bodo me ha vuelto a llenar los oídos con las excelencias de su cargo. Aprecio al viejo cervecero, pero es un blandengue y un simple, como la mayoría de los artesanos que se han dejado engatusar por Conrado después de que haya acabado con los patricios.

—Sigue habiendo patricios allí.

—Pero han perdido influencia. Tal vez esté bien así, pero ha llevado las cosas demasiado lejos. Solo los Overstolz cuentan con un único escabino; eso es todo lo que ha quedado de su poder y su capacidad de influencia.

—Es verdad —dijo Goddert—. Recuerdo que hace poco oí su nombre. ¿Cómo se llamaba?

Jaspar suspiró.

—Theoderich. Pero eso no hace al caso.

 

Rheingasse

—Bodo Schuif —dijo Theoderich—. Pero eso no hace al caso.

—Bodo Schuif —repitió Mathias pensativo, mientras cruzaba con pasos lentos la habitación—. Es ese asno ignorante, el cervecero. ¿Y él cree en esas historias de asesinatos?

—Bodo cree en todo y a todos hasta que alguien lo convence de lo contrario. No es peligroso. De quien debemos ocuparnos es de ese Jaspar Rodenkirchen.

—¿Crees que ha hablado con el pelirrojo?

—Al menos pienso que es muy posible.

—¿Qué sabes sobre él?

Theoderich Overstolz se encogió de hombros.

—He hecho cuanto he podido, pero tenía poco tiempo. Jaspar es deán de Santa María Magdalena, y además se describe a sí mismo como físico y magíster de las siete artes liberales. Vive al otro lado de San Severino. En mi opinión, es solo un fanfarrón a quien Dios ha castigado con una señalada fealdad, pero su comunidad lo quiere y lo venera.

Mathias lo contempló cejijunto.

—No podemos estar matando gente sin parar. No me importa el destino que pueda correr una prostituta, pero un deán…

—Olvídale, podemos dejarle vivir. Pienso más bien que podemos llegar al pelirrojo a través de él.

—Eso no tiene importancia ya. El Zorro ya ha puesto en antecedentes al deán, de modo que ahora ambos representan un peligro.

Mathias se balanceaba sobre sus talones, nervioso e irritado, porque no se le ocurría ninguna solución.

—Hablemos con Urquhart —propuso Theoderich.

—Sí —dijo Mathias pensativo.

—Por otra parte, estoy de acuerdo con Johann —señaló el escabino; tendió la mano hacia un plato con uvas y se metió unos granos en la boca—. Realmente no fue muy buena idea traer a Urquhart a nuestra casa. En el fondo, ese pelirrojo no tiene por qué preocuparnos si no relacionan al asesino con nosotros.

Mathias sacudió la cabeza malhumorado.

—Te he dicho mil veces que cuando lo traje, llevaba el hábito de los minoritas y estaba oculto de tal modo que era irreconocible. Tenemos otros problemas ahora. Debemos evitar que esos chismorreos sobre un asesinato se extiendan y todos se pongan alerta. Nadie se preocupará demasiado por la muerte de putas y mendigos; son cosas que pasan. Pero ¿cómo llevaremos a cabo nuestro plan si los ciudadanos respetables llegan a la conclusión de que su vida ya no está segura en Colonia? ¡Maldita sea! ¡Y aún tenemos el problema de las últimas palabras de Gerhard!

—Gerhard cayó de la catedral —dijo Theoderich mascando con indiferencia—. No podía decir nada.

Mathias se acercó hacia él con pasos rápidos y le arrancó la uva. Su mano sujetó por el cuello a Theoderich.

—Urquhart ha dicho que ese Zorro, o como se llame, acercó el oído a la boca de Gerhard, idiota —le gritó—. Y ¿qué pasa si podía hablar todavía? Tal vez dijera, uno de mis asesinos se llama Theoderich Overstolz y es escabino, ¡todos lo conocéis! Y Jacop se lo cuenta al deán, y el deán presiona a los testigos de Urquhart, y mañana vienen a prenderte y a mí también. ¡Y arrastrarán a tu vieja tía ciega Blithildis al

patíbulo y la atarán a dos caballos, antes de golpearte contra la piedra azul[42]!

Theoderich respiró con dificultad.

—De acuerdo —dijo con voz ronca.

—Está bien. —Mathias se puso en pie y se secó la mano en la pernera de los calzones.

—Mathias, estamos empezando a discutir.

—No seas tan remilgado.

—No me refiero a eso. Nuestra alianza se encuentra en una crisis, y no creo que vaya a mejorar. Es peligroso. Piensa en Daniel y Kuno. Incluso Johann y tú ya no estáis siempre de acuerdo.