Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 2 de 72

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Las sombras de la catedral

10 de septiembre

A [1] nte portas

—Encuentro que hace frío.

—Siempre encontráis que hace frío. Por Dios que sois un lamentable gallina.

Heinrich se ajustó el manto en torno a los hombros y lanzó una mirada airada al caballero que lo acompañaba.

—No podéis decir eso en serio, Mathias. No creéis lo que decís. Realmente hace frío.

Mathias se encogió de hombros.

—Perdonad. Hace frío, pues.

—No me comprendéis. Siento frío en el corazón. —Las manos de Heinrich compusieron un gesto teatral—. ¡Que tengamos que recurrir a semejantes medios! A Dios pongo por testigo de que nada podría serme más ajeno que el lenguaje de la violencia, pero…

—Dios no es testigo vuestro —lo interrumpió Mathias.

—¿Cómo?

—¿Por qué debería Dios perder su valioso tiempo atendiendo vuestros gañidos y vuestras quejas? Me sorprende incluso que os encontréis aquí a caballo a estas horas.

—Permitidme que os diga que deberíais refrenar vuestra lengua y mostrarme algo más de respeto.

—Yo muestro a cada uno el respeto que merece.

Mathias guio su caballo para esquivar un carro de bueyes volcado que había surgido súbitamente ante ellos en la oscuridad. La visibilidad disminuía con rapidez. Durante todo el día había brillado el sol, pero era septiembre, y en esa época del año los atardeceres eran más fríos y la oscuridad llegaba antes. Entonces se levantó una niebla que convirtió el mundo en un sombrío enigma. Las murallas de la ciudad de Colonia habían quedado ya más de medio kilómetro atrás y solo disponían de las antorchas para iluminarse. Mathias sabía que Heinrich estaba a punto de ensuciarse en las calzas de puro miedo, y aquello le hacía sentir un feroz regocijo. Heinrich tenía sus virtudes, pero entre ellas no se contaba el valor. El caballero espoleó su caballo y decidió olvidarse de su compañero.

Por lo general, a nadie se le ocurría salir de la ciudad a aquellas horas, a no ser que lo echaran de ella. La comarca era insegura. Bandas de granujas y ladrones campaban por la zona sin que pareciera importarles la paz pública proclamada por el arzobispo de Colonia, Conrado de Hochstaden, de acuerdo con los príncipes espirituales y seculares de la región. Eso había sucedido en 1259, no hacía un año siquiera. Existía un documento lleno de sellos que lo atestiguaba. Si había que creer al papelucho, los caminantes y comerciantes podían atravesar ahora la región renana sin temor a ser saqueados y asesinados por caballeros bandidos y otros asaltantes de caminos. Pero lo que funcionaba hasta cierto punto durante el día, sobre todo cuando se trataba de aligerar el bolsillo de los comerciantes a cambio de una magra promesa de protección, perdía toda validez después de la puesta de sol. No hacía mucho tiempo se había encontrado el cuerpo de una muchacha en el campo, fuera de las murallas, a unos pasos de la puerta de los Frisones. Estaba tendida en los terrenos de una finca arrendada, y había sido violada y estrangulada. Sus padres eran gente respetable, de una dinastía de armeros residente desde hacía generaciones en Unter Helmschläger, frente al palacio arzobispal. Algunos decían que el Maligno había atraído a la chica al exterior de la ciudad mediante un hechizo. Otros, en cambio,

querían atar a la rueda[2] al campesino en cuyo campo se había encontrado el cuerpo. No es que estuvieran muy convencidos de que fuera el culpable de la muerte, pero ¿cómo se explicaba que una hija de burgueses acomodados fuera hallada muerta en los terrenos de un campesino? A eso había que añadir que ningún cristiano podía explicar qué había ido a buscar tan tarde fuera de la muralla. Sin embargo, si uno escuchaba con más atención, se enteraba de pronto de que era del dominio público que la muchacha frecuentaba el trato de jugadores y de gentes aún peores, comerciantes de grasa de la Schmiergasse y bribones a los que no se debería permitir siquiera la entrada en la ciudad. De modo que la culpable, en realidad, era ella. Pero quién creía ya en la paz pública.

—¡Esperad!

Heinrich se había quedado muy atrás. Mathias vio que había soltado demasiado las riendas e hizo que su purasangre se pusiera al paso hasta que su compañero lo alcanzó. Ahora, varios predios los separaban de la ciudad y habían alcanzado ya el bosquecillo. La luna iluminaba débilmente el lugar.

—¿No tenía que esperar en algún sitio por aquí? —La voz de Heinrich temblaba casi tanto como su cuerpo.

—No. —Mathias exploró con la mirada las primeras filas de árboles del bosquecillo. El camino se perdía en una oscuridad absoluta—. Tenemos que llegar hasta el calvero. Escuchad, Heinrich, ¿estáis seguro de que no queréis volver atrás?

—¿Y cómo? ¿Solo? —Heinrich se mordió los labios, turbado, pero aquello ya había ido demasiado lejos; por unos instantes la ira se impuso a la cobardía—. Continuamente tratáis de provocarme —gritó furioso—. ¡Que si prefiero volver! Como si pudiera ocurrírseme semejante idea, aquí, en estas tinieblas, con un pavo presumido a mi lado que abre la boca más de la cuenta.

Mathias refrenó su caballo, se puso a la altura de Heinrich y lo sujetó por el hombro.

—Hablando de bocas, tal vez convendría que cerrarais la vuestra. Si yo fuera la persona que esperamos y oyera vuestras lamentaciones, saldría corriendo con dolor de cabeza.

Su compañero lo miró un momento fijamente, ofendido y furioso. Luego se soltó de un tirón y empezó a cabalgar agachado bajo los árboles. Mathias lo siguió. A la luz de las antorchas, las ramas proyectaban sombras danzarinas sobre el camino. Al cabo de unos minutos alcanzaron el claro y se detuvieron. Solo podía oírse el susurro del viento entre las ramas y el monótono canto de un búho en algún lugar sobre ellos.

Esperaron en silencio.

Al cabo de un rato, Heinrich empezó a moverse de un lado a otro en su silla.

—¿Y si no viene?

—Vendrá.

—¿Por qué estáis tan seguro? Esa gente no es de fiar. Hoy están aquí y mañana allí.

—Vendrá. Guillermo de Jülich lo ha recomendado; de modo que vendrá.

—El conde de Jülich no sabía nada sobre él.

—Lo que uno pueda saber sobre esa gente no tiene importancia; solo importa lo que hacen. Ha prestado buenos servicios a Guillermo.

—Odio no saber nada sobre la gente.

—¿Por qué? Es más cómodo así.

—De todos modos no me convence. Tal vez deberíamos volver y revisarlo todo desde el principio.

—¿Y qué explicaríais entonces? ¿Que habéis dejado empapado a vuestro caballo del miedo que sentíais?

—¡Os disculparéis por esa ofensa!

—Callad de una vez.

—Soy lo suficientemente viejo como para no permitir que me hagáis callar.

—No olvidéis que soy tres años mayor que vos —se burló Mathias—. Y el viejo es siempre más sabio que el joven. Dado que personalmente no me considero sabio, podéis calcular dónde os sitúo a vos más o menos. Y ahora, silencio.

Antes de que Heinrich pudiera replicar, Mathias bajó del caballo y se sentó sobre la hierba. Heinrich observó nervioso el perfil recortado de los pinos a su alrededor. Buscó la luna en el cielo, y vio que se encontraba oculta por jirones de nubes. La capa de nubes se veía interrumpida de vez en cuando por algunas estrellas dispersas. No le gustaba aquella noche. Aunque, bien mirado, no le gustaba ninguna noche si no se encontraba en su cama o en los brazos de una cortesana.

Malhumorado, miró a su espalda entrecerrando los ojos para asegurarse de que nadie los había seguido.

Una sombra se deslizó sigilosamente entre los árboles.

Heinrich se estremeció de horror hasta el punto de que tuvo que contenerse para picar a su caballo con los talones. De pronto sintió la garganta desagradablemente seca.

—Mathias.

—¿Sí?

—Ahí hay algo.

Mathias se levantó al instante y miró en la misma dirección.

—No veo nada.

—Pues estaba ahí.

—Hummm. Tal vez vuestro profundo deseo de entrar en combate y realizar actos heroicos os haya hecho ver a un enemigo inexistente. También se dice que a veces hay brujas por aquí…

—No es momento para bromas. ¡Mirad, allá!

En la oscuridad aparecieron dos puntos amarillos que brillaban débilmente. Los puntos se acercaron despacio. Algo apenas perceptible, más negro que la oscuridad, se destacó entonces contra el fondo oscuro de los matorrales, y vieron moverse una poderosa cabeza.

Aquello los estaba observando.

—El diablo —dijo Heinrich horrorizado, mientras con la mano derecha palpaba nerviosamente sus ropas buscando el pomo de la espada sin llegar a encontrarlo.

—Tonterías. —Mathias sostuvo la antorcha frente a sí y dio un paso hacia el lindero del bosque.

—¿Habéis perdido el juicio? Volved aquí, por Dios.

Mathias se agachó para ver mejor. Los puntos desaparecieron tan deprisa como habían surgido.

—Un lobo —constató.

—¿Un lobo? —balbuceó Heinrich—. ¿Qué hacen los lobos tan cerca de la ciudad?

—Vienen a cazar —dijo alguien.

Los dos giraron en redondo. Un hombre de elevada estatura se encontraba en el lugar donde Mathias había estado sentado. Una gran mata de cabello rubio rizado caía sobre sus hombros y le llegaba casi hasta la cintura. Su capa era negra como la noche. Ninguno de los dos lo había oído acercarse.

Mathias frunció el entrecejo.

—¿Urquhart, supongo?

El hombre rubio inclinó ligeramente la cabeza.

Heinrich permanecía inmóvil sobre su caballo, como una estatua de sal, contemplando boquiabierto al recién llegado. Mathias le dirigió una mirada desdeñosa.

—Podéis desmontar ya, noble caballero y señor, rico en años e inigualable en coraje —dijo burlón.

Un estremecimiento recorrió el rostro de Heinrich, que cerró las mandíbulas con un chasquido y, más que desmontar, resbaló de la silla hasta el suelo.

—Sentémonos —propuso Mathias.

Los tres hombres se acomodaron en el suelo, un poco alejados de los caballos. Heinrich recuperó entonces el habla, se enderezó y adoptó una actitud digna.

—No os oímos llegar —refunfuñó.

—Naturalmente. —Urquhart enseñó dos filas impecables de dientes de un blanco resplandeciente—. Teníais trabajo con vuestro lobo. Los lobos acuden deprisa cuando se les llama. ¿No sabíais eso?

—¿De qué estáis hablando? —preguntó Mathias frunciendo el entrecejo—. Nadie está tan loco para llamar a los lobos.

Urquhart le dirigió una sonrisa enigmática.

—Es posible que estéis en lo cierto. Al fin y al cabo, era solo un perro que os temía más que vosotros a él, suponiendo que eso os tranquilice —añadió cortésmente dirigiéndose a Heinrich.

Heinrich bajó la mirada al suelo y empezó a arrancar tallos de hierba.

—¿Dónde está vuestro caballo? —inquirió Mathias.

—A mi alcance —dijo Urquhart—. No lo necesitaré en la ciudad.

—No os equivoquéis, Colonia es más extensa que la mayoría de las ciudades.

—Y yo soy más rápido que la mayoría de los caballos.

Mathias le dirigió una mirada despectiva.

—Eso puede convenirme. ¿El conde de Jülich os ha hablado sobre el precio?

Urquhart asintió con la cabeza.

—Guillermo habló de mil marcos de plata. Lo considero correcto.

—Subimos nuestra oferta —dijo Mathias—. Vuestra misión se ha ampliado. Doble trabajo.

—Bien. Triple paga.

—No lo considero correcto.

—Y yo considero incorrecta la falta de precisiones. No estamos regateando el precio de una mercancía. Triple paga.

—¿Realmente lo valéis? —preguntó Heinrich en tono cortante.

Urquhart contempló a su interlocutor durante unos instantes. Las comisuras de sus labios se contrajeron en una expresión de suave regocijo. Luego levantó sus espesas cejas y respondió:

—Sí.

—Está bien —asintió Mathias—. Triple paga.

—¿Qué? —protestó Heinrich—. Pero si vos mismo acabáis de decir…

—Está bien así. Comentemos los detalles.

—Como gustéis —dijo Urquhart.

Cultivado y cortés, pensó Mathias. Un tipo curioso. En voz baja empezó a informar a Urquhart de todas las circunstancias del caso. Su interlocutor lo escuchó muy tranquilo y asintió con la cabeza en varias ocasiones.

—¿Tenéis alguna pregunta que hacerme? —concluyó Mathias.

—No.

—Bien. —Mathias se levantó y se sacudió de la ropa la hierba y la tierra pegadas. Sacó un rollo de papel de su manto y lo tendió al hombre rubio—. Aquí tenéis un escrito de recomendación del abad de los hermanos minoritas versus Santa Columba. No os toméis la molestia de realizar una visita piadosa; nadie os espera allí. Aunque no creo que os controlen, si mostráis estas referencias, ningún puesto de guardia de la ciudad os impedirá el paso.

Urquhart silbó suavemente.

—No necesito ningún papel para entrar. Pero ¿cómo habéis conseguido que el abad os facilite el sello para vuestros fines?

Mathias rio satisfecho.

—Nuestro común amigo Guillermo de Jülich es el orgulloso propietario de una residencia en Unter Spornmacher. Está a un tiro de piedra, y el abad de los hermanos minoritas le debe unos cuantos favores. Guillermo le ha hecho donación de algunos objetos preciosos para la sacristía, si sabéis a lo que me refiero.

—Creía que los minoritas, conforme a la voluntad de Dios Nuestro Señor, eran pobres y carecían de recursos.

—Sí, y por eso todo lo que se encuentra en sus tierras pertenece exclusivamente al Señor. Pero, mientras no lo reclame, alguien debe administrarlo.

—¿O comerlo?

—Y beberlo.

—¿Queréis acabar de una vez? —protestó Heinrich con voz apagada—. La Porta

Hanonis se cierra con el toque de las diez[3]. Y no me entusiasma la idea de tener que pasar la noche ante las puertas.

—De acuerdo —respondió Mathias, y dirigiéndose a Urquhart añadió—: Desarrollad vuestro plan. Nos encontraremos mañana por la tarde en Santa Úrsula, al toque de las cinco, para comentarlo todo. Supongo que hasta ese momento sabréis cuidar de vuestra seguridad.

—No os preocupéis por eso —replicó Urquhart sonriendo; se estiró y contempló la luna, que asomaba tímidamente entre las nubes—. Deberíais montar. No os queda mucho tiempo.

—Os veré sin armas.

—Como ya he dicho, no hace falta que os preocupéis. Acostumbro a utilizar mis armas, no a exhibirlas en público. Pero siempre están dispuestas. —Guiñó un ojo a

Mathias—. Incluso llevo [4] vellum y pluma.

—Eso no son armas —señaló Mathias.

—Lo son. La palabra escrita puede ser muy bien un arma. Todo puede ser un arma si se sabe aplicar de la forma adecuada.

—Supongo que sabréis de qué habláis.

—Desde luego. Montad.

Heinrich se alejó malhumorado, marcando el paso, hacia el lugar donde se encontraban los caballos, y Mathias lo siguió. Cuando volvió a mirar hacia atrás, Urquhart ya había desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra.

—¿Habéis visto sus ojos? —dijo Heinrich cuchicheando.

—¿Cómo?

—¡Los ojos de Urquhart!

Mathias procuró centrar sus pensamientos.

—¿Qué les pasa a sus ojos?

—Que están muertos.

Mathias fijó la mirada en el lugar donde había estado Urquhart.

—Estáis soñando, Heinrich.

—Son los ojos de un muerto. Me asusta.

—A mí no. Vámonos.

Hicieron que los caballos alargaran el paso dentro de lo que permitían la oscuridad y la maraña de raíces del bosquecillo. Al llegar a campo abierto, espolearon a los animales, y unos diez minutos más tarde alcanzaban la puerta y encontraban refugio tras los anchos muros. Los batientes del portalón se cerraron lentamente tras ellos.

La noche había vencido de nuevo.