Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 1 de 72

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Las sombras de la catedral

Prólogo

Inmóvil sobre la loma, el lobo observaba el reluciente anillo dorado de la gran muralla.

Su respiración se iba regularizando, aunque los poderosos flancos temblaban todavía ligeramente. Había trotado todo el día, descendiendo de la comarca de los castillos de Jülich y cruzando un terreno montuoso, para llegar finalmente a ese lugar, donde terminaba la espesura y podía contemplarse la ciudad a lo lejos. Sin embargo, no se sentía agotado; ni siquiera fatigado.

Mientras, por detrás, la bola de fuego del sol alcanzaba la línea del horizonte, el lobo levantó la cabeza y reconoció el terreno con el olfato.

Las sensaciones fueron abrumadoras. Olió el agua del río, el lodo de las orillas, la madera podrida de los cascos de los barcos. Absorbió la mezcla de vapores en que se confundía lo animal con lo humano y con lo hecho por el hombre, vinos perfumados y excrementos, incienso, turba y carne, la sal de los cuerpos sudorosos y el olor de las pieles caras, sangre, miel, hierbas, fruta madura, lepra y moho. Olió amor y miedo, espanto, debilidad, odio y poder. Todo lo que había allá abajo hablaba un lenguaje aromático propio, le hablaba de la vida tras los muros de piedra, y de la muerte.

Volvió la cabeza.

Silencio. Solo el susurro de los bosques alrededor.

Inmóvil, esperó hasta que la pátina dorada desapareció de la muralla. Ahora brillaba solo en las almenas de las puertas fortificadas. No tardaría en apagarse por completo, y el día se extinguiría presa del olvido. La noche llegaría para cubrir el valle con nuevos colores mortecinos, hasta que también ellos dieran paso a las sombras y solo el brillo de sus ojos ardientes resplandeciera en la oscuridad.

Se aproximaba el momento en que los lobos hacían su entrada en los sueños de los hombres. El momento de la transformación y de la caza.

Con movimientos elásticos, el lobo descendió de las alturas y se sumergió en la hierba alta y seca. Un instante después había desaparecido en ella.

Poco a poco, los pájaros empezaron a cantar otra vez.