Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 26 de 72

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Las sombras de la catedral

Severinstrasse

Johann asintió sombríamente.

—Daniel me obedecerá. ¡Te lo prometo!

Mathias lo miró. Luego trató de esbozar una sonrisa apaciguadora.

—No quiero entrometerme en la educación de tu hijo, Johann. No me entiendas mal. Pero nuestro juego es ahora arriesgado. Tú y yo disfrutamos de un entendimiento claro. El odio no ha minado nuestra razón. Heinrich es solo un gallina; puedo arreglármelas con él. Pero Daniel y Kuno tienden a las explosiones de emoción exageradas, y la animadversión que existe entre ellos crece a cada segundo.

—Lo sé.

—Matengámoslos separados, en tanto podamos.

—No creo que sea posible. Mira.

La mirada de Mathias siguió el dedo extendido de Johann. Habían entrado en la Marzellenstrasse. No muy lejos de ellos se encontraba la gran casa de piedra de Gerhard Morart. Ancianos y jóvenes, pobres y ricos habían acudido a rendir el último tributo al maestro constructor de la catedral. Reconocieron a miembros de las familias nobles de Maguncia, entre ellos a Heinrich de Maguncia, al caballero Quattermart, y a algunos Scherfgin y Gyr y Overstolz. Aquella inhabitual representación de patricios ponía de manifiesto el aprecio que había suscitado el hombre que había querido construir la iglesia perfecta y a quien Dios, en su misericordia y su bondad, había elevado llamándolo con Él al merecido Paraíso.

También Kuno estaba entre ellos.

Desde el otro lado de la Marzellenstrasse se acercaba Daniel. Una sonrisa de satisfacción asomaba a sus labios.

Se anunciaban dificultades.

 

Severinstrasse

Jacop estaba agotado.

Se quedó de pie junto a la ventana mirando cómo Richmodis arrastraba a casa a su padre, que la seguía de mala gana refunfuñando y arrastrando los pies. Goddert se había entusiasmado con la historia de Jacop. Profundamente horrorizado e indignado, había insistido en la necesidad de salir inmediatamente en persecución del demonio,

informar a los alguaciles y los guardias, o mejor directamente al [23] greven y al verdugo, o, por qué no, al arzobispo, y organizar un colegio de religiosos que machacaría al diablo con la fuerza arrolladora de sus oraciones.

—Creo que hoy no vamos a machacar nada —fue el único comentario de Jaspar.

—¿Y eso por qué? —ladró Goddert—. ¿Eres demasiado cobarde para hacerlo, quizá?

—No, demasiado inteligente. Puedes rezar hasta que el techo te caiga sobre la cabeza, que yo utilizaré la mía.

—¡Bah! Tu cabeza ya no puede utilizarse ni para hacer una tonsura en ella. Cuando esta pobre alma atribulada —y al decir estas palabras, señaló teatralmente a Jacop— padece la persecución del diablo o de uno de sus demonios, no debemos dudar, hay que invocar al Señor, ¡no solo por él, sino también por la memoria de Gerhard Morart!

—Con eso das por sobrentendido que esa alma atribulada tiene razón. ¿Quién dice que fuera el diablo? ¿O que Jacop haya contado la verdad? ¿Estabas tú allí acaso?

—¡Allí, allí! ¿Estabas tú allí cuando mataron al pobre arzobispo Engelberto? Y sin embargo, no puedes negar que fue víctima de un asesinato.

—No puedo negar que eres un tonto, Goddert, que pone el carro delante de los bueyes. Gerhard Morart, que el Señor lo tenga en su gloria, cayó desde una gran altura y se partió los huesos, lo que no debe atribuirse forzosamente a la intervención del diablo. En cambio, el cuerpo de Engelberto mostraba exactamente cuarenta y siete heridas…

—¡Más de trescientas eran!

—… como fiablemente escribe Caesarius de Heisterbach en su Vita, passio et

miracula beati Engelberti Coloniensis Archiepiscopi[24]. Heridas que difícilmente pudo hacerse él mismo, y su asesino tampoco fue el diablo, sino Federico de Isenburg.

—¡Ese también era un diablo!

—Era su sobrino, cerebro de mosquito. Por lo demás, me gustaría señalar que Engelberto no era pobre, sino un ladrón y un matón como nuestro Conrado, a quien el Papa excomulgó por buenas razones.

—Esto vuelve a mostrar tu posición poco respetuosa frente a las autoridades de la Iglesia. Pero tú sabes también perfectamente que Engelberto encabezó la cruzada contra valdenses y albigenses…

—Para seguir repartiendo palos.

—¡Para mortificarse, lengua de víbora!

—Eso no tiene sentido. Si no sabía distinguir el pecado de la penitencia.

—¡En todo caso más que tú!

Y así siguieron y siguieron.

La discusión se alejó del tema de partida como una tropa de jinetes enloquecidos. Jacop empezó a sentir una especie de agotamiento sordo en su cabeza.

Richmodis le pasó la mano por el pelo.

—No debéis engañaros con respecto a Jaspar —dijo en voz baja—. Discute para divertirse, pero si hace falta, puede mostrar una inteligencia aguda como un cuchillo.

—Eso espero —suspiró Jacop—. No podría soportar ni un instante más una conversación de estas.

Ella lo miró, y sus ojos tenían una expresión compasiva, casi tierna. De pronto Jacop tuvo miedo de que se fuera y no volviera a verla nunca.

—Vendré a veros en cuanto pueda —le dijo ella, como si hubiera adivinado sus pensamientos. Probablemente los llevaba escritos en la cara.

—¿Me creéis? —preguntó Jacop.

Richmodis reflexionó un momento.

—Sí. Creo que sí.

—¡Tomemos uno más! —gritaba en ese momento Goddert, con lo que cerraba el temido círculo de las disputaciones que Jaspar y él solían mantener.

—¡No! —exclamó Richmodis, justo antes de que el físico pudiera dar la obligatoria respuesta—. No tomaréis ni uno más. Nos vamos a casa, si es que sabes dónde está.

—Pero…

—No hay peros que valgan.

Goddert se resignó a su destino rechinando los dientes y murmurando protestas ininteligibles. Dentro de poco seguramente estaría durmiendo la borrachera. Mientras bajaba la calle con pasos pesados, a Jacop le recordó uno de esos osos bailarines que los viajeros eslavos llevaban a veces al Mercado Viejo. A su lado, Richmodis parecía la persona que lo había amaestrado.

El viento jugaba con sus rizos castaños.

—¿Es una hermosa criatura, verdad? —dijo Jaspar desde atrás.

—Tiene una hermosa nariz —replicó Jacop. Dio media vuelta, se acercó a la chimenea de azulejos y se dejó caer en el banco. Maria también había sido hermosa. Hubiera podido ser hermosa. Volver a ser hermosa, si no…

Jacop meneó la cabeza. No quería pensar en ello.

Jaspar lo miraba en silencio.

—No me creéis —constató Jacop.

—Bueno… —Jaspar se frotó el puente de la nariz—. En general, entre creer y no creer hay todo un mundo. Creo que habéis visto algo. Pero ¿sabemos si realmente estaba allí?

—Estaba allí.

—Tal vez hayáis interpretado algunas cosas de manera equivocada.

—Interpreté que el maestro constructor de la catedral estaba muerto. Que Maria y Tilman estaban muertos, y yo prácticamente muerto. ¿Qué más queréis?

Jaspar arrugó el entrecejo.

—La verdad.

—Es la verdad.

—¿Sí? Yo creo más bien que es lo que vos habéis visto. En nuestros tiempos la verdad se anuncia demasiado pronto, sobre todo cuando se trata del diablo. ¿Era el diablo?

Jacop lo miró de arriba abajo.

—Si no me creéis —dijo fríamente—, ¿por qué no me echáis de vuestra casa?

El físico pareció irritado y divertido al mismo tiempo.

—No lo sé.

—Bien. —Jacop se levantó—. O mal. Os doy las gracias por el tiempo que me habéis dedicado.

—¿Queréis marcharos?

—Sí.

—No me parece inteligente.

—¿Por qué?

Jaspar se acercó a él hasta que la punta de su nariz casi tocó la de Jacop. Sus ojos brillaban.

—¡Porque no tenéis sesos en la cabeza, sino un arenque escabechado! Porque si ahora salís de aquí, Dios habrá creado un cretino que merece todo lo que pueda pasarle. ¿Acaso vuestra cabeza está tan desquiciada que solo conoce el sí y el no, lo negro y lo blanco, el día y la noche? ¡No seáis ridículo! ¿Por qué creéis que os he escuchado tanto rato, en lugar de poneros en manos de la justicia del arzobispo, como hubiera sido mi deber en vista de vuestros innumerables delitos y pecados? ¿Cómo os atrevéis a venir a mi casa, llenarme los oídos con vuestras historias y aburrirme luego con vuestro pequeño y miserable orgullo de granuja? Si yo fuera alguien que se queda con la boca abierta ante cualquiera de esas llamadas verdades, os haría el peor de los servicios ofreciéndoos mi ayuda. ¡Un bobo que protege la vida de un bobo, santa Virgen María! ¡Reflexionad un poco, haced el favor! Si yo no digo que os crea, con eso no he afirmado que os tenga por un mentiroso…; ¡oh, Dios mío, demasiadas negaciones! ¡Ay, Señor, demasiado complicado! Perdonad que exija al pez que tenéis en el cráneo que se enfrente a una tarea tan difícil. Por mí podéis seguir vuestro camino y buscar a otro que invite a su mesa a los mendigos y ladrones que se le acercan para escuchar su vida. —Jaspar se acercó aún más y enseñó los dientes—. Pero entonces no volváis a aparecer ante mi puerta, ¿habéis comprendido, especie de cadáver de bufón que rezuma autocompasión?

Jacop sintió que ascendía en él una rabia sorda y se dispuso a lanzar una réplica fulminante.

—Sí —se oyó decir, en cambio, como un buen chico.

Jaspar asintió con una sonrisa furibunda.

—Muy amable. Entonces volved a sentaros en el banco.

Jacop miró alrededor, como si pudiera encontrar su espíritu de rebeldía en algún sitio para agarrarse a él.

Luego se rindió.

Su ira se convirtió en una sensación semejante a la de alguien a quien hubieran sumergido la cabeza en un estanque helado. Volvió hacia el banco de la chimenea y se sentó.

—¿De modo que no me creéis? —preguntó con cautela.

—No forzosamente.

—¿Pensáis, entonces, que miento?

—¡Vaya! —exclamó Jaspar, realizando un extravagante brinco—. Nuestro amigo aprende dialéctica. ¿Queréis enredarme tal vez en un diálogo socrático? No, no creo que mintáis.

—Pero eso no tiene sentido —gimió Jacop desconcertado.

El físico suspiró.

—Nada de Sócrates, pues —dijo; se sentó junto a Jacop y cruzó los brazos por detrás de su calva—. Tenemos a dos hombres que no se han hecho nada el uno al otro y viven en paz. Pero a uno de ellos una noche se le aparece el arcángel y le anuncia que el otro pronto lo matará. Asustado, el hombre coge una piedra y se la aplasta a su vecino en el cráneo con la intención de adelantarse a sus ignominiosas intenciones. Pero no acierta, y el otro, atacado de ese modo, coge a su vez una piedra y con ella mata al primero —naturalmente solo para defenderse, ya que en realidad no tenía ninguna intención ignominiosa—. Y así se cumple la profecía. ¿Ha dicho, en ese caso, la verdad el arcángel?

Jacop reflexionó sobre ello.

—¿Quién podría dudar de las palabras de un arcángel? —dijo—. No comprendo adonde queréis ir a parar.

—A la verdad. Porque si bien el arcángel dijo al hombre que el otro lo mataría, no le dijo, en cambio, que el otro tenía la intención de matarlo. Sin embargo, en ese momento el hombre aceptó como verdad lo que le parecía que era la verdad, y no lo que era en realidad la verdad. Visto así, solo mediante la falsa interpretación del anuncio, es decir, mediante la falsedad, lo ha llevado a su cumplimiento, es decir, a la verdad. Por el contrario, nada habría sucedido si no hubiera hecho caso al aviso. Pero entonces el arcángel no hubiera dicho la verdad, lo que, como bien habéis observado, es, de facto, imposible. Nos encontramos, pues, ante un evidente dilema. ¿Podéis seguirme?

—Yo… lo intento. Sí, creo que sí.

—Bien —dijo Jaspar satisfecho—. ¿Dónde está, pues, la verdad en esta historia?

En la cabeza de Jacop se celebraba una feria. Se instalaron tenderetes, sonó la música y los campesinos bailaron ruidosamente dando patadas en el suelo.

¡Qué difícil era reflexionar así!

—¿Y bien? —inquirió Jaspar.

—La verdad está solo en el arcángel —anunció Jacop.

—¿Ah, sí? ¿El arcángel ha dicho la verdad, por tanto?

—Naturalmente. Lo que dijo se ha cumplido.

—Pero solo porque el hombre no ha comprendido la verdad. Pero si no ha comprendido la verdad, entonces el arcángel puede haber querido decir la verdad, pero no la ha dicho.

—Eso es imposible.

—Exacto. Toda profecía divina es clara, ¿o debemos suponer que las capacidades espirituales de un ángel no bastaban para comunicarla a un mortal normal?

—¿Tal vez el arcángel quería que el hombre le comprendiera mal? —propuso Jacop dubitativo.

—Es posible. Entonces hubiera mentido de forma consciente al provocar un mal entendimiento. ¿Dónde está entonces la verdad de la historia?

—¡Un momento! —exclamó Jacop. La feria en su cabeza estaba a punto de degenerar en un caos—. La verdad es que el arcángel ha dicho la verdad. El hombre murió golpeado por una piedra.

—¿Nos vamos a pasar la vida con eso? Pero si precisamente murió, como acabáis de decir, es porque el arcángel no le dijo la verdad.

Jacop se encogió de hombros.

—Sí, es verdad —dijo cortado.

—Pero un arcángel dice siempre la verdad, ¿no?

—Yo…

—¿Y pues? ¿Dónde está ahora la verdad?

—¿No podríamos hablar de otra cosa?

—No.

—¡No existe ninguna verdad en vuestra historia, demonios!

—¿En serio creéis que no?

—No sé dónde está. ¿Por qué me explicáis todo esto?

Jaspar sonrió.

—Porque os parecéis al hombre al que se aparece el arcángel. También él juzga las cosas según las apariencias. No piensa más allá. Posiblemente, de hecho habéis dicho la verdad, y todo se ha desarrollado como en vuestro relato. ¿Pero podéis estar seguro de él?

Jacop calló durante un buen rato.

—Decidme dónde está la verdad —le pidió.

—¿La verdad? Muy sencillo. No había ningún arcángel. El hombre no tuvo ninguna visión; simplemente se imaginó al arcángel. Así ya no tenemos ningún dilema.

Jacop se le quedó mirando con la boca abierta.

—Sois un maldito prestidigitador.

—Gracias.

—De nada. ¿Significa eso que yo también lo he soñado?

Jacop meneó la cabeza.

—Quién sabe. Ya veis lo difícil que es captar la verdad. ¿Puedo creeros, pues, sin reservas, incluso si estáis absolutamente convencido de la veracidad de vuestras palabras?