Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 16 de 72

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Las sombras de la catedral

Jacop

«¡No, es mejor que te vayas…!».

—Volved —dijo, en cambio, sin aliento—. Volved cuando queráis. ¡Quiero estar aquí para vos, solo para vos!

Urquhart sonrió.

—Gracias —dijo suavemente—. No será necesario.

 

Jacop

Jacop estaba harto de mirar la iglesia.

Debía de hacer una hora que había dejado a Maria. Entretanto su ira se había disipado y se había aburrido de su autocompasión. Sería mejor que olvidara aquel día, que lo borrara de su memoria y tratara de reconciliarse con Maria. Al menos podían seguir siendo amigos.

El frío húmedo se le había metido en los huesos. En medio de la noche clamó a Dios por que Clemens lo dejara sentarse junto al fuego, se sacudió como un perro y empezó a caminar poco a poco de regreso hacia el Berlich. Evitó tomar el camino más corto a través de la Vilsgasse. Últimamente se había hablado de un carnicero que vivía en el callejón y por la noche arrastraba a los paseantes a su casa, los asesinaba y fabricaba salchichas con ellos. Aunque no había carnicero en la Vilsgasse ni vivían ladrones peores que el propio Jacop, el poder de los rumores permanecía incólume y, en cualquier caso, es sabido que Satán nunca duerme. Jacop prefirió tomar el camino a lo largo de la antigua muralla.

Las nubes se habían disipado casi por completo. A su derecha, la luna bañaba de plata los puntiagudos frontones de las casas con entramado de madera. No había nadie caminando por la calle, excepto un par de borrachos cuyas voces le llegaban desde una calle lateral. Más lejos, por delante, dos perros ladraron con furia. Durante unos pasos, un gato lo acompañó a lo largo de la cornisa de la muralla y se sumergió luego silenciosamente en la oscuridad del parque del otro lado.

Tampoco los demonios de los ratones dormían nunca.

Ante él se extendía Berlich, silencioso y reservado. Un nido de sórdidos pequeños secretos. Almas heladas ante chimeneas en las que chisporroteaba alegremente el fuego. El pequeño infierno. En el otro extremo, el viento jugaba con un árbol delgado, y Jacop entrecerró los ojos para verlo.

El árbol había desaparecido. De hecho nunca había habido ninguno allí. Había visto la silueta de un hombre, un hombre inusitadamente alto de cabello ondeante que acababa de desaparecer en la dirección opuesta.

Jacop redujo el paso.

¿Cuántos hombres altos y negros como la noche había en la ciudad de Colonia?

Contrariado por aquellas aprensiones ridículas, volvió a acelerar el paso. ¡Al final el asunto de la catedral se convertiría en una idea fija! No quería pensar más en ello. ¿Qué tenía que ver él con Gerhard Morart y con seres misteriosos que se descolgaban por los andamios? Era mucho más razonable pensar, por ejemplo, en la forma de procurarse algo de comida, o mejor aún, ¡vino! Jacop apenas podía recordar cuándo lo había bebido por última vez. En todo caso, mañana mismo encontraría algo para reconciliarse con Maria, y luego, con la conciencia tranquila, iría a ver cómo andaban las cosas en el arroyo.

Si es que Maria quería reconciliarse.

De nuevo se detuvo. Sus sensaciones le decían que Maria ya no lo esperaba.

Era uno de esos raros momentos en que Jacop sabía la verdad sin tener ninguna necesidad de cerciorarse de ella. Todos los lazos con Maria se habían roto. Tal vez ya se hubiera marchado, quizá había encontrado ya a su esposo honrado, justo en esa última hora que él había dejado pasar cobardemente. O dormía con la cara vuelta a la pared, como siempre. Habría insistido a Clemens en que no lo dejara entrar. Fuera lo que fuere, había dejado de esperarlo.

Era una sensación extraña. Jacop no podía explicarse de dónde procedía esa rigurosa certeza. Se habían peleado más de una vez, pero Dios sabía que no podía acusar a Maria de ser rencorosa.

¿Debía ir a verla?

Recorrió con la mirada la casa de la esquina. Entre los postigos cerrados del primer piso se veía una minúscula franja de luz. Todavía estaba despierta.

Sería un cretino sin gota de entendimiento si no entraba allí de inmediato.

Cuando, después de llamar varias veces a la puerta, entró en la habitación, le pareció que todo estaba como siempre. Clemens estaba sacando el asado del fuego y sobre la mesa había una gran fuente de gachas. Margarethe y Wilhilde colocaron además cuatro vasos y una jarra de vino.

—Otra vez tú —constató Clemens.

—Otra vez yo.

—Pero si has estado aquí hace un momento.

Jacop se encogió de hombros y acarició con la mirada la carne chamuscada.

—¿Un festín? —dijo refunfuñando—. ¿Y con qué motivo?

—Los negocios van bien —gruñó Clemens en un tono que no sonaba a buenos negocios—. Por otra parte, a ti no te importa lo que podamos meternos en el estómago. Quieres zamparte la parte de Maria, ¿eh? ¡Bah! Ya puedes olvidarlo.

—¿Y dónde está ella ahora, viejo gruñón?

Clemens señaló hacia la escalera con la cabeza.

—Bajará enseguida, supongo. El último de hoy se acaba de ir. Un señor muy fino. Te conocía, aunque no entiendo cómo puede ser.

—¿Quién? —dijo Jacop sorprendido.

—¡Quién, quién! No he preguntado su nombre.

—No conozco a ningún señor fino —dijo Jacop, disponiéndose a subir por la escalera—. ¿Qué aspecto tenía?