Las sombras de la catedral
Richmodis
Unos traqueteos y chirridos regulares la hicieron volver en sí. Su primera impresión fue que se iba a asfixiar. Trató de moverse. No lo consiguió, aunque sentía doloridos algunos de sus miembros, otros no los sentía en absoluto. Durante un momento pensó de dónde procedían los dolores. Luego comprendió que alguien la había atado de arriba abajo con correas que comprimían su cuerpo de una forma brutal.
Quiso gritar, pero en la boca tenía algo denso y blando. No era extraño que apenas pudiera respirar. Oía débilmente gritos, relinchos, ruidos callejeros. Al cabo de un rato, los ruidos se desvanecieron y solo quedó el traqueteo. Estaba tendida en un plano inclinado en una oscuridad absoluta, y sintió que la invadía el pánico. De nuevo trató de moverse. Algo se apoyó con firmeza en su hombro.
—Calma —dijo una voz suave—. O deberé mataros.
Se estremeció y ya no se atrevió a moverse más. Lo último que podía recordar era a Rolof lanzándose contra el alto desconocido, un desconocido que había creído reconocer sin haberlo visto nunca antes. Jacop le había hablado de él. El desconocido era el asesino de Gerhard. La había derribado de un golpe.
Sin poder apenas respirar, se encontraba allí tendida tratando de luchar contra el miedo. Estuvo a punto de girar sobre sí misma. Pero si perdía los nervios, era posible que él cumpliera su amenaza.
Finalmente, el traqueteo se detuvo. Sintió que tiraban de ella hacia abajo y cayó blandamente al suelo. Le fueron retirando mantas, una tras otra, hasta que pudo ver lo que había fuera. Bajo aquel montón de ropa debía de haber parecido un paquete informe en el que no podía reconocerse una persona.
El hombre se inclinó. Su cabellera reluciente cayó sobre ella, y la hizo sentir como si estuviera en el interior de un sauce llorón. Luego la levantaron. Él soltó algunas correas. Por fin pudo volver a estirar el cuerpo, pero sintió un dolor infernal cuando la sangre empezó a circular y volvió a llegar a las articulaciones entumecidas. El hombre le sacó la mordaza de la boca, y se vio jadeando boca arriba, horrorizada y al mismo tiempo agradecida por el aire fresco. Al menos, no iba a morir asfixiada.
Levantó la cabeza. Su mirada vagó de un lado a otro, tratando de descubrir dónde se encontraba. Unas paredes de obra toscas y un techo, con macizos travesaños, manchado de hollín. A través de minúsculas grietas se filtraba algo de luz, y a su resplandor pudo ver el carretón de mano de Jaspar.
¡La habían llevado hasta allí con el carretón! ¿Y dónde podía estar Rolof?
El desconocido la observaba tranquilamente. Con cuidado trató de estirar las manos, pero, aparte de las ligaduras que habían mantenido su cuerpo comprimido, seguía teniendo atadas todas las articulaciones y era incapaz de moverse.
—¿Dónde estoy? —preguntó débilmente.
Él se colocó tras ella sin decir palabra y la levantó hasta que estuvo de pie temblando. Sin esfuerzo, la levantó del suelo y la llevó hasta uno de los gruesos pilares que soportaban el techo.
—Por favor, decidme dónde me habéis traído —le rogó.
Él la apoyó contra la columna y empezó a atarla hasta que formó casi parte de ella.
Un destello de esperanza brilló en su interior. Si se tomaba tanto trabajo, era imposible que pensara en matarla. Al menos, no enseguida. Al parecer, quería dejarla allí y asegurarse de que no escapara. Tenía pensada alguna otra cosa. Aunque no sabía si sería mejor o peor que la muerte.
El hombre apretó bien las correas, y Richmodis dejó escapar un quejido.
Con pasos pausados, se colocó ante ella y examinó su obra con detenimiento. De nuevo Richmodis sintió un miedo indecible ante el vacío que se abría tras aquella mirada. Lo que veía era solo una máscara, una bonita envoltura, y se preguntaba cómo Dios había podido crear a un ser semejante.
Jacop no había querido excluir que fuera el diablo. ¿Tal vez finalmente tendría razón?
Bien, en ese caso estás en el infierno, pensó. Pero ¡aquello no tenía sentido! ¿Cuándo se había oído que la gente fuera al infierno en carretón?
—¿Dónde está Rolof? —dijo, tratando de nuevo de impulsarlo a responder de algún modo.
El desconocido levantó ligeramente las cejas, se volvió, encogiéndose de hombros, y se dirigió hacia una pesada puerta de tablas.
—¿Por qué me habéis traído aquí? —exclamó desesperada.
Él se detuvo y se volvió hacia ella.
—Ya estaba perdiendo la esperanza de oír una pregunta inteligente de vos —dijo, y volvió a acercarse—. No vivimos en una época particularmente inteligente, ¿no os parece? ¿Con quién puede hoy una persona cultivada intercambiar observaciones eruditas y discutir sobre lo nuevo? Los doctores y studiosi de las universidades se han rebajado al papel de braceros de los Papas, y ya Bernardo el místico dictó sus órdenes a las plumas cuando decidió que no podía haber nada nuevo y que el más acá no reviste ninguna importancia. Está bien, si él lo dice. Despejemos al mundo el camino al más allá.
Sus dedos se deslizaron por las mejillas de Richmodis. Ella volvió la cabeza, el único movimiento del que era capaz, y se estremeció.
El hombre sonrió.
—No os voy a revelar el lugar donde estáis ni tampoco lo que pienso hacer con vos.
—¿Quién sois?
—¡No, por favor! —La amenazó en broma con el índice—. Habíais prometido hacer preguntas inteligentes. Esa no es una pregunta inteligente.
—Vos matasteis a Gerhard Morart.
—¿Yo lo maté? —El desconocido levantó las cejas simulando sorpresa—. Puedo recordar haberle dado un empujón. ¿Es culpa mía que calculara una anchura tan justa para el andamio?
—Y matasteis a la muchacha, la muchacha del Berlich —exclamó Richmodis—. ¿Por qué hicisteis algo así?
—Se interpuso en mi camino cuando apuntaba.
Richmodis sintió que las lágrimas le asomaban a los ojos. Furiosa, luchó por contenerse.
—¿Quién será el siguiente en interponerse en vuestro camino? —susurró.
—Dejad de preguntar, Richmodis —dijo él, abriendo los brazos—. No puedo saberlo todo. Las pequeñas sorpresas de la vida llegan cuando menos se espera. Por lo que a mí respecta, podéis vivir cien años.
Richmodis sintió necesidad de toser. Le dolían los pulmones.
—¿Y qué debo hacer yo a cambio? —preguntó con voz inexpresiva.
—Nada. —Le guiñó un ojo, como si fueran viejos amigos, y volvió a sacar la mordaza—. Perdonad, pero debo marcharme y no puedo seguir con nuestra pequeña conversación. Debo ocuparme de un asunto importante y necesito un poco de calma. ¡Una obra santa! —dijo, riendo—. Como diría tal vez alguien bastante necio para creer en Dios.
Era extraño. Por mucho que lo odiara y lo despreciara, por mucho que le asustara encontrarse frente a él, la idea de que pudiera marcharse y dejarla sola en aquel lugar frío y espantoso le parecía aún más terrible.
—¿Quién os dice que no hay un Dios? —replicó rápidamente.
Él permaneció inmóvil y la observó con atención.
—Una pregunta inteligente. Demostradme su existencia.
—¡No! Demostradme vos su inexistencia.
Estaba harta de escuchar conversaciones de ese tipo entre Jaspar y Goddert. De pronto le pareció que en el poder de la dialéctica residía la única posibilidad de crear un puente de comunicación con el desconocido.
El hombre se acercó tanto que sintió su aliento en la cara.
—Demostrad que Dios no existe —repitió Richmodis balbuceando.
—Podría hacerlo —dijo él en voz baja—. Pero no os gustaría.
—No me vengáis con falsos miramientos —siseó—. ¿O deberé suponer que el asesino de Gerhard prefiere rehuir la discusión? No me parece que seáis una persona remilgada.
El hombre frunció el entrecejo.
—No tengo ningún interés personal en atormentaros —dijo, y extrañamente parecía sincero.
—¿Ah, no?
—No. Lo que hago sirve a unos sencillos objetivos. Ni encuentro placer en matar ni me preocupa hacerlo. He aceptado un encargo en el curso del cual se ha hecho necesaria la muerte de algunas personas. Eso es todo.
—No creo que sea todo, en absoluto. ¿Me equivoco?
—Sois demasiado curiosa, bella Richmodis. Ahora debo irme.
—¿Por qué causáis tanto dolor?
Él sacudió la cabeza.
—No es algo de mi incumbencia causar dolor a las personas. Yo no soy responsable de la muerte. No me importa cuántos hombres mueran ni de qué modo. No tiene ninguna importancia. El mundo no tiene sentido. Seguirá siendo lo que es, con seres humanos o sin ellos.
Richmodis sintió que la rabia crecía en su interior.
—¿Cómo podéis ser tan cínico? Toda vida humana es santa, todas las personas han sido creadas y queridas por Dios.
—Dios no existe.
—¡Demostrádmelo entonces! —insistió Richmodis.
—No.
—Porque no podéis hacerlo.
—Porque no quiero hacerlo.
—¡Demostradlo!
—¿Para qué? —La miró casi compasivamente—. Sé que no existe. Pero no tenéis ningún derecho a exigir de mí la demostración de su inexistencia. Aunque vayáis diciendo por todas partes que no soy capaz de hacerlo, podré vivir perfectamente con esa carga. Por mí podéis creer lo que queráis.
Levantó la mordaza.
Lo pierdo, pensó Richmodis. Tengo que saber más sobre él, en su interior debe ocultarse todavía, en algún sitio, una chispa de sentimiento.
—¿Qué os han hecho para que os hayáis convertido en un hombre así? — preguntó, sorprendida de sus propias palabras.
Su rostro se petrificó.
Durante un instante Richmodis creyó que había conseguido abrir una brecha en su interior. Luego, de pronto, él volvió a sonreír.
—No ha estado mal. —En su voz se mezclaban la burla y la admiración. Rápidamente, le metió la mordaza entre los dientes, dio media vuelta y caminó, con el manto ondeando, hacia la puerta—. Pero ¡por desgracia, no ha sido suficiente! No os preocupéis, mi estrella, volveré, y tal vez incluso os libere. Por el momento, aquí estaréis bien guardada. Ni el Zorro ni vuestro querido tío se atreverán ahora a divulgar confusas historias sobre un supuesto asesinato.
Los goznes rechinaron cuando abrió la puerta. Durante un momento Richmodis vio un patio vacío con un muro.
—Portaos bien, como corresponde a una dama bien educada. —En la luz crepuscular, su figura era solo una sombra, una quimera, una pesadilla—. Y si insistís en tener una prueba de la ausencia de toda providencia divina y de la absoluta falta de sentido de la existencia humana, pensad sencillamente en mí. Yo soy la prueba. Una entre millones.
La puerta se cerró tras él con un crujido. Estaba sola con las ratas. Urquhart se dejó caer contra el muro del viejo almacén en desuso y cerró los ojos.
Las imágenes amenazaban de nuevo con cobrar vida. Sintió cómo lo arrastraban hacia el fondo, al torbellino rojo de los recuerdos desde el que rompían contra él los sonidos, aquellos sonidos extrañamente agudos que nunca hubiera creído que pudiera emitir una persona.
¡No! Yo no soy eso, pensó. Son los recuerdos de otro. Yo no tengo historia.
Se serenó.
A través del criado que le había descrito el camino al almacén, Mathias le había enviado una nota en la que explicaba que Jaspar y el Zorro habían podido escapar en San Martín el Menor. En el fondo, Urquhart ya contaba con ello. Ahora se felicitaba por su visita a la Severinstrasse. No importaba que se hubieran escabullido. En absoluto. De hecho, podían abandonar la búsqueda.
Durante un instante pensó si no sería mejor volver a entrar y matar a la mujer. De todos modos la mataría cuando todo hubiera pasado; ¿por qué no hacerlo ahora, pues? Pero posiblemente era más inteligente dejarla con vida de momento. La necesitaba para atraer a Jaspar y al Zorro a la trampa, y a todos los que habían oído su historia. Fijaría la noche siguiente para la entrega del rehén, allí, en el almacén abandonado de los Overstolz. Cuando los tuviera a todos juntos, podría matarlos uno tras otro e incendiar luego el edificio. Encontrarían algunos cadáveres carbonizados. Un accidente, nada más.
En caso de que al día siguiente aquello tuviera todavía alguna importancia.
Observó interesado las largas sombras de las almenas del muro sobre el patio. Reptaban hacia la casa como si quisieran atraparla. La imagen le gustó. Los negros dedos del destino, ¡realmente poético! Tal vez debiera escribir poesías. Poseía ya tantas riquezas que durante el resto de su vida podía consagrarse a lo único que de verdad valía la pena. ¡El placer! Sin miramientos ni arrepentimiento, sin barreras, sin sentido ni plan y sin sentimientos de culpa, sin dedicar un solo pensamiento al pasado o al futuro. Sus placeres serían ilimitados, su holganza infinita, y las imágenes por fin se desvanecerían y no volverían jamás. Tal vez le apeteciera convertirse en un erudito y erigir un palacio de la sabiduría que se convirtiera en el Santiago de Compostela del impulso investigador de Occidente, un lugar al que peregrinarían las mejores mentes de la cristiandad. Él alentaría su atrevimiento y se divertiría luego regiamente con los bufones que buscan un sentido a la vida. Los promocionaría y en el momento indicado los dejaría caer. Demostraría que Dios no existe, ni nada equiparable a él, que el mundo no es más que un negro abismo falto de cualquier moral, deber y virtud en el que no hay más objetivo que la entrega al momento presente, que ni siquiera ese ridículo nominalismo tenía ningún significado, porque tras los conceptos no existía ninguna realidad, ni bien ni mal, ¡nada!
Sería el señor de la nada. Un pensamiento estimulante.