Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 67 de 72

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Las sombras de la catedral

La búsqueda

—Sí —dijo jadeando—. Podría decirse que lo somos.

 

La búsqueda

Jaspar parecía sumido en profundas meditaciones mientras caminaba a paso lento por el foro, con la cara bajo la capucha y las manos ocultas en las mangas. Permaneció inmóvil ante la Seidenmachergässchen, mientras sus ojos exploraban los edificios situados a ambos lados. No faltaba mucho para la hora quinta. La gente todavía dormía. Los puestos de los peleteros y guarnicioneros estaban tan abandonados como las casas de baratijas de enfrente, pero hoy, de todos modos, no iban a ofrecer sus mercancías. Era el día del Señor.

A la izquierda se dibujaban los contornos de la báscula. No se veía movimiento por ninguna parte.

Jaspar dio unos pasos por el interior de la callejuela y sintió que aumentaba su nerviosismo. Si Jacop no estaba allí, tendría que ir a La Sala. La ausencia de Jacop podía ser una buena señal. Pero también podía significar que ni siquiera había conseguido llegar hasta el palacio. Todo era posible.

Caminó a lo largo de las recortadas fachadas de los comercios de baratijas y murmuró un padrenuestro.

De repente, Jacop surgió detrás de una columna en un portal y le hizo señas de que se acercara. Aunque el corazón le dio un brinco, Jaspar se forzó a seguir caminando con torturante lentitud hasta llegar a la altura del Zorro.

—Los hermanos de las órdenes no confraternizan con los pobres —le reconvino —. Al menos, no en público.

Jacop soltó un gruñido y miró inquieto en todas direcciones.

—Llegáis condenadamente tarde.

Jaspar se encogió de hombros.

—Habíamos dicho entre la hora cuarta y la quinta. He preferido recorrer el camino a una velocidad grata a Dios. Al Señor no le gusta ver correr a los clérigos.

—¡Qué piadoso!

—No, solo prudente. ¿Qué habéis conseguido en el palacio?

—He aprendido a volar.

—¿Cómo?

Jacop se lo contó.

—¡Maldita sea! —exclamó Jaspar—. De modo que hay otro conspirador.

—¿Quién es ese Lorenzo?

—Un milanés. Está al servicio de Conrado, aunque solo desde hace unos meses. Por lo que sé, se ocupa de su correspondencia. Un tipo impenetrable. Vanidoso y repelente, afable como la crema de avena. Probablemente, los patricios lo han sobornado para saberlo todo sobre el desarrollo de la procesión y la distribución de la guardia. —Jaspar pateó el suelo furioso—. ¡Este clero corrupto! No es extraño que la cristiandad se encuentre desgarrada, cuando todos venden a todos.

—Le habrán untado bien la mano.

—¡Bah! —refunfuñó Jaspar con desprecio—. Algunos se venden por un plato de lentejas. Roma se ha convertido en una puta, ¡qué otra cosa podría esperarse!

—En cualquier caso, podemos olvidarnos de prevenir a Conrado —señaló Jacop desalentado.

—Sí —confirmó Jaspar—. Y probablemente, también de encontrar a Urquhart. Calculo que en este momento ya se estarán reuniendo en el recinto de la catedral para la procesión. —Su frente se cubrió de arrugas—. No nos queda mucho tiempo.

—Busquémoslo de todos modos —dijo Jacop decidido.

Jaspar asintió con aire sombrío.

—Empecemos por aquí. Vos os ocuparéis del lado derecho de la calle, yo del izquierdo. Primero pasaremos la Marspforte, por ahí cruzará el cortejo. Recorreremos el camino antes de que pasen ellos.

—¿Y qué debemos buscar?

—¡Ah, si lo supiera! Ventanas abiertas. Movimientos extraños. Todo.

—Genial.

—¿Tenéis una idea mejor?

—No.

—Pues vamos.

Recorrieron con la mirada las fachadas de las casas. No había mucho que ver. En el este, un primer y delicado presagio de la luz del nuevo día coronaba la colina, pero en las callejas estrechas seguía siendo noche cerrada.

Al menos las nubes se habían disipado. Las únicas señales que quedaban de la tormenta eran los charcos y la basura repartida por todas partes.

—¿De dónde veníais ahora? —preguntó Jacop mientras cruzaban la Marspforte.

—¿Cómo? —Jaspar parpadeó confundido—. Ah, sí. De San Pantaleón.

—¿Volvisteis otra vez allí? —dijo Jacop sorprendido—. ¿Para qué?

—Porque… —Jaspar negó con la cabeza, nervioso—. Os lo diré más tarde. Este no es el momento.

—¿Qué significa tanto misterio?

—Ahora no.

—¿Es algo importante?

Jaspar sacudió la cabeza. Había descubierto un sospechoso agujero negro en la planta superior y casi se dislocó el cuello.

No era un agujero. Solo un postigo negro.

—¿Es algo importante? —preguntó Jacop otra vez.

—Depende.

—¿De qué depende?

—De si encontramos a Urquhart.

—¿Y entonces?

—Más tarde, más tarde. —Jaspar se sintió, de pronto, impotente. Se detuvo y miró a Jacop—. Hasta aquí no he visto nada donde pudiera esconderse. Quiero decir, nada evidente. ¿O no?

—Creo que lo que estamos haciendo aquí es una tontería —dijo Jacop—. Puede esconderse en cualquier sitio. Todas las casas tienen suficiente altura.

—Pero están demasiado cerca.

—¿Demasiado cerca para qué? ¿Para un disparo de ballesta?

—Está bien. Tenéis razón. —Jaspar dejó escapar un suspiro—. De todos modos, pongámonos en manos de la Providencia. Si Dios lo quiere, encontraremos al asesino. —Inclinó la cabeza y dijo con humildad—: Señor, somos dos pecadores y suplicamos tu ayuda. Contémplanos misericordioso desde la eternidad, si te place, sobre todo ahora. Sobre todo en esta hora de desesperación, ¡oh, Señor, Dios todopoderoso! Ayúdanos y danos una señal. Amén.

Subrayó sus palabras con un enérgico gesto de asentimiento y volvió a ponerse en marcha.

Jacop permaneció inmóvil. Dominado, al parecer, por un sentimiento reverencial, levantó la mirada al cielo.

—¿Qué ocurre? —exclamó Jaspar con impaciencia.

Jacop se estremeció.

—Solo pensaba que…

—Olvidadlo. No os quedéis aquí alelado, Dios tiene muchas ocupaciones.

El siguiente cruce era Unter Goldschmied, la calle de los orfebres. Allí se encontraba la sede del gremio de orfebres, tenían su domicilio los acuñadores de moneda y en torno a San Lorenzo se agrupaban los antiguos edificios de la curia y el Consejo. Al este empezaba ya el barrio judío. Pasaron junto al horno judío, la sinagoga y la casa de celebraciones, y al otro lado la Casa del Cuerno de Oro, donde se reunían los orfebres, la capilla del Consejo y la casa de los tesoreros, hacia Buysen, todas direcciones honorables. Encontraron a los primeros viandantes de camino hacia la iglesia. Nadie les prestó atención, aunque Jaspar tenía la sensación de que su forma de estirar el cuello continuamente resultaba más que llamativa.

A cada paso que daba aumentaba su desánimo. Urquhart podía estar en todas partes. Se estaban comportando como niños. Pero si llegaban a encontrarlo, tal vez habría valido la pena su segunda visita al loco Hieronymus. Tal vez. Suponiendo que Hieronymus no hubiera fantaseado.

Pero Urquhart no se dejaría encontrar.

Al cabo de un rato apareció ante ellos de nuevo el palacio arzobispal.

—Esperad —dijo Jacop.

Jaspar volvió la cabeza y se frotó la nariz.

—¿Creéis que os reconocerán?

—Es posible.

—Me parece que no esperarán que os volváis a dejar ver por aquí. Solo sois uno

más de la [59] gens cucullata, no lo olvidéis. El monje no tiene rostro.

Jacop lo miró con aire de duda.

—Vos deberíais saberlo —dijo, y señalando al palacio, añadió—: Pero ¿lo sabrán también esos?

—¿Preferís volver atrás?

—No —dijo Jacop, rabioso. Adelantó a Jaspar con paso decidido y salió a la amplia calle frente al palacio arzobispal. A un lado, se levantaba el árbol por el que había caído antes.

—Despacio —cuchicheó Jaspar. Cogió a Jacop del brazo y lo llevó, pasando por el palacio arzobispal, en dirección a la Pfaffenstrasse. Vieron cómo allí, delante del convento de la catedral, se agrupaban, formando un largo cortejo, sacerdotes, obispos y monjes de diferentes órdenes. Entre ellos iban de un lado a otro los novicios cargando con cruces y reliquias. Durante un instante Jaspar pudo distinguir el tercio superior de un baldaquino alto y amplio. Probablemente, Conrado cabalgaría debajo, rodeado de hombres armados. Al arzobispo no le gustaba ir a pie.

De pronto Jaspar sintió dudas. El baldaquino era enorme. Ocultaría a Conrado por completo. ¿Cómo iba Urquhart a ver siquiera al arzobispo desde un lugar elevado, por no hablar de alcanzarlo?

¿O se proponía tal vez algo muy distinto?

—Pero ¿qué? —dijo en un murmullo.

Entonces, de pronto, surgió en su mente una idea tan clara que abandonó cualquier precaución y aceleró el paso.

Jacop hubiera preferido recorrer a grandes pasos el trayecto que seguiría el cortejo, pero Jaspar tenía razón. Mientras el palacio estuviera al alcance de la vista, se imponía la máxima discreción. Y lo más discreto en ese momento era un monje caminando pausadamente.

Poco a poco empezó a sentir calor bajo el hábito. Y no podía ser por el tiempo.

¿Sudaba de miedo?

Contrólate, se dijo. Has pasado por cosas peores.

Su mirada recayó sobre la multitud agrupada un poco más adelante. A la luz mortecina del alba pudo distinguir tonos de color púrpura, azul y oro. Un grupo de hombres a caballo apareció por detrás de la prepositura de la catedral, impresionantes en sus brillantes armaduras, que con las primeras luces de la mañana parecían de estaño líquido. Entre ellos se abrió durante un instante un hueco, y Jacop vio a otro caballero, delgado, sentado muy recto, duro, sin barba, con el cabello gris y rizado. Luego desapareció y levantaron en el aire un baldaquino. Débilmente llegaron los sones de la música sacra. Las grandes procesiones siempre iban precedidas por un carro con un órgano.

Jacop había visto muchas de aquellas procesiones, y la música siempre le había hecho recordar aquellos barcos maravillosos transportados por tierra firme en honor de la hermosa Isabel. Por un momento le asaltó la melancolía.

Otra época. Y otro hombre.

De repente se dio cuenta de que estaba reventado de cansancio.

El cansancio del desconcierto. ¿Qué estaban haciendo allí? Era ridículo mirar las casas, como si Urquhart fuera a apoyarse en la ventana para saludarlos amablemente con la mano: «Aquí estoy, aquí arriba. Está bien que hayáis venido, subid e impedidme que cometa un asesinato».

Demasiadas calles. Demasiados edificios. Si Urquhart había sobrevivido al fuego sin sufrir grandes daños, el arzobispo moriría. Nada podría impedir que el asesino cumpliera su misión, porque no iban a encontrarlo.

Volvió la cabeza hacia arriba, hacia la catedral.

Allí había empezado todo. Con unas manzanas.

¡Condenadas manzanas! Desde los inicios de la humanidad habían sido una constante fuente de problemas.

Contempló el denso entramado del andamiaje y volvió a ver a Gerhard pasando hacia arriba, a la plataforma más elevada, y luego la sombra negra de Urquhart…

La sombra.

Aturdido, Jacop entrecerró los ojos y volvió a mirar hacia allí. Por un instante le había parecido que el acontecimiento se repetía. Pero aquello era una locura. Nada había cambiado en la obra.

Apartó la vista y volvió a concentrarse en la procesión.

En ese momento Jaspar murmuró algo incomprensible y empezó a caminar muy deprisa. Jacop lo miró con la boca abierta, lanzó una maldición en voz baja y corrió tras él.

—Jaspar —dijo susurrando.

El físico no lo oyó. Debía de haber hecho algún descubrimiento que le hacía olvidar sus propias recomendaciones, porque se dirigió directo hacia la procesión.

—Jas…

Las campanas empezaron a sonar.

Enseguida el cortejo se puso en movimiento. Jacop siguió adelante unos pasos y luego se detuvo. Jaspar desapareció entre la gente. Probablemente, suponía que Jacop lo seguiría.

Pero algo retuvo a Jacop y le forzó a volver a mirar hacia la iglesia.

Estaba como siempre.

No había nada que se saliera de lo habitual. Nada. La piedra clara del coro. Los andamios. Y nadie en ellos. Naturalmente, era demasiado pronto, y era domingo. Nadie subiría allí aquel día.

Un canto piadoso resonó en las filas de la procesión, pero Jacop no lo oyó. Una sensación de parálisis lo dominaba.

¿Qué ocurría con la iglesia?

Gerhard en el andamio más alto. Luego, de pronto, la sombra. La sombra había surgido de la nada. Pero la sombra no era el diablo, sino Urquhart, y Urquhart era un hombre.

De la nada…

Ningún hombre surgía de la nada…

Jacop miró indeciso hacia el cortejo que se alejaba y trató de descubrir a Jaspar, pero ya no alcanzó a verlo. De las casas de alrededor llegaba cada vez más gente, señores y orgullosas burguesas, muchas vestidas con distinción, mientras que otros se acercaban cabalgando, en pequeños grupos o solos, para seguir la procesión. Y entre ellos artesanos, criados y criadas, peregrinos y campesinos que habían llegado a Colonia el día anterior para asistir al acontecimiento, enfermos, rateros, mendigos, todos.

Lentamente, Jacop volvió hacia atrás y pasó por delante del palacio. No había ningún soldado a la vista. Siguió andando hasta que llegó casi al Rin, y se mantuvo a la derecha. Al cabo de unos pasos se encontró junto a la Frankenturm, donde se sometía a los sospechosos al penoso interrogatorio y los delincuentes eran remitidos a los greven arzobispales.

Ahora se encontraba al este de la catedral. Entre él y la construcción del coro quedaba solo una vasta plaza y la iglesia más pequeña de Santa María ad Gradus. De nuevo levantó la vista y estudió la imponente fachada con sus finas ventanas increíblemente altas.

Desde la Frankenturm podía llegar hasta la catedral sin pasar por una puerta vigilada.

Mientras cruzaba la plaza, con paso tranquilo y en apariencia absorto en la oración, supo súbitamente de dónde había salido la sombra.

Y de repente lo supo todo.

 

Y de repente lo supo todo.

Había seguido a la procesión porque de pronto se le había ocurrido que Urquhart podía haberse mezclado en ella, disfrazado de sacerdote, monje, o tal vez de caballero armado con coraza. Se había atraído la indignación de los presentes que habían sentido su codo en las costillas mientras se abría paso hacia el grupo de los que cantaban y oraban. Algo más lejos, por delante, Conrado cabalgaba bajo el baldaquino, con dos hombres armados a su lado, delante y detrás. El viento agitaba sus cabellos. Entre los vivos ojos azul claro surgía una nariz que le confería algo de la dignidad animal de un halcón. El arzobispo no era alto ni especialmente corpulento, pero su figura lo dominaba todo y a todos.

Urquhart no estaba entre los componentes de la procesión. Ante la idea de adelantarse corriendo al cortejo como un bufón y empezar a mirar con la boca abierta hacia las casas, Jaspar se sintió indeciblemente estúpido. Miró alrededor y constató sorprendido que se encontraba ya casi en el cruce con la Schildergasse.