Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 65 de 72

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Las sombras de la catedral

Jacop

Jacop se volvió a tender de espaldas no muy convencido.

—Yo no podré dormir —dijo.

—Lástima.

¿Cómo voy a dormir, pensó, después de todo lo que ha pasado? Seguiré despierto aquí tendido, y en algún momento Jaspar empezará a roncar y aún podré dormir menos. ¡Tenemos que aprovechar el tiempo!

Sus pensamientos volaron hacia Richmodis.

No voy a dormir, pensó.

 

Jacop

—¡Despertaos!

Alguien lo sacudía. Durante un momento pensó que se encontraba en el arco de la muralla; luego se levantó sobresaltado.

Todo estaba oscuro aún, pero reconoció la silueta de Jaspar levemente insinuada. El físico rio.

—Vaya, vos sois el tipo que no puede dormir.

—¿Qué hora es?

—Poco después de laudes. Dentro de dos horas saldrá la procesión, de modo que tenéis tiempo suficiente para ir al palacio arzobispal y pedir que os escuchen. Después nos encontraremos entre la hora cuarta y la quinta en la Seidenmachergässchen; los domingos por la mañana está muy solitario. Pongamos que en la báscula de la ciudad.

—Un momento. —Jacop se frotó los ojos—. ¿Qué estáis diciendo de encontrarnos? Creía que iríamos juntos.

—Yo también lo creía. Pero mientras dormíais, se me ha ocurrido una idea. Tiene algo que ver con vuestra historia. Yo iré a otro sitio.

—¿Queréis ir tal vez a casa de Goddert?

—Ya me gustaría.

—¡A mí también, demonios!

—Pero seríamos unos estúpidos si nos dejáramos ver en el arroyo en estos momentos. Ahora no. Id y procurad mantener cubierto ese bosque en llamas que tenéis por cabello cuando os dirijáis al palacio.

Jacop se levantó y estiró los miembros. Casi no pudo conseguirlo. Su cuerpo debía de estar verde y azul por la caída a través de los postigos.

—¿Qué os proponéis, pues? —dijo con un gemido.

—Quiero… —Jaspar le dio un golpecito en el hombro—. Os lo explicaré más tarde. ¿Sabéis dónde está la báscula?

—Sí.

—Bien. En caso de que no os encuentre allí, iré al palacio con la esperanza de que vuestra misión haya tenido éxito.

—¿Por qué no podéis decirme adónde vais?

—Porque por el momento eso no os serviría de nada y me llevaría demasiado tiempo explicarlo. Vámonos ahora, y no os pongáis a tiro de Urquhart. Debe de estar echando chispas contra vos.

Antes de que Jacop pudiera añadir nada, Jaspar ya lo había sujetado por los hombros y lo había empujado a la calle. Había dejado de llover, pero seguía haciendo frío. Jacop miró alrededor. Ante la casa de Bodo, junto a los edificios de la cervecería, colgaba una lámpara de aceite que se balanceaba de un lado a otro. Enfrente, en el Keyenhof, la tranquilidad era absoluta. No había nadie fuera.

—Marchaos —dijo Jaspar.

Jacop echó la cabeza hacia atrás y se llenó los pulmones de aire hasta que no pudo más. A pesar de los dolores, tenía la sensación de haber empezado a vivir de nuevo después de mucho tiempo. Luego abrazó al físico, lo apretó con tanta fuerza contra su pecho que se oyó crujir algo y le dio un sonoro beso en la calva. Jaspar lo miró estupefacto.

—Normalmente no es mi estilo —dijo Jacop sonriendo, dio media vuelta y subió a toda prisa por la Keygasse.

El palacio arzobispal, que se conocía también como La Sala, se extendía a lo largo del recinto de la catedral en su lado sur, entre la Drachenpforte al este y la Hachtpforte al oeste. El arzobispo Reinaldo de Dassel lo había hecho construir cien años antes. El edificio era una imponente fortaleza de dos pisos que mostraba en el superior una serie de grandes arcadas sobre columnas dobles situadas una tras otra. Las arcadas adornaban la lujosamente decorada sala del palacio. Allí acostumbraba administrar justicia Conrado, y aquel era también el lugar donde había engañado a los patricios cuando estos se habían presentado desarmados para un encuentro supuestamente pacífico.

Por detrás, frente a la catedral e invisible desde la calle, el sucesor de Reinaldo, Felipe de Heinsberg, había levantado un anexo. La edificación se encontraba alineada con la parte antigua y Conrado residía en ella cuando se encontraba en la ciudad. Era impensable ser admitido allí. Quien quería algo del arzobispo, tenía que tratar con sus soldados y ministeriales, y eso significaba presentarse para solicitar audiencia en la entrada delantera.

Jacop había evitado las calles importantes y se había deslizado por las estrechas callejuelas como una salamandra. No se podía excluir que los patricios siguieran buscándolo, igual que a Jaspar, pero no podían apostarse en cada esquina. Y Jacop conocía perfectamente aquella zona.

Se detuvo un momento para tomar aliento. Había llegado al final de la Pützgässchen. La callejuela desembocaba en la calle Am Hof: amplia, imponente, con orgullosos edificios, como la Haus zur Krone, que servía a los duques de Brabante como residencia en Colonia, y el Klockring, el cuartel general de los alguaciles. El palacio arzobispal se encontraba ahora directamente frente a Jacop. En el piso bajo se veían algunas ventanas iluminadas, y los batientes del portal estaban abiertos. Jacop distinguió a un grupo de hombres con coraza que conversaban con dos vigilantes nocturnos a caballo. Sus voces llegaban amortiguadas hasta el lugar donde se encontraba. No podía distinguir de qué hablaban. Se oyeron unas risas destempladas; luego los vigilantes golpearon sus caballos con los talones y los soldados volvieron al interior del edificio. Los batientes chirriaron y la puerta se cerró con un fuerte chasquido.

Jacop examinó cautelosamente la ancha calzada. Más arriba, vio en la oscuridad a un par de monjes que se dirigían apresuradamente a la prepositura de la catedral. Había basura por todas partes. Las lluvias fuertes como aquella arrastraban todo lo que los colonienses arrojaban a la calle, a través de la empinada zona oriental, hacia el Rin, y no había nada que los colonienses no arrojaran a la calle. La unión de las omnipresentes boñigas de cerdo con el conglomerado de restos de verduras podridas y huesos roídos constituía una ofensa para los sentidos. Sin embargo, todas las llamadas para que se echara la porquería a las letrinas caían en saco roto o bien eran rechazadas con el argumento de que los buscadores de oro —los encargados de limpiar las cloacas— realizaban su trabajo con muy poca frecuencia, y por desgracia no había nada que oponer a eso.

Jacop decidió no esperar más. Se aseguró de que ningún cabello sobresaliera de la capucha, corrió hacia la puerta y llamó con fuerza.

Enseguida se corrió una trampilla. Un par de ojos aparecieron y lo examinaron. Jacop sintió que la esperanza crecía en su interior.

—Tengo una noticia importante que transmitir al arzobispo —dijo sin aliento.

—¿Qué clase de noticia?

—Se trata de su vida.

—¿Cómo?

—Por Dios, dejadme entrar antes de que sea demasiado tarde.

La trampilla se cerró. Luego se abrió una de las hojas de la puerta y Jacop se vio frente a un hombre con coraza y yelmo. Tras él se encontraban otros tres que lo miraban con curiosidad.

—Que el Señor… bueno, es igual —murmuró Jacop, pergeñó una bendición y pasó rápidamente hacia dentro. El portal se cerró tras él.

Miró alrededor. El vestíbulo estaba iluminado por antorchas de pez, encajadas de dos en dos en soportes de pared artísticamente trabajados. En un lateral, una ancha escalera de piedra con una maciza barandilla de columnas conducía al piso superior. Entre las antorchas colgaban tapices con representaciones de quimeras y gigantes, esfinges, ninfas y centauros, seres con cabezas de serpiente y alas de murciélago, mantícoras que enseñaban los dientes y enanos con cara de perro, cíclopes, demonios cubiertos de escamas y gorgonas, pájaros con cabeza de mujer y hombres lobo, una corona de alegres horrores en torno a los santos iluminados, con sus rostros que miraban al cielo, los miembros que mostraban las heridas del martirio, las manos levantadas hacia los ángeles con sus enormes alas doradas y azul turquesa y sus sutiles aureolas, y sobre todo ello Jesucristo, con la mano derecha alzada en una invocación y la mirada seria dirigida hacia delante. Vio al Dios viviente y se sintió fuerte y lleno de un coraje nuevo.

Una mano revestida de hierro se apoyó en su hombro. Desvió la mirada de los consoladores ojos de Cristo y miró a los soldados.

—¿Qué historia es esa, monje? —le soltó uno de los hombres.

¿Monje? Ah, sí, claro.

—Tengo que hablar con el arzobispo —dijo Jacop sin pensárselo dos veces.

El hombre lo miró fijamente y estalló en una sonora carcajada, a la que se unieron sus camaradas.

—No es tan fácil hablar con el arzobispo, hermano patán. ¿No os han enseñado a inclinar la cabeza cuando se pide audiencia?

—¿Y qué te han enseñado a ti? —replicó Jacop vociferando—. Conrado de Hochstaden se encuentra en gravísimo peligro, y tú te ríes del mensajero que tal vez pueda salvarle la vida. ¿Quieres que te golpeen contra la piedra azul porque preferiste burlarte de mí que atenderme?

Las risas de los otros se apagaron. El soldado se rascó la barba indeciso.

—¿Y qué clase de peligro es ese? —preguntó.

—¡Peligro de muerte! —gritó Jacop—. Que el rayo caiga sobre ti si no me llevas al instante ante Conrado.

—No puedo llevarte ante Su Excelencia —gritó a su vez el soldado—. El arzobispo está ocupado con los preparativos de la procesión. —Luego resopló enojado y siguió en un tono más calmado—: Pero si quieres, puedo llamar al secretario del arzobispo. ¿Estás satisfecho con eso?

Jacop estaba exultante.

—Sí —dijo simulando irritación—. Es urgente.

El soldado asintió y envió a dos de sus compañeros escaleras arriba. Jacop cruzó las manos a la espalda y esperó. No sabía muy bien lo que era un secretario, pero sonaba importante.

Con sorprendente rapidez, apareció en lo alto de la escalera un hombre pequeño y delgado, que bajó con pasos delicados acompañado por los dos soldados. Sobre su vestido de color violeta oscuro brillaba una cadena de oro y sus manos estaban enfundadas en guantes de cuero de color vino. Una barba blanca algodonosa enmarcaba un rostro benevolente con unos ojos de color azul acuoso. Se acercó a Jacop y sonrió. Cuando habló, Jacop pudo detectar un acento meridional en su voz.

—Que el Señor esté contigo y con tu espíritu.

Jacop levantó la nariz cohibido.

—Sí, desde luego. Eso mismo.

El secretario inclinó la cabeza.

—¿Qué puedo hacer por ti, hijo mío? Me han comunicado que tienes un mensaje para el arzobispo pero no quieres hablar de ello.

—Tengo que hablar con él personalmente —dijo Jacop—. El arzobispo corre un gran peligro.

—¿Un peligro? —El secretario se acercó más y bajó la voz—. No hables tan alto ante los soldados, hijo. Nos son fieles, pero nunca se puede saber; los arzobispos han sido asesinados en ocasiones hasta por sus propios sobrinos. Dime al oído quién quiere causar daño a nuestro arzobispo.

Jacop se inclinó y susurró:

—Conrado debe ser asesinado hoy. No sé si lo harán durante la procesión o en el servicio religioso, pero quieren matarlo.

En los ojos azules del secretario apareció una expresión de horror. Se tapó la boca con las manos y dio un paso atrás.

—¿Quién quiere hacer eso? —dijo en un susurro.

—Temo que los patricios. Existe una conspiración…

—¡Espera! —El secretario miró indeciso hacia los guardias—. No debemos hablar de esto aquí. Tus palabras me han conmocionado, hijo, estoy profundamente afectado. No puedo creerlo. Debes explicarme todo lo que sabes, ¿me oyes?, ¡todo!

—Lo haré gustosamente.

—Después te acompañaré ante Conrado. Ven.

Dio media vuelta y subió por la escalera. Jacop lo siguió. Observó divertido la amanerada forma de caminar del secretario. Vanidoso como un pavo, pensó. Probablemente un italiano. Bram le había explicado muchas veces que los nobles y clérigos italianos sentían preferencia por las telas finas y encargaban capas suntuosas de armiño y de marta. Su mirada recorrió la delgada figura de la cabeza a los pies…

Estuvo a punto de caer por la escalera.

Temblando, se sujetó a la barandilla y pensó en lo que debía hacer. Seguro que había muchos ciudadanos acaudalados de Colonia que llevaban zapatos caros, pero hasta ese momento solo había visto un par que llevaran un lirio violeta.

Ahora los volvía a ver.

—Perdonad, señor… mmm… —dijo.

El secretario se giró desde arriba hacia él, irradiando benevolencia.

—Me llamo Lorenzo de Castellofiore, hijo mío.

Jacop le dirigió una sonrisa tensa.

—Bien, Lorenzo de… ahora no recuerdo… debo… tendría que…

En los ojos de Lorenzo apareció una expresión de alerta.

—¿Sí, hijo mío? ¿Qué ocurre?

—Mi caballo. Creo que he olvidado atarlo. Si fuerais tan amable de esperar un momento, iré fuera y…

El rostro de Lorenzo se congeló.

—Guardias —gritó—. ¡Prended a este hombre!

Jacop miró nerviosamente hacia abajo. Los soldados subían corriendo por la escalera con las armas desenvainadas. Durante un momento se sintió absolutamente impotente. Era imposible cruzar entre los soldados, e incluso si lo conseguía, luego tendría que abrir el portal, y para cuando lo hubiera hecho…

Giró sobre sí mismo y le hundió el puño en el estómago a Lorenzo. El secretario se dobló lanzando un grito ahogado. Jacop lo sujetó y lo lanzó contra los soldados. Sin esperar al resultado de su acción, alcanzó saltando los últimos peldaños mientras tras él se oían chasquidos y crujidos, y los agudos gritos de Lorenzo resonaban en las paredes del vestíbulo.

Ante él se extendía un corredor que bastante más allá acababa en un muro. A la izquierda se abrían dos pasillos. Jacop dudó un momento. Sin duda, el tiempo suficiente para que los guardias volvieran a ponerse en pie, porque pudo oír cómo subían por la escalera armando mucho ruido.

Sin pensarlo más, se metió por uno de los pasillos.

—¡Cogedlo! —gritaba Lorenzo desgañitándose—. ¡Condenada banda de inútiles, vuestra madre debería haberos ahogado al nacer! ¡No debe escapar, imbéciles!

Jacop giró de pronto en redondo con los ojos muy abiertos. Se encontraba en una sala enorme y suntuosa, con vigas talladas y columnas. Una imponente sillería de madera negra pulida ocupaba toda la parte trasera. Sobre el suelo se extendía un laberinto de intrincadas figuras de marquetería artísticamente dispuesto, mientras que el lado opuesto se veía interrumpido por un balcón alargado, enmarcado por ventanas con lirios y abierto en su parte central.

Las arcadas. Se encontraba en la sala arzobispal.

—¡Ahí está!

Los soldados aparecieron en los pasillos, blandiendo amenazadoramente sus espadas y seguidos por Lorenzo, que estaba rojo como la grana. Jacop buscó desesperadamente otra salida, pero no había ninguna, solo la ventana de las arcadas, y estaban demasiado altas para saltar a la calle. Retrocedió y vio cómo una expresión de triunfo asomaba a los ojos de Lorenzo.

—El hombre que ha robado un florín a Mathias Overstolz —siseó entre dientes —. Celebro tenerte de invitado. Será mejor que te resignes a tu destino si no quieres que tu apestoso cadáver acabe esparcido por la sala. ¿Qué me dices?

Los guardias se acercaban. Jacop dio un traspié y miró hacia atrás. ¿Y si saltaba de todos modos? Pero estaba demasiado alto. Solo conseguiría partirse las piernas.

Algo se levantaba, ramificándose, por delante de las arcadas.

Un árbol.

Dejó caer los hombros y asintió resignado.

—Habéis ganado, Lorenzo. Iré con vos.

Los soldados se tranquilizaron. Bajaron las espadas. Lorenzo sonrió con ironía.