Las sombras de la catedral
Goddert
Kuno lo miró incrédulo. Luego cayó de rodillas.
—¡Adiós, querido Kuno! —gritó jadeando el Overstolz, y levantó el arma para descargar el último golpe.
—¡Daniel! —gritó Richmodis, y reunió todas sus fuerzas para levantar la barra.
Daniel se volvió, y comprendió… Demasiado tarde. La maza voló y lo golpeó en medio de la cara. La violencia del impacto lo lanzó por encima de Kuno. Cayó pesadamente de espaldas. La espada le resbaló de las manos.
Richmodis lanzó la maza, sujetó la espada y la levantó sobre su cabeza.
—No —gimió Kuno—. ¡No! —Se sostenía el costado con una mano mientras tendía la otra hacia Richmodis—. No. Debemos irnos… dejadlo…
Respirando agitadamente, Richmodis seguía con el arma levantada sobre Daniel, que gimoteando se había puesto las manos ante la nariz y los ojos.
—Bien —dijo con voz ronca.
—Tenéis que… ayudarme. Dadme… la espada. —El rostro de Kuno estaba pálido como la cera. Richmodis trató de levantarlo. Él se apoyó y consiguió pasarle el brazo por encima del hombro.
—¿Dónde está vuestra casa?
Kuno sacudió negativamente la cabeza.
—No podemos ir a mi casa. Ya no. Cuando Urquhart descubra…
—No habléis —dijo Richmodis con rabia—. Tratad de aguantar un poco.
Lo sujetó con fuerza y juntos salieron a la tormenta tambaleándose.
Goddert
Goddert se sujetó bien el manto en torno a los hombros. Iba tan deprisa como lo permitían sus cortas piernas. ¡No tenía nada contra la lluvia! Pero aquello era realmente un poco demasiado. ¿Habría llegado ya el final?, ¿el Apocalipsis?
Mucho más atrás, junto a la Severinstor, había creído ver por un momento la luz de los vigilantes nocturnos; luego llegó una nueva ráfaga que difuminó los contornos.
—Uaaaaa… —dijo Goddert, resumiendo de forma precisa su opinión sobre las circunstancias imperantes; se sacudió y llamó a la puerta de Jaspar.
—¿Qué hacéis ahí dentro? ¡Quiero algo de beber!
No obtuvo respuesta. ¡Aquello era realmente el colmo! ¿El hermano de su difunta mujer no le dejaba entrar? Malhumorado, volvió a golpear con el puño. La puerta se abrió sola.
Goddert miró asombrado al interior. También allí estaba todo oscuro como la boca del lobo; solo brillaba un resplandor en las cenizas de la chimenea. ¿Dónde demonios se habían metido todos? Y ¿por qué no había traído ninguna luz?
¡Eso era, un viejo chocho!