Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 35 de 72

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Las sombras de la catedral

Las últimas palabras

—Esta vez, de todos modos, deberíamos dedicarnos a temas más importantes y marchar a la asamblea —interrumpió el otro, que parecía haber perdido el interés.

Bodo se encogió de hombros. Subieron juntos la escalera que llevaba al primer piso, donde se encontraba la sala de reuniones. A medio camino, Bodo sintió que una mano apoyada en su hombro lo retenía. Acortó el paso.

Era el segundo escabino.

—Perdonad si he desconfiado de vuestras suposiciones de una forma tan abierta —dijo en un susurro mientras seguían subiendo despacio—. Es un tema delicado. Algunas… personas tienen una opinión semejante a la de vuestro amigo. ¡Guardaos esto para vos! Por diferentes motivos no parece oportuno exponer el tema públicamente. ¿Cómo dijisteis que se llamaba vuestro amigo?

—Jaspar Rodenkirchen —respondió Bodo excitado—. ¿Y creéis realmente…?

—No importa lo que yo crea. Digamos que hay que favorecer la verdad a su debido tiempo. ¿Este Jaspar es un hombre juicioso?

—¡Eso creo! Es físico y deán de Santa María Magdalena, magister artium, y no sé cuántas cosas más.

—¿Y vos creéis que quiere interrogar nuevamente a los testigos?

—Eso lo habéis dicho vos.

—Mmm… Entiendo. Solo espero que él y los otros se equivoquen, pero mis esperanzas no son una sentencia y mis deseos no son tan objetivos como una investigación. ¡Que Gerhard descanse en paz y que, si vuestro amigo tiene razón, sus asesinos sufran indecibles tormentos! Pero la administración de justicia es asunto de los escabinos, no suya, de modo que deberíais desaconsejarle que emprenda nada por su cuenta. Recomendadle que deje el asunto en nuestras manos.

Habían llegado a la sala de la asamblea.

—Después de vos —dijo el escabino, y con una sonrisa amable cedió el paso a Bodo Schuif.

Bodo inclinó la cabeza dignamente y entró.

El otro lo siguió con la mirada. Luego dio media vuelta, bajó la escalera con largas zancadas y salió a la Judengasse.

 

Las últimas palabras

—Índice —dijo Jacop.

—Nunca aprenderá, ¿no?

—Rolof, vieja mofeta, si quisiera saber tu opinión, hubiera gruñido —replicó Richmodis sonriendo.

—No hables así con Rolof —refunfuñó desde su rincón Goddert, que había insistido en acompañarla hasta allí; se sirvió vino en una gran copa y añadió—: También la mofeta es una criatura de Dios.

Jacop cogió su dedo índice y lo llevó con suave firmeza sobre el agujero correcto de la pequeña flauta. Habían estado practicando desde que Jaspar se había ido. Por desgracia, el talento de Richmodis no guardaba la menor relación con sus otras virtudes. Su forma de tocar era, y siguió siendo, tan irregular como su nariz.

—No consigo hacer este cambio de aquí allá —se quejó.

—¿Dónde es de aquí allá? —la interrogó Jacop.

—¡Pues de aquí… allá!

—Lo conseguiréis si estáis decidida a aprenderlo. Ahora soplad.

Richmodis se llevó obedientemente el instrumento a los labios y cogió aire. El resultado apenas podía describirse como música. Encantador como una mordedura de serpiente, pensó Jacop.

—Lo dije —gruñó Rolof—. Nunca aprenderá.

—Lo hará —replicó tozudamente Goddert—. Solo necesita practicar un poco.

—Tengo la sensación de que se me rompen los dedos. —Richmodis dejó caer la flauta sobre la mesa, hizo un mohín de enfado y miró a Jacop bajo sus largas pestañas —. ¡Os salvo la vida y vos me torturáis!

—¿Torturar? —exclamó Jacop desconcertado—. ¿Pero no queríais…?

—Lógica femenina —rio Goddert entre dientes—. En casa, todo el día es lo mismo.

—Vamos, Jacop —zumbó Richmodis—. ¿No podríais tocar algo?

—¡Richmodis! ¡Así no aprenderéis nunca!

—¡Yo quiero aprender! ¡Pero necesito… inspiración! —Sonrió dulcemente, y Jacop sintió que su corazón se derretía—. Otra vez, por favor, os lo ruego, para que el gordo Rolof se ponga en movimiento. Tocad algo para bailar, y os prometo que practicaré día y noche.

—¿Ah, sí? —dijo Jacop, sonriendo con ironía—. Bien, no puedo resistirme a eso.

Cogió su flauta y empezó a tocar una rápida melodía campesina.

Enseguida Richmodis saltó y empezó a tirar de Rolof hasta que el criado, murmurando y gruñendo, empezó a patear la habitación dando pesados pasos de baile. Luego, el asunto empezó a divertirle, y del pateo pasó a un pataleo atronador que hacía temblar el suelo. Richmodis giraba a su alrededor lanzando chillidos de alegría. Jacop vio su cabello volando y aceleró el ritmo mientras con el pie marcaba el compás golpeando contra las tablas. Goddert decidió colaborar y se puso a golpear la mesa con el puño.

La puerta se abrió.

Jaspar Rodenkirchen entró en la habitación, se quedó mirando fijamente con los ojos muy abiertos y volvió a salir.

—Oh —exclamó Rolof.

Jacop dejó la flauta.

Richmodis hizo una mueca, colocó las manos en torno a la boca y llamó:

—¡Tío Jaspar!

Jaspar volvió a entrar y lanzó un suspiro de alivio.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Goddert con prevención.

—¿Me preguntas qué ha pasado? —Jaspar se rascó la cabeza—. Que he entrado en la casa equivocada. Aquello pasaba de la raya, había cuatro locos ocupados en echar las paredes abajo. Gracias a Dios que vosotros, en cambio, sois tan moderados y razonables y que Jacop seguro que ha partido la leña. ¿No es verdad, zorrito?

—La leña, eh… mmm, sí.

—Y Goddert, el buen Goddert, está bebiendo agua del pozo. Déjame ver, Goddert, gordo cangrejo de río. ¡Oh, si es vino! ¿De dónde lo has sacado?

—Bueno, ya sabes… —se volvió Goddert.

—No, no sé.

—Tu bodega estaba abierta, y pensé que antes de que pudiera entrar alguien y lo robara todo… Ya sabes, era un caso de extrema necesidad…

—Ah, bueno. Pensaba que habías repetido el milagro de Caná. ¿Es posible que esta sea mi bodega y, por tanto, también mi vino?

—¿Tu vino? —se extrañó Goddert y lanzó una mirada de estupefacción a la jarra —. Pero ¿cómo sería posible eso, querido Jaspar, si ya san Benito, el monje, indicó

bien claramente en la [39] Vita apostolica que nada te pertenece, ni siquiera el hábito que cubre tu cuerpo?

—¡No tienes vergüenza! ¡Te tragas mi vino y te atreves a lanzarme a la cabeza a san Benito!

—¿Y tú, le negarías a un viejo amigo la última copa?

—¿Qué? —gritó Jaspar asustado—. ¿Tan grave estás?

—No, pero imagínate que muriera; en ese caso esta jarra de vino sería tal vez mi última alegría. ¿Acaso quieres privarme de ella?

—Tú no te vas a morir. Estás demasiado ocupado en arruinarme para eso.

—¿Cómo? Imagínate que me da un ataque justo en este momento.

—¡Imposible!

—¿Ah, sí? Y ¿qué se opone a ello?

—Es verdad; nada en absoluto.

—¡Mal rayo te parta! ¡Eres un mezquino sin corazón! Imagínate, pues, que vinieran, naturalmente sin justificación, a acusarme de un crimen y quisieran quemarme ante las puertas de la ciudad. ¿No te consumiría entonces el dolor?

—Tú no ardes. Estás hecho solo de vino y grasa. Apestaría, pero no ardería.

—¿Es posible que seas tan despiadado?

—¡Yo no soy en absoluto despiadado!

—Sí, ¡eres mezquino! ¡Haces remilgos por un par de pintas! ¡Bah, qué detestable, me avergüenzo de ti!; ¡no te preocupes que no volveré a tocar tu estúpido vino, viejo carcamal! Toma ejemplo del sacerdote Ensfrido, cuando quería ir a misa el día de la fiesta de San Gereón y un pobre le pidió limosna. Y porque en ese momento no llevaba nada encima, aquel hombre venerable fue a un rincón de la iglesia de nuestra santa Madre de Dios María, ya sabes, donde el domingo de Ramos los obispos acostumbran conceder indulgencias al pueblo, se sacó los calzones y se los dio conforme a lo que exige la compasión cristiana. E incluso quiso ocultar esa buena obra, de modo que después no podía sacarse las pieles junto a la chimenea y el benefactor Federico…

—Tonterías. Tu sacerdote Ensfrido es un invento del viejo Heisterbach. ¿Me pedirás al final que te dé mis calzones?

—¡Que el Señor nos proteja de la contemplación de tu figura desnuda!

—Quiero decirte algo, Goddert; puedes beber a mi costa hasta que revientes, pero quiero que antes me pregunten, creo que me he ganado ese mínimo respeto antes de que bajes ahí abajo y saques unas pintas.

—¡Está bien, está bien! Te preguntaré, pues, con las palabras siguientes. ¿Tomamos uno más?

—¡Tomemos uno! —Jaspar chasqueó con la lengua, de nuevo del mejor humor, y añadió—: Mientras Goddert sirve un nuevo vaso de donde ha encontrado el otro, tal vez podría condescender a hablaros sobre los éxitos de la mañana.

—¿Por qué solo dos vasos? —preguntó Richmodis con retintín.

—Porque la bebida antes de la sexta solo está permitida a los bebedores con una larga práctica y Jacop tiene que mantener la cabeza clara.

—¿Habéis localizado a los testigos? —preguntó Jacop, exaltado. Al mismo tiempo sintió cómo en su interior crecía el miedo, que en las últimas horas había conseguido refrenar hasta cierto punto.

—Hummm… —reflexionó Jaspar—. ¿Debo decíroslo realmente?

—¡Os lo ruego!

— [40] Manus manum lavat. Si hubierais partido la leña…

—Os cortaré todo un bosque, ¡pero no me tengáis en el potro de tortura!

Tengo que saber si estoy loco, pensó Jacop. Su experiencia le parecía ahora tan lejana, tan irreal, que de pronto empezó a dudar de si había visto en verdad a la sombra de las melenas infernales.

Pero Maria y Tilman estaban muertos. O ¿también lo había soñado?

Jaspar esperó con toda calma a que Goddert llegara con el vaso, echó un buen trago y se lamió los labios.

—¡Ah, sabía que me faltaba algo! Bien, Jacop, teníais razón. No solo he localizado a esos turbios testigos, sino que incluso he hablado con ellos.

—¿Y?

—Son dos monjes mendicantes, Justinius de Singen y Andreas de Helmerode. Uno de ellos se da aires de pureza. Pero su hermano en espíritu es bastante más receptivo a las pequeñas tentaciones de la vida cuando las ve aparecer en forma de monedas tintineantes. Quiere cambiar de bando.

—¡Eso quiere decir que efectivamente fueron sobornados!

—¡Sí!

—¡Demonios! —Jacop se dejó caer hacia atrás y respiró profundamente.

—Tenemos una cita con esos puros hermanos. En esta ocasión deberíais venir conmigo; os proporcionaré una bonita capucha y una toca como las que se llevan en el baño.

—¿Cómo que en el baño?

—Ah, sí, me olvidé de mencionarlo. Nos encontraremos con ellos en la sala de baños frente a San Martín el Menor.

—¿Monjes en los baños?

—Bien… eh… puede suceder —dijo Jaspar titubeando—. Por lo demás, ¿para qué os interesa eso? ¿No queréis darme las gracias por mis sacrificados servicios? Naturalmente, no me encuentro en situación de reunir cuarenta marcos de oro, que es lo que quieren recibir Andreas y Justinius por modificar su opinión y revelarla públicamente ante el Consejo de la ciudad de Colonia.

—No lo harán —le interrumpió Richmodis—. Es posible que te confiesen a ti que han sido comprados, pero no a los jueces. De ese modo admitirían que antes mintieron.

—¿Y qué importa eso, gansa petulante? ¿Qué podría pasar entonces? No han matado a nadie, solo deben admitir que vieron a alguien y describirlo. Pueden afirmar que callaron por miedo, porque pensaban que tenían que vérselas con el diablo. Luego gimotean arrepentidos, de modo que probablemente los echan de la ciudad y se acabó. Con cuarenta marcos de oro en el bolsillo, eso no les importa demasiado.

—Pero no van a obtenerlos.

—No. Pero si nos revelan quién es el asesino de Gerhard, lo haremos público de todos modos, y entonces su vida no valdrá un centavo. A no ser que se pongan bajo la protección de los escabinos. De manera que no les queda más elección que confesar la verdad, con dinero o sin él.

—¿Cuándo es la cita? —preguntó Jacop.

—Aún faltan más de dos horas —replicó Jaspar muy tranquilo.

—Dos horas —murmuró Goddert—. Deberíamos rezar a la Virgen María…

—Magnífico, Goddert. Tú te encargas de la oración mientras yo reflexiono. — Miró a Jacop y arrugó la frente. Luego se le iluminó el semblante—. ¡Ajá! ¡Ahora recuerdo lo que quería saber esta mañana! Aún no me lo habéis dicho.

—¿El qué?

—Las últimas palabras de Gerhard.

—¡Cierto! ¿Cómo había podido olvidar algo tan importante?

—¿Y bien?

Jacop reflexionó.

—No es lícito.

—¿Qué no es lícito? —preguntó Richmodis extrañada.

—Eso dijo Gerhard: «No es lícito». Esas fueron sus últimas palabras: «No es lícito». No me parece nada enigmático. Al fin y al cabo, lo empujaron a la muerte; yo, en su lugar, también lo hubiera encontrado ilícito.

Rolof soltó una risotada e instantáneamente volvió a recuperar la seriedad.

—«No es lícito» —caviló Jaspar, sin prestarle atención—. ¿Creéis que estaba pensando en el crimen que habían cometido contra él?

—¿Y en qué si no?

El físico sacudió enérgicamente la cabeza.

—No lo creo.

—Las últimas palabras siempre tienen, de hecho, algo místico, iluminador — aprobó Goddert levantando el índice.

—No, Goddert, no lo tienen —le contradijo Jaspar irritado—. Hay mucha tontería en eso de las últimas palabras. ¿Crees que alguien que está en el suelo destrozado se toma el trabajo de soltar algo tan original y velado como sea posible, como si de pronto cualquier asno tuviera que convertirse en poeta solo porque la vida se le escapa?

—La liberación del alma de la cárcel de la carne ha inspirado ya en muchas ocasiones palabras edificantes. San Francisco de Asís incluso hizo poesía.

Goddert sacó pecho y declamó:

Alabado seas, Señor,

por nuestra hermana, la muerte carnal;

a ella no puede escapar ningún viviente.

¡Ay de los que mueren en pecado mortal!

¡Bienaventurados los que se encuentran en Tu santa gracia! Pues ellos no serán mutilados por la segunda muerte.

—¡Por todos los santos, Goddert, de quien pensaba que nunca había aprendido nada! —se sorprendió Jaspar—. A pesar de todo, no tienes razón, porque el gran santo escribió estas líneas mucho antes de su Cántico al sol, aunque solo las diera a conocer en su lecho de muerte. Hay mucha hermosura en ellas, pero ninguna espontaneidad.

—Pues toma al arzobispo Anno; ¿no vio acaso el fin de Colonia en su lecho de muerte?

—Anno tenía fiebre, y su agonía duró más de nueve semanas. Tuvo tiempo suficiente para pensar bien en sus últimas palabras.

—Pero llamó a san Pedro y a todos los santos a proteger la ciudad de Colonia.

—Probablemente esto tenía que ver más bien con su propia purificación, después de que creyera que la Virgen le había enviado las terribles visiones como castigo por su poca consideración hacia los colonienses.

—¡Anno fue un gran señor y santo de Colonia que no necesitaba esos pretextos! Amaba a los colonienses con todo su corazón.

—Tú debías de conocerlo especialmente bien, ya que su muerte se remonta a

doscientos años, mientras que yo solo he leído la [41] Vita Annonis. Pero, con todos los respetos para tu piedad, si realmente quieres saber cuál era la actitud de Anno con respecto a los colonienses, solo tienes que pasarte por el convento de Siegburg. Si quería tanto a los colonienses, ¿por qué está enterrado allí y no en Santa María ad Gradus? Y por lo que se refiere a su santidad, no dudo del número de sus milagros, pero si te interesa mi opinión, hizo arrancar más ojos de los que curó. No es extraño que en el lecho de muerte buscara reconciliarse con los colonienses, pero sin duda no en atención a ellos, sino solo por el purgatorium.

—Si fuera un clérigo, te acusaría de pronunciar discursos blasfemos. A veces me pregunto realmente quién de nosotros dos es más religioso, tú con tu hábito o este esforzado tintorero.

—Tú no eres ningún esforzado tintorero, sino un viejo borrachín con una esforzada hija. De modo que para que te olvides de esas pamplinas de las últimas palabras, deberías saber que Clara de Asís se despidió de la vida hace siete años con las siguientes palabras: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», lo que es piadoso, pero en absoluto espectacular o especialmente místico.

—¿Y qué pasa con todos los santos que soportaron una muerte violenta — exclamó Goddert, que estaba rojo como un tomate— y a pesar de todo encontraron todavía palabras de desprecio para sus torturadores o contemplaron el futuro?

—¿Estabas tú allí? La mayoría de ellos debieron de decir «Ay». Se trafica con las últimas palabras como con las reliquias. Hace tres meses, Conrado envió al rey francés a Royaumont un relicario que, según se dice, contiene las reliquias de santa Berga. Si esto sigue así, deberemos añadir un cero más a las once mil vírgenes para explicar la aparición milagrosa de huesos santos.

Goddert se dispuso a contestar, pero en lugar de hacerlo, dejó oír un gruñido ahogado y derribó un vaso de vino.

—Y ahora un hombre estrellado contra el suelo —dijo Jaspar, y miró pensativamente al corro de oyentes—. ¿Qué sucede en su interior? Se está muriendo, y lo sabe. ¿Comentaría su muerte con las palabras «No es lícito»? A nadie se le ocurriría acusar a Dios de ser injusto cuando ha querido llamarle a su seno, aunque sea por la mano de un asesino.

—Pero ¿qué es lo ilícito entonces? —preguntó Jacop confuso—. Si Gerhard no se refería a sí mismo, tal vez tenga que ver con algo místico, como decía Goddert.

Goddert asintió enérgicamente con la cabeza.

—Nada místico —opinó Jaspar, y apoyó su largo mentón en las manos—. Pedro Abelardo ha dicho que el lenguaje no es el velo de lo real sino su expresión. ¿Qué realidad quiso expresar, pues, Gerhard? O dicho de otro modo: ¿por qué tuvo que morir?

—Tal vez un rival —propuso Goddert no muy convencido—. A muchos les gustaría tener el cargo de maestro constructor de la catedral.

—Hay un joven llamado Arnold —caviló Jaspar—. Un buen cantero. Hummm… Por lo que sé, el capítulo catedralicio hace tiempo que piensa en él.

—En ningún caso querría acusar al capítulo catedralicio de nada indigno —se apresuró a asegurar Goddert—. Solo pensaba…

—¿Y por qué no?

Goddert lo miró con la boca abierta. Esta vez parecía realmente impresionado.

—¡Jaspar! ¿Cómo podría caer ni siquiera una sombra de sospecha sobre los venerables canónigos? A ellos debemos agradecer la erección de esa santa obra.

—¿Te refieres a la catedral? No es ninguna obra santa.

Goddert enrojeció aún más.

—¿Por qué dices eso ahora? ¿Cómo puedes decir algo así? Eres como un macho cabrío que solo quiere embestir contra todo.

—No. Ocurre que casualmente sé que Conrado de Hochstaden ha colocado la primera piedra precisamente en el lugar de su futura sepultura, lo que justifica la pregunta sobre si se está construyendo aquí el templo del Señor o el del arzobispo. Y que en el capítulo de la catedral se andaban por las ramas al tratar sobre el tema de la construcción hasta que Goswin de Randerath y Ulrich de Steine señalaron que de este modo podían jugar una mala pasada al instituto de priores, lo que despertó las risas de todos.

—¡Eso te lo has inventado! —bufó Goddert.

—Eso me lo ha contado el escolástico Franco, y él debe saberlo, porque estaba allí. Piénsalo bien. En el siglo pasado eran todavía los priores los que elegían al obispo; ahora lo hace el capítulo de la catedral, en cuyo coro se sientan personalidades tan ilustres como el arzobispo, el Papa y el emperador. Sin embargo, en opinión de las órdenes mendicantes, el capítulo ha descuidado su misión eclesiástica de forma vergonzosa, dado que ni siquiera viven ya en común, como corresponde a una pía comunidad…

—Pero ¡esto es una estupidez! ¿Cómo van a vivir juntos el Papa y el emperador?

—Los que se oponen al capítulo saben esto tan bien como tú. A pesar de todo, los priores han tratado de conseguir el apoyo de los poderosos superiores de las órdenes para arrebatar de nuevo el poder a los miembros del capítulo. El Papa es tornadizo, y al emperador no le importa quién elija al obispo. Si mañana lo hicieran los miembros del instituto de priores también le parecería bien. En esta situación se decidió la construcción de la catedral, querido Goddert, porque Conrado quiere erigirse un monumento y el poder del capítulo apoyado en los fundamentos de semejante catedral sería prácticamente inquebrantable. La catedral es política.

Goddert golpeó la mesa con la palma de la mano.

—¡Lo arrastras todo por el fango! —gritó enojado.

—Está bien. —Jaspar levantó las manos en un gesto apaciguador—. Que el Señor te conserve la fe. De todos modos, te alegrará saber que he llegado a las mismas conclusiones que tú. El capítulo de la catedral no tiene nada que ver con la muerte de Gerhard; de hecho, no hubieran podido encontrar a nadie mejor que él. Y de ese Arnold tampoco se sabe nada malo. Probablemente, será el sucesor de Gerhard simplemente porque es un joven cantero muy capaz. —Y añadió con un suspiró—: Con lo que volvemos a la pregunta sobre lo que quería decir Gerhard con las palabras «No es lícito».

—Tal vez se refería al futuro —sugirió Jacop.

—¿El futuro? —repitió Goddert como un eco.

—Sí. A algo que debía suceder aún. Algo tan importante como para dedicarle sus últimas palabras. Tal vez conocía algún secreto que le pesaba en el alma. Tanto que era de esperar que fuera a exponerlo ante todos y a pregonar públicamente lo que consideraba ilícito.

—¡Y revelar así su oscuro secreto, que es también un secreto de otros! ¡Espléndido, Zorro! —dijo Jaspar muy excitado—. Gerhard Morart sabía algo que no debía saber. Lo mataron para que se llevara el secreto, o mejor, el secreto de su asesino, a la tumba. Se había convertido en un peligro.

Richmodis tragó saliva y miró a Jaspar.

—Entonces ¿no se trata del crimen cometido contra el maestro constructor?

—No. Probablemente es otro distinto. Algo que todavía ha de suceder.

—Que Dios nos proteja —susurró Goddert—. No me atrevo a imaginar lo que puede ocultarse tras eso. Alguien que incluye en sus planes la muerte del maestro constructor tiene que pensar en algo más grave que una simple granujada.

—Otro asesinato, ¿no? —dijo Rolof como de paso.

Todos volvieron la cabeza hacia él.

Pero Rolof ya estaba ocupado de nuevo con una pera.

—Ese no puede ser mi Rolof —se burló Jaspar—. Alguien debe de haber hablado por su boca.

—Pero ¡podría ser cierto lo que dice! —exclamó Richmodis.

—Tienes que ir a ver a tu amigo escabino —le apremió Goddert—. ¡Debes contárselo todo!

—No —decidió Jaspar—. Aún no.

—No tiene sentido que investiguemos nosotros el asunto. Es demasiado peligroso.

—Entonces corre a casa, viejo gallina. ¿No eras tú quien quería ayudar a Jacop como fuera? Todavía no podemos ir a los escabinos; primero tenemos que poner a los supuestos testigos de nuestro lado. Y ahora que lo pienso, ¿no te sobrarán cuarenta marcos de oro?

—Sí, Jaspar —murmuró Goddert—. Cuatro mil me sobran. Soy el hombre más rico de Colonia.

—De acuerdo.

—Tío Jaspar, a mí no me parece mala idea —dijo Richmodis—. Informemos al colegio de los escabinos, es el único camino para proteger a Jacop, y de todos modos podemos hablar con los testigos.