Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 27 de 72

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Las sombras de la catedral

Memento mori

—No —aceptó Jacop.

—¿Veis? Eso quería explicaros. Ni más ni menos. Para reconocer la verdad, debéis poder dudar de ella. Dicho de otro modo, si os encontráis en un apuro, tenéis dos posibilidades. Huir a la desesperada, como hasta ahora…

—¿O?

—O utilizar vuestra cabeza. —Jaspar se puso en pie—. Pero no olvidéis —dijo con severidad— que sigo sin tener ninguna prueba de que decís realmente la verdad. —Luego en sus labios volvió a aparecer una sonrisa—. Sin embargo, me gustáis, y al menos quiero tratar de descubrirla. Por el momento podéis vivir aquí. Consideraos, sencillamente, mi criado. Y ahora acostaos unas horas. Os veo un poco pálido.

Jacop expulsó el aire despacio.

—¿Qué queríais decir con eso?

—¿Con qué?

—Con que debo utilizar la cabeza. ¿Qué creéis que debo hacer, en lugar de huir?

Jaspar abrió los brazos.

—Está bien claro, ¿no? ¡Atacar!

 

Memento mori

Mathias estaba de pie ante el cuerpo amortajado de Gerhard Morart, absorto en sus recuerdos.

Se había entendido bien con el maestro. Aunque eso no quería decir necesariamente que hubieran sido amigos. Mathias no hubiera sacrificado a un amigo. Por otra parte, difícilmente hubiera podido hacerlo, porque Mathias, en el fondo, no tenía amigos. Pero un rasgo de carácter fundamental le unía a Gerhard, una marcada objetividad del pensamiento y la capacidad de planificar durante meses y años. Pocas personas veían el tiempo como algo planificable. Los místicos incluso negaban su existencia, porque dentro de un tiempo que se desarrollara de forma continuada era posible aquello que condenaban como herejía: el progreso, el veneno de los lógicos, con su Roscellinus de Compiègne, Pedro Abelardo, Roger Bacon, Anselmo y todos los demás. A la mayoría el tiempo les parecía algo dado por Dios que no había que utilizar, sino consumir, distribuido en vigilias y laudes, prima, tercia, secta, nona, vísperas y completas, dormir, levantarse, comer, trabajar, comer, dormir.

Pero con el tiempo como escenario de la labor creadora surgía la cuestión de qué podía hacer en realidad un hombre en un período de su vida. En contra del éxtasis místico aparecieron los conceptos del inicio y, sobre todo, de la consumación. Pero para consumar algo había que vivir tiempo suficiente. Como conclusión en sentido inverso, en círculos intelectuales se planteaba cada vez con más frecuencia la cuestión de si el hombre vivía tiempo suficiente para poder completar lo que empezaba. ¡Una pregunta ante la que los tradicionalistas ponían el grito en el cielo!: ¡crítica a Dios!, ¡herejía!, ¡el hombre debía ser sujeto paciente, no creador! Cuando el simbolismo y el misticismo reavivados hablaban de la cruzada, hablaban también de la cruzada contra los humanistas. La cristiandad volvió a dividirse, así, en campos enemigos, y Gerhard Morart, que había emprendido la tarea de consumar lo incompletable puro, se vio desgarrado entre ellos.

También a Mathias le interesaba la disputa. Al fin y al cabo, él también colocaba una piedra sobre otra al construir el imperio de los Overstolz. No por casualidad llamaban a los comerciantes, con burlona aprensión, los compradores de tiempo. La inmovilidad no existía para ellos.

Habían discutido a menudo si la consumación de una obra era realmente su coronación; si el pensamiento y el propósito de construir una nueva catedral, requería también por fuerza acabarla, y si era importante vivir personalmente la realización final de las propias ideas. Pero en ese punto sus concepciones divergían. Mientras que la objetividad de Mathias, como él mismo sabía, debía atribuirse a una falta de fantasía, y esa carencia se traducía en ambición comercial y obtención de rápidas ganancias, para Gerhard la objetividad era solo el mejor método para dar a lo manifiestamente irrealizable un fundamento de probabilidad. En último término, Gerhard había sido un visionario ardiente, animado por el pensamiento de crear algo totalmente nuevo, de introducir un estilo arquitectónico revolucionario para oponer a la arquitectura de su era, maciza y arraigada en la tierra, dominada por la piedra y las sombras, la pura luz, elevada, fina y sublime, y sobre todo carente de limitaciones dimensionales. La anticipación de la Jerusalén celestial, donde Dios reinaba en su trono con los ángeles, no debía tener ya nada de una fortaleza. En las fortalezas habitaba solo el diablo.

Eso era una absoluta novedad. Y aunque Gerhard contaba, casi sin excepción, con el respeto y la admiración de sus contemporáneos, al menos para algunos de ellos caía con demasiada frecuencia en el error de adoptar el papel del creador. No era de extrañar, pues, que el pueblo llano le hubiera atribuido, con el tiempo, poderes mágicos y que se cuchicheara que había obtenido en secreto el auxilio del Maligno. Dentro del campo de las órdenes mendicantes, en particular, había muchos que no hubieran lamentado en absoluto verlo acusado de herejía y ardiendo junto con Conrado de Hochstaden y Alberto Magno. ¿No había anunciado para 1260 Joaquín de Fiore, al que tanto valoraban los franciscanos, la irrupción de una nueva era, de una Iglesia realmente pobre? ¿Y debía ser la monstruosa muestra de la presunción humana que allí surgía la expresión de esa pobreza? Para muchos, las profecías de Joaquín eran indiscutibles, de manera que la nueva catedral, la más ambiciosa de todas las empresas, solo podía atribuirse a la influencia del diablo.

Pero en ese caso, junto a Gerhard, debían haber ardido también el Papa y el emperador, que promovían su construcción. Y poner en duda sus decisiones en público no era inteligente si uno no quería encontrarse de pronto sin cabeza, ahogado, hervido en aceite o descuartizado. El pontífice había descrito la catedral como una obra santa, y era mejor no agraviar a una obra santa.

De modo que los críticos de la catedral de Colonia se conformaban con predicar en términos generales sobre los inmorales antros de la vanidad, con lo que no explicaban nada nuevo pero tampoco arriesgaban nada, y el supuesto pacto de Gerhard con el diablo pronto se citó solo en un tono de folclórica benevolencia.

Pero el auténtico genio del maestro constructor no se había manifestado tanto en idear una obra como la nueva catedral, la iglesia por antonomasia, sino en hacerla surgir en la realidad. Los planos no eran el resultado de una exaltación entusiasta sino de la razón lógica. Gerhard se concebía a sí mismo como un científico en persecución de unos objetivos absolutamente acientíficos. Delimitaba el espacio para los más libres vuelos espirituales con la cinta y el compás, sometía a la divina inspiración, en su pretensión de ajustarla a la ley universal, a la fría plomada, y hacía culminar la embriaguez del infinito impulso ascensional a una altura mensurable. Con cada tramo construido, se hacía más consciente, dolorosamente consciente, de la pequeñez del hombre ante Dios y de lo deplorable de su intento de superarse a sí mismo.

La patente contradicción de su trabajo había hecho dudar a Gerhard de sí mismo. Aunque pudiera acabar aquella iglesia imposible, no podría darle un sentido. La obra se desmentía en el mismo momento de su surgimiento. Solo funcionaba en la cabeza, y no podría alcanzar ninguno de los objetivos por los cuales había empezado su construcción.

El arzobispo Conrado no había puesto la primera piedra de la nueva catedral, sino una lápida funeraria.

A pesar de todo, no parecía que Gerhard hubiera sopesado nunca, ni siquiera por un momento, la posibilidad de abandonar el encargo. Interiormente desgarrado, se había plegado a la secularidad de su misión y se había entregado al vértigo de la arquitectura y del frenesí artístico. El dinero no faltaba. El Papa escribía, complaciente, bulas de indulgencia, príncipes y clérigos acomodados donaban sumas considerables, y a ello había que añadir las ofrendas del altar de San Pedro. Mientras

tanto, los [25] petitores arzobispales recorrían el mundo incansables; hacía pocos años, Conrado de Hochstaden había rogado a Enrique III de Inglaterra que recomendara a los colectores a su pueblo, y las aportaciones habían sido excepcionales.

Gerhard construía como si le fuera la vida en ello. Y de eso justamente se trataba.

Cuando finalmente comprendió que nunca vería su obra terminada, ni siquiera el coro completo, se sumergió aún con más encarnizamiento en el trabajo. Era su

iglesia, su idea, ¡él era el [26] initiator nove fabrice maioris ecclesie! Y seguía existiendo el poder de la lógica. Había terminado la catedral sobre el pergamino. La catedral imposible había vivido en su cabeza, más allá de las ataduras del espacio y el tiempo, mientras él mismo había vivido.

Mathias sacudió la cabeza compasivamente. «Tenías razón —dijo al muerto en voz baja—. No has alcanzado ninguno de tus objetivos».

Gerhard llevaba una valiosa mortaja. Hacía ya algún tiempo que la había encargado y había obtenido de Conrado de Hochstaden la gracia de colocarla sobre las reliquias de los Tres Reyes solo un momento. Poder gozar de la escolta de los sabios de Oriente había sido su más íntimo deseo.

¡Memento mori[27]!

Mathias observó cómo los monjes dominicos colocaban el paño sobre la cabeza de Gerhard y lo cosían. Cada uno dio una puntada, mientras el rumor de sus cantos y rezos llenaba la habitación. El olor del incienso impregnaba el aire. Gerhard fue incensado y rociado con agua bendita.

Guda, la viuda de Gerhard, estaba sentada junto al muerto, sumida también en profunda oración. La noche anterior había lavado el cadáver, los sacerdotes lo habían embalsamado y luego habían hecho guardia con los allegados y vecinos, y rezado por el alma de Gerhard.

¿Por qué yo no rezo por su alma?, pensó Mathias. No tuve con él ninguna desavenencia.

Porque no puedo hacerlo, constató serenamente.

Miró alrededor.

No había mucha gente reunida en la habitación en penumbra. La calle hormigueaba de personas que querían despedirse del maestro o sencillamente sentían curiosidad por contemplar el cortejo. En la casa, en cambio, solo podían entrar religiosos, familiares, amigos y nobles. Con excepción de algunos de los monjes, Mathias los conocía a todos. Por parte de los Overstolz, ya en la noche precedente su esposa Gertrud y la de Johann, Hadewig, habían corrido a la casa para acompañar a Guda en su duelo y encontrar consuelo juntas en la oración. Johann y Theoderich se encontraban tras él y contemplaban con rostro inexpresivo el cadáver, mientras Daniel, aburrido, miraba al techo. Diferentes maestros del gremio de los canteros habían organizado a toda prisa una congregación para los rezos. Dos hijos de Gerhard de los conventos de San Gereón y San Pantaleón, así como una hija del monasterio de los cistercienses de Gevelsberg que estaba de visita cuando sucedió la desgracia, se encontraban arrodillados junto a Guda. Y habían acudido también otras familias nobles.

Del linaje de los Kone solo se encontraba presente Kuno, que, con expresión hierática, hacía caso omiso de los demás.

Mathias lo contempló, cejijunto.

De pronto le llamaron la atención dos extraños que entraron en la habitación, se arrodillaron ante el muerto, se persignaron y saludaron con la cabeza a Guda humildemente antes de volver a salir. Por sus ropas debían de pertenecer a alguna de las numerosas órdenes mendicantes. Solo se habían quedado unos instantes, pero Mathias creyó saber quiénes eran. Se separó discretamente del grupo de los deudos y salió deprisa tras ellos.

Estaban parados junto a la casa, hablando a la gente y gesticulando.

—… y contemplaba el cielo mientras caminaba sobre los tablones —dijo uno en voz alta.

—Seguro que vio al Espíritu Santo —gritó el otro—. Su rostro estaba transfigurado…

—Viera lo que viera, perdió de vista el suelo bajo sus pies…

—¡Eso fue!

—Y con todo, en un último esfuerzo por salvarlo, aún le grité…

—… ¡y yo, y yo!

—Señor, le grité, vigilad vuestros pasos…

—Cuidado, que os caeréis…

—… no sigáis adelante. Pero ya era demasiado tarde. Lo vi caer. Como una manzana seca cayó, sí…

—¡Y la caída le partió los huesos!

—… ¡y quedó hecho pedazos, como una vara podrida!

La multitud contenía el aliento. Mathias se apoyó en la jamba de la puerta y observó interesado la representación. El más bajo de los dos, un tipo corpulento, había hablado con pasión.

—Y cuando fuimos hacia allí —declamó—, para ver al hermano caído y prestarle ayuda espiritual, todavía abrió los ojos…

—¡Se estaba confesando!

—¡Confesaba sus pecados, sí! Que el Señor quiera perdonar mis grandes faltas, dijo, como yo perdono a mis deudores…

—¡Amén!

—… que la gracia del Señor esté conmigo…

—¡Amén! Y murió.

—… y me conceda la paz eterna, dijo, y…

—¡Y murió!

—¡Sí, en el nombre del Señor! ¡Y murió!

—¡Amén! ¡Amén!

La gente estaba conmovida. Algunos hicieron la señal de la cruz.

Los dos monjes se miraron con manifiesta satisfacción.

—Contadlo otra vez, venerable hermano —chilló una mujer, mientras empujaba hacia delante a unos chiquillos sucios—. Los pequeños no lo han oído todavía.

El monje que había hablado más alto levantó las manos en un gesto implorante y abrió mucho los ojos.

—¡Oh, Señor! —se lamentó—, qué doloroso es dar testimonio una y otra vez de la muerte de tu querido hijo Gerardo, magister lapicide, rectori fabrice ipsius

ecclesie[28]. Hubiera dado mi vida por él, pero hágase tu voluntad. Sin embargo, verle caer, mientras mi hermano aquí presente, Andreas de Helmerode, y yo mismo permanecíamos en piadoso recogimiento al pie del ábside de la catedral, oh Virgen María, vaso propicio de la gracia y la compasión, fue como si me torturaran mil puñales ardientes. La luz de mi mirada quería extinguirse ante tanta aflicción. Pero ¿debemos quejarnos cuando a Dios le ha placido llevarse consigo al hermano Gerhard? ¿No deberemos alabar en santa alegría el momento en que —sin prestar ya atención a su mísero camino terrenal— orientó sus pasos a la resurrección? Porque, hermanos y hermanas, ¿qué es la muerte sino el verdadero nacimiento en Dios?, ¿qué debe ocupar nuestro espíritu, al contemplar el rostro de la muerte, sino es la emoción de saber que tal vez también nosotros nos presentaremos pronto ante el juez supremo para ser partícipes de su infinita clemencia? Sin duda, la catedral ha perdido a su maestro, pero otros seguirán, y el espíritu de Gerhard los iluminará. No queramos ser fatuos en esta hora, no queramos perdernos en el amor impuro hacia las cosas, hacia las piedras y las torres, el vidrio coloreado y el mosaico. ¡Sí, vimos caer a Gerhard, lo vimos precipitarse desde el punto más alto del andamio en su camino hacia Dios! ¡Llamadlo un accidente, que yo lo llamo providencia y gracia divinas!

—¿De qué se confesó Gerhard? —gritó otro.

El monje se puso como la grana y apretó los puños.

—¡Que el rayo de Dios caiga sobre ti y te haga arder en cuerpo y alma! —tronó —. ¿Cómo te atreves?

—¡Deberíais rezar, en lugar de hacer preguntas! —intervino el segundo monje, y volvió a persignarse—. ¡Vuestra oración debe ser incansable! ¿Acaso queréis ver en sueños a las pobres almas acusándoos de no haber dirigido todos vuestros sentidos a

la obtención del piadoso auxilio divino? ¡Entonad el credo, cantad el tedeum![29] Recordad que los muertos deben presentarse ante la corte celestial, y su pecado es su carga, y su arrepentimiento, la ofrenda que humildemente presentan. ¡Pero vigilad! ¡Al otro lado de la senda acechan los demonios! ¡El lobo de las tinieblas, la hedionda inmundicia, el súcubo infernal, espera al cordero en su camino hacia el misericordioso pastor! —Realizó un gesto amplio, como si quisiera condenar a Colonia con toda su comarca, y prosiguió—: Porque en verdad os digo que todos y cada uno de vosotros deberéis recorrer ese camino, y todos y cada uno desearéis que todas las oraciones de la cristiandad os protejan de las garras del Maligno, que tratan de arrastrar a las almas al más interior y tenebroso de los infiernos, donde Leviatán, en indescriptible éxtasis, se retuerce entre las brasas incandescentes y aplasta a los

hombres con sus garras incontables. [30] Memento mori, memento Ijob: Abre las puertas de sus fauces y en torno a sus dientes se instala el horror. Sus ojos son como el parpadeo del fuego primigenio. ¡De sus fauces saltan chispas abrasadoras y surgen teas encendidas! El vapor escapa de sus ollares como de una caldera hirviendo. Su aliento enciende carbones ardientes. ¡En la tierra no existe otro igual a él!

El cuadro de horror hizo su efecto, sobre todo porque a ninguno de los presentes le llamó la atención que el inflamado predicador confundiera la representación del diablo con la descripción del cocodrilo en el Antiguo Testamento. Muchos de los presentes palidecieron instantáneamente, algunos se cogieron la cabeza con las manos y exclamaron: «Señor, perdónanos».

—¿Queréis el perdón? ¡Rezad, entonces! ¿Acaso los ángeles que acompañaron a san Martín al más allá no tuvieron que disputar con los poderes infernales combates tan tremendos que acallaron el canto celestial? ¡Orad, orad!

—¡Sí, orar, orar! —Un murmullo recorrió la multitud. Las cabezas se inclinaron, las manos se juntaron, y algunos cayeron de rodillas sollozando y temblando.

El monje grueso lanzó una mirada de inteligencia a su compañero y señaló con la cabeza en dirección al extremo de la calle. Sin duda, consideraba que había llegado el momento de desaparecer. Los dos salieron caminando despacio del círculo de sus oyentes y luego aceleraron el paso.

Los testigos de Urquhart.

Mathias se recogió el manto, se abrió paso entre la multitud de orantes y corrió tras ellos.

—¡Reverendos hermanos! —gritó.

Los monjes se detuvieron, volvieron la cabeza, y a sus ojos asomó la desconfianza. Cuando vieron que era un hombre de origen noble, adoptaron al instante un porte devoto y los dos inclinaron la cabeza.

—¿Os podemos prestar algún servicio? —preguntó el gordo.

—¿Sois de verdad los únicos que vieron cómo caía Gerhard? —preguntó Mathias.

—¡Así es!

—Entonces solo quiero rogaros algo: allí donde acudáis, extended la fama de Gerhard Morart.

—Bien, sí…

—Sois monjes itinerantes, ¿no?

—Sí. —El más alto levantó el mentón orgullosamente—. Es voluntad del Señor, que nos ha enviado a predicar por todas partes. Decimos misa en los pueblos y las aldeas, pero a veces también acudimos a las ciudades.

—¡Una magnífica ciudad, esta Colonia, una ciudad santa! —añadió su compañero con emoción, y movió la cabeza a un lado y a otro como si no se cansara de contemplar aquellas bellezas.

Mathias sonrió.

—Sí, naturalmente. Relatad, pues, lo que habéis visto en la catedral. Contadlo en todas partes. Porque parece —reveló, inclinándose con gesto de conspirador— que algunos arrastran la memoria de Gerhard por el fango.

—¿Es posible? —jadeó el gordo.

—Por desgracia, así es. Dan falso testimonio en contra vuestra, y afirman que en realidad no fue un accidente.

Un relámpago de alerta cruzó por la mirada de sus interlocutores.

—¿Y qué dicen que fue?

—¡Asesinato! E incluso llegan a decir que del demonio.

—Desde luego eso es un tremendo disparate —dijo el monje hablando lentamente.

—Y es también un gran pecado afirmar algo así —completó el otro—. Suerte que el edificio de esas mentiras no tiene ningún fundamento, porque nosotros podemos dar testimonio de cómo ocurrió en realidad.

—Lo que es una bendición, queridos hermanos —asintió Mathias—. Demos gracias al Señor de que os guiara al lugar oportuno en el momento adecuado. ¿Puedo contar con vuestra ayuda?

Ambos asintieron con entusiasmo.

—¡Sin duda!

—Daremos noticia de ello en todos los lugares donde nos acojan.

—Si Dios vela por nosotros en el camino y llena nuestros estómagos con modestos alimentos.

—Lo que no siempre hace.

—¡Hermanos! ¿Quién podría criticar al Creador? Pero sin duda no siempre lo hace, seguramente para purificarnos y exhortarnos a la penitencia. Conformémonos, pues, con humildad.

—Y con hambre en ocasiones.

Lo miraron fijamente y sonrieron. Mathias sacó una moneda.

—Que el Señor esté con vos —murmuró el gordo lleno de unción, y la moneda desapareció en las profundidades del sucio hábito—. Y ahora, perdonadnos. Los deberes cristianos nos reclaman.

—Desde luego, venerables hermanos.

De nuevo pidieron perdón sonriendo y pusieron pies en polvorosa. Mathias los estuvo observando hasta que doblaron la primera esquina.

No sabía que Urquhart los hubiera enviado allí. No era mala idea. La gente había devorado su versión de los acontecimientos. El pelirrojo lo tendría peor ahora.

Pero no lo suficiente.

Mathias se estremeció al pensar en lo que aquel hombre podía llegar a hacer. ¡Tenían que encontrarlo!

Volvió apresuradamente a la casa de Gerhard.

En aquel momento el cortejo fúnebre abandonaba el edificio. Las campanas de la catedral vieja habían empezado a sonar sordamente. Por delante del féretro caminaban en procesión religiosos de diferentes órdenes, diáconos y monaguillos, el preboste de la catedral y el obispo auxiliar con todos sus ornamentos, con cruz procesional, recipientes de agua bendita, incensarios y velas, aunque era de día. El cadáver era transportado por los maestros y camaradas del gremio de los canteros, seguidos por Guda y los parientes y amigos. Monjas y beguinas que llevaban cirios cantaban salmos y rezaban. Una de las hermanas empujó a otra a un lado para estar más cerca del difunto. Altercados de aquel tipo estaban a la orden del día cuando se trataba de altas personalidades. Quien más rezara por la salvación del alma del dignatario, mejores perspectivas tendría el día del Juicio Final.

La capilla ardiente de Gerhard estaría instalada tres días en la catedral.

Monjes sentados junto al cuerpo entonarían kyries, y tal vez —a pesar de la prohibición— algún que otro canto profano, mientras balanceaban sin cesar los incensarios para cubrir los inevitables olores. La cosa no era tan mala en el frío septiembre, pero, de todos modos, tres días eran tres días.

Sin embargo, antes de eso venía aún la misa de difuntos, lo que significaba

escuchar prédicas sin descanso y luego, en la pujanza impetuosa del [31] dies irae,

evocar el fin del mundo y el Juicio Final, el tronar de las trompetas que paralizaba incluso a la muerte. Desde que los franciscanos habían introducido en la misa esos versos de un desconocido, del que se decía que los había grabado a martillazos en la piedra, el canto hechizaba a los creyentes con imágenes espeluznantes y visiones apocalípticas para consolarlos luego con el pensamiento de la misericordia de Jesús.

Mathias se introdujo en las filas y se puso a pensar en sus negocios.

En ese momento se desencadenó la pelea.

Daniel, que por desgracia caminaba directamente junto a Kuno, debió de decir algo. El caso es que, un instante después, cayó de pronto al suelo como si hubiera recibido un hachazo. Kuno lo había derribado de un puñetazo. Ahora, con el rostro desencajado por la ira, estaba tirando del caído para levantarlo y descargar un nuevo golpe.

Daniel, sangrando por la nariz, se agachó, embistió con la cabeza y alcanzó a Kuno en el vientre. Kuno se quedó sin aliento, retrocedió tambaleándose y le lanzó una patada a la entrepierna que consiguió el efecto deseado.

La parte delantera del cortejo siguió hacia delante como si nada hubiera sucedido, pero la parte posterior se inmovilizó.

Daniel desenfundó su espada. En dos zancadas, Mathias llegó junto a él y le hizo saltar el arma de la mano. Kuno enseguida se lanzó contra su adversario. Johann saltó entonces desde atrás y lo retuvo, mientras Mathias mantenía bien sujeto al iracundo Daniel.

—¡Dejadlo ir! —gritó Kuno.

—¡Basta! —dijo Johann en tono imperioso.

—No. Dejad que utilice su espada, ¡que todo el mundo vea a qué banda de asesinos pertenece!

—¡Imbécil! —silbó Daniel entre dientes—. ¿Quieres mi espada? La tendrás, preferiblemente entre los ojos, si quieres saberlo.

Mathias lo golpeó en la cara varias veces seguidas, muy rápido, y Daniel levantó las manos para protegerse.

—¡No quiero oír ni una palabra! ¿Entendido?

—Pero ha sido él quien ha empezado, yo…

—¡Tú te callas! —gruñó Mathias temblando de ira—. Esto es un cortejo fúnebre y no una juerga de borrachos. Eres la vergüenza de los Overstolz. ¿Tendremos que enterraros también a vosotros?

—Él me ha…

—Me importa un rábano lo que haya hecho —dijo Mathias, y dirigiéndose a Kuno, añadió—: Y tú desaparece. No quiero verte aquí. Hablaremos más tarde.

—Vos no tenéis nada que decirme —bramó Kuno, soltándose del abrazo de Johann—. Y menos sobre ese asesino, ese bastardo, este…

—Te equivocas —le interrumpió Johann con calma—. Te dirá lo que haga falta, porque si no, te haré azotar públicamente. Te lo advierto Kuno, no quiero oírte hablar de asesinos.

Las personas que los seguían, clérigos, patricios y burgueses, se agruparon a su alrededor intrigados.

—¡Te lo advierto! —repitió Johann.

Se encontraban uno frente a otro, respirando agitadamente, Kuno blanco como la cera, y su adversario con la cara deformada por el odio y el desprecio.

—¡Traidor! —soltó Daniel con voz ronca. Se secó la sangre del labio, cogió su espada y volvió a unirse al cortejo cojeando, sin dirigir a los otros una sola mirada.

Kuno lo siguió con la vista. Entonces se dio cuenta de que todos los ojos estaban fijos en él. Levantó la cabeza, y procurando mantener la dignidad, dio la espalda a la reunión y caminó con pasos rígidos en dirección opuesta.

—Lo quería demasiado —murmuró Johann.

—Sí, quería a Gerhard —dijo Mathias en voz alta, y se dirigió a la gente—. También Daniel lo quería, y en su amor se cegaron, y cada uno quiso estar más próximo a él que el otro. Así el amor se convierte en odio, y los amigos en enemigos. Perdonadlos. Acompañemos a Gerhard en su último viaje.

Extrañamente, la multitud pareció comprender aquella explicación improvisada a toda prisa. Como si Daniel hubiera sentido jamás algo parecido al amor por Gerhard. Todos volvieron a ponerse en marcha.

Johann se aproximó a él.

—Una buena mentira —dijo en voz baja.

—¡Maldito hijo de puta! —explotó Mathias, saltándose su habitual aversión por las expresiones groseras—. Si Kuno sigue así, podemos rezar todos nuestro último padrenuestro.

Johann permaneció un rato en silencio.

—No seguirá así —dijo finalmente.

—¡Eso es lo que tú dices! ¿Y tu loco hijo, que casi le corta la cabeza al otro loco? Esto tiene que acabar, Johann.

—Y acabará.

Mathias gruñó para sí una nueva maldición. La procesión se acercaba poco a poco a la catedral. El repique de las campanas hizo vibrar sus cuerpos.