Las sombras de la catedral

Frank Schätzing · Capítulo 28 de 72

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Las sombras de la catedral

El Forum Feni

¿Acabará…?

—¿Qué has querido decir con eso? —continuó Mathias.

—Anoche hablé con mi madre. Con respecto a Kuno, me recomendó la lectura de las Sagradas Escrituras.

—¿Qué le ocurre a Blithildis? —dijo Mathias sorprendido—. Ella siempre suele dar consejos firmes. Me cuesta creer que al final se haya vuelto sentimental. Pero, si fue idea suya el…

—Silencio. —Johann se llevó un dedo a los labios.

—Perdona —gruñó Mathias.

—Me sugirió que leyera los Salmos, porque allí había un lugar que, en su opinión, se ajustaba al caso. ¿Qué tal conoces la Biblia?

—Conozco mejor mis libros de cuentas.

—Era de esperar. Libro Quinto. Invocación al auxilio contra los enemigos despiadados.

Mathias frunció el entrecejo.

—No tengo idea.

—Tampoco yo antes. De modo que lo busqué y miré lo que nos aconseja madre.

—¿Y?

Johann lanzó un profundo suspiro.

—Está bastante claro. Allí se lee: «Corto será el número de sus días…».

—¡Caramba! —exclamó Mathias sin alzar la voz—. Eso quería decir.

—«… y otro obtendrá su puesto».

 

El Forum Feni

Urquhart se encontraba bajo los tilos y observaba el mercado.

Era consciente de que sus reflexiones superaban la escasa capacidad de comprensión de los mozos. Los había distribuido según el principio de la cadena, una estrategia que se solía utilizar en las tierras altas escocesas, donde era difícil hacerse oír a grandes distancias. Los hombres se distribuían por parejas; cada pareja tenía al alcance de la vista una determinada zona y también estaba al alcance de la vista de otra pareja. Llevaban consigo antorchas de pez. Si veían a un enemigo, uno encendía la antorcha y la levantaba por encima de la cabeza, para que su resplandor y el inevitable humo negro y pegajoso pudiera verse desde lejos; mientras tanto, el otro se adelantaba con su arma al encuentro de los intrusos de modo que pudieran verlo, siempre que no fueran demasiados, y huía en el momento oportuno para atraer al enemigo hacia las otras zonas. Los que montaban guardia allí encendían a su vez sus antorchas. La señal indicaba a los aliados que se aproximaran. Con algo de habilidad, de ese modo se conseguía que combatientes dispersos a gran distancia sitiaran poco a poco al enemigo, que al final perseguía continuamente a alguien nuevo hasta que comprendía, demasiado tarde, que había caído en la trampa.

Urquhart había modificado el sistema de manera que los criados también salían por parejas y tenían a la vista una determinada zona. Pero en una ciudad no podía establecerse contacto visual. Se trataba, pues, de que, en cuanto divisaran al pelirrojo, lo llevaran hacia los otros grupos hasta que lo tuvieran cogido en una tenaza y no pudiera escapar. En sí, un plan sencillo.

Los mozos de Mathias se habían quedado mirándolo con cara de bobos. Había tenido que explicar el sistema varias veces. Cuando por fin lo comprendían, habían olvidado el color del pelo de Jacop y su aspecto. Urquhart se resignó y no perdió la cortesía, pero se sintió asqueado por su estupidez. En el fondo era un intento desesperado. Si Jacop no era tonto, y no tenía aspecto de serlo, se taparía, de todos modos, hasta resultar irreconocible. Solo le quedaba esperar que el Zorro cometiera un error.

Ahora una pareja controlaba el foro, otra el Mercado Viejo y otra el barrio en torno al Hacht y las obras de la catedral. Seis hombres para cubrir, como mucho, una décima parte de la ciudad. No podía ser de otro modo. Tenía que concentrarlos en los lugares donde había más animación. Las otras tres parejas se movían entre San Severino y el arroyo, desde los Santos Apóstoles, pasando por el Mercado Nuevo, hasta Santa Cecilia, y en la zona en torno a Santa Úrsula hasta la Porta Eigelis.

Urquhart no se preocupó ya más de ellos. Esperaba que el aliado de Mathias pudiera apostar a los soldados en las puertas fortificadas de la ciudad.

Bajo el manto notaba la pequeña ballesta; por el momento la sensación más tranquilizadora que tenía. Cruzó lentamente el foro estudiando los rostros de la gente. La actividad en el mercado marchaba a pleno ritmo. Caminó a lo largo de los mostradores de la carne y examinó a cada individuo durante unos segundos de absoluta concentración para fijarse luego en el siguiente. Trabajaba a través de la multitud con un esquema determinado, un principio que le permitía captar lo esencial con extraordinaria rapidez, categorizarlo, valorarlo y actuar o seguir con sus observaciones. Era una capacidad entrenada cuya sistemática no podía explicarse. Urquhart estaba lejos de ceder a la vanidad, pero apenas conocía a nadie cuyo entendimiento fuera capaz de captar un modelo o incluso pensar lógicamente con la misma perfección. La capacidad de comprensión de su época estaba velada, y el velo era la fe.

Esa era su ventaja. Porque Urquhart no creía en nada. No creía en ningún dios o demonio. En el fondo no creía siquiera en la validez de su propia existencia o de cualquier otra.

Tal vez, pensó mientras su mirada capturaba un nuevo rostro, lo congelaba, lo examinaba y lo soltaba, ese maestro constructor de catedrales fuera un digno compañero de conversación, alguien con quien hubiera podido burlarse del mundo ante una jarra de buen vino. Lo que había visto de la iniciada construcción de la iglesia había despertado su admiración. Si representaba realmente el conjunto del plan de construcción, se encontraba ante un producto de la lógica. Porque esa corona de capillas, esa caricatura de la perfección vertical que se elevaba casi con violencia hacia el cielo, era fría. La exactitud matemática condenaba cualquier inspiración escultórica.

Capturar, examinar, abandonar…

Algo más lejos se encontraba el mercado de casquería, donde se ofrecían menudillos, hígados, panza, corazones y callos. Se acercó por detrás a los tenderos y observó cómo sopesaban puñados de grumos, cordones y colgajos pálidos o rojo azulados y los colocaban sobre el mostrador. Uno cogió un montón indefinible y sacó de él un intestino largo, enrollado. El montón se puso en movimiento. Las masas se deslizaron unas sobre otras en una visión de serpientes desolladas, de cuerpos temblorosos, calientes todavía. Vio cómo el brazo del tendero se sumergía una y otra vez en el montón, seguramente porque el cliente encontraba que las piezas ofrecidas eran demasiado largas, o demasiado cortas, delgadas o gruesas. El hombre metía la mano una y otra vez en la masa húmeda y sacaba algo fuera…

El mundo se tiñó de rojo.

Vio a un hombre con armadura; sus zarpas de hierro descendieron y arrancaron algo del cuerpo de un niño, caliente, brillante, pegajoso, y el niño vivía todavía y parecía ser el autor de un ruido agudo, estridente, ultraterrenal, y alrededor…

Un furioso dolor de cabeza.

Urquhart cerró los ojos y apretó los puños contra las sienes.

La imagen se desvaneció.

—Señor, ¿os ocurre algo? ¿Estáis bien?

Parpadeó. Ante él, de nuevo el mercado. Solo menudillos de animales muertos.

—¿Necesitáis ayuda?

Volvió la cabeza hacia la fuente de la voz y la vio sin registrarla del todo. Una monja. Preocupación.

Urquhart se esforzó en sonreír. Luego notó que rápidamente volvía a sentirse mejor. El extraño recuerdo de otro hombre en otra vida se disipó.

—No, gracias, reverenda hermana —murmuró, e inclinó la cabeza con cortesía.

—¿Estáis seguro?

—Un poco de dolor de cabeza, nada más. El bálsamo inesperado de vuestro piadoso interés ha hecho milagros. Os lo agradezco.

La monja enrojeció.

—Que el Señor esté con vos.

—Y con vos. Gracias, hermana.

Trazó la señal de la cruz sobre él y se marchó con pasos rápidos. Urquhart la siguió con la mirada y pensó en lo que había ocurrido. Durante mucho tiempo las visiones lo habían respetado. ¿Por qué volvían ahora?

¿Y qué había visto en realidad?