Los sueños mueren primero
nueve
Distribuidores Ronzi tenía su oficina en un viejo almacén de una sola planta, en Anaheim. Seguí a Persky hasta la plataforma de carga y luego por el largo y estrecho edificio. Había por todas partes hileras de libros y revistas, aparentemente sin el menor orden. Pasamos ante las mesas de empaquetado, en las que unos cuantos hombres preparaban los libros y cubrían los pedidos, y bajamos luego por sucios pasillos hasta la parte posterior del almacén, donde se encontraba una especie de oficina detrás de una partición de cristal.
Era una zona despejada, con varias mesas esparcidas por allí y un escritorio grande aislado en un rincón. En las mesas pequeñas había dos mujeres y un hombre. Las dos mujeres estaban al teléfono tomando pedidos, el hombre parecía estar extendiendo facturas. Alzó los ojos.
—Ronzi les espera —dijo, descolgando el teléfono—. Le llamaré.
A los pocos minutos, apareció un fornido italiano de espeso y rizado cabello negro y tupidas cejas. No desperdició las palabras.
—Soy Giuseppe Ronzi —dijo—. Pasen y siéntense.
Le seguimos hasta el gran escritorio. Retiró libros y revistas de las sillas y los puso en el suelo. Una de las chicas abandonó silenciosamente su mesa y recogió los libros y las revistas mientras nosotros nos sentábamos.
—¿Traen un boceto? —me preguntó.
—No. Pero…
Me cortó. Miró agresivamente a Persky:
—Le dije que no viniese aquí sin un boceto, no puedo perder el tiempo con aficionados. —Se levantó—. ¡Maldita sea! Ya es bastante intentar dirigir un negocio sin…
—Señor Ronzi —dije suavemente—. ¿Le gustaría la distribución exclusiva de Playboy en la zona de Los Ángeles?
Me miró incrédulo.
—¿Cómo dice?
Alcé un poco la voz:
—¿No me ha oído?
—Oí algo sobre Playboy.
—Me oyó usted —dije, aún más alto—. ¿Le interesa?
—Estaría loco si no me interesara.
—¿Fue eso lo que le dijo usted a Hefner cuando vino la primera vez?
—Sabe usted perfectamente que nunca he tenido esa oportunidad. Nunca me lo preguntó.
—No cometa usted entonces el mismo error dos veces.
—¿Cómo puedo cometer el mismo error dos veces si no lo cometí la primera? — gritó. Se volvió a Joe—. ¿Qué le pasa a este tío? ¿Es que está loco?
—Está loco —dijo Joe, sonriendo.
Me levanté.
—Vale, Joe, vámonos.
Joe se levantó. Lo mismo hizo Ronzi.
—¿Adónde demonios van? —gritó Ronzi—. Creí que venían aquí a celebrar una entrevista.
—Usted dijo que quería un boceto; como no lo tenemos, no queremos que pierda su tiempo.
—Vamos, vamos, siéntense —dijo—. Están ustedes aquí. Podemos hablar de todos modos.
Volví a mi asiento.
—De acuerdo.
—¿Quién está detrás de usted? ¿Lonergan?
—¿Quién está detrás de usted? ¿La Mafia?
—No se haga el listo. ¿Quiere que distribuyamos su periódico, o no?
—Aún no lo sé. No me ha hecho ninguna oferta.
—¿Cómo demonios voy a saber qué ofrecer mientras no sepa lo que pretende usted vender?
—Esa es una buena pregunta.
—Si es la misma basura de antes, no la quiero a ningún precio.
—Tampoco yo.
—Tengo ocho mil puntos de venta.
—Eso está bien.
—Si me dan un periódico pornográfico podré aceptar dos mil ejemplares. Colocaré diez en cada punto de venta. Eso hace un total de veinte mil ejemplares. A diez centavos el ejemplar para usted, significa dos de los grandes limpios. No está mal.
—No, no lo está para usted —dije—. Pero la calidad que va a tener el periódico exige una tirada mínima de cincuenta mil.
—Está usted loco. No hay un solo periodicucho de este tipo en la ciudad que pueda tirar cincuenta mil ejemplares a la semana.
—Eso fue lo que le dijo usted a Hefner —dije yo.
—¿Cuántas veces tengo que decirle que nunca hablé con Hefner? —gritó.
Me eché a reír.
—Es solo una comparación. Le habría dicho usted a él exactamente lo que está diciéndome a mí.
—Sin embargo, usted no es Hefner.
—Eso es cierto —acepté—. Pero ¿cómo sabe que no lo seré mañana?
Se volvió a Joe:
—¿Por qué demonios tiene usted que traerme a todos los locos?
Joe sonrió.
—Si no estuviese loco, no se metería en este negocio.
Ronzi se volvió a mí:
—Treinta mil ejemplares garantizados. Dinero en metálico por adelantado y me quedaré con las devoluciones si tengo la exclusiva.
—No es suficiente. Cuarenta mil ejemplares a doce centavos y medio en la misma base y tendrá usted la exclusiva solo por el primer año.
—Mis socios no lo aceptarán. No tengo ninguna salvaguardia. ¿Y si el periódico se hunde? Yo me quedo colgado y usted se queda con el dinero.
—Siempre puede darme más dinero.
Frunció el ceño.
—Preferiría que me diese usted aunque fuese una idea nada más de lo que estoy comprando.
Le tenía cogido y lo sabía. Estaba ya convencido de que yo era una especie de Hugh Hefner. Pero aún tenía que dar el golpe definitivo:
—¿Quién compra estas revistas y estos periódicos? —pregunté, para ganar tiempo.
—La gente, los hombres. ¿Quién si no?
—¿Y por qué los compran?
—Sexo. Les gustan las fotos. Andan siempre buscando algo nuevo.
Él no lo sabía, pero acababa de darme la idea:
—Bien, va acercándose usted.
—¿Cómo? —Estaba desconcertado.
Miré a Joe. Quise convencerme de que su expresión era de respeto, pero probablemente fuese simple asombro y curiosidad por lo que yo fuese a decir a continuación. La idea estaba definida, pero necesitaba unos segundos más para determinarla claramente. Le pasé la pelota a Persky.
—Bueno, Joe, ¿se lo dices tú o se lo digo yo?
—Tú eres el jefe. Díselo tú. —Parecía inquieto, no quería que le pescaran en falso.
Bajé la voz.
—Tiene que ser confidencial. Ni una palabra fuera de esta oficina, no quiero que nadie me robe esta idea.
—Soy como un sacerdote en el confesonario. No se lo diré a nadie —dijo solemnemente Ronzi.
Sonreí. No le iba en absoluto el papel.
—Nuevo sexo —dije.
—¿Nuevo sexo? —repitió inquisitivo.
Asentí.
—Artículo principal. Primera página. Primer titular. ¡UNA CHICA NUEVA EN LA CIUDAD! Aparece una bonita chica con una diminuta minifalda o unos pantalones supercortos, que sujeta una pequeña maleta. La situamos en una estación de ferrocarril o de autobuses o en un aeropuerto; y colocamos un titular sobre el coño en grandes letras blancas: ¡VÉALA DESNUDA EN NUESTRAS PÁGINAS CENTRALES! Y sacamos en portada una nueva chica cada semana. Cincuenta y dos semanas al año.
Ronzi estaba con la boca abierta.
—¡Eso es genial! ¿Por qué no me lo dijiste antes, Joe?
Acudí en su auxilio:
—Había prometido guardar el secreto.
—Es magnífico. ¿Y sabe lo que me gusta de la idea? El que la chica esté desnuda dentro, no fuera. Eso significa que tienen que comprar la revista para verla.
—Ha entendido usted la idea.
—Me quedaré con los cuarenta, pero tendrán que darme un excedente de diez mil en depósito y una página gratis de publicidad en cada número.
—De acuerdo en el depósito a quince centavos el ejemplar, pero no hay publicidad gratuita. Tendrá que pagar ochocientos pavos por página como todo el mundo.
Apeló a Joe:
—Oye, explícale a este loco cómo funciona este negocio; lo que pido es lo normal.
—Dice la verdad, Gareth.
—De acuerdo, soy una persona considerada. Te haré un cincuenta por ciento de descuento en la publicidad. Así solo serán cuatrocientos por página.
—¿Y el depósito? Esos quince centavos por ejemplar me impedirán hacer un buen trabajo y vender más —dijo Ronzi—. Quiero invadir los quioscos con esos ejemplares. Eso significa que divido mi dinero con el vendedor y me cuesta cinco centavos por ejemplar colocarlos allí frente a solo dos en los buzones.
—Vas a hacerme llorar —dije.
—Eres un chiflado —dijo él.
—Gracias. Haré que mi abogado redacte el contrato.
—¿Qué falta hace un abogado? Mi palabra vale.
—Pero no la mía —dije—. Necesitas un abogado.
Persky no habló hasta que no estábamos ya en la autopista, otra vez camino de Los Ángeles.
—No te entiendo —dijo al fin.
Encendí un cigarrillo.
—No hay nada que entender.
—No se juega con tipos como él, te matará si no cumples.
—Cumpliremos.
—¿Cuándo? —preguntó—. Llevamos ya seis semanas moviéndonos y aún no hay ni rastro del periódico.
—Dos semanas —dije yo.
—Ahora veo que estás loco. Acabas de vender un proyecto que aún no hemos concretado, y encima aún no tenemos ni un solo texto. ¿De dónde crees que va a salir todo? ¿Del cielo?
Le miré y sonreí.
—En cierto modo. De momento tengo otro trabajo para ti.
—¿De qué se trata? —preguntó molesto.
—Encargado de ventas de espacios publicitarios.
—Ni hablar. No vas a largarme eso. No habría ni un solo anunciante legítimo que gastase un centavo en nuestro periódico.
—De acuerdo —dije—. ¿Y qué me dices de los ilegítimos? Tiene que haber miles de bares de topless y salones de música y de masajes que no pueden anunciarse en las publicaciones normales. Crearemos una sección especial de espectáculos y diversiones y les venderemos un octavo de página a precio de descuento por setenta y cinco pavos. Quiero cuatro páginas de ese tipo.
—No las conseguiremos. Esos sitios no quieren aparecer en la prensa porque tienen miedo a la policía.
—A todo el mundo le gusta ver su nombre en letra impresa. Aceptarán.
Movió la cabeza.
—No sé.
—Ese «no sé» te concede un aumento de cincuenta dólares por demostrar inteligencia. «Es posible» te proporcionará un aumento de cien dólares más.
—Puede ser —dijo con súbito entusiasmo; no obstante, instantes después estaba de nuevo preocupado—. ¿Y el periódico?
—Tú haz tu trabajo, Joe, ya haré yo el mío.