Los sueños mueren primero
cuarenta y ocho
Los accionistas estaban entusiasmados. El dulce aroma del éxito flotaba en el aire. Contemplé a los que se sentaban alrededor de la mesa. Estaban allí todos.
Los grandes agentes. Merrill Lynch, Kuhn Loeb, City Bank, Bank of America.
Martin Courtland, presidente del grupo de accionistas, me sonrió:
—Esta es la oferta de mayor éxito que llega al público desde la Ford Motor Company. Podríamos haber duplicado nuestro precio por acción y de todos modos se habría producido una suscripción superior a la emisión.
—No me quejo —dije—. Cien millones de dólares sigue siendo un montón de dinero.
—Me dijeron que al día siguiente de salir se abrirá la cotización en Bolsa a un cincuenta por ciento por encima del precio pedido.
El precio era de cincuenta dólares la acción. Aquello significaba que ya el primer día se cotizaría a setenta y cinco.
—Se van a hacer ustedes ricos solo comerciando con las acciones —dije.
—¿No quiere usted confiarnos algunas de sus acciones particulares? —dijo, riendo.
—No, gracias, soy muy codicioso.
Todos rieron.
Salían a la venta dos millones de acciones, un millón quedaba en reserva y yo retenía para mí tres millones.
—Tengo unas cifras interesantes —dije, refiriéndome al informe del primer trimestre.
Ya lo habían visto.
—A este ritmo, incluso con ganancias de quince o veinte veces su valor, los accionistas harán el mejor negocio de su vida —dijo Courtland.
No dije nada.
Courtland miró a su alrededor.
—Confío, caballeros, en que todos ustedes comprendan que esta es la primera vez que se ha suscrito una importante operación financiera para construir un hotel y un casino en Las Vegas sin un compromiso hipotecario de ninguna de las fuentes habituales.
Sabía lo que quería decir. Todo había empezado cuando Lonergan acudió a mí con el terreno de Las Vegas, junto con compromisos de financiación por valor de setenta millones de dólares de varios sindicatos y empresas de seguros. Me gustó la idea, pero no me agradaba tener socios. Sus condiciones me recordaban demasiado a los mafiosos del Este. Fue entonces cuando decidí acudir al público. Playboy lo había hecho con menos incluso. Añadí los diez millones de dólares que necesitaba para cubrir mi opción del Mazatlán Lifestyle y acudí a la Bolsa. Al principio, hubo escepticismo, pero la actitud cambió en cuanto vieron las cifras de beneficios. Aquella suscripción era el resultado neto.
—No nos dejemos arrastrar precipitadamente, caballeros —dije—. Aún faltan dos semanas para que se haga la emisión.
—Un mero formulismo —dijo Courtland—. Nada puede ir mal.
—Ojalá. He firmado los contratos y necesito el dinero. Si el dinero no llega, me veré en un grave aprieto.
—Eso no sucederá jamás —dijo Courtland—. Puede usted ya ingresar el dinero en el banco. En cuanto se abra la Bolsa, su paquete de acciones valdrá doscientos veinticinco millones de dólares.
Una salva de aplausos rubricó su afirmación. Al principio, pensé que era una broma. Pero miré alrededor de la mesa y comprendí que no lo era. Estaban mortalmente serios. Había olvidado que para ellos el dinero era algo vivo. Lástima que el dinero no pudiese levantarse y hacer una inclinación de agradecimiento.
No dije nada.
—Puesto que esta será nuestra última reunión antes de que las acciones se suscriban, la dirección de la Bolsa me ha pedido que le invite a comer el día en que las acciones salgan al mercado.
—Será un placer.
—Bien —dijo, evidentemente complacido—. Eso será el lunes. También me gustaría confirmar su discurso en el club de corredores de Bolsa el viernes anterior.
—Lo tengo previsto. Pienso quedarme en Nueva York ese fin de semana.
—Maravilloso. —Miró a su alrededor—. ¿Alguna pregunta más antes de dar por terminada esta reunión?
—Una sola —dijo uno de los banqueros, levantándose—. ¿Cuándo se nos va a invitar a una de esas fabulosas fiestas en su mansión, de las que tanto hemos oído hablar?
Sonreí.
—Me temo que me confunden ustedes con Hefner. Yo no doy fiestas ni tengo ninguna mansión. Vivo en una casita del hotel Beverly Hills.
Se sonrojó, muy embarazado.
—Pero gracias por pedírmelo —añadí rápidamente—. Es una buena idea y quizá ahora pueda permitirme hacer cosas así.
Todos rieron y la reunión terminó en un clima de respeto mutuo, de amor incluso. Volví a mi oficina preguntándome si podría plantearse una ecuación que determinase la relación entre dinero y amor. Evidentemente, cuanto más dinero tienes, más amor recibes.
Cuando volví a la oficina, eran las doce y cinco. Las notas estaban apiladas en mi mesa. Las revisé. No había nada importante, no tenía que llamar a nadie. Miré por el ventanal. Era un día maravilloso.
Llamé por teléfono a Eileen.
—¿Cómo fue la reunión? —preguntó.
—Todo alegría y dulzura.
—Qué bien.
—Tengo una idea. ¿Qué te parece si nos tomamos la tarde libre y vamos a la playa?
—Lo siento. No puedo. Tengo dos reuniones editoriales y cuatro citas con redactores concertadas para esta tarde.
—Mándalo todo a la mierda.
—No puedo hacerlo —dijo, riéndose—. Esas reuniones se acordaron previamente. Si no resuelvo algunas de esas cosas, dentro de tres meses tendré un montón de páginas en blanco en la revista.
—Mierda —dije.
—No te enfades. Piensa que cenamos esta noche en casa de tu madre.
Probé con Bobby, pero estaba ocupado. Producción le reclamaba para aprobar unos planos. Había tres fotógrafos y nuevas modelos esperándole para que diese el visto bueno.
Marissa, que llevaba la sección de viajes y giras, también estaba ocupada. Dieter iba camino de su oficina y debía entrevistarse con representantes de la asociación dental de Los Ángeles con vistas a una convención de seiscientas personas en el Mazatlán Lifestyle.
Por último, llamé a Denise:
—Es tu cumpleaños —dije—. Busca a alguien que te reemplace en tu oficina y pasaremos la tarde en la playa.
—Oh, Gareth —dijo, con auténtico pesar—. No puedo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Un grupo de chicas dan una fiesta en mi honor en La Cantina. Tengo que ir en cuanto salga de la oficina.
Era la última posibilidad. Colgué, furioso. Todos tenían algo que hacer salvo yo. Ahora sabía lo que era ser importante: significaba no tener nada que hacer.
Pulsé el botón del intercomunicador.
—Consígame un coche inmediatamente.
—Sí, señor Brendan. ¿Quiere usted que conduzca Tony?
—¡No quiero que conduzca nadie! ¡Conduciré yo mismo!
—¿Conducirá usted mismo? —dijo asombrada.
—¿No me ha oído? —repliqué, cortando la comunicación.
Me trajeron un Eldo descapotable. Bajé la capota y veinte minutos después rodaba por el Bulevar Sunset hacia la playa. Compré una bolsa de comida en el puesto de pollos Colonel y un estuche con seis cervezas y continué por la autopista de la costa hasta una playa situada más allá de Paradise Cove, que sabía poco frecuentada.
Llegué hacia la una y media con el sol alto en el cielo. Aparqué, recogí la bolsa y las cervezas y bajé a la arena. Encontré una zona parcialmente en sombra donde no hacía demasiado calor, luego me quité la camisa y la extendí en la arena.
Salvo por un individuo con una tabla de surf a la caza de grandes olas, estaba solo en la playa. Me quité los pantalones y me senté con mis shorts negros Jokkey. Apoyé la cabeza en una roca y abrí una lata de cerveza. Estaba fría y era muy agradable sentirla bajar por la garganta. Contemplé perezosamente al tipo de la tabla de surf.
Iba montado en una ola que no tenía fuerza suficiente para arrastrarle. Se hundió en el agua. Al cabo de un momento, reapareció y se internó en el mar a la caza de la ola siguiente.
Las inquietas gaviotas cazaban peces, las lavanderas cazaban sus sombras. Saqué las gafas oscuras del bolsillo de la camisa y me las puse para protegerme los ojos del brillo del sol. El de la tabla de surf volvía en una ola mucho mejor. Le vi llegar casi hasta el borde de la arena, donde perdió pie. Me pregunté si aún podría hacerlo yo. De niño, solía dedicar mucho tiempo a buscar una gran ola.
—Solo una ola más, tío John —supliqué—. Por favor.
Vaciló. Luego asintió:
—Nada más que una. Luego nos vamos a casa. La playa está vacía y tu madre empezará a preocuparse por ti.
Entré corriendo en el agua, con mi tabla de surf infantil. Nadé hasta donde me atrevía, esperé una ola que me pareció grande y subí en la tabla con el corazón palpitante; y me erguí. Fue un bello viaje y chillé todo el camino al máximo que daban mis pulmones de siete años.
El tío John me esperaba con una gran toalla de baño cuando salí del agua.
—Ahora quítate el bañador y déjame secarte —dijo. Se arrodilló ante mí, frotándome con la toalla. Sonó detrás de mí la voz de mi padre:
—¿Es que ni siquiera puedes mantener las manos apartadas de tu propio sobrino, pervertido?
Vi que los ojos de mi tío adquirían un brillo helado detrás de sus gafas sin montura. Lentamente, se levantó. Luego se movió tan rápido que ni siquiera pude ver lo que pasó. Cuando me volví, mi padre estaba espatarrado en la arena, con la boca y la nariz llenas de sangre. Mi tío estaba de pie a su lado, con los puños cerrados.
Corrí y me arrodillé al lado de mi padre. Movió la cabeza pesadamente, intentando hablar. Vi los dientes rotos colgando bajo su labio y la expresión de terror de su cara.
—¡No te atrevas a pegar más a mi padre, malvado! —grité a mi tío.
Mi tío se quedó allí mirándonos en silencio con expresión de pesar en su rostro.
Intenté levantar la cabeza de mi padre.
—Levántate, papá, levántate.
Mi padre pugnó por incorporarse. Cuando alcé los ojos, el tío John se alejaba por la playa hacia su coche.
Después de aquello, el tío John tardó mucho en volver a nuestra casa. Y cuando por fin lo hizo, la intimidad que existía antes entre nosotros había desaparecido.
Quizá fuese aquel individuo de la tabla de surf el que despertó mis recuerdos. No recordaba haber pensado nunca en aquello. Abrí otra lata de cerveza y la bolsa del pollo. El pollo aún estaba caliente y jugoso.
El de la tabla de surf había salido del agua y subía por la playa con la tabla bajo el brazo cuando me vio observándole. Estiró el culo y echó la pelvis hacia delante para que el bulto de su bañador destacara más.
Sonreí ante una insinuación tan evidente. Vio mi sonrisa y la consideró una invitación. Cambió de rumbo y se detuvo frente a mí. Clavando la punta de la tabla en la arena, se apoyó en ella con un brazo, las piernas abiertas y las caderas adelantadas.
—Hola —dijo.
De cerca, era mayor de lo que parecía de lejos. Le había calculado unos quince o dieciséis años. Pero debía tener diecinueve o veinte.
—Hola.
—Excelente día —dijo—. Pero el surf no merece la pena.
—Sí.
—¿Solo?
Metió el pulgar en la goma del bañador y lo bajó de modo que quedaron al aire buena parte de sus órganos genitales.
—¿Qué te parece?
Sonreí con una mueca:
—Es mejor que nada.
La ironía no le afectó. Era un hombre de negocios.
—Veinte por el francés, treinta por el griego, cuarenta por el viaje redondo.
—Eres un imbécil —dije cordialmente—. Yo podría ser perfectamente un poli de los de la brigada contra el vicio.
Palideció y se subió el bañador tan deprisa que se oyó el chasquido de la goma en su vientre.
—Pero no…
—No, no lo soy.
Suspiró aliviado.
—¡Dios mío! Por un momento creí…
Busqué otro trozo de pollo.
—No suelo hacer esas cosas, ¿sabes? —dijo—. Pero necesito pasta. Mi casera me reclama la renta.
—Te daré veinte dólares si me prestas la tabla unos minutos —dije.
—De acuerdo.
Me levanté, saqué el dinero del bolsillo, le di un billete de veinte y guardé el resto en el short.
—Ahí tienes cerveza y pollo, sírvete tú mismo —dije, recogiendo la tabla de surf —. No tardaré mucho.
El agua estaba más fría de lo que recordaba de mi niñez. Llegué hasta donde se formaban las olas y esperé una. Fracasé cuatro veces antes de conseguir una en la que casi logré llegar hasta la playa. Me bastaba. Lo dejé y salí.
—¿Cómo te fue? —preguntó—. Desde aquí no parecías mal en esa ola.
—Creo que es algo que debo dejar para vosotros los muchachos. Estoy haciéndome demasiado viejo para estas cosas.
—Para ser viejo no estás mal. Me gustas. ¿Qué te parece si lo hacemos? Sin pagar nada.
Pensé que desde su edad, treinta y seis años eran muchos.
—No, gracias. Acabo de tomar una decisión. Renuncio a los chicos.
—¿Por qué?
—Porque estropean la relación con las chicas.
—Eso es una tontería —dijo él—. Te privas de la mitad de la diversión.
De labios de los niños… Me pareció razonable lo que decía.
—¿Dónde vives? —le pregunté.
—A un kilómetro playa abajo.
Jugueteó con mi pene en el breve viaje hasta su casa y en cuanto cerramos la puerta cayó de rodillas ante mí. Me bajó el short. Sentí su boca. Utilizó dos dedos expertos para sondearme buscando la próstata. Le agarré la cabeza, metiéndosela hasta la garganta.
Se apartó tosiendo y jadeando.
—¡Qué hermosa la tienes! —dijo—. Me encanta.
Se tiró en la cama boca arriba, con las piernas alzadas en la posición femenina.
—¡No puedo esperar!
Le penetré lentamente. Me atrajo hacia sí y sentí la dureza de su falo contra mi vientre mientras acelerábamos el ritmo. Cuando parecía que solo había pasado unos segundos, gritó:
—¡No puedo más! ¡Voy a acabar!
Sentí que su sexo empezaba a palpitar contra mí como un martillo pilón mientras el semen brotaba cálido. Al mismo tiempo, sus dedos buscaron mi próstata. Me erguí y me vacié en él.
No fui a cenar a casa de mi madre.
Cuando llegué a la casita del hotel, eran las cuatro de la madrugada. Atisbé en el dormitorio. A la luz difusa, pude ver a Eileen, durmiendo. Cerré suavemente la puerta y fui al otro baño a ducharme.
Vi su sombra a través del cristal del panel de la ducha.
—¿Estás bien? —preguntó por encima del ruido del agua.
—Perfectamente.
—Tu madre estaba muy preocupada por ti.
No contesté.
—Y yo también —añadió.
—Lo siento —dije, saliendo de la ducha.
Me entregó una toalla y empecé a secarme.
—Me hizo prometer que la llamarías por la mañana.
—La llamaré.
Volví a nuestro dormitorio y cuando me metí en la cama unos minutos después, se acercó a mí. Apoyó su cabeza en mi hombro. Sentí lágrimas en sus mejillas.
—Vamos, ¿por qué lloras?
—Te amo. Y no puedo soportar verte como te veo. Has conseguido todo lo que querías. No comprendo por qué te sientes desgraciado.
La besé en el cabello y limpié las lágrimas de sus mejillas. Pero nada podía decirle. Tampoco yo sabía el porqué.
Alzó la mano y me acarició suavemente la mejilla.
—Pobre Gareth —murmuró con soñolienta ternura—. Tantas guerras.