Los sueños mueren primero
seis
Sostuve cuidadosamente la cucharilla dorada junto a la ventanilla de mi nariz y aspiré con fuerza. La cocaína explotó en mi cerebro como un fogonazo y me sentí de pronto lleno de energía, como si no hubiese nada en el mundo que yo no pudiese hacer.
Bobby y Verita acababan de terminar con los platos. Cuando empecé a reírme, los dos se volvieron para mirarme.
—Dinamita —dije—. Pura dinamita. ¿Dónde la conseguiste?
—El traficante me dijo que era pura —contestó Bobby.
Me eché a reír otra vez.
—Muy pura. —Le pasé la cucharilla y el frasquito de coca—. Es magnífica.
Bobby miró a Verita, que rechazó con un gesto.
—No, gracias, me da dolor de cabeza.
Dio una esnifada y volvió a meterlo todo en el bolsillo de su chaqueta. Le brillaban los ojos.
—¿Era en serio lo que dijiste antes?
—¿Qué dije?
—Lo de que podía ser director artístico de tu periódico…
—Claro. Pero no puedo pagarte un gran sueldo.
—Eso no importa. Lo que yo quiero es una oportunidad. Hasta ahora, nadie me ha ofrecido un verdadero trabajo.
—Bueno, pues ahora ya lo tienes.
—¿Qué clase de periódico es?
—En este momento es un folleto publicitario. Pero lo convertiremos en otra cosa.
—¿En qué?
—En una mezcla de los periódicos underground y Playboy. Le daremos a la gente donde realmente le duele.
—No comprendo —dijo él.
—Playboy endulza las cosas —dije—. Pulen sus artículos lo mismo que pulen los cuerpos de sus chicas. La prensa underground palea la mierda con tal intensidad que te huelen los dedos solo con tocar uno de esos papeluchos. Creo que hay un término medio, una forma de decirlo tal como es sin que al mismo tiempo el lector tenga la sensación de estar cubierto de basura.
—Pero eso no es lo que quiere Lonergan —dijo Verita—. Él quiere seguir con el periódico tal como es.
—Lo que Lonergan quiere comprar es una lavandería. Cuatro páginas de publicidad para engañar a Hacienda y lavar su dinero. Lo demás le importa un rábano. Le daría lo mismo si quisieras imprimirlo en papel higiénico.
—No sé —dijo Verita dudosa.
—Yo sí. Le conozco de toda la vida, y sé que su única pasión es el dinero.
—Le llamaste tío John —dijo ella.
—Es mi tío, hermano de mi madre.
Ella lanzó un suspiro. Ahora comprendía.
—¿No te gusta, verdad?
—Me da exactamente igual —dije. Pero no era cierto. No me daba igual en absoluto. Parecía no haber sector de mi vida en el que tío John no interviniera. Y eso había empezado antes incluso de que yo naciera. Primero con mi madre, luego con mi padre.
—Estoy cansado —dije bruscamente—. Me voy a la cama.
—Entonces será mejor que me vaya a casa —dijo rápidamente Verita.
—No —dijo Bobby—. No tienes por qué irte. Yo dormiré en el sofá.
—Es demasiado tarde para que te vayas, Verita —dije.
—¿Estás seguro?
—Claro que estoy seguro —repliqué—. La coca siempre me pone caliente. Vámonos a la cama. Quiero echarte un buen polvo.
Me dirigí al dormitorio. Al ver que los ojos de Bobby se llenaban de lágrimas, me detuve.
—¿Qué te pasa a ti?
—Te amo, Gareth —gimió—. Quiero ser tu esclavo. Quiero que me ames.
Le eché un brazo por encima del hombro y le besé en la mejilla.
—Te quiero, Bobby, pero no de ese modo, te miro como si fueses mi hermano pequeño.
Se limpió las lágrimas.
—Nunca tuve un hermano.
—Tampoco yo.
Sonrió.
—Me gusta esto. Es puro.
—Muy puro. Como la coca. Bueno, ahora me voy a la cama.
Verita me siguió al dormitorio unos diez minutos después. Estaba tan excitado que no pude esperar a quitarme la ropa. Jodimos hasta que me derrumbé exhausto, y aun así no pude acabar; la cocaína me producía ese efecto. Inmediatamente después de apartarme de ella, Verita se quedó dormida. Yo cerré los ojos y me hundí en el sopor.
Tenía la sensación de haber dormido horas cuando percibí un mordisqueo en mis partes. Sin recobrar del todo el conocimiento, coloqué las manos sobre el cabello de Verita y entonces sentí su boca. Una boca cálida y experta. A veces tenía la sensación de que iba a tragarme entero.
—Oh, niña, qué bien lo haces —murmuraba.
Luego exploté. El orgasmo pareció vaciar todos los fluidos de mi cuerpo, dejándome limpio y exhausto. Al cabo de unos segundos me hundí en un profundo sueño.
Me desperté con el sol en los ojos. Cuando empezaba a incorporarme ella abrió los ojos. Me incliné y la besé en la frente.
—No sabía que lo hicieras tan bien —dije—. Lo chupabas todo, hasta mi pensamiento.
Enarcó las cejas.
—Pero ¿de qué hablas?
—De anoche.
Movió la cabeza.
Saqué los pies de la cama y tropecé con la espalda de Bobby. Se apartó sin despertarse y entonces lo entendí todo. Al principio me enfadé, luego me eché a reír.
Verita estaba desconcertada.
—¿De qué te ríes?
Señalé y ella miró por encima de la cama y vio al muchacho desnudo.
—Oh Dios mío —dijo ella; luego empezó a sonreír.
—Me engañó el muy cabroncete —dije.
—Nos engañó a los dos. No acabaste conmigo.
—¡Maldita sea! —dije.
—¿De qué te quejas? —preguntó—. Recibiste lo mejor de ambos mundos.
Bobby nos llevó a los dos en su Rolls descapotable a Beverly Hills. Me sentí como un habitante del barrio al pasar ante Nate n’Al’s y ver a todos los refugiados de Nueva York haciendo cola, esperando entrar para el servicio del domingo de salmón ahumado, queso de crema y roscas de pan.
Cuando llegamos a la oficina de mi tío, al fondo de la calle, encontramos el edificio cerrado. Llamamos por el comunicador. Por la ventana de cristal atisbó un portero uniformado.
—Lonergan —grité.
Asintió con un gesto y abrió la puerta:
—¿Señor Brendan?
—Sí.
—El señor Lonergan está esperándole. Última planta.
—Yo tengo hambre —dijo Bobby—. Os esperaré en el restaurante.
—De acuerdo —dije y seguí con Verita al portero hasta el ascensor. Estaba esperándonos el guardaespaldas de mi tío. Nos condujo en silencio a lo largo del pasillo hasta la oficina de Lonergan y abrió la puerta.
Mi tío estaba sentado en su mesa y Persky con él. No se parecía en nada a la oficina del Hollywood. Esta olía a dinero: cortinajes de seda, gruesas alfombras y un escritorio Luis XV.
—Buenos días —dije.
Mi tío nos indicó las sillas que había ante su mesa y apretó un botón. Un momento después entró un hombre por la puerta lateral, con una cartera de documentos.
—Mi abogado, Mark Coler —dijo mi tío—. Tiene todos los documentos preparados, el contrato de compra, solicitudes de préstamos, todo.
Mientras le miraba pensé que era realmente una especie de ser fantástico. Aunque sabía que no podía haberse acostado antes de las cinco de la mañana, parecía tan fresco como si hubiese dormido doce horas. Comprendí también que tenía que estar muy seguro de aquel negocio porque de otra manera no hubiese podido tener todos los documentos preparados en solo una noche.
Coler extendió los documentos en la mesa ante mí.
—¿Quiere examinarlos?
Se los pasé a Verita.
—La señorita Velázquez los examinará por mí. Coler la miró y luego me miró a mí.
—¿Es abogado?
Verita contestó por su cuenta.
—Me gradué en la facultad de derecho de la UCLA, pero no me licencié. Soy, sin embargo, contable público titulado.
El otro pareció impresionado y guardó silencio mientras ella examinaba los documentos.
Me volví a Persky.
—¿Le dijo el señor Lonergan que me gustaría que siguiese usted en el periódico?
—Sí —contestó Persky—. Pero no puedo permitírmelo porque tengo que ganar dinero. Llevo seis meses de retraso en el pago de la pensión de mis hijos y de mi exesposa.
—Yo no pretendo que trabaje usted gratis.
—¿Y qué piensa pagarme?
Yo no sabía cuáles eran las tarifas, así que dije un poco al azar:
—Ciento cincuenta por semana, más una participación en beneficios.
—No puedo aceptarlo. Tengo una oferta de doscientos cincuenta del Valley Times.
No hacía falta que nadie me dijese que doscientos cincuenta dólares era demasiado para mí.
—Un billete y medio es todo lo que puedo pagar.
—Lo acepta —dijo mi tío antes de que el otro pudiese contestar.
Persky empezó a protestar, pero la expresión de mi tío le detuvo.
—Con ese dinero no puedo pagar mis facturas, señor Lonergan —dijo tímidamente.
Mi tío habló con voz áspera y dura:
—Menos facturas podrías pagar en una cama del hospital, Persky. La única razón de que salgas de esta fácilmente es que yo quiero que se lleve a cabo este negocio. siete
Persky me miró. Sabía muy bien cuándo le tocaba perder.
—Trabajaré para usted —dijo.
—Bien —dije, sonriendo—. Si tenemos suerte ganará usted más pasta.
—Tengo su palabra —dijo, extendiendo la mano—. De acuerdo.
—Todo parece en orden —dijo Verita—. Pero creo que hace falta una cosa más: una garantía de indemnización contra las deudas anteriores de la empresa y los impuestos atrasados firmada por el señor Lonergan.
Coler parecía irritado.
—El señor Lonergan no participa en este negocio. No hay razón alguna para que firme ningún documento como ese. Además, ya tiene usted la firma del señor Persky.
Verita me miró buscando apoyo.
—Señor Coler —dije—, no puedo pagarle al señor Persky dinero suficiente para que su firma valga el papel en que está escrita. El señor Lonergan me dijo que tendría el periódico libre de todo cargo. Si no es así, no lo quiero.
—El señor Lonergan nunca… —empezó Coler. Mi tío le interrumpió:
—Prepare esa garantía, señor Coler. La firmaré.
—No la tendré hasta mañana. Hoy no hay nadie en mi despacho.
—Tendrá que ser mañana, Gareth. ¿Vale mi palabra?
—Sí, tío John.
Mi tío sonrió.
—Bueno —dijo—. Firmemos entonces el resto de los documentos.
Quedé con Persky en verle en la oficina a la mañana siguiente y al salir de allí, era propietario de un periódico. Nos abrimos paso entre la multitud que llenaba Nate n’Al’s y nos sentamos a la mesa de Bobby.
—¿Cómo fue el asunto? —preguntó.
—Todo fue bien. Tenemos el periódico —dije.