Los sueños mueren primero

Harold Robbins · Capítulo 45 de 52

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Los sueños mueren primero

cuarenta y cinco

 

La metí en el dormitorio y la acosté. Cerró los ojos. Temblaba de miedo. La tapé con una manta y me arrodillé junto a la cama. Movía los labios en un desmayado susurro:

—No, por favor… No quiero volver al tránsito… No, por favor… Le vi. Lo juro. No estaba alucinando… Por favor. No.

Sonó la voz de Eileen tras de mí, en la puerta.

—¿Qué pasa?

—Denise está herida. Ve a buscar a un médico.

Apareció Marissa detrás de Eileen.

—Yo le llamaré —dijo.

Eileen se puso una camisa y unos vaqueros y vino a ver a Denise.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Qué le ha pasado?

—No lo sé. Trae una toalla y un poco de agua caliente. Mira a ver si puedes limpiarle estos arañazos.

—Gareth. —Denise se incorporó, buscándome. Me senté a un lado de la cama y le cogí una mano.

Me apretó con fuerza.

—Dijeron que no eras real, que estaba alucinando.

—Soy real —dije—. ¿Quiénes dijeron eso?

—El hermano Jonathan y los otros. Estaba furioso porque violé la norma que prohíbe las conexiones y me hizo entrar en tránsito. Yo no quería ir pero él me obligó, y los otros le ayudaron. Me metieron a rastras en el laboratorio.

Otra vez la dominaba la histeria.

—Ya no tienes que preocuparte —dije suavemente—. Ahora estás a salvo. Estás aquí conmigo.

Me apretó más fuerte.

—No estoy alucinando, ¿verdad, Gareth?

—No. Me dijiste que no le dijera que te había visto. ¿Cómo lo descubrió?

—Yo se lo dije. Tenemos que decir siempre la verdad; es la primera norma. Entonces se enfadó mucho y me dijo que estaba mintiendo, que tú no estabas aquí y que yo alucinaba —empezó a temblar de nuevo—. No dejarás que me lleven otra vez, ¿verdad?

—No, no les dejaré. Te quedarás conmigo y volverás conmigo a casa.

—¿Prometido?

—Prometido.

Eileen vino con una toalla y una palangana de agua caliente. La apoyó y empezó a limpiarle la cara a Denise.

—¿Eileen? —dijo Denise dudosa.

—Sí, querida.

—¿Eres tú realmente?

—Sí, querida.

Se incorporó y tocó una mejilla de Eileen.

—Siempre te quise. ¿Lo sabías?

La voz de Eileen fue tan suave como su tacto:

—Lo sabía. Y nosotros te queremos a ti.

—Estaba asustada —murmuró—. Estuve toda la noche corriendo por el bosque. Y había animales.

—Ahora estás a salvo. No pienses más en ello.

De pronto se puso tensa.

—¡No les dejes llevarme otra vez! Por favor.

Eileen la abrazó.

—No les dejaremos, cariño. Te prometo que no les dejaremos.

Marissa apareció en la puerta:

—El doctor vendrá enseguida.

—Bien —dije.

—Tengo camisas y vaqueros en el armario —dijo Eileen.

Marissa se vistió y luego se acercó también a la cama.

—¿Puedo hacer algo?

—¿Quién es? —preguntó Denise, asustada.

—Marissa —dije—. Es amiga nuestra.

—Déjame tocarla —dijo Denise, extendiendo una mano.

Marissa se la estrechó y Denise la retuvo unos instantes y luego la soltó con un suave suspiro.

—Es una buena persona —murmuró—. Su aura está llena de amor.

—Ayúdame a desvestirla —dijo Eileen a Marissa.

Se inclinaron sobre Denise, le quitaron con mucho cuidado la camisa y los pantalones rotos y empezaron a lavar su cuerpo cubierto de arañazos.

—¡Los guardias! —exclamó de pronto Denise—. Ellos le contaron lo nuestro al hermano Jonathan. Nos vieron salir corriendo de la aldea.

—¿Por qué iban a hacerlo? Ellos no tienen nada que ver con el Retiro.

—¡Sí que tienen que ver! —dijo Denise con vehemencia—. Todos los días van allí en un camión y se llevan a unas veinte personas a trabajar en las propiedades de Carrillo.

—Eso no tiene sentido —dije.

Pero ya había emprendido otra vía.

—Por eso, cuando yo llegué, lo primero que me dijo fue que no te había visto. Que era una alucinación. Antes de que le dijese la verdad. —Se incorporó súbitamente—. ¡No les dejes que me lleven allí otra vez! No les hagas caso, digan lo que digan.

—No te preocupes.

—Me tendrán en tránsito durante días. —Su voz se fue transformando en un grito —. Si lo hacen, me volveré loca. ¡No puedo soportarlo más!

Sonó el timbre y ella saltó de la cama. La sujeté cuando iba a tirarse por la ventana. Se debatió histérica en mis brazos.

—¡No volveré! —chillaba.

Por encima del hombro, vi al médico, un hombre bajo con un bigotillo recortado, y el maletín negro de siempre.

—Nadie viene a por ti —dije suavemente—. Es el médico.

Dejó de debatirse. Volví a llevarla a la cama y se acostó y se envolvió en la sábana. El médico se acercó a la cama. Le alzó la cara y la miró a los ojos. Dijo algo a Marissa en español.

—El médico quiere que te acuestes —dijo Marissa. Denise me miró. Asentí. Se tendió en la cama.

El médico alzó lentamente la sábana y la examinó. Habló de nuevo y Marissa tradujo:

—Dice que necesitará una inyección contra posibles infecciones y que nos dará una pomada para las heridas. Dice también que necesita descanso. Está al borde del agotamiento histérico.

—No quiero que me pongan ninguna inyección —dijo Denise—. Me llevarán allí cuando me duerma.

—Nadie te llevará —dije—. No me moveré de tu lado.

Miró a Eileen.

—¿Tú también te quedarás conmigo?

Eileen asintió.

—Sí, niña. Yo también.

—No quiero volver al tránsito.

—Al único sitio al que irás será a Estados Unidos conmigo —dije.

Denise miró al médico.

—De acuerdo.

—Date la vuelta —dijo Marissa, traduciendo las instrucciones del médico.

Le puso una inyección en cada nalga. Luego sacó un tubo de ungüento del maletín negro. Cuando terminó de aplicarle el ungüento, Denise estaba profundamente dormida.

—El médico dice que dormirá de seis a ocho horas. Dice que necesita descanso y que no debemos despertarla —explicó Marissa—. Cree que ha tenido una mala reacción a la mescalina y que quizá esté sufriendo una psicosis tóxica. Es posible que necesite un tratamiento especializado porque algunos tipos de mescalina se incorporan al organismo y sus efectos persisten durante mucho tiempo.

—Dile al médico que procuraré que reciba el tratamiento adecuado —dije.

—Dice que vendrá mañana hacia el mediodía a verla —tradujo Marissa.

—Gracias, muchas gracias —dije al médico.

El médico hizo una rápida inclinación y salió. Marissa le acompañó hasta la puerta y luego volvió al dormitorio.

Eileen estiró la ropa de la cama. Luego apagó las luces del dormitorio y salimos.

—El médico dice que se han dado varios casos como este en el Retiro —explicó Marissa—. Tuvo que ingresar a dos en un hospital.

—¿Y cuál cree que es la causa?

—Dicen que allí todos toman drogas y que algunos no las soportan. Toman demasiadas.

Quizá, pensé, no lo sepan, quizá les den drogas sin su conocimiento. El muchacho me había dicho que les daban cuatro porros al día.

—¿Se podría conseguir una taza de café a esta hora? —pregunté.

Marissa sonrió.

—Es muy fácil. Hay café instantáneo norteamericano en la cocina. Calentaré agua.

Eileen esperó a que saliera de la habitación.

—¿Qué crees tú que sucede allí?

—No lo sé —dije—. No obstante, puedes estar segura de que iré a ver al reverendo Sam y hablaré del asunto en cuanto regresemos.

Casi habíamos terminado el café cuando oímos ruido de coches fuera. Unos instantes después sonó el timbre de la puerta.

Abrí y allí estaba el hermano Jonathan con dos jóvenes que vestían la ropa caqui del Retiro. Tras ellos, vi a varios de los guardias de Carrillo, dos de los cuales llevaban perros sujetos con correas.

—Hola, hermano Jonathan —dije—. Paz y amor.

Hizo ademán de entrar, pero me interpuse, bloqueando la entrada. Se detuvo.

—Paz y amor, Gareth —dijo—. Buscamos a Denise. ¿La has visto?

—Sí.

—¡Gracias a Dios! —exclamó—. Estábamos tan preocupados por ella. Lleva perdida desde las ocho de la noche. ¿Está contigo?

—Sí.

—Bueno —dijo—. Ahora nos la llevaremos.

—No —dije.

—Está muy enferma —dijo, había sorpresa en su voz—. Necesita cuidados. Tiene un mal viaje. Hay un médico esperando en el Retiro para atenderla.

—Ya la ha visto un médico aquí. Me aconsejó que no la moviera bajo ninguna circunstancia.

Guardó silencio un momento y luego preguntó:

—¿Puedo verla?

—Está dormida.

—Dejaré aquí a dos de mis hombres para que ayuden a cuidarla. cuarenta y seis

—No será necesario ya tengo ayuda.

Hizo un gesto con la mano.

—De acuerdo, entonces. Pareces tenerlo todo controlado. Vendremos por ella mañana por la mañana.

—Puedes ahorrarte el viaje porque no volverá contigo. Se viene conmigo a Estados Unidos.

—¡No puede irse!

—¿Por qué no, hermano Jonathan? —pregunté suavemente—. Tengo entendido que tienen libertad para irse cuando quieran.

Reconocí a uno de los jóvenes que estaban detrás de él.

—¿No fuiste tú el que me dijiste que llevabais todos siempre encima un billete de vuelta?

El muchacho no contestó. La voz del hermano Jonathan se hizo más áspera:

—Estás poniéndome las cosas muy difíciles. Soy personalmente responsable ante el reverendo Sam de todos los que están aquí. Y no puedo permitir que se vaya hasta que nuestros médicos den el visto bueno.

Vi que venían Bobby y Dieter. Llegaron a la puerta a tiempo de oírme decir:

—Me pondré en contacto con el reverendo Sam ahora mismo y conseguiré que me dé permiso.

—¿Qué pasa? —preguntó Bobby.

—El hermano Jonathan dice que necesito permiso de tu padre para llevarme a Denise a Estados Unidos.

—¿Está Denise aquí? —preguntó sorprendido.

—Sí y dice que quiere volver a casa con nosotros.

Bobby miró al hermano Jonathan:

—Tiene derecho a volver y no necesita permiso de nadie, ni siquiera de mi padre. Lo sabes de sobra.

—Pero está enferma, no sabe lo que hace —protestó el hermano Jonathan.

—Ya conoces las normas —dijo Bobby—. Una elección libre de una voluntad libre. A mi padre no le gustaría que se violase esa norma.

El hermano Jonathan retrocedió.

—Volveremos por la mañana. Quiero hablar con ella.

—¿Y si ella no quiere hablar contigo? —pregunté.

—Hablará conmigo —dijo hoscamente.

—Hermano Jonathan, estás empezando a parecer cada vez más el policía que fuiste.

Me miró furioso y se volvió. Dijo algo en español a los guardias armados. Estos asintieron y volvieron a los coches.

—Hermano Jonathan —dije—, ¿no te olvidas algo? Se volvió y me miró.

—Paz y amor —dije.