Los sueños mueren primero

Harold Robbins · Capítulo 30 de 52

Páginas del PDF

Los sueños mueren primero

treinta

 

La comida fue tan magnífica como la cena de la noche anterior. Hubo pescado, recién sacado del agua frente al hotel, un delicioso Montrachet, que no significó nada para mí pero que mi tío saboreó encantado, seguido de helado de lima y café. La suave brisa que soplaba entre las palmeras que nos daban sombra, impedía que el calor molestase demasiado.

Cuando acabamos, Marissa se levantó:

—Tengo que hacer unas cosas en la oficina. ¿Me necesitan para algo esta tarde?

Miré a mi tío. Negó con un gesto:

—No, gracias. Creo que volveremos a nuestro chalé a descansar hasta la hora del cóctel.

—De acuerdo. Pero si desean algo, ya saben dónde pueden localizarme.

Nos levantamos para despedirla. Mi tío la observó aprobatoriamente mientras se alejaba:

—Una mujer magnífica —dijo—. De gran clase.

Le miré incrédulo. Quizá fuese el sol, pero me pareció que se sonrojaba. Cambió rápidamente de tema:

—¿Volvemos paseando por la playa?

—De acuerdo.

Cuando llegamos al borde de las olas, mi tío se inclinó de pronto, se quitó zapatos y calcetines y se arremangó las perneras de los pantalones. Con los zapatos en la mano, entró cautelosamente en el agua. Luego, se volvió y me miró.

—¿Te importa?

—En absoluto.

Era como un niño, pateando el agua y eludiendo las olas cuando amenazaban con cubrirle las piernas. Sonreía vagamente y había en su mirada un brillo extraño y distante.

—Siempre, desde niño, quise hacer esto.

—Pero nunca…

—No —dijo rápidamente—. Empecé a trabajar a los once años. Tu madre era una niña, tu abuelo había muerto y tu abuela lavaba ropa para mantener a la familia.

—¿Y qué hacías?

—Conseguí un trabajo consistente en barrer y limpiar las escupideras en el Saloon Clancy frente a la estación ferroviaria de Los Ángeles.

No hice ningún comentario. Nunca me habían contado aquello. Nadie de mi familia me había explicado nunca cuáles habían sido sus comienzos.

—Tu abuelo y Clancy habían trabajado juntos en el ferrocarril. Por eso conseguí aquel trabajo. —Se detuvo y contempló el mar—. Aún recuerdo cuando veía el tren carguero de la Union Pacific bajar por el centro del Bulevar Santa Mónica y corría siguiendo la vía, y haciendo señas a mi padre y a Clancy que iban en la gran locomotora de vapor.

—Estamos muy lejos del Bulevar Santa Mónica ahora.

—Sí, los dos lo estamos. Recuerdo también que tú empezaste allí.

Asentí. Me resultaba difícil creer que solo habían transcurrido cinco años desde aquel día en que en la oficina del Bulevar Santa Mónica veía a Persky dirigir a los hombres del traslado que sacaban los últimos muebles de la oficina del Hollywood Express.

 

Persky desvió la vista, procurando no mirarme. La oficina estaba vacía, solo quedaban papeles y desperdicios en el suelo.

—Creo que esto ha terminado.

Salió seguido por los hombres del traslado. Fuera, en la calle, el carpintero terminaba de colocar las tablas de cierre. Comprobó la puerta para ver si funcionaba y luego se volvió a mí:

—Son cien billetes —dijo.

Hice un gesto a Verita, que estaba a mi lado:

—Dale un cheque.

—Nada de cheques. En metálico.

Por un instante, me sentí irritado; luego comprendí que era una tontería. Si estuviese en su lugar y viese desaparecer todos los muebles, pensaría lo mismo. Metí la mano en el bolsillo y saqué un fajo. Le pagué con un billete de cien dólares.

—Gracias —dijo, evidentemente impresionado—. Si necesita algo más, llámeme.

Cerré la puerta cuando se fue y me volví a Verita.

—Debí suponer que era demasiado bueno para que durase.

—Podría haber sido peor. Podrías estar muerto. Pero no lo estás. Podrías estar arruinado. Y no lo estás. Con los veinticinco mil dólares que le sacaste a Ronzi, tienes ochenta y un mil en el banco.

—Veremos lo que queda después de pagar las facturas.

Subimos al piso de arriba y nos sentamos a la mesa de la cocina, donde ella había colocado los libros de contabilidad.

—Veamos primero las grandes —dije—. ¿Cuánto queda del adelanto del reverendo Sam?

Pasó las páginas.

—Te dio cuarenta mil. Publicaste seis páginas. Eso significa que quedan treinta y cuatro mil a su favor.

—Extiende el cheque. —Esperé a que me pasara el talonario—. Ahora Lonergan.

—No le debes nada. Me llamó esta mañana y me dijo que lo había liquidado todo como una inversión.

—Ni hablar. No necesito limosnas suyas.

Guardó silencio.

—¿Le pagamos ya su porcentaje de los anuncios del último número?

—No.

—¿A cuánto sube eso?

—Tres mil cien —dijo, mirando el libro.

—Añade el adelanto de veinticinco mil y extiende el cheque.

Silenciosamente extendió el cheque y me lo pasó. Facturas de imprenta pendientes y otros gastos varios totalizaban doce mil. Los salarios diecisiete mil.

—¿Qué nos queda ahora?

—Cinco mil trescientos —dijo, sin mirar el libro de contabilidad.

—Tienes razón. No estoy arruinado.

Empezaron a rodar lágrimas por sus mejillas.

—Vamos, ¿no me decías que podía haber sido peor? Hace solo unos meses no tenía absolutamente nada. Ahora tengo cinco de los grandes.

—Yo… lo siento, Gary.

Le cogí una mano por encima de la mesa.

—Pues no lo sientas. Fue divertido mientras duró, mucho más divertido que hacer cola en la oficina de desempleo.

Apartó la mano, bajó la vista:

—Hablé ayer con la oficina. El supervisor me dijo que podía empezar de nuevo el lunes por la mañana.

—¿Puedo yo solicitar el seguro de desempleo?

—No.

—Entonces no vuelves. Si yo no puedo estar a la cola de tu ventanilla, ¿qué sentido tiene?

—Pero tengo que trabajar, Gary.

—Estás haciéndolo. No te dije que no tuvieras trabajo ya, ¿verdad?

—No… pero —vaciló—. Creí que todo había terminado.

—¿Terminado? —Me levanté y tomé una lata de cerveza de la nevera; la abrí y bebí de la lata—. Pero si acabo de empezar. Antes de que todo esto empezase yo andaba por ahí tronado, como un vagabundo, hundido del todo. Pero eso se acabó. Ahora sé cómo hay que hacerlo y voy a joder a todo el mundo.

Habló sin darse cuenta en español:

—Eres todo un macho.

—Eso es.

Aplasté en la mano la lata vacía y la tiré en el cubo de la basura. Levanté a Verita y la abracé:

—Eso es lo que yo andaba buscando.

—No comprendo.

Me eché a reír.

—Macho. El nombre de nuestra nueva revista.