Los sueños mueren primero
treinta y uno
Tardamos seis meses en sacar al mercado el primer número y fue un desastre. Penthouse había aparecido en Estados Unidos poco antes de que nosotros empezásemos a publicar nuestra revista, y estaba comiéndose el mercado. Comparar Macho con Playboy y Penthouse era como comparar el Hollywood Express con el New York Times. Las fotografías desenfocadas que utilizaba Penthouse emocionaron al público. Playboy contraatacó con vistas frontales completas, pero siguieron afeitando a sus chicas. Cuando lo vimos nos echamos a reír, eran los pubis más pulcros del país. Sin embargo, no resultaba divertido para nosotros, nos perjudicaba terriblemente. No teníamos medio alguno de superar a ninguna de las dos revistas, ni con palabras ni con imágenes; poseían demasiados talentos. Y el talento iba, evidentemente, donde había dinero. Nosotros solo teníamos promesas.
Sacamos el segundo número un mes después para dar a los vendedores la posibilidad de disponer de algo más que el primero. El tercer número salió también al mes siguiente. Por entonces sabíamos que todo había terminado salvo los problemas. El distribuidor nacional nos envió una nota terminante dando por concluida nuestra relación, lo que significaba que si queríamos que nuestra revista estuviese en los quioscos tendríamos que llevarla nosotros mismos. Pero esto era pura teoría. Yo había invertido casi cincuenta de los grandes, y no había esperanza de que pudiese conseguir dinero para publicar otro número.
Estábamos sentados a la mesa de la cocina, contemplando lúgubremente los montones de facturas que teníamos delante.
Verita asintió.
—Cuarenta y nueve mil trescientos cincuenta y siete dólares y dieciséis centavos, sin contar la nómina.
—¿A cuánto sube la nómina?
Miró a Bobby y a Eileen:
—Hemos tomado una decisión: prescindimos de nuestro salario.
Llevaban con aquella diez semanas sin cobrar.
—Gracias —dije—. ¿Cuánto tenemos en el banco?
Verita miró en su libro.
—Unos setecientos dólares.
—Mierda. Tardaré el resto de mi vida en pagar las deudas.
—No tienes por qué hacerlo —dijo Verita—. Puedes declararte en quiebra. Tú personalmente y la empresa. Entonces quedarás a salvo. Podrás empezar otra vez si quieres.
—¿Y qué pasa con el nombre?
—¿Macho?
Asentí.
—Pertenece a la empresa. Lo perderás con todos los demás bienes que queden.
—¿Qué otros bienes? ¿Unas cuantas fotografías usadas y unos cuantos artículos que nadie quiere?
—Mi padre dice que te prestará dinero para seguir —dijo Bobby.
—Dale las gracias de mi parte, pero sería como tirar el dinero por una alcantarilla. Hemos fracasado.
—Quizá el próximo número sea un éxito —insistió Bobby.
—No hay nada que hacer. Es imposible mientras sigamos intentando hacer lo que ya hacen mejor otros.
Tomé un cigarrillo.
—Si no le damos un enfoque nuevo, no seremos más que imitadores de tercera fila.
—¿Qué nuevo enfoque? —preguntó Bobby—. Solo existen unas cuantas formas de fotografiar chicas y ya hemos sacado pelo.
Le miré. No era lo que decía sino cómo lo decía. De pronto, empezó a girar una ruedecita en mi cabeza.
—Y entre Playboy y Penthouse han acaparado casi todas las ideas sexuales que se pueden abordar escribiendo —dijo Eileen—. Poco podemos hacer ya en ese campo.
Empezó a girar otra ruedecilla en mi cabeza:
—Quizá lo que hicimos fue jugar según sus reglas. Puede que acertáramos con la vía exacta en el caso del Express porque no conocíamos las reglas y establecimos reglas propias sobre la marcha.
—No es igual una revista nacional que un periódico local —dijo ella.
—¿No? ¿Crees que el resto de los habitantes de Estados Unidos son distintos de los ciudadanos de Los Ángeles? Les interesan las mismas cosas.
—Los Ángeles tiene un estilo de vida más liberal que Squeedunk. La gente es más abierta a todas las ideas.
—¿Acaso no hacen el amor en Squeedunk?
—Quizá lo hagan, pero no hablan tanto de ello.
—Me da igual que hablen de ello o no. Lo que me interesa es si piensan en ello y leen sobre ello.
—Están haciéndolo. Compran Playboy y Penthouse aunque no entiendan la mayor parte de los artículos.
—Lo que les gusta son las fotografías —dijo Bobby—. Penthouse consiguió casi tres millones de ejemplares al final de su primer año. A base de fotografías con pelo y posturas provocativas. Hefner ha acusado el golpe en las ventas y va a sacar una nueva revista para competir en ese campo. Ha llegado a un acuerdo con la revista francesa Lui para compartir fotos y otro material. La va a llamar Oui. Un amigo mío vio un ejemplar de prueba y dice que es sexo con clase.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Que no se elimina el pelo —contestó Bobby—. Las chicas se lo peinan.
Nos echamos todos a reír.
—Pero ambas revistas aún siguen en la misma línea; es una especie de manual para gente elegante. Los vinos franceses adecuados, las modas «in». Ropa, fiestas, deportes, películas, libros, comidas. En fin una guía completa.
Las chicas se echaron a reír, pero yo no; a mí no me parecía divertido. Me había costado cincuenta mil dólares. Me levanté.
—No vamos a decidir nada esta noche. Voy a descansar el fin de semana y pensar. Tengo la extraña sensación de que lo he jodido todo por olvidar lo evidente.
—¿De qué se trata si es tan evidente? —preguntó Bobby.
—¿Parece estúpido, verdad? Sin embargo, es la pura verdad. No lo sé exactamente.
Sonó el teléfono en cuanto se fueron. Lonergan habló con frialdad:
—¿Gareth?
—Sí, tío John.
—Me gustaría verte.
Llevábamos más de cuatro meses sin vernos ni hablarnos, pero nada de «¿cómo estás?» o «¿qué hay de nuevo?» sino «Me gustaría verte». Ya había tragado bastante mierda aquel día. No necesitaba más.
—Ya sabes dónde estoy —dije secamente.
—¿Puedes venir a verme a medianoche al Silver Stud?
—¿Para qué quieres verme? —repliqué.
No se inmutó.
—Tengo una proposición muy interesante para ti.
—La última vez que fui a oír una de tus interesantes proposiciones casi me liquidan.
—Eso fue culpa tuya. Te empeñaste en hacer las cosas a tu modo en vez de dejarme manejarlas a mí. A medianoche. Ven.
Vacilé un momento:
—De acuerdo.
—¡Gareth!
—¿Sí, tío John?
Había un tono zumbón en su voz:
—Esta vez haz el favor de aparcar el coche en la calle, ¿eh?
Colgó antes de que pudiera contestar. No tenía por qué preocuparse, no había comprado ningún coche. Y menos mal, porque si lo hubiese hecho, la financiera me lo habría quitado hacía mucho.
Casi no reconocí el local cuando llegué allí. Todas las ventanas estaban cubiertas de un material plateado salvo dos pequeños óvalos en blanco a través de los cuales se veía el letrero de neón. No había modo de ver lo que pasaba en el interior desde la calle. Aún había más cambios en el interior.
La vieja barra de caoba y madera vieja y las mesas habían sido sustituidas por materiales de cromo y de plástico negro. Colgaban del techo en el centro del local cuatro proyectores de películas mudas que arrojaban sus imágenes sobre las pantallas instaladas en distintos rincones. Había también jaulas de homosexuales: muchachos desnudos con grandes penes en acción, unos cuadros vivos, de máxima excitación. Hacia el fondo del bar, una muchacha negra de extraño aspecto tocaba el piano y cantaba con voz ronca en un pequeño estrado. No pude entender lo que estaba cantando por el ruido hasta que me aproximé más. Cantaba canciones con letras gay.
Conseguí abrirme paso entre la multitud hasta el fondo del local, no sin que me agarrasen una vez por delante y dos por detrás y rechazase una oferta de cien dólares de un marica viejo que quería que pasase la noche en su casa de Hollywood Hills. El Cobrador estaba sentado en su mesa, como siempre, junto a la escalera.
—Pero ¿qué regalan aquí? —pregunté.
—Llevamos así desde que se hizo la reforma. Todas las noches parece Año Nuevo.
Me indicó la silla de enfrente. Había en la mesa una botella de whisky. Llenó un vaso con cubitos de hielo de un recipiente de plástico y lo empujó hacia mí.
—Aquí tengo tu bebida, sírvete.
Eché el whisky sobre el hielo.
—¿Cuándo hicieron la reforma?
—Después de que aparcaste el coche en el bar —dijo sonriendo—. Creo que le hiciste un favor a Lonergan. La compañía de seguros lo pagó todo.
—Mierda. Debería pedirle una comisión a Lonergan.
El Cobrador se echó a reír.
—Puedes pedírsela. —Se sirvió otro trago—. ¿Cómo te va?
—Tirando.
—Lonergan llegará un poco tarde. —Miró por encima de mi hombro—. ¿Viste la chica que toca el piano?
—Sí.
—¿Extraña, verdad?
—Sí.
Bajó la voz casi como si hablase solo:
—Me gustaría conseguirla, amigo. Me está volviendo loco.
—¿Y por qué no se lo dices?
—Ya lo hice. Pero simplemente no le intereso. No hay manera.
—Quizá sea lesbiana.
—No, no lo es —dijo rápidamente—. Quiere ser estrella. Shirley Bassey. Aretha. Ese rollo. Está decidida a triunfar.
—Pues aquí no va a conseguirlo.
—No creas. El público de la noche está encantado con ella. Y algunos de esos maricas tienen mucho peso. —Se levantó—. Acabará de un momento a otro. Te la presentaré.
—¿Para qué?
—¡Qué demonios sé yo! Mierda —añadió—. Si no tuviese alguna excusa ni siquiera vendría a sentarse conmigo.
—Vale. —Estaba realmente afectado—. Le explicaré lo cojonudo que eres.
Tenía razón en una cosa: estaba decidida a triunfar. Casi antes de sentarse, salieron de su boca estas palabras:
—Bill me dice que eres editor. He escrito algunas canciones que me gustaría que vieras.
—No soy ese tipo de editor.
—Entonces, ¿qué clase de editor eres?
—Publico una revista. Macho.
No se inmutó:
—No he oído hablar de ella. ¿Cómo es?
—Playboy. Penthouse. De ese estilo.
—Yo no poso desnuda —dijo lisamente.
Me irritó:
—No te preocupes que tampoco voy a pedírtelo, eres demasiado flaca.
Se volvió al Cobrador:
—¿Por qué me haces perder el tiempo con mierdas como este? —dijo furiosa—. Me dijiste que podría hacer algo por mí.
—Quizá pueda —dije, con voz suave.
Su tono cambió instantáneamente. Se hizo casi amable:
—¿Sí?
—Si tienes el coño tan grande como la boca, te pagaré mil dólares por una foto completa.
Me miró un segundo, luego se levantó furiosa:
—¡Hijo de puta! —masculló, y se marchó.
Miré al Cobrador. Era la imagen misma de la decepción:
—Creo que no te he hecho ningún favor —dije.
Asintió pesadamente:
—No me has ayudado nada, desde luego. —Cogió la botella de whisky y volvió a llenar los dos vasos; los bebimos y sirvió otra ronda—. ¿Crees que realmente lo tenga tan grande como la boca? —preguntó con asombro.
—¿Por qué lo preguntas?
Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro:
—Si lo tuviera, estoy seguro de que me gustaría meter la cara en él.
Me eché a reír y alcé el vaso hacia él para brindar. Aquello era verdadero amor, no había duda. Cuando llegó Lonergan, a la una y media de la madrugada, yo estaba tan borracho que apenas podía subir la escalera de su oficina.