Los sueños mueren primero

Harold Robbins · Capítulo 5 de 52

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Los sueños mueren primero

cinco

 

Verita había dejado el coche junto a mi casa, así que volvimos andando. Tardamos casi una hora.

—Ahora me iré a casa —dijo ella cuando llegábamos al apartamento.

—No, sube, tengo una botella de vino. Podemos beber un poco. Quiero darte las gracias por lo que has hecho.

Se echó a reír:

—Fue divertido. Estuve seis años estudiando para este tipo de trabajo y hoy por primera vez he podido hacerlo.

Me pareció curioso.

—No estás hablando chicano.

Se echó a reír.

—Eso es para la oficina del desempleo. Los contables hablan otro idioma.

Sentí de pronto que me inspiraba un nuevo respeto.

—Vamos, sube —dije—. Te prometo que hablaremos americano.

Me miró por el rabillo de sus ojos, levemente achinados.

—Pero… ¿y el muchacho?

Le sonreí:

—Probablemente se haya ido ya.

Pero me equivocaba.

Nos recibió un delicioso olor a carne asada cuando abrimos la puerta. La mesa estaba puesta para dos: porcelana, cristal, servilletas de lino, sólida cubertería de plata y velas.

—Vives muy bien —dijo Verita, mirándome.

—Nada de eso es mío. Es la primera vez que lo veo.

Entré en la cocina. El muchacho estaba delante del horno. Vestía una chaqueta fina de cuadros y pantalones de lino blancos; llevaba una corbata Saint Laurent con un nudo informal al cuello de su camisa de seda. Se volvió al entrar yo:

—La cena estará lista en unos veinte minutos —dijo sonriendo—. Vuelve a la sala y descansa. Enseguida te prepararé un trago.

Sin contestar, volví a la sala.

—Dice que enseguida nos preparará un trago —comenté asombrado.

Ella se echó a reír:

—Parece que conseguiste una auténtica joya.

El muchacho salió de la cocina, se acercó a la pequeña alacena de la pared y la abrió. Las botellas estaban limpiamente alineadas en el estante: vodka, ginebra, whisky, vermut. Sin decir nada cogió un poco de hielo de un recipiente dorado, lo puso en un vaso y sirvió whisky. Se volvió hacia mí, ofreciéndomelo:

—Tú bebes whisky, si no recuerdo mal…

Asentí mientras tomaba el vaso.

Se volvió a Verita:

—¿Qué quieres tú?

—¿Vodka con tónica? —dijo Verita en tono interrogante.

Él asintió y sacó una botella de tónica de otro estante inferior. Rápidamente, preparó la bebida. Se la entregó y ambos nos quedamos allí mirándole de pie.

Él indicó con un gesto el sofá.

—Lie unos cuantos porros —dijo—. Están con los cigarrillos en la caja de la mesita de café. ¿Por qué no fumáis un poco? Os ayudará a relajaros. Parecéis los dos un poco tensos.

—Oye… —dije cuando él cruzaba la puerta de la cocina.

Se volvió:

—¿Sí?

—¿De dónde ha salido todo esto?

—Llamé y lo pedí.

—¿Llamaste y lo pediste? —repetí yo—. ¿Así de simple?

Asintió con un gesto.

—Fueron muy amables —dijo—. Les pedí que se diesen prisa porque lo necesitaba todo para la cena.

Le miré con suspicacia.

—¿No te pidieron dinero ni nada?

—¿Por qué habrían de pedírmelo? Dije simplemente que lo cargaran a cuenta.

Me sentía aturdido.

—¿No te has parado a pensar en cómo voy a arreglármelas para pagarlo? No tengo dinero.

—Eso no es problema. Ya te dije que soy rico.

—¿Cuándo me lo dijiste?

—Anoche. ¿No recuerdas?

Negué con un gesto:

—No recuerdo nada de anoche.

—Tú leías tu poesía, la ventana estaba abierta y empezó a llover. Estabas desnudo y dijiste que el Señor estaba lavando nuestros pecados. Fue maravilloso. Luego empezaste a llorar y dijiste que el mundo entero estaba jodido por el dinero y que si todos hubiésemos nacido ricos no habría ningún problema. Y tú lo lamentaste por mí. Y fue entonces cuando me enamoré de ti. Nunca se había compadecido de mí nadie.

—Oh, mierda —dije—. Debí pasarme del todo.

—No —dijo él rápidamente—. Estabas perfectamente sereno. Me hiciste ver las cosas más claras de lo que las había visto en toda mi vida.

—¿De veras?

Asintió:

—Llamé a mi padre y le dije que me perdonara.

Yo no tenía la más remota idea de lo que me explicaba. Él lo percibió en mi expresión.

—¿Así que no recuerdas nada?

Negué con un gesto.

—Tú estabas —continuó— en el Bulevar Hollywood haciendo autostop…

Tuve un súbito relampagueo de recuerdo:

—¿El Rolls descapotable azul plata?

—Sí. Paré para recogerte y empezamos a hablar. Te dije que te llevaría a casa, pero tú dijiste que un coche así en este barrio lo destrozarían. Así que lo metimos en un garaje a unas cuantas manzanas de aquí.

Empezaba a recordar. Habíamos parado en una tienda de licores y él había comprado unas cuantas botellas de vino. Luego habíamos venido a mi casa y habíamos estado hablando. Principalmente de su padre y de que este no era capaz de aceptar que su hijo fuese homosexual. Y de cómo procuraba constantemente mantener al muchacho apartado de su medio. Después de todo, el reverendo Sam Gannon era casi tan famoso como Billy Graham, Norman V. Peale y Katheryn Kuhlman juntos. Se le podía ver casi todas las semanas en televisión, predicando al mundo que Dios lo cura todo. Sin embargo, ni siquiera Dios era capaz de curar a su hijo. Jesús hizo lo Suyo y asumió todos los problemas en los que se metió. Recuerdo haberle dicho al muchacho que le explicase esto a su padre. Recuerdo también algo más. Solo hablamos. No hicimos el amor.

—Sí, Bobby —dije por fin, recordando el nombre del muchacho—. Por fin me acuerdo.

—Bueno —dijo él, sonriendo—. Ahora descansad mientras acabo la cena.

—Tenemos que hablar —dije.

Asintió con un gesto.

—Después de cenar.

Me volví a Verita, que había estado observándonos.

—La inyección fue inútil. No hicimos nada.

Me miró, había alivio en sus ojos:

—Eso prueba que Lonergan no sabe tanto como cree saber.

Me acomodé en el sofá y busqué un cigarrillo.

Ella siguió de pie mirándome.

—A Lonergan no va a gustarle —dijo.

—Que se joda.

—No es tan simple. Es un tipo duro y suele conseguir lo que quiere.

—Esta vez no.

Se dibujó una sombra en sus ojos.

—Tendrás noticias suyas.

En eso tenía razón. La llamada llegó cuando estábamos acabando de cenar. Me levanté para abrir.

—Termina el café —dijo Bobby, abriendo la puerta.

Por encima de su hombro pude ver al Cobrador.

Empujó al muchacho, entró y examinó la habitación antes de avanzar hacia mí.

—Te das la gran vida, ¿eh?

—Lo intento.

—Lonergan quiere verte.

—Muy bien. Dile que iré más tarde.

—Quiere verte ahora.

—No hay prisa. No tenemos de qué hablar. Además tengo que acabar de cenar.

Más que verlo, sentí su movimiento. Yo estaba mucho más torpe de lo que había estado cuando pertenecía a los Boinas Verdes siete años atrás, pero era mucho más rápido de lo que podría haber esperado él. Mi rodilla y mi codo se dispararon, la rodilla le alcanzó en los testículos y el codo en la nuez. Lanzó un extraño gruñido y cayó de rodillas. Luego, lentamente, se deslizó de espaldas. Se le desorbitaron los ojos y su cara adquirió un tono extraño, de un gris azulado muy pálido; abrió la boca, jadeante, mientras sus manos apretaban los genitales.

Le miré y, después de unos instantes, vi que empezaba a recuperar su color negro natural. Sin levantarme de mi silla, tomé el cuchillo con el que partía la carne y coloqué la punta en su cuello mientras le abría la chaqueta y sacaba la pistola de la sobaquera. Esperé a que recuperara el aliento.

—No me gusta que me atosiguen. Ya te dije que iría más tarde.

Contempló bizqueando el cuchillo que rozaba su cuello. En la puerta, aún abierta, se oyó la voz de Lonergan.

—¿Te sientes mejor ya, Gareth?

Era delgado y pálido y sus ojos se achicaban tras las gafas de montura dorada. Entró en la habitación, con su guardaespaldas siguiéndole los pasos.

—Ya te has demostrado a ti mismo lo que vales, ahora déjale.

Me incorporé y volví a poner el cuchillo en la mesa. Le miré a los ojos.

—¿Recibiste mi recado?

Asintió.

—No me interesa el periódico, es como comprar mi propia quiebra.

—Tienes razón.

No contesté.

—Si hubieses aceptado ese trato —continuó—, yo no lo habría hecho. No puedo soportar la estupidez.

—Entonces, ¿qué quieres?

—¿Aceptarías el periódico si estuviese absolutamente libre de deudas?

Miré a Verita. Ella asintió casi imperceptiblemente.

Me volví a él:

—Sí.

—Aún tendrás que conseguir un préstamo para los gastos de funcionamiento.

Antes de que tuviese posibilidad de contestar, habló Verita:

—Solo podría hacerlo si recibiese el veinticinco por ciento de los ingresos por publicidad.

—Tu contable es muy lista —dijo—. El veinte.

Miré a Verita.

—Con el veinte por ciento podríamos arreglarnos justo —dijo—. Pero sería muy justo.

—Dejadme que lo piense. Te diré algo por la mañana.

La voz de Lonergan se endureció:

—Tendrás que decírmelo ahora.

Guardé silencio mientras lo pensaba. ¿Qué demonios sabía yo de dirigir un periódico, aunque solo fuese un folleto publicitario?

—Me temo que no podrás con ello, Gareth… es muy distinto hablar sobre escribir y editar que respaldar las bellas palabras con el propio dinero.

No dije nada aún.

—Por lo menos tu padre lo intentó, aunque no tuviese el valor de seguir hasta el final. Tú no tienes siquiera valor para empezar —su voz tenía un tono gélido.

Recordaba aquella voz de cuando era niño y sabía que reflejaba un controlado desprecio hacia el resto del mundo. De pronto me enfurecí. No iba a dejar que él o el tono de su voz me empujasen a hacer algo que no estaba dispuesto a hacer.

—Necesitaré ayuda —dije—. Ayuda experta. ¿Seguirá Persky en el periódico?

—Si tú le quieres.

—Necesitaré un director artístico, reporteros, fotógrafos.

—Hay agencias que suministran todo eso. No tienes por qué tenerlos en nómina —dijo.

—¿Has calculado cuántos ejemplares tendríamos que vender por semana para cubrir? —pregunté a Verita.

—Unos quince mil —dijo ella—. Pero hasta ahora nadie pagaba por el periódico.

—Lo sé, pero ese no es el tipo de periódico que yo quiero hacer. Quiero tener una oportunidad de ganar dinero de verdad.

Súbitamente, Lonergan sonrió. Por un instante, casi sospeché que tenía sentido del humor.

—Gareth —dijo—, empiezo a pensar que estás haciéndote adulto. Es la primera vez que te oigo manifestar interés por el dinero.

—¿Qué tiene eso de malo, tío John? El ser rico no ha obstaculizado, al parecer, tu estilo de vida.

—Podría obstaculizar el tuyo.

—Correré el riesgo.

—Entonces, ¿qué hay del trato? ¿Aceptas?

Asentí. Me incliné y ayudé a levantarse al Cobrador. Le devolví su arma. La tomó.

—Lo siento —dije—. Me pongo nervioso cuando la gente hace ademán de pegarme.

Masculló algo ásperamente para sí.

—Te dolerá el cuello durante unos días —le dije—. Pero no te preocupes. Basta con que hagas gárgaras con agua caliente y sal, y te pondrás bien.

—Vamos, Bill —dijo Lonergan, dirigiéndose hacia la puerta—. Dejemos a esta buena gente terminar su cena.

En la puerta se volvió hacia mí:

—Mañana a las once en mi oficina de Beverly Hills.

—Allí estaré.

—Buenas noches, Gareth.

—Buenas noches, tío John.

La puerta se cerró tras él y me volví a Verita.

—Bueno, creo que a partir de ahora estamos en el negocio editorial —dije.

Ella no contestó.

—Vendrás conmigo, por supuesto.

—Pero mi trabajo…

—Te ofrezco uno mejor. La oportunidad de hacer aquello para lo que estudiaste. Además, te necesito. Sabes muy bien que no soy un hombre de negocios.

Me miró un instante.

—Puedo pedir la excedencia mientras compruebo cómo marcha la cosa.

—Por mí de acuerdo. Al menos de ese modo no podrás salir perjudicada.

—He tenido un extraño presentimiento —dijo ella, bajando la voz.

—¿De qué se trata?

—Nuestras estrellas se han cruzado, y la dirección de tu vida cambiará.

—No sé lo que significa eso. ¿Es bueno o malo?

Vaciló:

—Bueno, creo.

Sonó una llamada a la puerta. Iba a abrir yo, pero Bobby se me adelantó. El guardaespaldas miró por encima de la cabeza del muchacho.

—El señor Lonergan pregunta si quieres que envíe un coche a recogerte.

—Dale las gracias, por favor —contesté—. Pero dile que tengo medio de transporte.

Se cerró la puerta. Bobby se volvió hacia mí, con los ojos muy abiertos.

—¿De verdad vas a comprar un periódico?

—Sí —dije—. No es un gran periódico, pero es algo.

—Yo fui director artístico del periódico de mi facultad —dijo.

Me eché a reír.

—De acuerdo. Ya tienes trabajo. Ahora eres el director artístico del Hollywood Express.

De pronto los tres nos echamos a reír sin saber en realidad por qué. Quizá Verita tuviese razón. Nuestras estrellas se habían cruzado y de algún modo había cambiado el mundo.