Los sueños mueren primero
veintiséis
Me tumbé en el sofá de la oficina de Julio y no abrí los ojos hasta las dos y media de la tarde. Julio estaba sentado en su escritorio, mirándome. Me incorporé.
Se levantó en silencio y abrió un armario. De una cafetera eléctrica que había sobre una pequeña nevera, sirvió café en una taza y me lo trajo.
Bebí un sorbo de aquel líquido negro y ardiente y empecé a revivir.
—Gracias.
—De nada —dijo él, volviendo a su mesa—. Lonergan está volviendo la ciudad patas arriba buscándote.
—¿Qué quiere?
Se encogió de hombros.
—Quién sabe. Lonergan no habla.
Tomé otro trago de café.
—Creo que es hora de llamarle. ¿Te importa que use tu teléfono?
—Estás en tu casa.
La chica que contestó me dijo que no podía ponerse hasta que oyó mi nombre. Al cabo de unos segundos, estaba al teléfono.
—¿Dónde estás? —preguntó.
—No en Hawai, desde luego. Me dijeron que andabas buscándome.
Su voz no cambió de tono.
—¿Te has vuelto loco? ¿Qué intentas hacer?
—Algo que aprendí en Vietnam: si das la vuelta y huyes del combate, lo único que consigues es una bala en la espalda.
—¿Por eso me pusiste en la lista anoche?
—Te dedicaste a vender el periódico en cuanto creíste que salía del país.
—Lo hice para salvarte la vida.
—No me interesaba el trato. Los explosivos y el rifle que me esperaban junto al apartamento de mi chica no me convencieron precisamente de que habían dejado de perseguirme.
Guardó silencio un momento.
—Eso no lo sabía.
—Estás fallando, tío John, yo creí que lo tuyo era saberlo todo.
—El marica canceló su contrato, pero aún siguen enfadados contigo en el Este y Ronzi dice que te destrozará personalmente cuando te vea.
—Puedes decirle a Ronzi que salió bien librado anoche. Si hubiese querido, habría podido volar todo el local. Tienen que proteger un negocio de un millón de dólares y si él y sus amigos quieren seguir jugando, les costará caro. Si echan cuentas, verán que no les merece la pena seguir por este camino.
—Pareces muy seguro —dijo Lonergan.
—Ellos están al descubierto, son fáciles de localizar. Yo soy el Vietcong. Puedo atacar y escapar antes de que sepan siquiera que estoy allí.
—¿Por qué estás tan seguro de poder librarte de esto?
—Aprendí algo en el tiempo que estuve en la misión del reverendo Sam. Las espadas de la justicia son poderosas. Yo estoy del lado de Dios.
—¿Te respalda la misión?
Me eché a reír.
—Sabes de sobra que no, tío John. Su lema es «Paz y amor».
—¿Qué acuerdo propones?
—Dile a Ronzi que aceptaré el último trato que me ofreció. Cien mil dólares y puede quedarse con el periódico y con todo lo demás. Yo me iré sin problemas.
—Llámame dentro de una hora.
Colgué el teléfono y miré a Julio.
—Tienes muchos cojones, teniente —dijo—. En cuanto salgas de aquí, serás hombre muerto.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—¿Cuándo vas a llamarle otra vez?
—Dentro de una hora.
—Hasta entonces.
Se abrió la puerta y entró un muchacho, con una gran bandeja cubierta. La colocó en la mesa y se fue.
Julio destapó la bandeja, que estaba llena de tortillas, enchiladas y cuencos de chile caliente de delicioso aroma.
—¿Tienes hambre? —preguntó.
Asentí; se me hacía la boca agua. Giró la bandeja hacia mí mientras yo acercaba una silla. A los condenados se les da siempre una magnífica comida.
—Ronzi dice que no hay trato a menos que os reunáis primero —dijo Lonergan.
Lo pensé un momento. Podía ser una trampa, sin embargo, no tenía otra elección. Julio había liquidado su deuda.
—De acuerdo —dije—. En la oficina del periódico a las diez en punto esta noche.
—Allí nos veremos, entonces —dijo y colgó.
Miré a Julio.
—Ahora me voy, gracias por todo.
Asintió sin un gesto.
—De acuerdo.
—Un favor más. Sigue protegiendo a Verita hasta que sepas algo de mí o sobre mí.
—Pensaba hacerlo.
Me dirigí a la puerta.
—Teniente —dijo.
Me volví y le miré.
—Debes hacer algo con ese pelo naranja. Me fastidia verte así. Todo el mundo cree que eres marica.
Me eché a reír.
—Ya me encargaré de eso.
Sonrió y se acercó a mí con la mano extendida:
—Buena suerte, teniente.
Su apretón fue firme.
—Gracias. La necesitaré.
—Si cambiases de idea cuando esto termine, yo tengo todo el dinero que necesitas.
—Lo recordaré, Julio. —Abrí la puerta.
—Vaya con Dios, teniente.
La calle estaba llena de gente de compras, mujeres con carritos cargados, arrastrando niños. Muy pronto me di cuenta de que todos se fijaban en mi cabello. Como si fuese la última novedad que se veía en la ciudad. Me fijé de pasada en un escaparate. Julio tenía razón. Mi cabello ya no era naranja; era color mandarina y parecía ridículo. Otro día con el pelo así podría convertirme en la reina de Los Ángeles.
Vi un salón de belleza unisex al otro lado de la calle y decidí entrar. El salón estaba dividido por la mitad con un panel, mujeres a un lado, hombres al otro. Un chico homosexual de chaqueta malva se acercó a mí.
—¿En qué puedo servirle, señor?
—¿Puede devolver a mi pelo su color natural?
—¿Qué color es ese?
Abrí la camisa y le dejé ver el pelo de mi pecho. Su voz se elevó casi en un chillido:
—¡Es usted rubio natural! ¿Cómo pudo hacerse una cosa así?
—No fue fácil.
—Llevará un rato. Tendremos que lavarlo, prepararlo…
Le corté:
—Tengo tiempo.
Me condujo a un sillón. Metió los dedos en mi cabello para comprobar la textura.
—Vino usted en el momento justo —ceceó—. Tiene el cabello quemado. Se desmorona en mis manos. Unos días más y se le habría caído todo. Tendría que cortarlo mucho para poder trabajar realmente sobre el cuero cabelludo y darle a su cabello una oportunidad de respirar y crecer.
—Haga lo que tenga que hacer.
—Será caro.
—¿Cuánto?
—Treinta dólares.
—Vale.
—En metálico. No se admiten cheques.
Me eché a reír y saqué el dinero:
—¿Lo quiere por adelantado?
—No será necesario, supe que era usted de fiar en cuanto entró. No es usted como esos tipos de aquí abajo. —Sacó una sábana y empezó a envolverme en ella—. ¿Quiere también servicio de manicura?
—Todo.
El servicio completo duró tres horas. Eran las siete cuando me levanté del sillón y para entonces me había contado ya toda la historia de su vida. Su último novio acababa de dejarle por una loca rica de Santa Bárbara y él había quedado totalmente destrozado.
—Estuve al borde de la crisis nerviosa. —Y las tijeras tip, tip—. Puede creerme. Después de todo lo que hice por aquella perra. Cuando la conocí, no sabía siquiera qué tenedor había que utilizar para la ensalada —tip, tip—. Ahora está viviendo a lo grande. Reloj Cartier, anillos de diamantes y un descapotable Cadillac. Pero soy fuerte, no puede imaginarse lo fuerte que soy. Me tranquilicé y me dije: «Charles, esto es ridículo. Ella no es el único pez del mar. Encontrarás otro. Siempre lo has encontrado. Y siempre lo encontrarás». La muy perra nunca había querido trabajar, nunca. Yo soy un trabajador. Salgo y me rompo la espalda para ganar dinero, dinero, dinero. Y ella se dedica a tumbarse en casa, a ver la televisión y a tocarse el pito. Y sabía muy bien cuánto amaba yo aquel instrumento suyo kilométrico saliendo de entre sus piernas. Lo primero que hacía cuando yo llegaba a casa del trabajo, agotado, absolutamente agotado, era sacarlo y moverlo delante de mis narices y acto seguido yo estaba de rodillas adorando aquel chisme.
Pasó el peine por mi cabello y me dio una palmada suave:
—Así está bien. ¿Qué le parece?
Me miré en el espejo. No había llevado el cabello tan corto desde que salí del colegio. Pero el color se parecía mucho más al mío.
—Magnífico.
—Le hace más joven, ¿verdad?
Asentí.
—Debería utilizar acondicionador para el pelo, por lo menos dos veces a la semana, hasta que le crezca. Lo mejor sería que viniese por lo menos una vez a la semana para un tratamiento. Así el cabello crecerá de nuevo fuerte y sano.
—Está bien, de acuerdo.
Empezó a quitarme la toalla.
—Me alegro de poder librarme de ella. Estoy mucho mejor ahora, incluso ahorro dinero. No supe lo que me costaba hasta que no se fue. Comía por seis.
Me levanté.
—¿Cuánto?
—Treinta por el pelo. Dos por el afeitado y dos por la manicura. Treinta y cuatro dólares.
Le di dos billetes de veinte.
—Quédate cinco tú y dale un dólar al chico de la manicura.
—Gracias. —Me siguió hasta la puerta—. La próxima vez llámeme antes de venir. Pregunte por Charles. Le reservaré hora.
—Así lo haré. Gracias, Charles.
—Si no tiene usted compromiso, quizá pudiésemos cenar juntos. Conozco un restaurante mexicano maravilloso aquí cerca.
Había tenido ya bastante con la comida.
—No me gusta mucho la comida mexicana —dije—. Además, tengo una cita a las diez.
—Tienen unos filetes magníficos, y el servicio es rápido. Además me gusta mucho hablar con usted.
Esto no me sorprendió, no paraba. No obstante, tenía que matar dos horas y media y sería mejor que andar dando vueltas solo.
—De acuerdo, pero solo si invito yo. Insisto.
No discutió este extremo.
La calle estaba desierta. Metí la llave en la cerradura y empecé a abrir. La luz de la noche arrojaba las sombras en diagonal de un alambre sobre la puerta de cristal. Instintivamente, se me pusieron de punta los pelos de la nuca.
Sin pensarlo, me aparté de un salto de la puerta y me eché al suelo en la acera; en el preciso momento en que toda la fachada se estremecía con un estruendo atronador.
Aún estaba tendido en la acera, con las manos en la nuca, cuando por el rabillo del ojo vi que el coche de Lonergan se acercaba a la esquina. Se abrió la puerta y me levanté.
Asomándose sin salir, dijo:
—¿Estás bien, Gareth?
Me volví y contemplé la fachada. Había desaparecido.
—Perfectamente.
—Supongo que no querrás estar aquí cuando venga la policía —dijo—. Entra.
Subí al coche y cerré la puerta. Se alejó de la acera y dobló la esquina.
Me recosté en el asiento y miré a Lonergan. Había una vaga sonrisa en sus labios.
—¿Qué te hace tanta gracia? —mascullé.
—Los niños no deberían intentar jugar a los juegos de los mayores.
—¡Podrían haberme matado! —dije enfurecido.
—No habrías sido tan listo como creías ser —dijo tranquilamente—. Aún tienes mucho que aprender. Le miré hoscamente.
Su voz adquirió un tono frío y áspero.
—¿Cuánto crees que habrías durado si yo no te hubiese protegido? Primero con el reverendo Sam, luego con Julio Vázquez. Dos minutos después de que tu chica le llamase, me llamó a mí. Si yo no hubiese dado el visto bueno, habrías servido de alimento a los lobos.
Le miré fijamente un instante. Luego asentí.
—De acuerdo, tío John. Discúlpame. ¿Qué vamos a hacer ahora?
—Eso está mejor, Gareth. —Sonrió y se retrepó en el asiento—. Primero vamos a ver a Ronzi y a deshacernos del periódico. En realidad, nunca me interesó gran cosa ese papelucho, pero sirvió para sacarte de las calles.
—¿Y qué voy a hacer luego, tío John?
Me miró fijamente a los ojos.
—Eso es cuestión exclusivamente tuya. De ahora en adelante, tendrás que arreglártelas por tu cuenta.
No contesté.
—Por supuesto, me gustaría mucho que vinieses a trabajar conmigo.
—No es mi juego, tío John —dije suavemente—. Tú mismo acabas de decírmelo.
Me miró pensativo:
—¿Sabes lo que te gustaría ser?
—Sí, tío John. Creo que lo sé.