Los sueños mueren primero

Harold Robbins · Capítulo 39 de 52

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Los sueños mueren primero

treinta y nueve

 

Macho salió a la venta la tercera semana de abril. El lunes siguiente alcanzó su punto culminante la campaña publicitaria. Nuestros anuncios aparecieron en cincuenta y cinco emisoras de televisión independientes, en cuatrocientas emisoras de radio y en ciento sesenta periódicos de ciudades clave de todo el país. Era una verdadera campaña de saturación y estaba previsto que durase toda una semana, pero no fue así.

El miércoles fuimos eliminados completamente de la televisión. Solo veintiún periódicos siguieron aceptando nuestra publicidad y solo unas ciento cuarenta emisoras de radio seguían transmitiéndola. El viernes la policía de varias ciudades retiró la revista de noventa y tres puestos de venta y detuvo a cuarenta y dos vendedores. La cadena periodística Hearst publicó un editorial en todo el país lamentando el que pudiese anunciarse una revista así, sin mencionar el hecho de que también ellos habían publicado los anuncios el lunes y el martes. El domingo, dos detectives del Departamento de Policía de Los Ángeles me entregaron una citación para que compareciera ante el juez el viernes siguiente para responder a las acusaciones de quebrantar la ley y ofender la moral pública. La noticia fue recogida por las agencias y saltó a los medios de información nacionales, televisión, radio y prensa. El miércoles, dos días antes de que tuviese que comparecer ante el juez, Ronzi me pedía a gritos que siguiese imprimiendo. Lo habíamos vendido todo. Un millón de ejemplares. No quedaba ni uno.

El jueves por la noche, Phyllis Diller, que sustituía a Johnny Carson en El espectáculo de esta noche, apareció en su monólogo inicial con un gigantesco sombrero blanco vaquero y una bolsa de plástico de limpieza en seco encima del vestido en el que había pintado un bikini amarillo de encaje. Llevaba un revólver de seis tiros en cada mano. En un belicoso primer plano, desafió a la cámara diciendo con voz aguda y estridente: «¿Eres lo bastante hombre… para arrancarme el bikini?». Mientras, Doc Severinsen tocaba Pistol packin Mama al fondo. El público se entusiasmó.

Nos habíamos reunido todos para ver el programa; nos lo había dicho uno de los distribuidores del Este, que lo había visto tres horas antes que nosotros.

—Después de esto, hay que seguir imprimiendo —dijo Ronzi—. Podemos vender otros quinientos mil ejemplares.

—Ni hablar. Acabo de decirles que empiecen con el próximo número.

—Eso significa que no tendremos nada en circulación en más de dos semanas.

—Así es.

Se volvió a Lonergan.

—¿No puedes hacer que me escuche?

Lonergan sonrió.

—El director es él.

—Dios mío —gimió Ronzi—, tenemos otros trescientos mil en las manos y los dejas escapar.

—No lo creo. Pienso que esto hará aumentar sus deseos y que comprarán el próximo número solo para ver lo que se han perdido.

—Pero yo pierdo dinero —dijo furioso Ronzi.

—No, ganas. Conseguiste ya una bonificación de un cinco por ciento en el primer número.

—Dame las mismas condiciones con el próximo número y te colocaré otro millón de ejemplares. Me eché a reír.

—Eso fue solo un medio de indicarte lo que podía hacerse. No hay bonificación. Pero te daré otra cosa. He ordenado a la imprenta que tire un millón doscientos cincuenta mil.

—Tú estás chiflado. ¿Por qué crees que vas a vender tantos?

—Tú también lo crees. Si no, no me pedirías otra vez las mismas condiciones que en el primer número.

—¿Qué vais a poner en la portada?

—Me ajustaré básicamente a la misma idea. Solo que esta vez la chica nos dará la espalda. Estará encogida, con las manos en las rodillas. Llevará un gorro en la cabeza y nos mirará por encima del hombro. Vestirá una minifalda roja que apenas la cubrirá. La falda estará adherida con un pegamento especial y podrá quitarse fácilmente. El texto es prácticamente el mismo: «¿Es usted lo bastante hombre… para arrancarme la falda?».

Ronzi cabeceó aprobatoriamente.

—Me gusta.

—Gracias. ¿Cuáles son las últimas noticias sobre los vendedores detenidos?

—Todos salvo dos están fuera, en unos casos porque se ha rechazado la acusación, en otros porque solo les han puesto una pequeña multa. Hemos gastado hasta ahora unos once mil dólares, incluyendo gastos legales.

—¿Y los dos que quedan?

—No comparecerán ante el juez hasta la próxima semana. No creemos que haya ningún problema.

—Bien, manda cien dólares a cada uno de los detenidos como muestra de mi estimación por su apoyo.

—Eso es una locura. Si corre la noticia, todos los vendedores del país acudirán a la policía a suplicar que les detengan.

Me eché a reír.

—Hazlo de todos modos.

—Vale, vale. El dinero es tuyo.

Después de irse Ronzi, le dije a Lonergan:

—Espero salir mañana tan fácilmente como los vendedores.

—No tienes por qué preocuparte —dijo, tranquilamente—. Retirarán las acusaciones.

Y eso fue exactamente lo que sucedió.

Acudí con un abogado, pero podría haber ido solo. Ni siquiera tuvo oportunidad de decir una palabra. Una vez leídas las acusaciones, y antes incluso de que se me pidiese exponer mi alegación, el juez llamó al abogado y al fiscal.

Intenté oír lo que decían. El fiscal murmuraba algo sobre edición y distribución de pornografía. Le contestó el juez. No alcancé a oír más que unas cuantas palabras. «No tiene aplicación según las normas… violar la ley de… y ofender la decencia pública.» Hizo un gesto a los abogados dando por concluido el intercambio y pidió silencio antes de que llegasen a sus mesas.

—Se rechazan los cargos presentados aquí contra el acusado por considerarse improcedentes.

Los periodistas y los cámaras de televisión esperaban en el pasillo. Cuando salí, me rodearon.

—¿Está usted satisfecho de la decisión del juez?

—Por supuesto —contesté.

—¿En qué cree usted que se basó el juez para tomar esa decisión?

Miré a mi abogado. Al fin tenía oportunidad de hablar:

—Creo que el juez rechazó las acusaciones que se hicieron contra el señor Brendan porque comprendió que no eran más que un intento de presión, al no poder emprenderse una acción legal positiva contra el señor Brendan de ningún otro modo.

—¿Significa eso que su revista volverá a ponerse a la venta?

—Nunca ha llegado a prohibirse —dije.

—Intenté comprar un ejemplar y no lo encontré en ningún sitio —dijo el periodista.

—Eso es porque se ha agotado la tirada.

—¿Dónde podríamos comprar un ejemplar, entonces?

—Pruebe con su vecino. Si él no se lo vende, quizá se lo preste.

—¿Seguirá publicándose la revista?

—Sí. El próximo número ya está en imprenta, y se distribuirá dentro de unas dos semanas.

—¿Será la portada del próximo número tan provocativa como la de este?

—Dejaré que juzguen por sí mismos —dije. Abrí la carpeta de cuero y saqué la maqueta de la portada. La alcé para que todos pudieran verla. Empezaron a dispararse los flashes y pude ver las cámaras de televisión enfocándola.

Así fue como salió por televisión la portada del número siguiente. Se agotó en la primera semana y luego tuvimos que aumentar la tirada entre cincuenta y cien mil ejemplares cada mes. Seis meses más tarde, Macho vendía una media mensual de un millón quinientos mil ejemplares y obteníamos un neto de más de medio millón de dólares de beneficios en cada número.

 

En agosto comprendí que habíamos entrado en la órbita de los grandes negocios. No teníamos suficiente con la oficina y alquilamos otros locales vacíos de la misma manzana y luego nos vimos obligados a alquilar otro local más, a unas manzanas de distancia. La oficina original pasó a serlo de contabilidad y redacción. Verita tenía siete empleados y dos secretarias en su departamento; Eileen doce lectores y redactores y cuatro secretarias. En otro de los locales instalamos el estudio fotográfico de Bobby, que tenía ya un equipo de cuatro fotógrafos y dos ayudantes, más un encargado de accesorios, un escenógrafo, un sastre, un director fotográfico y dos secretarias. En otro de los locales se instaló el departamento de producción y servicios mecánicos con doce empleados, y en el de más reciente adquisición, los de correspondencia, dibujo e ilustraciones. Incluyendo las dos telefonistas, ocultas en su centralita bajo la caja de la escalera de la oficina central, teníamos un total de sesenta y cuatro empleados.

Ya no había forma de que Denise pudiera mantener el apartamento en orden. Había reuniones allí día y noche. Estaba constantemente desordenado, pese a los servicios del grupo de limpieza que venía por la noche.

El calor de aquel día de agosto se había prolongado por la noche y el aire del apartamento era sofocante, pese a los acondicionadores de las ventanas. La reunión del equipo editorial se aproximaba a su fin. Pasaba de la medianoche y habíamos empezado a las nueve.

—¿Alguna cosa más antes de que terminemos? —pregunté.

El joven negro que llevaba el departamento de correspondencia alzó la mano.

—Yo tengo algo, señor Brendan —dijo, vacilante. Era la primera vez que abría la boca en los tres meses que llevaba asistiendo a las reuniones.

—¿Sí, Jack?

Miró a los presentes tímidamente.

—No sé si es interesante o no, pero ¿recuerdan las series de artículos que publicamos sobre consejos matrimoniales y afrodisíacos hace unos meses?

—Sí.

—Desde que empezaron, hemos estado recibiendo entre quinientas y seiscientas cartas por semana preguntando dónde se pueden comprar esos productos.

—Hay que redactar un modelo de carta comunicándoles que acudan a su sex shop más próxima —dije.

—Casi todas las cartas proceden de pueblos pequeños y lugares donde no tienen nada parecido a una sex shop. No sabrían lo que es si se tropezasen con una, y aunque lo supiesen, tengo la sensación de que les daría demasiada vergüenza entrar.

Vi que se proponía algo concreto.

—Eso es bastante probable —dije, alentándole.

—Empecé a pensar en el asunto —continuó, más confiado—. Así que me acerqué a esa sex shop que hay junto al cine Pussycat y charlé un rato con el propietario. Se emocionó mucho y dijo que compraría dos páginas completas de publicidad en cada número. Cuando le expliqué que seguíamos la política de no aceptar publicidad, se ofreció a organizar un departamento de venta por correo y a pagarnos una comisión de un veinte por ciento del total de las ventas.

—Eso es interesante —dije. Tenía, sin embargo, la sensación de que aún no había acabado.

—Eso pensé yo —dijo—. Así que hice unas comprobaciones más. Descubrí dónde podía comprarse la mayoría de ese material. Descubrí también que los beneficios son fabulosos… entre el doscientos y el mil por cien. Así que el veinte por ciento que nos ofrece no significa nada.

—Tienes una idea concreta, ¿no?

—Sí, señor —dijo—. Tenemos un gran sótano en el local de la manzana contigua. Puedo llenarlo con los artículos más populares y si cumplimentamos los pedidos de las cartas podremos obtener un total bruto de entre treinta y cuarenta mil dólares al mes, del que por lo menos un cincuenta por ciento sería beneficio neto.

Asentí. Hiciésemos o no el negocio de las ventas por correspondencia, Jack no iba a seguir mucho tiempo en el puesto que tenía. Era demasiado útil.

—Bien pensado —dije—. Háblalo con Verita y calculad lo que podría costar la operación. En cuanto tengamos los datos sobre el papel, tomaré una decisión.

—Gracias —dijo él.

Miré a mi alrededor.

—¿Algo más?

No había más y la reunión se disolvió. Quedamos solo Bobby, Verita, Eileen, Denise y yo. Eileen y Denise se pusieron a retirar los vasos y a vaciar los ceniceros.

—¿Qué piensas de la idea de Jack? —pregunté a Verita.

—Es interesante. Me lo comentó hace dos semanas. Le dije que siguiera estudiando el asunto.

—No me lo dijiste.

—Era idea suya —dijo, sonriendo.

Eileen y Denise volvieron y se sentaron.

—Tenéis todos un aspecto horrible —dijo Bobby.

—Es que no se acaba nunca —dijo Eileen.

Bobby metió la mano en el bolsillo y sacó un frasco de coca y una cucharilla de oro.

—Creo que nos vendría bien a todos una esnifada. Nuestro problema es que estamos demasiado ocupados ya para divertirnos.

Esnifé un poco por cada ventanilla de la nariz y le pasé el frasco a Eileen. Ella esnifó también y lo mismo hicieron Denise y Bobby, pero Verita pasó.

Sentí una pequeña subida, pero no mucho. La coca estaba muy adulterada.

—¿Qué fotografiáis mañana? —pregunté a Bobby. Sonrió.

—Creo que esta vez tenemos algo bueno.

—¿Sí?

—¿Has visto las gemelas de la oficina de Paul Gitlin? Las nuevas secretarias de la sección jurídica. Son algo impresionante, deben de tener diecinueve o veinte años aproximadamente. Las convencí para que hicieran una sesión.

—¿Lo sabe Paul?

—¡Qué va a saber! —dijo Bobby, soltando una carcajada—. Ya sabes lo puritano que es. Me mataría si lo descubriese. Y tiene tan asustadas a las gemelas que tuve que prometerles que las fotografiaría disfrazadas.

—¿Y cómo vas a arreglártelas?

—Tengo una magnífica idea —dijo—. Grandes gafas de sol e inmensas pelucas. Y para la página central las fotografiaré juntas, una de rodillas y la otra de espaldas, con las piernas abiertas. Los primeros supercoños gemelos.

Me eché a reír.

—Sería divertido que Paul las reconociese de todos modos.

Sonrió.

—Si lo hace, quizá no sea tan puritano como pensamos que es. Pero no creo. Tuve que prometerles a las chicas que les daríamos trabajo si las echaba.

—¿Son buenas secretarias? —pregunté.

—Paul dice que son las mejores que ha tenido.

—Entonces no hay problema. Siempre viene bien gente válida. Quizá debieses procurar que lo descubriera.

Bobby se levantó.

—Ahora tengo que irme. Quiero pasar por el Silver Stud y ver cómo está el ambiente. ¿Vienes?

—No, gracias. He tenido bastante por hoy.

—También yo —dijo Verita—. Me voy a casa a dormir. Mañana vendrán los interventores temprano a terminar la revisión de nuestras operaciones de los seis primeros meses.

—¿Y cómo anda la cosa? —pregunté.

—Me da miedo decírtelo. Los resultados son demasiado buenos. Ni yo misma lo creo.

—Bueno, dame una idea.

—¿Podrías creer que tu responsabilidad fiscal supera el millón y medio en este momento? Y no hay modo de ocultarlo. Quizá tengamos que pagar esa cantidad al Gobierno.

—Puede que no tengamos que hacerlo —dije, sonriendo.

—Eso es que sabes algo que yo no sé. Explícate.

—Tengo una idea para otra revista.

—¡Maldita sea! ¡Es el colmo! —explotó Eileen—. Haré la maleta y me iré de aquí esta misma noche.

—¿Por qué?

—¡Por tu culpa, imbécil! —replicó—. Estamos viviendo en este cuchitril de mierda como cerdos, sin disponer de un momento, y aún no te has convencido de que eres rico y puedes vivir como quieras. Ni siquiera has comprado un coche. ¡Aún andas pidiendo que te lleven y mangando cigarrillos a todos los que te rodean!

Entró en el dormitorio dando un portazo. Un momento después, se levantó Denise y la siguió.

Me volví hacia Verita. No se me había ocurrido realmente que la situación fuese aquella.

—¿Es cierto lo que dijo? ¿Soy rico?

Verita asintió.

—Eres rico.

—¿Cuánto?

Lanzó un suspiro y dijo:

—Has acumulado unos dos millones de dólares netos, descontados impuestos, y para fin de año, si las cosas siguen así, tendrás por lo menos el doble.

—Dios mío —dije.

Encendí un cigarrillo y me quedé allí sentado largo rato después de que se fueron. Luego me serví un whisky con hielo y entré en el dormitorio. La puerta del armario estaba abierta y la ropa de Eileen esparcida por el suelo. Las dos estaban sentadas al borde de la cama, Eileen gimiendo sobre el pecho de Denise.

—Vamos, querida, perdóname —dije.

—Lárgate —gritó Eileen—. Te odio.

Al día siguiente nos trasladamos a una casita del hotel Beverly Hills.