Los sueños mueren primero

Harold Robbins · Capítulo 20 de 52

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Los sueños mueren primero

veinte

 

Coloqué de nuevo el arma en el cinturón, él se acercó y se puso a mi lado.

—¿Es ese tu coche?

—Sí.

—Parece como si le hubiera embestido un camión.

No contesté.

—Será mejor que lo guardes en el granero. La patrulla de tráfico pasa todas las mañanas hacia las ocho. —Me miró—. ¿Huyes de la policía?

—No. —Al menos eso era cierto.

—Pero estás huyendo de alguien, ¿no?

—Sí.

Tiré el cigarrillo en el suelo frente a la casa y vi cómo se esparcían y morían las cenizas. Tomé una decisión. Aquel no era sitio para quedarme. Ahora que la luz del día lo iluminaba, parecía demasiado abierto y desprotegido.

—¿Querrías darle un recado a Denise de mi parte? —dije.

—¿Un recado? —había desconcierto en su voz.

—Dile que he pensado que es mejor que me vaya. Pídele que esté en contacto con la oficina. Yo volveré cuando todo se arregle. —Bajé la escalera.

—No tienes por qué irte, Gareth. Aquí estarás seguro.

Sus palabras me detuvieron.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Rio entre dientes.

—No te preocupes. Puedo leer tu pensamiento.

Denise llamó desde un motel diciendo que veníais. Dijo que te traía aquí y que nadie debía saber quién eras.

—No debió hacer eso.

—No te enfades con ella. De todas formas, tendría que haberme dicho la verdad, no somos partidarios de mentirnos.

—Cuanta más gente sepa quién soy, mayor será para todos el peligro. Será mejor que me vaya.

—El único nombre que tienes que dar aquí a los demás es el de hermano. Te guardaremos el secreto.

No contesté.

—¿Adónde vas a ir? Pareces agotado. ¿Dormiste anoche?

Le miré:

—¿En esa cama tan estrecha?

—¿Cama estrecha? —Me miró un momento desconcertado; luego asomó a sus labios una amplia sonrisa.

—¿Estabais en una habitación muy pequeña, una que solo tiene un mueble de cajones y un armario?

Asentí. Se echó a reír.

—¿A qué viene esa risa?

—La muy pícara —dijo—. Le dije que ocupase la habitación grande. La que tiene dos camas.

Le miré un momento; luego me eché a reír. Al parecer, en cualquier generación, «una mujer es una mujer».

—Vamos —dijo—. Déjame que te prepare una taza de café y luego te acuestas. Creo que empiezo a entender por qué pareces tan agotado.

Metí el coche en el granero. Luego le seguí a la cocina. Era una estancia amplia, situada en la parte posterior de la casa, con una anticuada cocina de restaurante. Había un puchero de agua hirviendo. Preparó dos tazas de café instantáneo y nos sentamos en la mesa de madera.

—Tendrás que adaptarte a nuestro programa —dijo—, si no destacarás demasiado.

—De acuerdo, necesito pasar desapercibido.

—Nos levantamos a las cinco. Los servicios son a las cinco y media. Empezamos a trabajar en el campo a las seis. Comemos a las once y volvemos a trabajar hasta las tres y media. Después hay un período de tiempo libre hasta la hora de la cena, que es a las seis, y luego tiempo libre otra vez hasta que se apagan las luces, a las nueve.

—Una vida muy sana, ¿eh?

—Lo es. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

—No lo sé. Un par de semanas como máximo. Quizá solo un día o dos.

—He de pedirte que me dejes a mí el revólver. Te lo devolveré cuando te vayas.

Se lo di y comprobó si estaba puesto el seguro, luego lo dejó en la mesa.

—Un juguetito feo, ¿eh?

—¿Entiendes de armas?

—Era policía retirado y andaba por ahí sin ningún objetivo en la vida. Hasta que conocí al reverendo Sam y me interesé por la religión. Ahora todo vuelve a merecer la pena. —Me miró—. ¿Crees en Dios?

Sostuve su mirada.

—En realidad, no.

Un vago pesar impregnaba su voz:

—Qué lástima. Te pierdes algo bueno.

No contesté.

Miró su reloj.

—Son casi las cinco. Será mejor que te acuestes antes de que se levanten, si no, no podrás dormir.

Cuando te despiertes, búscame. Estaré por ahí.

Pasaba de las tres y media de la tarde cuando me desperté. Mi ropa había desaparecido. En una silla, había una camisa a cuadros y unos vaqueros similares a los que llevaba el Hermano Jonathan. Descalzo, fui al baño y me metí en la ducha. No había agua caliente y el agua fría me despertó de inmediato. Salí tiritando y me froté bien con la áspera toalla. Acababa de ponerme los pantalones cuando se abrió la puerta.

Entró Denise, sonriente.

—¿Ya estás despierto?

Asentí.

—Estuve aquí hace aproximadamente una hora y todavía estabas dormido. El hermano Jonathan te manda esta navaja de afeitar y este lápiz de cejas.

No contesté.

—¿Estás enfadado conmigo?

—No.

—No hablas.

—No hay nada que decir.

Tomé la navaja y el lápiz y volví al baño. Ella se acercó a la puerta y vio cómo me afeitaba. Yo veía su cara en el espejo.

—Tu ojo negro no está tan mal como imaginé.

—Maquillaje —dijo ella—. Es horrible. —Se acercó a mí—. ¿Quieres que te pinte yo las cejas?

Asentí. La seguí al dormitorio y me senté al borde de la cama. Se puso de pie frente a mí y empezó a pasar suavemente el lápiz por mis cejas. Sentí la calidez de su cuerpo y le eché las manos a la cintura.

—¿Por qué no vinimos ayer a esta habitación?

Se detuvo y me miró a la cara.

—Empezaba a temer que nunca me harías el amor, que pensases que seguía siendo demasiado niña.

—¿Te comportas así con todos los que te gustan?

—Nunca sentí eso por ningún otro.

—¿Por qué yo?

Humedeció el lápiz con la lengua y siguió pintándome.

—No lo sé, no obstante, con solo acercarme a ti, me excito enormemente.

—¿Incluso ahora?

Asintió.

—¿Te parece horrible?

—No, solo que no lo entiendo en absoluto.

—Entonces quizá no hayas estado nunca realmente enamorado de nadie —dejó el lápiz—. Creo que ya está. Mírate al espejo.

—Sí, ya está —dije, contemplando mi extraña imagen en el espejo.

—Al hermano Jonathan le gustaría que te reunieses con él esta tarde en la asamblea del quinto plano.

—¿A qué hora es?

—A las cuatro en punto.

—¿Cuánto dura? Tengo que llamar a Lonergan a las seis.

—Una hora más o menos.

—De acuerdo.

De pronto, sonrió.

—Estoy contenta. Ahora déjame que te prepare algo de comer, luego iremos juntos a la reunión.

La habitación sin ventanas no tenía más que cinco metros cuadrados con un techo alto de vigas de madera que iba descendiendo a partir de la zona central. Cuando nosotros llegamos ya había otras seis personas, tres hombres y tres mujeres. Estaban sentados en parejas, todos frente a una pared en la que había un bajorrelieve en madera de Cristo en la cruz. La única luz procedía de las velas del altar que se alzaba frente a cada talla.

Siguiendo el ejemplo de Denise, me quité los zapatos en la entrada, luego me coloqué en un punto opuesto a la pared del fondo y me senté con ella sobre el suelo desnudo. Nadie nos miraba. Al cabo de un momento, oí un ruido en la puerta. Atisbé por encima del hombro. Era el hermano Jonathan. Estaba descalzo y llevaba una sotana marrón que le llegaba a los tobillos. Silenciosamente, cerró y atrancó la puerta, luego se dirigió hasta el centro de la habitación y se sentó en el suelo bajo el vértice del techo. Hubo un momento de silencio; luego, empezó a hablar.

—Hace dos mil años, Él caminaba entre nosotros. Un hombre entre hombres. Sin embargo, era también el Hijo de Dios y vino a este mundo a expiar nuestros pecados y liberarnos de nuestros temores. Y fue por nuestros pecados y por nuestros temores que nos dio su vida en la cruz. Su tumba estaba en una pequeña pirámide que habían construido los judíos en su huida de Egipto varios miles de años antes. Y fue a través del vértice de esta pirámide por donde Dios devolvió la vida a su único hijo y así Jesús se levantó de su tumba, trayéndonos este mensaje: «He muerto por vosotros para que vosotros podáis tener el don de la vida eterna conmigo. Depositad en mí vuestros pecados y vuestra fe y estaréis conmigo eternamente en el reino del Cielo».

Hubo un suave coro de «amenes». Luego, el hermano Jonathan volvió a hablar:

—Desde entonces, el hombre ha intentado subir los peldaños de la pirámide para llegar al Cielo, pero ha caído por el camino a causa de su propia debilidad. Hasta que el reverendo Sam descubrió el Principio de los Siete Planos no se hizo patente la verdad. El hombre no podía alcanzar a Dios mientras no se librase de los siete pecados capitales: orgullo, codicia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Cuantos más pecados comete un hombre, más bajo es su nivel de existencia y mayor la distancia que le separa de Dios. Cuantos menos comete, más alto es su nivel de existencia y más cerca está de Dios. Y solo desde el nivel más alto puede el hombre alcanzar la cúspide de la pirámide y llegar a la luz pura de Dios. El reverendo Sam nos ha revelado que este objetivo está al alcance de todos nosotros. Él desciende para elevarnos a la luz pura de Dios. Ojalá siga brillando con la bendición de Dios. Alabado sea el Señor, Jesucristo, amén.

Hubo un suave rumor de movimientos, otro coro de «amenes», luego silencio.

La voz del hermano Jonathan se hizo más suave:

—Todos los que estamos aquí nos encontramos en el quinto plano de la escala que conduce al cielo. Aún hemos de escalar cinco planos más para llegar a la luz pura del ápice. Empezaremos por confesarnos a nosotros mismos y mutuamente el pecado que más nos acongoja. ¿Quién será el primero en confesar?

La voz de Denise quebró el momentáneo silencio.

—Seré yo, hermano.

—¿Y qué pecado confiesas, hermana?

Miré a mi alrededor. Nadie se había vuelto a mirarla. Todos seguían sentados tranquilamente, las manos en el regazo, los ojos en la cruz que tenían enfrente. También Denise miraba fijamente el crucifijo.

—Confieso el pecado de lujuria, Hermano. Cerró los ojos y habló con voz serena:

—Hace unas semanas conocí a un hombre. Desde que conocí a ese hombre, mi cuerpo ha sido como una hoguera, mi mente se ha llenado de imágenes lujuriosas y de deseo. Cuando pienso en él, me tiemblan las piernas y mi sexo se desborda. Me tiendo en la cama y me masturbo con su imagen constantemente en el pensamiento. Arrastrada por el deseo que siento hacia él, me he acostado con otros hombres y he utilizado otros cuerpos para ahogar en mí ese deseo. Y ahora que me he acostado con él, aún no me siento satisfecha. Sigo deseándole. Solo pienso en el sexo: fornicación, sodomía, masturbación. Soy esclava de mi lujuria, incapaz de pensar en otra cosa.

Su voz se apagó e inclinó la cabeza. Pude ver que lloraba. Un momento después añadió, en voz más baja:

—Confieso mi pecado y rezo a Dios para que me guíe.

—Nos uniremos en un momento de oración con nuestra hermana —dijo el hermano Jonathan.

Durante unos instantes reinó el murmullo sosegado de voces rezando; luego el hermano Jonathan volvió a hablar:

—A los ojos de Dios, hermana, solo hay amor, y el amor, toma diversas formas, es amor del cuerpo y amor del espíritu. Hay veces en que no existe otro medio de expresar este amor más que a través del cuerpo. Examina cuidadosamente tu corazón, hermana, ¿es posible que ames verdaderamente a ese hombre?

Denise habló con voz apagada:

—No lo sé, hermano. Hasta ahora solo he sentido el amor físico. Sé que él no me desea tanto como yo a él, pero eso no calma mi deseo. Incluso ahora, al hablar de ello, mi sexo se desborda y ardo de deseo.

—¿Estás dispuesta a comunicar esos deseos al conductor cinético?

—Sí, hermano.

—Entonces, ven a mí, hermana.

Denise se levantó lentamente, con los ojos semicerrados, como si estuviese casi dormida. Se volvió y se dirigió hacia el hermano Jonathan, desabrochándose la camisa mientras caminaba. Cuando llegó a él, se quitó la camisa y un momento después los vaqueros. Luego se tendió desnuda frente a él.

—Hermana Mary y hermana Jean, tomad las manos y los pies de la hermana Denise. Los demás se volverán hacia nosotros y se unirán a nuestras oraciones.

Dos de las chicas se levantaron y se acercaron a Denise. Ambas la besaron en la boca. Luego, una de ellas se sentó con las piernas cruzadas junto a su cabeza, cogiéndole las manos, y la otra se sentó a sus pies, agarrándola por los tobillos. Miré a los demás: tenían un aire pensativo, pero no curioso. Al parecer, era algo por lo que habían pasado todos antes.

El hermano Jonathan se movió y junto a él vi lo que parecía un pequeño transformador. En la mano tenía algo que parecía una varilla de cristal de unos treinta centímetros. Un cable negro unía la varilla al transformador, que el hermano Jonathan ajustaba. Hubo una crepitación y luego un chispazo de luz azul en la varilla. Inmediatamente, se percibió un vago aroma a ozono en el aire. La luz de la varilla se hizo más firme, desprendiendo un extraño tono pálido que iluminaba sus rostros. La crepitación se hizo más sonora.

El hermano Jonathan alzó la varilla sobre su cabeza:

—¡Oh Señor! En nombre de tu Hijo, Jesucristo, te imploro. Escucha el mensaje de nuestra hermana en pecado cuando te hable a través de la fuerza de la energía con la que tú nos das vida.

—Amén —el coro de voces fue entonces más fuerte.

El Hermano Jonathan fue bajando lentamente la varilla. Denise tenía los ojos cerrados. No se movía.

—¿Estás dispuesta, hermana?

—Estoy dispuesta, hermano —murmuró ella.

Le tocó el brazo derecho con la varilla. El chisporroteo aumentó, el brazo de Denise temblequeó un momento, pero luego quedó inmóvil. Lentamente, la varilla recorrió el brazo hasta el hombro; luego, el otro brazo. Hasta que la varilla no empezó a aproximarse a sus pechos, Denise no empezó a moverse. Al principio, fue un culebreo, luego lanzó su cuerpo hacia arriba, hacia la varilla, casi como en un orgasmo. Por último, empezó a gemir y comprendí lo que estaba sintiendo. Había oído los mismos gemidos la noche anterior en la cama con ella.

Los pezones se hincharon cuando la varilla tocó sus pechos, mientras ella se agitaba frenéticamente. Ahora sabía por qué las dos chicas estaban allí. De no ser por ellas, no habría modo de sujetarla en el suelo.

—¡Oh, Dios mío! —chillaba—. ¡Voy a acabar! ¡No puedo evitarlo! ¡Me voy, me voy!

La varilla recorría ahora su vientre y ella alzaba las caderas hacia arriba como si aquella varilla fuese una fuerza viva.

—¡Me voy, no puedo evitarlo! —gritaba; ahora era su pubis—. ¡Métela! —gritó —. ¡Quiero que me queme!

El rostro del hermano Jonathan permanecía impasible mientras sostenía la varilla sobre su pubis. Ella seguía debatiéndose y agitándose y chillando.

—¡Oh Dios mío, no puedo evitarlo! ¡No puedo!

Con el rostro crispado en una mueca agónica movía descontroladamente la cabeza de un lado a otro.

—¡Me voy! ¡Dios mío! ¡Es demasiado! ¡Demasiado! —De pronto se arqueó espasmódicamente contra la varilla.

—¡Oh, no! ¡Todo me explota por dentro!

Su voz se convirtió en un agudo chillido; luego, súbitamente, se desplomó, pálida, con los ojos cerrados.

Silenciosamente, el hermano Jonathan recorrió con la varilla sus piernas hasta llegar a los pies. Luego, tocó el transformador. La luz se desvaneció lentamente de la varilla y él la dejó. Denise estaba tendida, inmóvil. Lo único que se oía en la habitación era el rumor de su respiración.

El hermano Jonathan miró a las dos chicas y estas volvieron a su lugar en el círculo.

Denise abrió los ojos.

—¿Ha terminado?

El hermano Jonathan asintió:

—Sí. ¿Necesitas ayuda para volver a tu habitación?

Denise se incorporó y cogió su camisa.

—Creo que estoy perfectamente. —Él la ayudó a guardar el equilibrio mientras se ponía los pantalones—. Gracias, hermano Jonathan. Y gracias a todos vosotros, hermanos y hermanas. Os amo a todos.

—Nosotros también te amamos, hermana —dijeron a coro.

El hermano Jonathan se puso de pie y, colocándole las manos en los hombros, la besó en la boca.

—Recuerda, hermana, que el cuerpo es solo carne. Es el alma la que le da vida y es el amor el que funde a los dos.

Ella asintió, luego se volvió y, sin mirarme, salió tranquilamente de la estancia.

El hermano Jonathan me miró con simpatía.

—Gracias a vosotros, hermanos y hermanas. La asamblea ha terminado. Paz y amor.

—Paz y amor —contestaron ellos, y empezaron a salir.

Me levanté y esperé a que todos salieran. El hermano Jonathan estaba arrodillado junto al transformador, tapándolo.

—¿Funciona realmente ese chisme?

—Moisés habló con Dios a través de una zarza ardiente.

—Pero esto no es lo mismo.

—Cualquier cosa —dijo con voz paciente— que ayude a un hombre a comunicarse con Dios, funciona.

—Gracias, hermano Jonathan.

—Paz y amor —dijo él.

Miré mi reloj al salir, eran casi las seis. En aquel momento, no era tan importante para mí hablar con Dios como hablar con Lonergan.