Los sueños mueren primero

Harold Robbins · Capítulo 51 de 52

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Los sueños mueren primero

cincuenta y uno

Eran las seis de la tarde y no había modo de localizar a Lonergan. No estaba en casa, ni en su oficina de Beverly Hills, ni en el Silver Stud. Mi madre había ido aquel día a visitar a una familia a Newport Beach, así que no me fue de ninguna ayuda, de momento. Sin embargo, esperaban que regresase a cenar a casa, de modo que dejé recado para que me llamara en cuanto volviera.

Sonó el intercomunicador:

—Llama el señor Courtland desde Nueva York.

—Trabajan hasta tarde —dije—. Ahí son las nueve.

—Pese a lo que cree la gente, nuestra oficina no se cierra cuando se cierra el comercio —dijo burlonamente—. ¿Algún nuevo acontecimiento?

—Alguno.

—¿Algo de lo que pueda informar a la directiva?

—Creo que no.

—¿Y qué me dice de esa chica que se suicidó? Parece razonable pensar que pueda haber sido el Caballo de Troya para penetrar en su empresa.

—No lo fue.

—Me han llegado rumores de que están devolviendo miles de ejemplares de su revista —dijo.

—Millones.

Guardó silencio unos instantes, sorprendido.

—¿Quiere usted cancelar su presentación en el banquete de los corredores de Bolsa de mañana?

—¿Han retirado su invitación?

—No.

—Entonces estaré allí.

—Solo quería ahorrarle el posible embarazo —dijo—. Muchos de ellos han apoyado fervorosamente sus acciones y ahora pueden sentirse engañados. Quizá adopten una postura agresiva; se sienten muy decepcionados.

—Tampoco yo estoy precisamente contento. Nos veremos mañana. —Colgué y pulsé el intercomunicador.

—¿Sí, señor Brendan?

—Necesito un vuelo para Nueva York esta noche. Tengo que salir entre las doce y las tres de la mañana.

—De acuerdo, señor Brendan —dijo ella—. Está su madre al aparato.

—Hola, mamá.

—Gareth, estoy tan preocupada por ti. —Parecía de veras preocupada.

—Lo siento, mamá.

—¿Cómo pudieron hacerte esas cosas horribles esos mexicanos? Con lo bueno que fuiste con ella, además. La sacaste de aquel trabajo miserable y le diste un puesto tan importante. Desde el día en que oí su voz por teléfono supe que no se podía confiar en ella. Precisamente estuvimos hablando de eso hoy en la comida en el yate de los Fischer. Tienen un yate precioso. Setenta…

—¿Quién hablaba de eso? —pregunté, interrumpiéndola.

—Todos. Pero luego el tío John explicó lo que había pasado en realidad y todos lo sintieron mucho por ti.

—¿Estaba con vosotros el tío John?

—Sí.

—¿Está ahora contigo?

—No. Iba a cenar con alguien.

—¿Con quién?

—Creo que le oí mencionar el nombre de ese agradable joven, Dieter von Halsbach.

—Gracias, mamá. —Colgué sin decir siquiera adiós y pulsé el intercomunicador.

—Compruebe si aún está Marissa en su oficina.

No estaba, así que les dije que intentaran localizarla en casa. La localizaron una media hora después.

—¿Sabes dónde puede estar cenando Dieter? —pregunté.

—No. Le vi en la oficina hacia las cinco y media. Luego se fue con mucha prisa porque tenía una cita importante.

—¿Dónde puede estar ahora?

—Si sé algo de él, te llamaré para decírtelo.

—Gracias.

—Gareth, siento lo de Verita. Espero que no creas lo que dicen los periódicos.

—No lo creo.

—Me alegro. Yo tampoco.

Decidí llamar a Bobby a su casa. Dado que no había secretos en el mundo gay, pensé que podría ayudarme.

—¿Crees que puedes enterarte de dónde está Dieter esta noche? —pregunté.

—Lo intentaré —dijo—. Quizá tarde un rato. ¿Dónde puedo localizarte?

—Estaré en la oficina.

Me llamó a las diez y cuarto. Dieter tenía una reserva en el Greek Chorus.

—¿El Greek Chorus? —repetí.

—Eso mismo. Alquiló una suite para toda la noche. Con cena y demás. Nuestro amigo debe tener un buen ligue.

Colgué el teléfono. No tenía sentido. El Greek Chorus era el burdel gay más caro del mundo. Era necesario hacer reservas y el coste mínimo era de quinientos dólares. Se hablaba de una factura de diez mil dólares por velada. Aunque se tratara de un árabe que había llegado en avión solo para pasar allí la noche y había comprado todo y a todos los que había a la vista.

El Greek Chorus estaba en una mansión que había pertenecido a una antigua estrella de cine en Hollywood Hills. Tony metió el coche en el camino de automóviles y aparcó frente a la puerta principal.

—Espérame aquí —le dije, mientras llamaba al timbre.

Me abrió la puerta un individuo fornido, vestido de esmoquin. Tras él, había otro individuo, también de esmoquin.

—¿Tiene reserva? —preguntó el primero.

—No, pero hace solo unas horas que llegué a la ciudad y me han hablado mucho de este sitio.

—Lo siento —dijo, retrocediendo—. Es necesario hacer reserva.

Hizo ademán de cerrar la puerta. Metí el pie y le pasé un billete de cien dólares.

Lo miró impasible.

Añadí otros cien, luego otros y otros y otros. Me detuve en los quinientos. Si le daba demasiado sería peor.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—Gareth.

—Aguarde un momento, señor. Quizá tenga usted reserva y yo no me haya dado cuenta.

Retrocedió y habló con el otro hombre. Luego se volvió a mí.

—Lamento este incidente, señor —dijo, embolsándose los cinco billetes—. Su nombre estaba parcialmente cubierto por una mancha de tinta.

Pasé al interior.

—Se trata solo de una precaución, señor —dijo, parándome—. ¿Querría usted levantar los brazos?

Hice lo que me pedía y me cacheó muy profesionalmente.

—No se permiten aquí armas de fuego ni cuchillos —dijo, disculpándose—. Es para su propia protección y para la de los demás clientes.

Cruzamos el gran vestíbulo de entrada. La elegante mansión de la década de 1920 había sido convertida en un paraíso gay.

—¿Prefiere usted algo especial, señor? —preguntó.

—Bueno, me da igual. Me gustaría verlo todo.

—De acuerdo, señor —dijo, abriendo una puerta.

Cuando oí el rumor de la conversación me di cuenta de lo magnífico que era el aislamiento acústico del lugar.

—Este es el salón, señor. Los precios dependen de la persona que usted elija. Sobre un mínimo de quinientos dólares. Las bebidas y la comida son por cuenta de la casa.

—Gracias —dije. Me detuve un momento adaptando los ojos a aquella difusa luz, luego me dirigí a la barra semicircular que había al fondo de la estancia.

Había grupos de hombres, muchos de ellos desnudos, esparcidos por la habitación en sofás y tumbonas. Supuse que los vestidos serían clientes como yo; los desnudos me miraban al pasar, pero ninguno hacía insinuaciones obvias.

Atendía la barra un individuo con esmoquin.

—¿Qué desea, señor?

—Whisky con hielo. —Eché sobre la barra un billete de cinco dólares como propina.

—Disculpe, señor —dijo, devolviéndome el billete—. No se admiten propinas. Es usted nuestro invitado, señor.

—Gracias. —Me apoyé en la barra, contemplé el salón y bebí un buen trago de whisky. Luego vi a alguien a quien conocía y sonreí.

Con el vaso en la mano, crucé el salón y me detuve frente al negro desnudo que estaba tendido en el sofá con los ojos cerrados.

—Jack —dije, en voz baja.

King Dong abrió los ojos sorprendido.

—Durmiendo en el trabajo —dije, con una sonrisa.

Se incorporó lentamente.

—¿Qué hace usted aquí, señor Gareth? Nunca pensé que pudiese encontrarle en un sitio así.

—¿Y qué haces tú aquí? —respondí.

—Trabajo aquí una noche por semana. A veces me llevo hasta un billete de los grandes. Merece la pena. No tengo ya mucho trabajo como modelo.

—¿Te interesa ganar buena pasta?

—Yo me apellido dinero.

—¿Recuerdas a aquel mexicano, el rubio? —Me senté en el sofá junto a él—. ¿Está aquí esta noche?

Pasó un individuo de esmoquin al lado.

—Tóqueme un poco —dijo King Dong—. Ese es uno de los vigilantes.

Alcé su aparato. Juro que pesaba como una boa constrictora. El vigilante volvió sobre sus pasos y salió por la puerta.

—Sí, está aquí —dijo King Dong.

—¿Sabes en qué habitación está?

Asintió.

—¿Puedes llevarme hasta allí para verle?

—Para eso habría que subir al piso de arriba. Y el único medio es subir con uno de los muchachos.

—Subiré contigo.

—No sé —dijo, dudoso—. Si esos tipos lo descubren, me liquidan. Son asesinos.

—Nadie lo sabrá. No habrá ningún problema.

—Tendrá que pagarles quinientos.

—De acuerdo.

Su voz sorda retumbó en la habitación:

—No tengas tanta prisa, hombre —dijo, riendo.

—Tengo que tomar un avión —dije, siguiendo con la farsa.

Se levantó, se dirigió hacia la barra. Le seguí.

—Tengo un cliente —dijo al tipo de esmoquin.

El otro no sonrió siquiera:

—Quinientos dólares, por favor.

Dejé los cinco billetes sobre la barra.

—Gracias. —Buscó bajo la barra y sacó una llave con una placa dorada—. Habitación dieciséis.

—¿Está libre la seis o la siete? —preguntó King Dong—. Ya sabe que trabajo mucho peor en una habitación de techo bajo.

El tipo comprobó de nuevo. Sacó otra llave.

—La seis.

—Gracias —dijo King Dong.

Apartó unos cortinajes al fondo del salón y apareció una escalera.

—Tuvimos suerte —murmuró—. Él está en la puerta de al lado, en la habitación cinco.

—¿Necesitaré llave para entrar? —pregunté.

—No —dijo él—. Las puertas nunca se cierran cuando se está utilizando la habitación. A veces hay problemas y tienen que entrar allí deprisa.

Llegamos al primer piso. Se detuvo ante la puerta que tenía un número seis en bronce. Miró a un lado y a otro para asegurarse de que no venía nadie.

—Puede entrar ya —murmuró—. Pero tenga cuidado al salir.

Abrí la puerta contigua y me colé en la habitación. Vi al mismo tiempo que King Dong desaparecía en el número seis.

Estaban encendidas todas las luces. Al fondo, en la cama, estaba Dieter tendido bocabajo. En el suelo, junto a él, había una jeringuilla hipodérmica vacía y un cordón de goma retorcido. Vi las marcas de la aguja en el brazo extendido de Dieter. El futuro conde Von Halsbach era nada menos que heroinómano.

Me acerqué a él, lo tomé por el hombro y le zarandeé. Se movió pero no abrió los ojos. Oí ruido detrás de la cortina que había al otro extremo de la habitación. Me acerqué rápidamente y la abrí.

Tres pares de ojos oscuros me miraban desde una mesa llena de comida. Contemplé sus mugrientos rostros. Eran niños.

—¿Qué pasa? —dijo uno de los chicos, levantándose. Tenía un cuerpecito suave y redondeado. Todos estaban desnudos. Parecían más viejos y no debían tener más de nueve años.

—Nada —dije, moviendo la cabeza.

Se sentó otra vez y siguieron comiendo como si nadie les hubiese interrumpido. Corrí la cortina y volví a la cama.

Zarandeé más fuerte a Dieter. Por fin abrió los ojos, y al cabo de un rato mostró indicios de reconocerme.

—¿Dónde está Lonergan? —pregunté.

Sacudió la cabeza y luego gruñó.

—Se fue.

—¿Cuánto hace?

—Una hora, media hora. No sé. Yo estaba dormido.

—Vuelve a dormir —dije.

Cerró los ojos de nuevo. Fui hasta la puerta, la abrí levemente y atisbé. El pasillo estaba vacío. Rápidamente, entré en la habitación de al lado.

King Dong estaba sentado al borde de la cama, masturbándose.

—Ya está —dije—. Vámonos.

—Espere un momento —dijo él, buscando una toalla y acabando al mismo tiempo; cerró los ojos—. Aahh —suspiró.

Al cabo de un momento, se levantó. Deshizo un poco la cama.

—Este sigue siendo mi método favorito —dijo, satisfecho, por encima del hombro—. Nadie es capaz de hacérmelo como me lo hago yo.

Después de revolver la ropa de la cama, dejó tirada en medio la toalla.

—Vale, ya podemos irnos. No quería correr ningún riesgo. Si todo estuviese demasiado limpio, sospecharían.

—Puedes recoger tus mil dólares mañana en mi oficina —dije, siguiéndole escaleras abajo.

El individuo de la puerta hizo una inclinación.

—Confío en que todo haya sido de su agrado, señor.

—Todo fue magnífico —dije.

—Gracias, señor. Vuelva a visitarnos, por favor.

Tony puso en marcha el motor mientras yo entraba. Miré el reloj del coche. Las doce y diez. Sabía exactamente dónde encontrar a Lonergan a aquella hora.