Los sueños mueren primero
treinta y seis
Me quedé tendido en la manta, dejando que la música girara a mi alrededor mientras yo flotaba por las estrellas. El cielo de la noche era de un negro púrpura y las estrellas, como lucecitas de un árbol navideño, se encendían y se apagaban intermitentemente. Yo me abría paso entre ellas, preguntándome si existiría en realidad Santa Claus.
En mi oído sonó suave la voz de Marissa:
—Tu novia es muy bonita.
Me volví.
—Ella dice lo mismo de ti. —Le pasé el petardo; dio varias caladas y me lo devolvió.
—Estoy triste —dijo.
—¿Por qué? Esta vida es maravillosa.
—Nada es lo que parece, ¿no crees?
—La realidad es lo que uno ve. Aunque nadie más en el mundo viese lo que ves tú, no por eso sería menos real.
—Tienes respuesta para todo —dijo sonriendo.
—Ojalá fuese así —me senté—. La vida sería más simple.
Una carcajada llamó nuestra atención. Las modelos, Bobby, los del equipo fotográfico y King Dong se habían unido a la fiesta. Saltaban alrededor de la hoguera. Bobby se echó en la manta junto a mí.
—No pude detenerles cuando oyeron la música.
—No te preocupes, deja que se diviertan.
—Pero no conseguiré que se levanten mañana para empezar a trabajar a las siete.
—Tranquilízate —dije, y le pasé el porro.
Aspiró profundamente.
—¿Cómo van las cosas? —preguntó.
—Bien.
—¿Has tomado una decisión?
—No, todavía no.
—Si es por dinero, mi padre me mandó decirte que le interesaba.
—No es cuestión de dinero.
Se volvió a Marissa.
—Me gustaría tomar unos planos tuyos.
Pareció no entender.
—Fotografías —expliqué.
—Oh —dijo ella, sonriendo—. No le entendía.
—Tienes un cuerpo magnífico —dijo Bobby—. Eres muy guapa.
—No me van esas cosas —dijo—. Me pondría muy nerviosa.
—Explícale que somos unos profesionales muy serios —me dijo Bobby.
—Estoy seguro de que ya lo sabe.
—Como director, no ayudas gran cosa. Haría una página central que sería pura dinamita.
—Si yo hiciese tu trabajo además del mío —dije—, sería Bob Guccione.
Dio otra calada al peta y luego me lo pasó y se levantó.
—Si no puedes convencerles, únete a ellos. La música es fantástica.
Iniciaron una nueva pieza y ofrecí la mano a Marissa.
—Vamos —dije.
—Espera un momento. —Dieter tenía en la mano una cucharilla de coca y un frasco—. Esto ayudará a poner el motor en marcha.
Antes de que terminásemos, estábamos rodeados por todos los demás, y la cucharilla y el frasco pasaron rápidamente de mano en mano. Cuando volvieron a Dieter, el frasco estaba vacío y todo el mundo estaba colocado. Dieter envió a por más coca y la fiesta empezó a animarse.
Los músicos tocaban a un ritmo más rápido y además de la coca y la yerba, Bobby sacó una caja con anfetas. Al cabo de una hora estábamos todos empapados de sudor y pasados. Volví a la manta y me senté. Notaba los años.
Samantha, la modelo, fue la que empezó. Se quitó el sujetador y la falda.
—No puedo soportarlo —gritó, corriendo hacia el agua—. ¡Tonto el que llegue el último!
Al cabo de un momento, las otras modelos se quitaron la ropa y luego todos se mezclaron en un disparatado barullo desnudándose y corriendo hacia el agua. En medio de esto, la banda dejó bruscamente de tocar. Se hizo un silencio impresionante.
Alcé los ojos. Todos ellos, hombres y mujeres, miraban a King Dong. Lentamente, se quitó los pantalones. Se oyó una exclamación de asombro colectiva ante su desnudez.
A Dieter le brillaban los ojos. Julio estaba boquiabierto. Las chicas se quedaron mudas, fascinadas, incapaces de apartar los ojos de aquello. Miré a mi alrededor. El que dijese que las mujeres no reaccionaban ante un gran falo, estaba loco.
Fue la voz de Julio la que rompió el silencio:
—El toro.
Todos se echaron a reír.
—No puedo creerlo —dijo Dieter con un respeto casi religioso. Avanzó hacia él, pero King Dong había empezado ya a correr hacia el agua. Se lanzó sobre las olas olímpicamente, de cabeza. Pudimos ver cómo las chicas se congregaban a su alrededor y oír sus carcajadas cuando salía a la superficie.
Eileen se echó en la manta a mi lado.
—Me tiemblan las rodillas.
Me eché a reír.
—¿Tanto te impresionó?
—Estoy empapada. Estuve a punto de acabar mirándole. Y yo que creía que no me quedaba nada por ver.
—Es que aquellas eran solo fotografías. Esto es en directo, es la cosa real.
—Me pregunto cómo será cuando se excita —dijo.
—Nunca lo verás.
—¿Por qué no?
—Antes de alcanzar una erección media, el aparato le chupa toda la sangre del cuerpo y se desmaya —dije, muy serio.
—Qué gracioso —dijo ella, alzando la mano como si fuese a pegarme. Luego se echó a reír.
Vi que Marissa nos observaba con una expresión extraña.
Le tendí la mano. La tomó y la arrastré haciendo que se sentase a mi otro lado. Parecía muy seria. Me incliné y la besé. Tenía la boca suave y húmeda.
Al cabo de un momento, se apartó de mí.
—Creo que será mejor que me vaya a mi habitación —dijo.
—Creí que estabas conmigo.
Miró a Eileen:
—Ya no, ahora tienes aquí a tu novia.
—Nada ha cambiado. ¿Es que no somos todos amigos?
—Así es —dijo suavemente Eileen—. Amigos. —Acarició tiernamente la cara de Marissa—. Los amigos comparten. Los amigos se aman.
Marissa la miró sorprendida.
—No sé. Yo nunca… —vaciló, luego, de pronto, se estremeció—. Estoy muy cargada.
Se levantó bruscamente. Se quedó allí de pie, tambaleándose.
—Me voy a mi habitación —dijo. Consiguió dar dos pasos, pero luego se tambaleó otra vez y empezó a desplomarse.
La cogí antes de que tocara el suelo y la coloqué cuidadosamente sobre la manta. Estaba pálida y tenía el labio superior perlado de sudor. Comprobé el pulso. Era normal.
Eileen pareció asustarse.
—Solo se desmayó —dije tranquilizándola.
—¿Puedo hacer algo?
—No le iría mal una compresa húmeda en la frente.
Eileen corrió hacia el agua, soltándose el pañuelo que llevaba al cuello. No serviría de mucho, pero al menos Eileen se sentiría mejor. Lo único que podría ayudar realmente a Marissa sería el sueño.
Conseguimos llevarla al chalet entre los dos. La eché en el sofá. Vi entonces una nota en la mesita. La leí:
Gareth:
Pensé que estaríamos todos más cómodos si me trasladaba al edificio
principal.
Te veré por la mañana.
L.
—Podemos echarla en el otro dormitorio —dije—. El tío John se ha trasladado al hotel.
Dejé a Eileen en el dormitorio desvistiéndola y salí al salón a prepararme algo para beber. Los efectos de las drogas se habían desvanecido. La bajada me había dejado extrañamente sobrio y despejado. La coca me producía ese efecto.
Salí con mi vaso al jardín y me eché en una tumbona. Oí desde allí el rumor de las risas de las modelos que volvían a su chalé y la voz de Bobby dando instrucciones a los del equipo fotográfico sobre la sesión del día siguiente. Luego se hizo de nuevo el silencio. Bebí un trago. La fiesta había terminado.
Eileen salió y se quedó de pie junto a la tumbona.
—Está dormida.
No contesté.
—Regresaré en el vuelo de la mañana.
La miré.
—No debí venir. No tengo nada que hacer aquí. Trabajo en la revista.
—Bueno, no hay ninguna razón para que te pongas así.
—Estaba celosa. Puedo aguantar con las chicas de Los Ángeles, pero cuando te vas me entra la paranoia y empiezo a pensar que puedes encontrar una que te guste de veras.
—No tienes por qué preocuparte —dije bromeando—. Si la encontrase, serías la primera en saberlo.
No parecía de humor para bromas.
—¡Vete a la mierda! —dijo furiosa—. No quiero ser la primera en saberlo. ¡Díselo a tu madre! Ella es la que anda siempre detrás de mí diciéndome que por qué no nos casamos. Tienes treinta y siete años y según ella ya es hora de que sientes la cabeza.
Aquello me sorprendió:
—¿De veras te dice eso?
—Sí —replicó ásperamente.
—¿Y por qué no me dice nada a mí?
—¿Cómo demonios voy a saberlo? —contestó—. Tu madre te tiene miedo. Dice que nunca pudo hablar contigo. ¡La próxima vez que me venga con eso, le diré que lo que tú hagas no es asunto mío!
La tomé de la mano.
—Calma —dije.
Se tranquilizó de pronto y la arrastré conmigo a la tumbona.
Le acaricié suavemente la cara y me di cuenta de que estaba llorando.
—No es para tanto —dije.
—Sí lo es —dijo ella, incorporándose—. Esta vez lo hice, ¿verdad? Violé todas las normas. Perdí el control.
Acaricié sus labios.
—Vamos, niña. No sabía que hubiese normas que reglamentasen cómo debe amarse la gente.
Me miró a los ojos un momento; luego apoyó la cabeza en mi pecho.
—Gareth —murmuró en voz baja—. ¿Por qué se han complicado tanto las cosas? ¿Por qué no puede ser todo tan simple como antes?
No contesté.
—¿Recuerdas cuando empezamos la revista? —continuó, en voz baja—. ¿Recuerdas que el día no tenía horas suficientes para nosotros, y recuerdas cuando me fui a vivir contigo a aquel pequeño apartamento encima de la oficina? Éramos solo tú y yo.
—Sí —dije, sin dejar de acariciarla. Pero pensé que los recuerdos eran cosas extrañas. Cosas íntimas. Cada cual recuerda solo lo que quiere recordar. Rechazamos como ajenas las cosas que no son importantes para nosotros.
Desde su punto de vista, tenía razón. Éramos solo nosotros dos. Pero se había olvidado de algo. Estaba también Denise.