Los sueños mueren primero

Harold Robbins · Capítulo 46 de 52

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Los sueños mueren primero

cuarenta y seis

No podía dormir. Me senté fuera en el patio a ver el amanecer. A las siete en punto llegó el criado. Sonrió:

—¿Desayuno?

De pronto, me sentí hambriento.

—Sí.

Cuando iba por la mitad del jamón y los huevos, cayó una sombra sobre la mesa.

—Tuviste una noche muy ajetreada —dijo Lonergan, sonriendo.

Tragué un bocado.

—¿Te enteraste?

Asintió.

—He visto a Dieter.

—¿Qué piensas?

—Desde luego no has cambiado. Aún te dedicas a hacerte el caballero defendiendo causas perdidas.

—¿Por qué dices eso?

—La chica es drogadicta —dijo tranquilamente—. Dieter me dijo que no era la primera vez que le pasaba.

—Pues no lo era cuando vino aquí. Lo que pueda haberle pasado le pasó después de salir de Estados Unidos.

Se sentó frente a mí. El criado le trajo una taza de café.

—Supongo que no habrás tenido mucho tiempo para pensar en nuestra proposición…

—No, realmente.

—¿Quieres mi opinión?

—La agradecería —dije, cortando otro trozo de jamón.

—No veo que puedas perder en el trato. Aunque solo cubrieses, ganarías dinero.

—¿Cómo es eso?

—Tu inversión sale de Estados Unidos y se descuenta del impuesto federal sobre la renta, de modo que el coste neto es solo de unos cincuenta centavos por dólar. Si la operación no produce beneficios y dejas el dinero aquí, has conseguido, en realidad, un beneficio del cincuenta por ciento. Si la operación produce beneficios, aún más.

—Parece muy razonable. ¿Y si no cubrimos gastos siquiera?

—No puedes perder tanto —contestó—. ¿Qué es el cincuenta por ciento del cincuenta por ciento?

Terminé los huevos y pasé al café.

—Tengo otro problema. Personal. No hay nadie en mi organización que sepa algo sobre administración de hoteles.

—Dieter dice que él se quedaría. Y me he enterado de que el director general del Princesa de las Bahamas quiere cambiar de empresa.

—¿Es bueno?

—Muy bueno. En caso de que consiguiésemos permiso para el juego, tiene experiencia en el campo. Trabajó en el Mayfair de Londres. Aceptaría con sesenta mil al año y un cero veinticinco por ciento de los beneficios del hotel.

—¿Cómo lo sabes?

—Hablé esta mañana por teléfono con él.

—No pierdes el tiempo.

—No puedo permitírmelo —dijo—. Ya no soy joven.

Me levanté y caminé hasta el borde del patio, con la taza de café en la mano. Contemplé el océano y luego el hotel y las montañas que había detrás. Era muy hermoso aquello, realmente.

Volví a la mesa.

—¿De veras te gusta?

—Sí —contestó—. No me equivoqué cuando te animé a lo de los clubes, ¿verdad?

—No.

—Estás acumulando experiencia. Los clubes, este hotel, lo de Atlantic City cuando se abra. ¿Quién sabe? Puede que hasta Las Vegas. Nunca puedes saber cuándo aparecerá una oportunidad allí. Significa mucho dinero.

—Tío John, eres un hombre codicioso. Creo que lo único que quieres es que te haga rico.

—¿Qué tiene eso de malo?

De pronto tomé una decisión:

—Vale. Hagamos la prueba.

—¿Quieres decir que aceptas?

Asentí:

—Me has convencido. Puedes decirles que aceptamos el trato.

Me tendió la mano.

—Buena suerte.

La estreché.

—Para ambos.

Eileen salió del chalé. Al ver al tío John se detuvo y se ajustó la bata.

—Gareth.

—Felicítanos —dije—. Hemos ingresado en el negocio hotelero.

No se inmutó.

Parecía muy preocupada:

—Acabo de ir a ver a Denise. Está ardiendo de fiebre.

Entramos en el dormitorio. Denise estaba pálida y tenía la frente cubierta de sudor, las mejillas rojas y no dejaba de temblar bajo la manta. Me senté en la cama junto a ella.

—Tráeme una toalla y un poco de alcohol.

—No tenemos alcohol —dijo Eileen.

—Entonces colonia. Y luego llama al médico por teléfono.

Actué con toda rapidez. En Vietnam había visto a algunos soldados con fiebres como aquella. A veces era malaria, a veces fiebres tifoideas. Oía a Eileen hablar con Marissa en la otra habitación. Luego oí la voz de Marissa al teléfono.

Eileen volvió al dormitorio.

—¿Puedo hacer algo?

—Sí —dije, bajando las sábanas—. Dile a la doncella que traiga sábanas secas.

La levanté de la cama y la tapé con una manta mientras cambiaban las sábanas. No pesaba nada. No me había dado cuenta de lo delgada que estaba. Volví a acostarla cuando acabaron.

Me volví y vi que Lonergan me observaba con expresión inescrutable.

—Subiré al hotel y les comunicaré tu decisión.

—De acuerdo —le seguí a la sala.

Marissa se acercó a nosotros.

—Ahora viene el médico.

Me eché en un sofá. La falta de sueño me afectaba por fin.

—¿A qué hora quieres que nos reunamos con ellos? —preguntó Lonergan.

Moví la cabeza para despejarme. Todo me parecía un esfuerzo.

—Resuélvelo tú. Intentaré verles antes de irme.

Asintió y se fue. Cerré los ojos y me quedé dormido. No podía haber pasado mucho tiempo cuando sentí una mano suave en el hombro.

—Gareth —dijo quedamente Eileen—. Despierta. El médico quiere hablar contigo.

Me abrí paso a través de la niebla.

—Necesito una taza de café.

El criado lo trajo inmediatamente. Me ayudó, pero no era suficiente. Abrí el armarito y esnifé dos cucharillas. Me despejé inmediatamente. Entré en el dormitorio.

Denise aún seguía durmiendo.

El médico estaba muy serio. Habló deprisa y Marissa le tradujo.

—Está muy enferma. Sufre una grave desnutrición y además padece un tipo de disentería vírica que le ha hecho perder un volumen considerable de líquido. Es posible que la fiebre proceda de una infección, traumática o viral o de ambos géneros. Recomienda que se la hospitalice inmediatamente.

—¿Dónde está el hospital más próximo? —pregunté.

—En La Paz —contestó Marissa—. Se puede llamar al avión ambulancia.

La Paz quedaba a más de trescientos kilómetros.

—¿Cuánto tardaría?

—El avión podría estar aquí por la tarde —dijo ella.

—Llama al aeródromo y entérate de si mi avión puede despegar inmediatamente.

Me senté al borde de la cama mientras Marissa telefoneaba.

—¿Puede hacer usted algo ahora? —pregunté al médico.

Me miró sin comprender. No entendía una palabra de lo que le decía. Marissa volvió.

—Estarán listos para salir en una hora.

—Diles que de acuerdo —dije.

Marissa asintió y volvió al teléfono.

—Resuelto —dijo.

—Bien. Ahora pregúntale al médico si puede hacer algo por ella mientras tanto.

—Lo único que sugiere es aplicarle una solución salina. No quiere utilizar ningún medicamento mientras no se hagan análisis.

—El médico pregunta si hay sitio en el avión para él. Le gustaría asegurarse de que su estado permanece estable.

—Dile que se lo agradecería.

—¿Puedo ir yo también? —preguntó.

—Por supuesto.

El médico habló con Marissa y luego dio la vuelta y se fue.

—Va a la farmacia a por unos frascos de solución salina. Volverá a tiempo para acompañarnos al avión.

—Que venga a buscarnos la limusina grande. Quiero que Denise pueda ir echada en la parte de atrás.

—De acuerdo. ¿Me da tiempo a ir al hotel y cambiarme de ropa? Aún llevo los vaqueros de Eileen.

—Sí, pero no tardes —dije; esperé a que se fuera y entonces me volví a Eileen:

—Tú vienes con nosotros.

Me miró un momento en silencio y luego miró a Denise:

—¿Qué crees que le pasa?

—No lo sé. Pero lo averiguaremos.

—El médico dice que tiene más de 40º de fiebre. No me gusta, es demasiado alta.

—He visto personas con la misma fiebre e incluso más en Vietnam, con tifoideas —dije—. Y sanaron.

—No confío en los hospitales mexicanos.

Tampoco confiaba yo. Esperé a que el piloto apagase el letrero de NO FUMAR y a que el médico hubiese administrado la solución salina. Luego, me levanté de mi asiento, me acerqué a la cabina y le dije al piloto que pusiese rumbo a Los Ángeles y que enviase un mensaje al aeropuerto para que tuviesen preparada una ambulancia.

Cuando volví a mi asiento, el médico estaba visiblemente alterado. Miraba por la ventanilla y hablaba muy deprisa con Marissa.

—El médico dice que La Paz queda al este y que hemos cambiado de rumbo y volamos en dirección norte —dijo Marissa.

—Así es. Cambié de idea. Vamos a Los Ángeles.

—¿Por qué? —dijo Marissa sorprendida.

—Le prometí que la llevaría a casa —contesté.

 

Llevábamos en la sala de espera del pabellón privado del centro médico de la Universidad de California casi una hora cuando bajó el doctor Aldor. El reloj de la pared marcaba la una en punto. Marissa y el médico probablemente hubieran llegado ya a Mazatlán. Le había pedido al piloto que les llevase de vuelta en cuanto repostara.

Ed hizo un gesto desde la puerta.

—Vamos a un sitio tranquilo donde podamos hablar —dijo. Eileen y yo le seguimos por los atestados pasillos hasta que llegamos a una puerta en la que había un letrero:

 

PRIVADO - SOLO MÉDICOS

 

Nos sentamos a la mesa y nos miró con una expresión triste en sus ojos castaños.

—Está muy enferma.

—Pero ¿qué tiene?

—Aún no estamos seguros —contestó—. Sospecho que hepatitis infecciosa complicada con desnutrición y grave abuso de drogas. Hay indicios de trastornos renales y hepáticos. La he ingresado en cuidados intensivos y estamos observándola cuidadosamente.

»Al parecer le ha sido administrada una fuerte dosis de sedantes —continuó—. Intenté hablar con ella pero no reaccionó. Logró, sin embargo, salir de su estado lo suficiente para preguntarme dónde estaba. En cuanto se lo dije, volvió a dormirse.

—Quería volver a Estados Unidos —dije.

—Necesito una pequeña información. ¿Sabéis qué sedante le administró el médico en el avión?

—Que yo sepa ninguno —contesté—. Le aplicó un tipo de solución salina. Pero el único sedante que le aplicó, que yo sepa, se lo dio anoche. Dijo que los efectos durarían entre seis y ocho horas, así que ya tendrían que haber pasado.

Ed caviló un momento:

—Es extraño. ¿Seguro que no había en aquel frasco nada más que una solución salina?

—Cambió una vez el frasco —dijo Eileen.

—¿Cuándo? —pregunté.

—Cuando tú fuiste a la cabina del piloto a telefonear al doctor Aldor. Dijo que el frasco no funcionaba bien, o algo así.

—¿A qué hora sería eso? —preguntó Ed.

—Hacia la mitad del vuelo. A una hora y quince minutos de Los Ángeles.

Ed cabeceó.

—Una hora y cuarto de Thorazina podría explicar su reacción. ¿Tenéis idea de qué drogas tomaba? —preguntó, mirándome.

—Varias. Yerba, mescalina… —recordé algo y busqué en el bolsillo; puse sobre la mesa el porro de papel amarillo—. ¿Qué efecto crees que pueden producir cuatro de estos al día en un principiante?

Lo cogió y lo olió.

—¿Qué es?

—Yerba y algo más, no sé qué. Quizá en el laboratorio puedan averiguarlo. Lo único que sé es que di dos caladas a uno que ella me dio y casi me desmayo. Y cuando me puse de pie me mareaba.

—Haré que lo analicen. ¿Podéis decirme algo más?

—Sabes ya tanto como nosotros.

—Otra cosa. ¿Tenéis idea de cuánto tiempo lleva tomando esto?

—Han pasado más de dos años desde la última vez que la vimos. Quizá todo ese tiempo.

Se levantó.

—Parecéis muy cansados. Id a casa y descansad un poco. No os preocupéis, yo cuidaré yo de ella.

—Gracias, Ed. —Le tendí la mano. Me dio un apretón tranquilizador. Sonreí—. Cúrala. Es una buena chica.

—Llevará tiempo, pero creo que podremos conseguirlo. Es bastante joven y bastante fuerte.

Fuimos hacia la puerta. En el pasillo, me detuve:

—No repares en gastos. Quiero que recupere de todo. Enfermeras particulares a todas horas. Diles que envíen las facturas a mi oficina.

—De acuerdo. Te llamaré esta noche y te diré cómo está.

—¿Podemos visitarla?

—Es mejor que esperéis hasta mañana. Para entonces, estará en condiciones de hablar.

Volvió a estrecharme la mano y se fue.

El coche de Lonergan nos esperaba a la entrada. El chófer estaba al volante y el Cobrador apoyado en la puerta. En cuanto nos vio nos abrió la puerta de atrás.

—Bienvenidos a casa —dijo.

—¿Cómo supiste que estábamos aquí? —pregunté.

—En tu oficina. Lonergan llamó y nos dijo que te recogiéramos. Se figuró que no se te ocurriría tomar un coche. —Cerró la puerta y se sentó delante, junto al chófer—. Nos dijo que te llevásemos a tu oficina para una reunión.

—Ahora no, Bill —dije—. Vamos a casa a dormir. Los negocios pueden esperar hasta mañana.