Los sueños mueren primero

Harold Robbins · Capítulo 42 de 52

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Los sueños mueren primero

cuarenta y dos

 

La carretera recorría los campos que pertenecían al Retiro. Se veían en ellos grupos de cuatro o cinco personas, hombres y mujeres, trabajando en los cultivos. No parecían sometidos a gran presión y se movían con languidez bajo aquel calor. Vestían camisas y pantalones caquis de algodón, y sombreros mexicanos de paja de ala ancha que les ocultaban la cara. No alzaron la vista a nuestro paso, aunque tenían que oír el ruido del coche. Cruzamos el último campo, a unos dos kilómetros y medio del Retiro y entramos en un pequeño claro del bosque.

—Ahora estamos en la propiedad del señor Carrillo —dijo Marissa—. Le conociste en la recepción. Es el mayor terrateniente de la zona y primo hermano del gobernador. Y hermano del alcalde.

—¿Y qué hace?

—Nada —dijo Marissa—. Es rico.

—Quiero decir si cultiva la tierra o si tiene ganado…

—Un poco ambas cosas. Pero son, en realidad, sus colonos los que se dedican a eso. Él vive de las rentas. La aldea india está también dentro de su propiedad. Su familia es la más antigua del estado —luego añadió, con cierta amargura:

—No le amenazaron con expropiarle las tierras como a mi primo y posee cuatro veces más tierra que él.

La aldea, situada al otro lado del claro, consistía en una colección de cabañas de adobe y madera. Parecía completamente desierta.

—¿Dónde está la gente? —pregunté.

—Hace veinte años que aquí no vive nadie —contestó Marissa—. Se dice que el último indio se trasladó a las montañas. Pero nadie lo sabe con seguridad.

—Eso no tiene sentido. La gente no se esfuma así por las buenas. Tienen que tener relaciones, algún contacto…

—Ninguno —vaciló un momento—. Se dijo que Carrillo había acabado con ellos. Pero no eran más que indios. Nadie se preocupó de una cosa así.

Recorrimos la polvorienta calle de la aldea, entramos en otro bosquecillo que había al fondo y enseguida salimos a un campo abierto donde trabajaba el equipo fotográfico.

Lo primero que vi fueron los guardias armados de uniforme con los rifles bajo el brazo. Vi que miraban nuestro coche y que rápidamente apartaban la vista. Había por lo menos treinta o cuarenta.

—¿Policías? —pregunté a Marissa.

—No, son guardias de Carrillo.

—¿Y qué hacen aquí?

—Están protegiendo a los visitantes. Por esta zona hay muchos bandidos. No es aconsejable viajar solo.

Paró el coche y nos acercamos al grupo. Bobby alzó la vista y nos vio. Miró el reloj y alzó la mano.

—Vale. Descanso para comer.

—¿Cómo ha ido? —pregunté.

—Muy bien. He hecho ya cuatro tomas. Si puedo conseguir cinco esta tarde, habremos terminado. Traje comida del hotel, ¿queréis acompañarnos?

—Aceptamos —dije.

Me volví a tiempo de sorprender a Eileen y a Marissa mirando a King Dong que estaba poniéndose los pantalones. No le resultaba fácil. Hacían falta arreglos especiales para que los pantalones se ajustaran al tamaño de su aparato. Me eché a reír.

—¿Vosotras comeréis también?

Nos sentamos bajo los árboles, a la sombra, y tomamos cerveza fría y vino, pollo, carne asada, pescado con gelatina, tortillas y pan francés.

—Hicimos tres tomas en la aldea —dijo Bobby—. Un escenario magnífico. Tenemos que hacer una más aquí. Luego iremos a la casa de Carrillo. Nos ha dado un permiso especial para trabajar en sus jardines. Me dijeron que tenía acres y acres de flores.

—Parece un buen escenario —dije, abriendo otra botella de Carta Blanca—. ¿Ha estado Dieter por aquí?

Bobby negó con la cabeza.

—No se le ha visto.

—Me dijeron que había venido.

—Pues no apareció.

—¿Y Lonergan y Julio?

—Tampoco.

Se acercó el ayudante de Bobby.

—Estamos listos para seguir.

Bobby se levantó y me miró.

—Hay que volver a trabajar.

Tanteé a Marissa y a Eileen:

—¿Vosotras queréis quedaros a verlo?

Era una pregunta estúpida. Las dos siguieron a Bobby. Estuve mirando unos minutos mientras las modelos se preparaban para la siguiente toma. King Dong estaba desnudo otra vez y tumbado en el suelo con las piernas abiertas y las manos y los pies atados a estacas. Representaba, al parecer, aquel montaje su captura y las chicas tendrían que torturarle y burlarse de él mientras decidían cuál iba a ser su destino. Por la forma en que actuaban, parecía que en cualquier momento la representación podía convertirse en realidad. No apartaban las manos de él y aquello empezaba a ser más de lo que él podía soportar. Tenía una erección casi completa cuando Bobby empezó a gritarle:

—¡Por amor de Dios, sé un profesional! Sabes perfectamente que no podemos publicar fotos con erecciones completas. ¡Contrólate!

—No puedo evitarlo, señor Bobby —dijo King Dong en tono quejumbroso—. Dígales a las chicas que dejen de sobarme. Soy humano.

—Está bien, chicas, dejadle en paz —dijo Bobby—. Basta de juegos, este es un asunto serio.

—¿Quieres que le eche agua fría por encima? —preguntó el ayudante de Bobby.

—Ya lo intentamos la última vez —dijo Bobby irritado—. No resultó.

—No sé por qué te alteras tanto por eso, Bobby —dijo suavemente Samantha Jones—. Yo puedo resolverlo.

—Vamos, vamos. No tenemos tiempo para eso.

—De veras. No hace falta follar ni nada de eso. He sido enfermera y conozco un truco que usábamos en el hospital. No falla nunca.

—De acuerdo —dijo Bobby.

Samantha se arrodilló en el suelo junto a King Dong. Delicadamente alzó el falo, sujetándolo recto en el aire con tres dedos.

—¿Qué tal? —preguntó con una dulce sonrisa.

—Magnífico —dijo King Dong muy complacido. Samantha movió rápidamente la otra mano y sonó un chasquido sordo. El falo se derrumbó sobre la cadera de King Dong.

—¡Ay! —gritó este.

Samantha se levantó y le miró. La erección había desaparecido.

—No falla nunca —dijo, sonriendo.

—¡Mala puta! —gritó King Dong, mirándola hoscamente.

—Vale —dijo Bobby—. Sigamos trabajando.

Estuve mirando unos cuantos minutos, y luego volví andando hacia la aldea. No me importaba ver las fotos, pero no sentía ningún interés por las tomas. Me di cuenta de que dos de los guardias armados empezaron a seguirme a unos veinte metros de distancia. Las pequeñas chozas no tenían ventanas y las puertas colgaban de bisagras rotas. Me detuve y miré el interior de una de ellas. Dentro, solo había unos cuantos muebles rotos y capas de polvo y arena. Cuando me volví, los guardias estaban al lado de la calle.

La voz llegaba de un edificio de la esquina:

—¡Gareth!

Miré a mi alrededor, pero no vi nada.

—¡Aquí arriba!

Denise estaba sentada en el alféizar de una ventana, con las piernas colgando hacia fuera, en la segunda planta del edificio.

—¡Agárrame! —gritó.

Automáticamente, me lancé a sujetarla, al verla saltar.

—¿Estás loca? —dije, furioso.

Tomó mi mano.

—Rápido. ¡Sígueme!

Corrimos calle arriba, doblamos otra esquina y luego cruzamos el campo y entramos en el bosque. Tardamos casi cinco minutos en llegar a los árboles que había al extremo de una valla de alambre espinoso. Nos sentamos al pie de un árbol gigantesco que nos ocultaba.

—¿Qué es todo esto? —pregunté, jadeante.

—No podemos entrar en la propiedad de Carrillo —dijo.

—¡Por amor de Dios!

—No —dijo muy seria—. Por eso tienen los guardias.

—Lo único que pueden hacer es echarte. No pueden disparar contra ti.

—Pueden hacer lo que quieran. Es su propiedad.

—Eso es una locura.

—Estamos en México. —Me miró—. No quería dejarte, lo sabes perfectamente.

Guardé silencio un momento.

—Nadie te presionó.

—Tuve que hacerlo. Pero no sabía que iba a resultar así.

—¿Es muy duro?

—Te echo mucho de menos. Eso es lo que resulta duro.

—Entonces vuelve.

—No puedo. Si lo hiciese, nunca alcanzaría el segundo plano.

—¿Por qué es tan importante eso? ¿No es más importante ser feliz?

—El hermano Jonathan dice que seré feliz cuando pueda desconectar. Dice que para unos es más difícil que para otros.

—No quiso que te viera.

—Quería protegerme.

—¿De quién? Sabe que yo no te haría daño.

—De mí misma. Pero no tenía que decirme nada, nadie tenía que decírmelo. Yo sabía que estabas aquí.

—¿Y cómo lo sabías?

—Sentí tu aura —dijo.

—Sigue diciendo eso y acabaré creyéndolo.

—Es cierto —dijo—. Solo que no estaba segura. Hace tres días me asignó un viaje de conciencia.

—¿Y qué es eso?

—Mescalina para ampliar la conciencia.

Se inclinó y me acarició la cara suavemente. Tenía las pupilas muy dilatadas.

—Incluso ahora —dijo—, no estoy segura de que seas realmente tú, de que no esté viajando.

—Soy yo realmente.

—No estoy segura. —Empezó a llorar—. Ya no estoy segura de nada.

Hice que apoyara la cabeza en mi pecho.

—Es real.

Guardó silencio unos instantes.

—¿Están también aquí contigo Bobby y Eileen?

—Sí.

—Me lo suponía. Les sentía también. —Se apartó de mí—. Pero fuiste tú el que me arrastraste. Seguí tu aura desde el Retiro.

No dije nada.

Buscó en el bolso de la camisa, sacó un porro de papel amarillo liado a máquina y lo encendió. Dio dos buenas caladas y luego me lo pasó. Aspiré el humo vigorosamente. Fue como una explosión. Nunca había probado yerba como aquella.

—¿De dónde viene esto? —pregunté—. Es dinamita.

—Crece por todas partes. Esto es el paraíso de la droga. Mescalina, peyote, marihuana y un centenar de cosas más de las que ni siquiera sé el nombre. No tienes más que salir al campo y recogerlas.

Me quitó el porro de la mano y lo apagó. Cuidadosamente, volvió a metérselo en el bolsillo. Luego se levantó y me miró.

—Ahora tengo que volver. Antes de que quienes están en el campo informen de que te vieron venir aquí.

Me sentía muy relajado.

—¿Y qué importancia tiene eso? Probablemente no me vieran. Además, ni siquiera alzaron la vista cuando pasamos en el coche.

—Te vieron. Pero no importa. Todos están pasados.

—¿Pasados? ¿Cómo pueden trabajar entonces?

Se echó a reír.

—No trabajan.

—Pero los cultivos…

—Eso es una gran farsa. En realidad, aquí no cultivamos nada. Solo salimos a meditar. Carrillo nos envía todos los alimentos que necesitamos. Lo único que tenemos que hacer es prepararnos para el segundo plano.

—¿Todo el mundo fuma yerba?

—Casi todos. Hay algunos que no. Pero ya están en el segundo plano y pueden subir sin ayuda. El hermano Jonathan está en el primer plano. Él no necesita nada.

Recordé el whisky que tenía escondido en la oficina en Fullerton. Quizá no estuviese tan limpio como creía Denise.

—Vuélvete conmigo —dije.

—No puedo. Estoy empezando a conseguir dominar los deseos de la carne. Sé que puedo llegar hasta el final.

—¿Qué final?

—Hacia la libertad, Gareth. A poder remontarme sobre la tierra sin mi cuerpo y poner en comunicación mi espíritu con todo el que desee. Habitaré en varios planetas y en varios niveles de conciencia. Estaré unida al universo.

No dije nada.

Se inclinó hacia mí.

—¿No le dirás a nadie que nos hemos visto?

—No se lo diré a nadie.

Sonrió vagamente:

—Adiós, Gareth. Paz y amor.

—Paz y amor —contesté.

Pero ella ya se había ido. Me levanté despacio. Me sentía mareado y me apoyé en el árbol para serenarme. Todo me parecía irreal. Empezaba a preguntarme si había sucedido o si estaba alucinando a causa de la yerba o del calor excesivo y el sol. Luego, el mareo se desvaneció y volví al pueblo. Los guardias armados estaban esperándome. Me dejaron pasar sin decir nada y luego, manteniendo una distancia discreta, me siguieron hasta el coche.