Los sueños mueren primero

Harold Robbins · Capítulo 13 de 52

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Los sueños mueren primero

trece

 

Las luces estaban encendidas en la oficina cuando subí. La puerta no estaba cerrada. Persky se hallaba en su mesa.

—Estaba esperándote —dijo.

—¿Qué ha pasado?

—Ronzi lleva acosándome desde las siete de la mañana. Quiere otros cinco mil ejemplares por la mañana. Está recibiendo llamadas de todos los vendedores de la ciudad.

—Muy bien. Dile que no.

—Dijo que pagaría en efectivo.

—Que aumente los pedidos para el número de la próxima semana. Déjale que se quede un rato con la lengua fuera, así tendrá más apetito. Puede permitírselo. Acordamos un precio en quiosco de treinta y cinco centavos y está cobrando cincuenta. Nos está robando quince centavos por ejemplar. Que se joda.

—Creo que puedo hacerle subir a diez mil. Eso serían otros mil quinientos, Gareth.

—Si se queda sin ellos, pedirá veinte mil la semana próxima. Dile que no quiero hacerlos.

—Llevo mucho tiempo en este negocio, Gareth. Hay que agarrar las cosas cuando se puede.

—Vamos a estar en este negocio mucho tiempo. No corramos hasta que no aprendamos a caminar —me dirigí hacia la escalera—. ¿Cuánto costaría una máquina de composición tipográfica?

—Una buena… usada, unos tres billetes, nueva ocho.

—Mañana empieza a buscar una máquina usada buena —dije, pensando que Eileen sabía lo que decía—. ¿Aún anda Bobby por ahí? Le traje su coche.

Persky me miró burlón.

—Se fue en taxi hace una hora. Dijo que iba a un baile de disfraces o algo por el estilo.

—¿Baile de disfraces?

Se echó a reír.

—Nunca lo había visto así. Iba todo maquillado: colorete, carmín, lápiz de cejas; ropa de cuero negra y brillante, unos pantalones tan ajustados que parecía como si los llevase pegados con goma al cuerpo…

—¿Dijo adónde iba?

—Ni una palabra. Salió pitando como un vampiro del infierno.

—Mierda. —Sabía que debía meter el Rolls en el garaje, pero quedaba a cuatro manzanas y no me apetecía—. Buenas noches —le dije, mientras subía la escalera.

Entré en el apartamento. Se abrió la puerta del dormitorio y salió Denise, aún con su atavío de doncella francesa.

—¿Me da su abrigo, señor?

—¿Qué haces tú aquí?

—Bobby me dejó de guardia, señor —dijo, muy seria.

—¿De guardia?

—Así es, señor. Él se fue a una fiesta.

—¿Y dónde está Verita?

—Se fue a casa. Dijo que tenía que lavar la ropa de toda una semana. —Se colocó detrás de mí y me ayudó a quitarme la chaqueta—. ¿Quiere que le prepare algo de beber?

—Sí, lo necesito —dije, echándome en el sofá.

Vi cómo se inclinaba sobre el bar. Tenía unas hermosas nalgas. Sorbí un saludable trago de la bebida que me dio.

—¿Qué hicisteis los tres? —pregunté—. ¿Echasteis a suertes para ver quién me tenía esta noche?

—Nada de eso, señor.

—Por amor de Dios, deja de llamarme señor. Sabes mi nombre.

—Estoy de guardia, señor. Bobby me pidió que me quedase cuando recibió la llamada telefónica. Dijo que a usted no le gustaba estar solo.

—¿Cuándo recibió la llamada?

—Hacia las diez. Se puso muy nervioso. Nunca le había visto tardar tanto tiempo en arreglarse. Estaba tan excitado que solo se serenó después de dos esnifadas de coca.

Con aquella coca encima, debía estar dando saltos hasta la Luna.

—Debe de ser toda una fiesta. ¿Dijo quién la daba?

—No, pero le oí hablar de alguien llamado Kity.

Noté que mi rostro se crispaba y ella lo advirtió.

—¿Algún problema? —dijo.

—No lo sé —contesté ásperamente.

Si era el Kity del que yo había oído hablar, Bobby se había metido realmente en la mierda. Kity, cuyo auténtico nombre era James Hutchinson, presidía a las peores locas encueradas y sadomasoquistas de la ciudad. Venía de una vieja familia de Pasadena que no tenía más que dinero e influencias políticas en el interior del estado. Según los rumores, había organizado lo que ellos llamaban la fiesta del Pollo del Mes y algunos de los muchachos elegidos habían terminado en el hospital. De no haber sido por sus relaciones e influencias, probablemente le hubiesen quitado de la circulación hacía mucho tiempo.

—¿Dijo Bobby dónde era la fiesta?

Denise negó con un gesto.

Tomé el listín telefónico. Ningún Hutchinson. Intenté en información, pero no había ningún número con aquel nombre.

—¿A qué empresa de taxis llamó, Denise?

—Amarillo.

Llamé, pero no me dieron ninguna información. Solo podían dar información a la policía. Colgué y marqué de nuevo.

Me contestó una voz áspera:

—Silver Stud.

—El señor Lonergan, por favor. Llama Gareth Brendan.

Un momento después, se oyó al teléfono la voz de mi tío.

—¿Sí, Gareth?

—Necesito que me ayudes, tío John. Creo que mi joven amigo puede haberse metido en un grave problema.

—¿Qué clase de problema?

—Creo que ha conseguido que le elijan Pollo del Mes en una fiesta de James Hutchinson.

—¿Y qué quieres que haga yo?

—Tomó un taxi Amarillo para ir a la fiesta y quiero saber dónde es la fiesta.

—Espera un momento.

Oí el clic del teléfono. Colgué también. No tardó un minuto en volver a llamar. No eran muchas las personas de la ciudad que podían decirle que no a él.

La dirección era justo en el centro de la zona residencial más de moda, en Mulholland Drive.

—Gracias, tío John.

—Espera un momento —dijo rápidamente—. ¿Qué vas a hacer?

—Ir y traerle.

—¿Solo?

—No hay nadie más.

—Podrían matarte.

—Eso me dijeron en Vietnam, no obstante, todavía estoy aquí.

—No ganarás una medalla por esto. ¿Dónde estás ahora?

—En mi apartamento, encima de la oficina.

—Espera ahí. Te enviaré ayuda en diez minutos.

—No tienes por qué hacerlo, tío John. No es problema tuyo.

—Eres mi sobrino, ¿no? —dijo irritado.

—Sí.

—Entonces espera ahí. Eres problema mío.

Y colgó.

—¿Todo va bien? —preguntó Denise con ansiedad.

—Lo irá —dije—. ¿Dónde puso Bobby la coca?

—En el cajón del medio del bar.

Me serví dos rayas. Quizá necesitase aquella energía.

La palabra de Lonergan era tan buena como él. Al cabo de diez minutos oí una bocina por la ventana. El Jaguar del Cobrador estaba abajo detrás del Rolls. Me dispuse a salir.

—¿No habrá problemas? —dijo Denise, llena de ansiedad.

—Tranquilízate, volveré pronto.

Bajé y metí la cabeza por la ventanilla del Jaguar.

—Cierra tu coche —dije—. Iremos en el Rolls.

—Lonergan me dijo que tú me informarías —dijo mientras salía.

—Mi amiguito se ha hecho elegir Pollo del Mes en una de las fiestas de Hutchinson.

—¿Y vamos a buscarle?

—Eso es.

—¿Celoso?

—No.

—Entonces, ¿por qué molestarse? Muchachos como ese los hay a patadas. Tarde o temprano todos acaban allí. —Sacó un cigarrillo—. Les encanta todo eso, es lo que están pidiendo siempre.

—Él es un romántico. No sabe que pueden hacerle daño de verdad.

—También les gusta eso.

—Si creyese que era su rollo, no iríamos a buscarle. —En ese momento estábamos en Coldwater, subiendo la cuesta.

El Cobrador buscó en el bolsillo de la chaqueta, sacó un par de guantes de cuero y empezó a ponérselos.

—Tengo otro par para ti —dijo, dándomelos—. No me gusta estropearme las manos.

Eran pesados y un poco rígidos. Le miré interrogante.

—Tienen un entramado de alambre de acero. Póntelos. Conozco a esa tropa.

La casa estaba bastante apartada de la vía principal, detrás de un alto muro y unas verjas de acero. Vi las luces y el monitor del circuito cerrado de televisión cuando nos acercamos al comunicador.

—No te levantes —dije mientras alcanzaba el teléfono desde la ventanilla del coche.

Se encendieron los reflectores en cuanto descolgué el teléfono y el monitor me observó con su ojo de vidrio. Alguien descolgó el teléfono del otro lado y oí una estruendosa música de fondo. La voz era aguda y metálica.

—¿Quién es?

Miré hacia el monitor.

—Gareth Brendan. Bobby Gannon me dijo que me reuniera con él aquí.

Sonó otro clic.

Vi que el monitor cambiaba de enfoque para examinar el coche. Me alegré de haber llevado el Rolls. La vocecita resonó en mi oído:

—Un momento.

Pasados casi cinco minutos volví a oír la voz:

—Aquí no hay nadie que se llame así.

Procuré parecer irritado y nervioso:

—Dile a Kity que si está jodiendo con mi esclavo y no me deja entrar, lanzaré este coche contra esa sucia verja.

—Un momento.

Hubo una pausa.

—Vale. Pon el coche en la zona de aparcamiento que hay nada más pasar la verja y sube andando.

Las puertas empezaron a abrirse lentamente. Los focos iluminaron el camino lo que significaba más monitores de televisión.

—Tú quédate aquí —le dije al Cobrador—. Espera hasta que entre en la casa y se apaguen las luces. Entonces lleva el coche hasta la puerta principal y espérame.

—¿Y si me necesitas?

—Gritaré.

—De acuerdo.

Mientras caminaba hacia la casa, sentía sobre mí los monitores. La puerta principal se abrió antes de que yo pudiese tocar el timbre.