Los sueños mueren primero
cuatro
Las oficinas del Hollywood Express estaban situadas en un local destartalado del Bulevar de Santa Mónica, aproximadamente a una manzana de los estudios Goldwyn. El Cobrador paró su coche frente al local en una zona de prohibido aparcar. Con un maravilloso menosprecio por las normas de tráfico, consiguió además ocupar la mitad de la zona de parada de autobuses.
Las ventanas del local estaban pintadas con un color blanco sucio para que no se pudiese ver el interior, y negras y sucias letras anunciaban el nombre del periódico.
El Cobrador abrió la puerta y entró. Alineadas con las paredes del local había ocho o nueve mesas vacías. Al fondo había un gran tablero lleno de papeles fijados con tachuelas rojas, amarillas y azules.
—¿No hay nadie aquí? —gritó el Cobrador.
Se oyó rechinar una puerta en una habitación del fondo y salió un individuo de mediana edad y de aire cansino, secándose las manos con una toalla de papel. La tiró en el suelo mientras avanzaba hacia nosotros.
—Llegáis una hora tarde —dijo quejoso.
—Yo no me retrasé, te adelantaste tú —dijo fríamente el Cobrador.
—Lonergan dijo… —su voz se desvaneció ante la mirada del Cobrador.
El Cobrador me indicó con un gesto.
—Gareth Brendan, Joe Persky.
El otro me estrechó la mano sin entusiasmo. Hasta sus dedos parecían cansados.
—Encantado de conocerle.
—Esta es Verita Velázquez, mi contable —dije.
Le dio la mano y luego se volvió hacia mí:
—Lonergan dice que usted está interesado en la compra del periódico.
—Me alegro que se lo dijera a usted porque yo no me enteré hasta anoche.
Persky se volvió al Cobrador. Por primera vez asomó a su voz una nota de emoción.
—¿Qué demonios pretende Lonergan? Me dijo que tenía un cliente de confianza.
El Cobrador se limitó a mirarle.
Persky se volvió hacia mí.
—¿Está usted interesado en comprar el periódico o no?
—Quizá. Depende. Me gustaría echar un vistazo antes de decidirme.
—No hay nada que ver. Todo está aquí.
—No parece que quiera usted vender. Quizá sea mejor que olvidemos todo este asunto.
—No tiene elección —dijo el Cobrador—. Lonergan dice que quiere vender.
Hubo un momento de silencio; luego la cólera pareció desvanecerse en aquel hombre.
—¿Qué quiere usted saber? —preguntó.
—Las cosas normales. Circulación, ventas, ingresos por publicidad, costes. Si le enseña sus libros a la señorita Velázquez, estoy seguro de que podremos ver todo lo que queremos aclarar.
El individuo hizo un gesto hosco.
—Nunca llevamos libros oficiales.
—Pero llevarán, sin duda, algún tipo de contabilidad. ¿Cómo saben, si no, cuál es el estado del negocio?
—Bueno, yo operaba exclusivamente sobre el dinero en metálico. Llegaba el dinero y yo pagaba. Eso es todo.
Me volví hacia el Cobrador:
—¿Sabe Lonergan esto?
El Cobrador se encogió de hombros. Era una pregunta estúpida. Por supuesto que Lonergan lo sabía. Me volví a Persky:
—Tiene que tener usted algunas cifras. Tenía que rellenar los impresos de Hacienda.
—Sí, pero no tengo copias.
—Alguien tiene que tenerlas. ¿Y su contable?
—Yo no usaba contable, todo lo hacía yo. Hasta repartía el periódico en los buzones.
No había duda. Si Lonergan creía que yo iba a meter el cuello en aquel lío, estaba más loco que yo. Me volví al Cobrador:
—Vamos.
El Cobrador actuó tan deprisa que apenas vi su mano. De pronto Persky salió lanzado hacia atrás contra una mesa. Apretándose el vientre con las manos, se encogió como si fuese a vomitar. El Cobrador habló con voz hueca:
—Dale la información que pide.
Persky habló entrecortadamente:
—¿Cómo sé que este tipo y esta mujer no son funcionarios de Hacienda? La ley dice que no tengo por qué acusarme a mí mismo.
—¡Imbécil! ¿Crees que los de Hacienda iban a devolverle a Lonergan su dinero?
Persky se enderezó lentamente. Su cara recuperó el color normal.
—No tengo aquí los libros; están en mi apartamento.
—Entonces iremos allí y los veremos —dije—. ¿Dónde está su apartamento?
—Arriba —dijo—. Encima del local.
Verita extendió los libros y los impresos sobre la mesa de la cocina.
—Necesito algún tiempo para revisar esto —dijo.
—¿Cuánto? —pregunté.
—Quizá el resto del día. Es un lío. —Se volvió a Persky—. ¿Tiene usted un cuaderno de cuatro columnas?
—Todo lo que tengo es lo que usted ve.
—Bajaré a comprar uno —dijo Verita.
Persky me miró cuando salió Verita:
—¿Quiere usted una cerveza?
—Gracias —dije.
Le seguí a la cocina y sacó dos cervezas de la nevera.
Bebimos de las latas.
—¿Ha dirigido alguna vez un periódico? —preguntó.
—No. —Dejé correr la cerveza por mi garganta.
Estaba fresca, no fría.
Él advirtió la expresión de mi rostro.
—No sé qué tiene esta maldita nevera. Unas veces funciona y otras no. Si no ha llevado nunca un periódico, ¿por qué le interesa este?
—No he dicho que esté interesado. Fue idea de Lonergan.
—¿Y por qué piensa él que puede usted hacerlo?
—No sé. Quizá porque escribí y trabajé para algunas revistas.
—No es lo mismo —dijo; me miró significativamente—, ¿también le tiene cogido Lonergan?
—No. Yo no le debo nada. —Era verdad. De momento, no le debía nada.
Él guardó silencio un rato.
—Tenga cuidado —dijo luego—. Lonergan tiene a la mitad del mundo agarrado por los huevos y ahora intenta agarrar a la otra mitad.
No dije nada.
Por primera vez, apareció en su rostro una expresión de interés:
—Dijo usted que escribía, ¿qué tipo de material?
—Artículos, comentarios, poesía, narración. Lo intenté todo.
—¿Y no consiguió nada?
—No mucho.
—Me conformaría con poder ser un escritor mediano, pero soy incapaz de reunir suficientes palabras para formar una frase decente. Hubo un tiempo en que creí que podría escribir, por eso me metí en este periódico.
—¿Qué hacía usted antes? —pregunté.
—Era ejecutivo de ventas de varios periódicos como este en el estado. Todos funcionaban muy bien y parecía fácil, así que decidí arriesgarme. Me hice cargo de este. —Hizo una ostentosa pausa—. No fue fácil.
—¿Cómo se relacionó con Lonergan?
—¿Cómo se relaciona la gente con Lonergan? Tienes apuros. Luego, cuando te das cuenta, estás endeudado hasta las orejas.
—Usted tenía un negocio. ¿Y los bancos?
—No hay nada que hacer. Ya traté con ellos la primera vez.
—¿Y qué le debe usted a Lonergan?
—¿Y yo qué sé? ¿Cómo puede saberlo nadie con esos altos intereses semanales que se multiplican sin cesar? No me sorprendería que le debiese ya un millón de dólares.
Cuando Verita terminó, a las seis de la tarde, resultó que le debía a Lonergan diecinueve mil dólares. Más unos ocho mil dólares a impresores y proveedores y siete mil dólares de impuestos retenidos al gobierno federal y al del estado. Y sus únicos valores eran un par de cochambrosas mesas sucias.
—Ha tocado usted fondo. Sesenta y cuatro mil dólares —dije.
Su voz era un susurro mientras contemplaba la hoja amarilla cubierta con los claros y limpios numeritos de contable de Verita:
—¡Dios mío! Sabía que era mucho, pero visto así… es aterrador.
La voz de Verita fue suave y amable:
—En realidad no tiene usted nada que vender. Lo que debería hacer es declararse en quiebra.
Él la miró.
—¿La quiebra me libraría de los impuestos?
Verita negó con un gesto:
—No, los impuestos no se perdonan.
—Tampoco perdona Lonergan. Y es mejor no intentar engañarle si uno desea seguir conservando la cabeza sobre los hombros. —Su voz era áspera cuando se volvió hacia mí—. ¿Qué hacemos ahora?
Me dio lástima. Luego, me enfurecí conmigo mismo. Sentía lástima de demasiada gente. Había sentido lástima incluso por los vietnamitas a quienes apuntaba con la mira de mi rifle en Vietnam. La primera vez que me pasó no pude apretar el gatillo hasta que vi caer las balas a mi alrededor y me di cuenta de que era mi enemigo y que a él no le daba lástima nadie. Entonces apreté el gatillo y vi cómo el fuego del arma le partía por la mitad. La lástima no había tenido ningún sentido entonces y tampoco ahora lo tenía. Ni en el caso del muchacho que había intentado pegarme la noche anterior ni en el de aquel imbécil que quería seguir mientras Lonergan le robaba.
Me volví a Verita.
—Vámonos. No compraremos el Hollywood Express.
Verita se dispuso a levantarse. Persky me tomó del brazo:
—Pero Lonergan dijo…
Me libré bruscamente de su mano.
—A mí no me importa lo que dijese Lonergan. Si Lonergan quiere su periódico, que lo compre. Con su dinero, no con el mío.
—El Cobrador vuelve a las siete a por usted. ¿Qué debo decirle?
—Puede usted decirle lo que le he dicho. Que transmita el mensaje a Lonergan. Yo me voy a casa.