Los sueños mueren primero

Harold Robbins · Capítulo 43 de 52

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Los sueños mueren primero

cuarenta y tres

 

El autobús se había acercado al lugar de la toma y ya estaban cargando el equipo para pasar al escenario siguiente. King Dong y las modelos estaban ya en el autobús cuando llegué yo. Bobby se volvió hacia mí:

—¿Vienes con nosotros?

Negué con un gesto.

—Creo que volveré al hotel. —Miré a Eileen y a Marissa—. Si queréis ir con ellos, puedo volver solo. Eileen contestó por ambas:

—Volveremos contigo.

Bobby subió al autobús.

—Vale. Entonces nos veremos esta noche.

Volvimos al coche. Marissa dio la vuelta y enfilamos el camino por el que habíamos venido. Aún seguían trabajando los campos cuando pasamos. Esta vez les miré más detenidamente. Tenían que estar pasados. Había en ellos una languidez que no indicaba trabajo pesado.

Cuando llegamos a las verjas del Retiro, le dije impulsivamente a Marissa que entrara. Les pedí que esperasen un momento en el coche y me dirigí a la casa.

El hermano Jonathan no estaba en su oficina. Fui hasta el comedor. Estaba vacío, así que entré en la cocina, donde había varios hombres y mujeres trabajando.

—Paz y amor —dije—. ¿Anda por aquí el hermano Jonathan?

—Paz y amor —contestaron a coro.

Me contestó el hombre que estaba más próximo a mí.

—¿No está en la oficina?

—No.

Se miraron; luego, el joven se adelantó.

—Le buscaré.

—No quiero interrumpir vuestro trabajo. Basta que me digáis dónde puedo encontrarle.

—No hay problema. Probablemente esté en el laboratorio.

—¿Laboratorio?

Sonrió.

—Es lo que aquí llamamos la capilla —le seguí al comedor—. Tú espera aquí. Vuelvo enseguida —dijo.

Saqué un cigarrillo. Volvió al cabo de unos minutos.

—El hermano Jonathan te pide disculpas, pero no puede verte —dijo—. Está guiando a un aspirante en proceso de transición y no puede dejarlo.

—¿Cuánto tardará?

—Eso nunca se sabe —contestó el joven—. Los aspirantes en etapa de transición pueden tardar de diez minutos a tres días en desconectar.

Cavilé un momento.

—¿Podrías contestarme a una pregunta?

—Por supuesto —dijo el joven con una sonrisa—. Todos estamos aquí para ayudar y servir.

—¿Qué pasa si un candidato del segundo plano interrumpe el proceso?

—Nada. Pero no ha sucedido nunca. Todos estamos muy decididos a alcanzar nuestro objetivo.

—Pero si un candidato cambia de opinión, ¿puede volver a casa?

Sonrió de nuevo.

—No estamos presos aquí. Venimos por nuestra libre voluntad, podemos irnos cuando queramos.

Buscó en el bolsillo de la chaqueta y sacó un billete de avión. Me lo entregó.

—Cuando llegamos, nos dan a todos un billete de vuelta. Una de las normas es que siempre debemos llevarlo encima como recordatorio de que, si queremos, podemos irnos.

Examiné el billete. Era un billete de vuelta para Chicago, sin fecha. Pagado. Se lo devolví sin comentarios.

Volvió a meterlo en el bolsillo.

—Ninguno de nosotros ha usado jamás el billete —dijo, muy orgulloso.

—Gracias —dije—. Paz y amor.

—Paz y amor —contestó él.

Cuando estaba ya casi en la puerta, me volví.

—Perdón —dije—. Casi se me olvidaba. Quería pedirle al hermano Jonathan unos cuantos porros de esos que hacéis aquí. Los del papel amarillo.

—Por supuesto. —Buscó en el bolsillo de la camisa, sacó tres porros, y me los entregó—. ¿Bastará con esto?

—No quiero dejarte sin nada —dije.

—Puedo conseguir más. Tenemos cuatro al día.

Los metí en el bolsillo.

—Gracias otra vez.

—De nada. Paz y amor.

—Paz y amor.

Salí y entré en el coche. No era extraño que ninguno hubiese renunciado. Con cuatro de aquellos porros al día, debían de andar por las nubes. ¿Y quién en su sano juicio querría abandonar el cielo?

La voz de Marissa interrumpió mis pensamientos.

—¿Adónde vamos ahora?

—Volvemos al hotel.

Lo primero que pensaba hacer en cuanto regresara a Los Ángeles era enviar aquellos porros a un laboratorio para que los analizasen. Estaba absolutamente seguro de que tenían algo más que marihuana. Y si no me equivocaba, iría a ver al reverendo Sam para hablar del asunto. Él tenía que saber lo que estaba pasando en su propio Retiro.

 

Pasaba de las cuatro cuando llegamos al hotel y Lonergan aún no había vuelto. Paramos en el vestíbulo.

—¿Quieres tomar un trago con nosotros? —pregunté a Marissa.

—Creo que será mejor que suba a la oficina —dijo—. He estado fuera todo el día y han debido de amontonarse las cosas.

—¿Nos vemos esta noche en la cena?

—Por supuesto —dijo, con una sonrisa.

Se me ocurrió una idea.

—¿Podrían servirme la cena en el chalet? Estoy cansándome ya un poco de tener que comer con toda esa gente alrededor.

—Puedes hacer lo que quieras. Dime a qué hora y para cuánta gente.

—Solo nosotros tres —dije.

—Dalo por hecho.

—Otra cosa. ¿Podría conseguir un avión que me llevase a Los Ángeles mañana a las dos de la tarde?

—No hay problema. ¿Queréis que os lleve al chalé antes de subir a la oficina?

—No te preocupes, iremos andando. Nos vendrá bien hacer ejercicio.

Aún calentaba el sol, y cuando Eileen y yo llegamos al chalet yo estaba empapado de sudor. La pequeña piscina del patio resultaba muy tentadora.

—¿Un chapuzón? —pregunté.

Nos desvestimos allí mismo y nos echamos al agua. Estaba caliente, pero refrescante. Me senté a un lado de la piscina y llamé al criado.

—¿Sí, señor? —no cambió de expresión al vernos desnudos.

—¿Ponche de ron? —pregunté a Eileen. Asintió. Alcé dos dedos—. Dos.

Sonrió.

—Sí, señor. Dos ponches de ron.

Nadé hasta donde estaba Eileen.

—No es mala vida esta.

—Tienes algo rondándote en la cabeza.

—¿Por qué lo dices?

—Lo sé —dijo tranquilamente—. ¿De qué se trata?

—No sé —dije, con sinceridad—. No lo sé realmente.

Me miró en silencio.

Nadé lentamente por la piscina y luego paré frente a ella. cuarenta y cuatro

—Me gustaría saberlo. Pero el pensar y cavilar no parece ayudarme. Es el instinto de la selva. Algo que aprendí en Vietnam. No se trata de una cosa concreta que pueda señalar con el dedo. No obstante, todo me parece un poco raro, descentrado.

Se acercó y me besó.

—Yo tengo fe. Lo descubrirás.

Llegó el criado con las bebidas en una bandeja de plata. La dejó al borde de la piscina y se fue. Cogimos nuestros vasos.

—Por la buena vida —dije.

—Por la buena vida.

Bebimos. Estaba fuerte. Debía de haber utilizado cuatro tipos distintos de ron para crear aquella combinación explosiva.

—Uffff —dijo ella ásperamente—. Parece fuego líquido.

Me eché a reír. Tenía razón. Era una subida instantánea. Dejé el vaso.

—¿Nunca te han amado bajo el agua?

Se echó a reír, ya un poco borracha.

—He de confesar que no.

Le quité el vaso de la mano y lo puse junto al mío.

—Entonces prepárate —dije, y me sumergí.

 

Bobby volvió hacia las ocho. Se espatarró en el sillón de la sala.

—Estoy grogui —dijo—. La próxima vez que tenga una idea brillante, no me dejes llevarla a la práctica.

—Lo que necesitas es una esnifada —dije yo, abriendo el cajón de la mesita de cócteles. Saqué el tarrito y la cucharilla de plata y se los pasé.

Esnifó dos cucharaditas por cada ventanilla de la nariz antes de devolvérmela. Yo esnifé una y luego cerré el tarro y volví a guardarlo en el cajón.

—¿Qué tal? —pregunté.

Le brillaban los ojos.

—¡Magnífico!

—¿Acabasteis?

Asintió.

—Justo antes de que se fuese la luz. —Se inclinó hacia mí—. ¿Sabes el tamaño exacto que tiene el pene de este tío?

—No me preocupa mucho ese asunto —dije.

—A nosotros nos dijo que medía treinta centímetros, pero en realidad mide treinta y cinco y medio.

—¿Y por qué diría él que es más pequeño de lo que es?

—Eso mismo le pregunté yo —contestó Bobby—. Me miró con esos ojos tristes que tiene y dijo quejumbrosamente: «Es que no quiero que la gente piense que soy un tipo raro».

Me eché a reír.

—¿Y cómo lo descubristeis?

—Samantha. Hizo que se excitara y luego le midió con una cinta métrica. — Extendió la mano—. Pásamelo otra vez.

Le pasé otra vez la coca y tomó dos esnifadas más.

—Lo necesitaba. —Se levantó—. ¿Qué vas a hacer a la hora de la cena?

—Una cena tranquila. Solo Eileen, Marissa y yo.

—¿Por qué no venís luego a nuestro chalet? —dijo—. Podríamos divertirnos un poco, Danny y las chicas han puesto doscientos dólares cada uno como fondo de una apuesta. Todo empezó cuando Danny dijo que podía conseguir más de King Dong que ninguna de ellas.

—Creo que el calor nos ha afectado a todos.

—Tenía que pasar —dijo él—. King Dong les ha afectado a todas. Pasó lo mismo la última vez que hice una sesión con él.

—Acabará convirtiéndose en la octava maravilla del mundo —dije.

—Él no piensa lo mismo. Dice que su hermano pequeño la tiene mayor.

—Hombre, eso sería una composición magnífica. ¿Por qué no los fotografiáis a los dos juntos?

—No puede ser —contestó—. El chico solo tiene quince años. —Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo—. Por cierto, ¿sabes quién anda loco por él?

Le miré.

—Dieter —dijo—. Vino al final de nuestra sesión y se ofreció voluntario para actuar de juez esta noche.

—¿Y qué hacía él allí?

—No lo sé. Estábamos trabajando en un campo de flores detrás de la casa y apareció. Cuando acabamos, volvió otra vez a entrar en la casa.

Encendí un cigarrillo y me levanté.

—He pedido un avión para mañana por la tarde para llevarme. ¿Querrás quedarte aquí a terminar el trabajo o vuelves conmigo?

Bobby no vaciló.

—Ya he terminado. Volveré contigo.