Los sueños mueren primero
cincuenta
El día siguiente fue otro infierno. Los Angeles Times publicó un llamativo titular en la primera página: IMPORTANTE EJECUTIVA DE BRENDAN PUBLICATIONS SE SUICIDA, SEGÚN LA POLICÍA.
El subtitular no era mucho mejor: «Verita Velázquez, prima hermana del rey del hampa mexicana que fue ametrallado ayer».
El artículo era una obra maestra de deformación de datos que producía una impresión totalmente falsa y hacía pensar al lector que Verita y Julio formaban parte de una organización única.
Tardamos dos horas en despejar de reporteros la recepción y en estructurar un sistema para impedirles la entrada. Cerramos cuatro de los seis ascensores y tomamos la medida de comprobar la identidad de los visitantes en el vestíbulo de la planta baja.
Por fin se hizo la tranquilidad en la oficina, aunque parecía más un mausoleo que un lugar de trabajo, todos andando de puntillas y hablando en voz baja.
Hasta Shana y Dana estaban abatidas. No jugaban su juego habitual. Aquel día sus nombres correspondían siempre a los que yo les daba.
—El señor Sanders de distribución al teléfono.
—Gracias, Shana —dije descolgando—. ¿Sí, Charlie?
—Tenemos algunos problemas graves, señor Brendan —dijo en tono alterado.
No hacía falta que me lo dijera. Procuré tranquilizar mi voz:
—¿Sí?
—Varios vendedores y distribuidores se niegan a aceptar nuestros envíos del nuevo número de Macho y otros nos devuelven los envíos sin abrirlos.
Era un problema grave. Aquella gente era la que llevaba nuestras revistas a los puntos de venta y las ponía al alcance del público.
—¿Cuántos ejemplares se han impreso?
—Cuatro millones quinientos mil.
—¿Cuántos cree usted que quedarán paralizados?
—Según nuestra computadora entre quinientos y setecientos mil.
Eso significaba dos millones de dólares en dinero real sin tener en cuenta los posibles beneficios. La cuestión era grave. Lancé un suspiro. Nada podía hacerse, al menos de momento. Dice un viejo proverbio que una mentira puede recorrer medio mundo mientras la verdad se pone las botas para seguirla. Si yo estuviese en el lugar de aquellos distribuidores, quizá pensase lo mismo. Probablemente no quisiese hacer negocios con quien parecía el mayor traficante de drogas del mundo.
—Tranquilízate, Charlie —dije—. Todo volverá a la normalidad en cuanto este asunto se aclare.
Colgué el teléfono. El intercomunicador volvió a sonar.
—Está aquí Bobby y quiere verle.
—Que pase.
Entró Bobby. Tenía los ojos enrojecidos de llorar.
—¡Oh, Gareth! —gimió—. ¡No puedo creer que haya muerto!
Me levanté y le abracé. Apoyó la cabeza en mi pecho, sollozando como un niño.
—Vamos, cálmate —dije, dándole unos golpecitos en la cabeza.
—¿Por qué demonios se mató? Jamás lo entenderé. Iba a casarse el mes que viene.
—No se mató.
Retrocedió, sorprendido.
—Pero la policía dijo que había sido un suicidio. Dijeron que no había prueba alguna de que hubiese otra persona con ella en el apartamento.
—No me importa lo que digan. —Volví a sentarme.
—Si no se suicidó, ¿quién la mató?
—Creo que los mismos que mataron a Julio. Tengo la sensación de que pensaban que ella y Julio estaban mucho más próximos de lo que estaban en realidad.
Enarcó las cejas.
—¿La Mafia? —dijo.
—No lo sé —contesté—. Pero desde luego intentaré descubrirlo por todos los medios a mi alcance. —Saqué un cigarrillo de la caja que había sobre la mesa y lo encendí—. ¿Está tu padre en la ciudad?
—Sí, está en casa.
Pulsé el botón del intercomunicador.
—Quiero hablar con el reverendo Sam. Está en su casa —desconecté—. Creí que se había librado del hermano Jonathan hace dos años.
—Ya conoces a mi padre. Él solo ve el aspecto bueno de las personas. El hermano Jonathan consiguió convencerle de que Denise era drogadicta y que él había intentado curarla sin conseguirlo.
Sonó el intercomunicador:
—El reverendo Sam al habla.
—Un asunto terrible, Gareth, un asunto terrible —dijo el reverendo Sam, en un tono solidario y comprensivo—. Era una chica encantadora.
—Sí, reverendo Sam. Pero le llamo por lo del hermano Jonathan.
—Asombroso. No podía creer que ese hombre fuese capaz de un engaño así.
—¿Cuánto hace que le conoce usted?
Hubo una breve pausa.
—Veamos… siete, quizá ocho años… ingresó en la misión nada más dejar la policía.
—¿Cómo le conoció usted?
—Me lo envió tu tío John. Me habían amenazado de muerte varias veces y vino a trabajar conmigo como guardaespaldas. Pero luego Dios le iluminó con su luz y empezó a dedicarse a la misión. Cuando consideramos que las amenazas no eran ya problema, él había alcanzado el segundo plano.
—Comprendo. Gracias, reverendo Sam.
—De nada, Gareth. Si puedo hacer algo por aliviar tu carga, no vaciles en acudir a mí.
—Gracias de nuevo. Adiós, reverendo Sam.
—Adiós, Gareth.
—Tienes razón en lo que dices de tu padre, Bobby. Solo ve el lado bueno de la gente.
Consiguió sonreír:
—El último de los inocentes.
—No, el último no —dije—. El primero.
Cuando se fue, me quedé un rato allí sentado solo, pensando. El hermano Jonathan aún me preocupaba. Impulsivamente avisé a Denise para que viniera.
También ella había estado llorando.
—Pobre Verita. Yo la quería de veras. Tenía un aura tan pura…
—Era una buena chica —dije—. Mira, necesito ayuda. Si lo que te pido te cuesta demasiado trabajo, dímelo. No quiero alterarte.
—Te quiero, Gareth. Haré todo lo que pueda por ayudarte.
—Cuando el hermano Jonathan te tenía en tránsito en el Retiro, ¿era realmente a mí a quien pretendía exorcizar de tu mente?
—Eso parecía —vaciló—. Siempre empezábamos el tránsito de ese modo. Lo primero que me decía era que tenía que sacarte de mi mente y de mi cuerpo.
—¿Y alguna vez habló de alguien más?
—Creo que sí aunque no consigo recordarlo bien. Después de plantear la cuestión tuya, todo parecía volverse confuso.
—Eso es porque te ponía una inyección de pentotal —dije—. Aún había huellas de eso en tu sangre cuando te llevé al hospital. Y tu hepatitis se debía precisamente a que te habían inyectado con una aguja que no estaba esterilizada.
—Ese es el suero de la verdad, ¿no?
—Sí, pero también puede utilizarse como hipnótico. Quizá quisiese desconectarte de algo, hacer que olvidases completamente algo sin que tú siquiera te dieses cuenta de ello.
—No sé qué podría ser. Yo fui su secretaria durante el primer año que estuve allí y mi tarea consistía en controlarlo y archivarlo todo. Era yo, incluso, quien le escribía a máquina los informes.
—¿Informes? ¿A quién se los enviaba?
—Bueno, a mucha gente. Los religiosos al reverendo Sam, por supuesto. Los otros a… los otros… —se interrumpió desconcertada—. Qué extraño… no puedo recordar.
—¿De qué trataban los otros informes?
Se quedó pensando un momento y luego movió la cabeza.
—Tampoco puedo recordarlo.
La contemplé en silencio.
—Lo siento.
—No te preocupes —dije, sonriendo.
—Será mejor que vuelva a mi trabajo.
Esperé a que estuviese cerca de la puerta antes de jugar mi carta.
—¡Lonergan! —dije ásperamente.
No se volvió.
—Lo sé. Ha de recibir la primera copia —dijo maquinalmente, luego continuó hacia la puerta como si no hubiese hablado.
—Adiós, Gareth —dijo, volviéndose.
—Adiós, Denise.
Esperé a que se cerrara la puerta antes de llamar a personal.
Contestó un hombre:
—Aquí Erikson.
—¿Tiene usted copias de las fichas personales de los empleados del club y del hotel, señor Erikson?
—Están en la computadora, señor.
—¿Puedo echarles un vistazo?
—Desde luego, señor. Pero tiene usted que conocer el código.
—Necesito cierta información. ¿Podría venir usted a mi despacho?
—Iré inmediatamente, señor Brendan.
Dos minutos después, estaba junto a mi mesa con un libro de claves en la mano. Y a los diez minutos, yo tenía toda la información que buscaba.
Todo empleado debía dar tres referencias personales antes de ingresar en nómina. Una de las tres referencias aportadas por todos los directores generales y jefes de suministros de los clubs y del hotel, era siempre la de John Lonergan.
Todo empezaba a cuadrar.
Cuando yo había entrado en su coche después de la explosión de aquel pequeño almacén del Bulevar Santa Mónica, había estado a punto de decírmelo. Si él no me hubiese protegido, Julio me habría entregado a los lobos.
Y Dieter lo había dejado implícito de nuevo en México al decirme que sin permiso de mi tío, Julio no podría hacer nada en Los Ángeles, y que Lonergan era el único hombre que podía lograr que Julio dejase de utilizar el aeropuerto.
Julio probablemente no hubiese dejado nunca de utilizarlo. Ni un solo día. Y cuando yo había hecho el acuerdo y adquirido el hotel, Lonergan había conseguido integrarlo todo. Había conseguido organizar el trust unipersonal más rentable de la historia. Trescientos millones de dólares al año con beneficios incorporados a cada operación, desde la manufactura a la distribución.
Y sin desembolsar ni un centavo. Lo había hecho todo con mi dinero. cincuenta y uno