Los sueños mueren primero

Harold Robbins · Capítulo 34 de 52

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Los sueños mueren primero

treinta y cuatro

 

Oíamos desde allí a Bobby que estaba chillando a las modelos. Lonergan salió del agua a la arena y luego volvió rápidamente al agua.

—¡Dios mío! ¡Está quemando!

—Espera un momento. Pediré una toalla para que puedas secarte los pies y volver a ponerte los zapatos. —Hice pantalla con las manos y llamé al grupo de fotografía para que nos mandasen una toalla.

Un momento después, vino corriendo hacia nosotros, completamente desnuda, una de las modelos, con la toalla en la mano:

—¿Es esto lo que quería usted, señor Brendan?

—Sí, eso es. —Vi que mi tío apartaba la vista de la chica y miraba hacia el océano. Sonreí—. ¿Cómo te llamas?

—Samantha Jones.

—Samantha, ¿serías tan amable de secarle los pies al señor Lonergan y ayudarle a ponerse los zapatos?

—No hace falta —dijo mi tío rápidamente—. Puedo hacerlo yo.

—No seas tonto, a Samantha no le importa.

Se arrodilló a los pies de mi tío que fijó los ojos en el horizonte mientras ella le cogía un pie y empezaba a secarlo. Lonergan perdió el equilibrio.

—Quizá fuese más fácil si se apoyara usted en mi hombro —dijo Samantha.

—No, no se preocupe, no hay problema —pero estuvo a punto de caerse otra vez.

Ella le cogió un brazo para sujetarle y lo guio luego hasta su hombro.

—¿No es mejor así?

Lonergan no contestó, pero siguió apoyándose en una pierna, con la cara vuelta hacia el mar.

—Estás en buenas manos —le dije—. Yo voy hasta allí arriba a ver lo que pasa.

Bobby seguía chillando a la modelo cuando llegué allí.

—¡Idiota! Tienes que dar la sensación de que estás deseando que te atraviesen.

La chica estaba a punto de echarse a llorar.

—Pero Bobby, es que resulta tan extraño. Nunca lo había visto antes, nunca había visto una cosa así. Todo arreglado y afeitado para que sobresalga y destaque.

—Así tiene que ser, idiota —gritó Bobby—. ¿De qué crees que vamos a sacarte fotos? ¿De los ojos? —Se volvió con repugnancia—. Oh, mierda. —Me vio—. Nunca conseguiremos terminar.

—Tómate cinco minutos —le dije—. Y ven conmigo.

—Descanso —dijo él por encima del hombro y me siguió playa arriba—. ¿Qué pasa?

Le miré. Estaba rojo por el calor y le chorreaba el sudor por la frente.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí al sol?

—Unas dos horas.

—¿Cómo te sientes?

—Con mucho calor, nunca he pasado tanto en mi vida.

—¿Cómo crees que se encuentran las chicas?

Me miró un momento en silencio.

—No obstante, necesitamos el sol.

—Si las obligas a seguir mucho tiempo más ahí, acabaréis todos en el hospital.

—Pero tengo que acabar la serie.

—Siempre puedes hacerlo en el estudio. ¿Cuándo llega King Dong?

—En el vuelo de la tarde.

—Puedes hacer esas tomas mañana. Eso puedes hacerlo en el estudio. ¿Tienes preparados los disfraces?

—Vienen con él.

—Entonces, ¿está todo listo?

—Sí. Salimos mañana a las siete de la mañana para el Retiro.

—¿El Retiro? —No sabía de lo que me hablaba.

—La misión de mi padre. Está a unos veinticinco kilómetros de aquí, al borde de la selva.

—Es un lugar extraño para una misión. ¿A quién convierten, a los indios?

Se echó a reír.

—No es una misión de esa clase, es más bien una escuela. Es donde se instruyen los candidatos al segundo plano para hacerse profesores. Le llaman el Retiro porque no tiene ninguna comunicación con el mundo exterior, ni radio, ni teléfono, solo los camiones de suministro que van y vienen.

Cambió de expresión y frunció el ceño, preocupado:

—¿Estuve muy desagradable, Gareth?

—Fue el exceso de sol.

—Lo siento. Es que estoy tan metido en el asunto.

—No te preocupes, pero recuerda que las personas no son cámaras y que las modelos no son solo piezas de un equipo.

Asintió y volvió a donde estaban los demás. Su voz llegó hasta mí.

—Recoged. Hemos terminado por hoy. Empezaremos mañana por la mañana a las siete en punto.

Lonergan me alcanzó cuando me encaminaba al chalé.

—No tenías por qué hacer eso —dijo.

Me hice el inocente.

—¿El qué?

—Lo sabes muy bien. Decirle a esa chica desnuda que me secase los pies. Fue muy embarazoso. ¿Y si alguien hubiese sacado una fotografía?

—¡Maldita sea! Sabía que se me había olvidado algo —dije, con irónico pesar.

—No sé por qué me molesto por ti.

—Yo sí. —Le abrí la puerta del chalé—. ¿Conoces a alguien más que pudiese permitirte realizar el sueño infantil de caminar descalzo por la orilla del mar?

Verita estaba esperándome con un margarita en la mano:

—Elegisteis el camino más largo para venir.

—Lonergan quería meter los pies en el agua —dije—. Terminaste muy temprano.

—Fue fácil. Murtagh tenía razón, me lo enseñaron todo. No había ninguna trampa, todo está claro. Los libros confirman lo que dijeron ellos, tanto los costes como las pérdidas.

—Pero no pareces segura aún.

—Es que no tiene sentido que esté todo tan en orden; no es mexicano. —Bebió un sorbo de su cóctel—. Cuando acabé con los libros bajé hasta la pista de aterrizaje y estuve hablando con los mecánicos.

Entró el camarero. Pedí un whisky con hielo, Lonergan pidió su martini seco de siempre. Cuando el camarero se fue, ella continuó:

—¿Sabes que utilizan esa pista de aterrizaje unos treinta aviones particulares todas las semanas?

—No, no lo sabía.

—La mitad aproximadamente pertenecen a terratenientes de la zona.

—¿Y la otra mitad?

—Transeúntes. Aterrizan, repostan y se van. Pocas veces permanecen en tierra más de una hora.

—¿Tienes idea de dónde vienen?

—Según los mecánicos, de la Baja Península. Sin embargo, eso no tiene mucho sentido porque les queda mucho más cerca La Paz; esto está trescientos kilómetros más lejos. Además van siempre en dirección norte y ninguno regresa.

—¿Llevan el control en la pista? —pregunté.

—No. Lo hacen al modo mexicano. Tienen una caja y meten en ella el dinero que recogen. Los pagos por aterrizaje, combustible y cosas así.

—¿Hay algún funcionario de aduanas del Gobierno de México?

—No, solo un policía local, que estuvo durmiendo todo el tiempo que anduve por allí.

Me volví a Lonergan.

—¿Tú qué piensas?

—Droga, probablemente. No obstante eso no significa que los Von Halsbach participen en el asunto. Si lo hicieran, no tendrían tantas ganas de quitarse el negocio de encima. En eso hay más dinero que en explotar un hotel, más que suficiente para cubrir cualquier pérdida.

—¿Cómo lo descubriremos?

Lonergan miró a Verita.

—Tienen inversores privados. ¿Dan alguna información los libros sobre ellos?

—No. Aportan parte del dinero ellos mismos, el resto procede de un grupo inversor.

—¿Podemos saber quién es ese grupo? —pregunté. Lonergan se encogió de hombros.

—Un banco suizo.

Miré a Verita.

—¿Crees que Julio podría saberlo?

Terminó su bebida.

—Puedes preguntárselo cuando volvamos a Los Ángeles.

Pero no tuve que esperar tanto porque Julio estaba allí en la recepción aquella misma tarde. Y también Eileen.

Casi había terminado el cóctel cuando ellos llegaron. Yo acababa de dar las gracias al gobernador por su interés y por haber dedicado parte de su tiempo a venir a verme pese a sus muchas ocupaciones.

—No, señor Brendan —protestó él en un inglés casi perfecto—. Somos nosotros quienes estamos en deuda con usted por su interés. Creemos que tenemos aquí uno de los terrenos de vacaciones mejores del mundo y con la ayuda de usted y de gente como usted, podrá convertirse en un verdadero paraíso. Le aseguro que contarán con toda nuestra cooperación.

—Gracias, excelencia. De momento, lo único que me interesa saber es cuándo permitirá el Gobierno que se abra el casino. Sin él, sería prácticamente imposible la operación que proyecto.

—Ya se han obtenido todos los permisos locales, ahora hemos de esperar el permiso del Gobierno federal.

—¿Cuánto cree usted que tardará el Gobierno en concederlo?

—Estamos presionando todo lo posible.

Yo también quise presionar.

—Sin una fecha definitiva, excelencia, no podré realizar una inversión de esta magnitud.

—Haré cuanto esté en mi mano para conseguir una solución rápida —dijo suavemente—. Y ahora, por desgracia, debo irme. Tengo una reunión muy importante en La Paz.

—Gracias de nuevo, excelencia.

Se inclinó y me dio la mano:

—Hasta la vista, señor Brendan.

Fue el apretón de manos de un político, con una especie de falsa cordialidad. Volvió a inclinarse y luego cruzó el salón, despidiéndose de los demás. Le seguían dos silenciosos guardaespaldas, cuyos ceñidos trajes no ocultaban los bultos de las pistolas bajo los brazos.

Me acerqué a Lonergan:

—Ningún compromiso en firme —dije, respondiendo a su muda pregunta—. Pero muchas promesas.

No contestó. Miraba a la puerta. Seguí su mirada y vi a Eileen y a Julio, que entraban en aquel momento.

El gobernador se detuvo, visiblemente sorprendido. Los dos hombres se abrazaron y se dieron la mano. Intercambiaron unas palabras; luego, Julio siguió hacia el centro del salón mientras el gobernador se perdía en el pasillo.

Julio parecía conocer allí a todos. Vi cómo se paraba a charlar con los diversos grupos, según avanzaba por el salón. Y había algo más: cómo reaccionaban ante él. Como si fuese un rey. Se mostraban respetuosos y procuraban asegurarse de que les viera. Le daban más importancia que al gobernador.

Eileen llegó hasta donde estábamos y se inclinó para que yo pudiese besarla en la mejilla.

—Sorpresa —murmuró.

Me eché a reír.

—Hola, tío John —dijo, volviéndose a Lonergan.

Lonergan sonrió y la besó en la mejilla.

—Hola, querida.

Los ojos de Eileen se centraron en Marissa, que hablaba con Dieter y otros dos mexicanos.

—¿Quién es esa? —me preguntó en voz baja.

—¡Cuidado! —dije—. Ya conoces las normas. Tú no me preguntas, yo no te pregunto.

—Es muy bonita.

Conocía aquella expresión suya que se evidenciaba cuando aparecía una chica, como en aquel caso concreto. Estaba intrigada.

—¿Otra vez? —gruñí—. Ni hablar. ¿Por qué tiene que ser siempre una de mis chicas?

Sonrió.

—Ya te lo he dicho, tenemos los mismos gustos.

Señalé hacia Julio, que estaba en el centro del salón.

—¿Cuándo supiste que venía?

—No lo supe hasta que subí al avión. Creí que podría jugar a los pilotos con el aparato de King Dong durante todo el camino, pero no pudo ser. Julio estaba en el asiento de al lado.

—¿Y qué te explicó?

—No mucho. ¿Sabías que es oriundo de aquí, que toda su familia vive aún aquí?

—No.

—¡Qué raro! Creí que Verita te lo habría dicho.

—Nunca salió el tema.

Me tomó del brazo.

—Tu novia está mirándonos, ¿no crees que es hora de que nos presentes? treinta y cinco