Pecado inolvidable

Julie Kenner · Capítulo 9 de 45

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Pecado inolvidable

Capítulo 9

9

 

No voy a entrevistar a nadie más hoy, y me siento un poco culpable por la mentirijilla que le he contado a Devlin. Pero me consuelo diciéndome que le he contado la verdad literal. Le he dicho que pensaba reunirme con algunos de los antiguos contactos de mi tío. Y aquí estoy, pensando en eso. Pensando en cualquier cosa menos en que tengo los pies en los estribos mientras una enfermera de expresión amable me toma una muestra vaginal.

Cuando se levanta y me sonríe con calidez, me doy cuenta de que tengo la cara paralizada y una expresión horrible.

—Listo. No ha sido tan espantoso, ¿verdad?

—Depende. ¿Ya está?

Esboza una sonrisilla.

—Todo listo. Ya puedes vestirte.

Bajo las piernas y me incorporo.

—¿Cuándo sabré los resultados?

—No te lo puedo asegurar, pero nos están llegando del laboratorio muy deprisa. Puede que sepas algo mañana por la tarde. Aunque pueden tardar hasta setenta y dos horas.

Hago una mueca porque detesto la idea de esperar. Pero tampoco se puede decir que alguien me haya placado y tirado al suelo para clavarme una aguja infectada. Me lo he hecho yo solita, y puedo soportarlo.

—Vale —digo—. Bien. —Me presiono con los dedos el algodón que me han puesto en el brazo después de sacarme sangre⁠—. Si no tengo noticias para entonces, ¿debería llamar?

—Por supuesto. Pero mientras tanto, intenta no preocuparte. La preocupación no va a cambiar nada. Y toma —⁠añade al tiempo que me da una bolsita de plástico con folletos y condones. Como regalo por haber ido.

Le doy las gracias y le aseguro que haré lo posible para no preocuparme. Pero en realidad estoy preocupada. Joder. Tengo motivos. Una y otra vez me he enfrentado a mis demonios usándome como arma. Tampoco se puede decir que mi forma de actuar sea un secreto. No se trata de algo que haya hecho sin darme cuenta. Follarme a un tío en un aparcamiento o en un callejón no era algo que mi mente mantuviera oculto. Al contrario, era algo potente, cegador y carente de importancia. Era una batalla. Una declaración. Una vía de escape.

Sobre todo, era sentimiento de culpa. Porque todos y cada uno de esos encuentros podría haber sido el último. El último polvo, el último beso, mi último aliento. Me exponía a todo, desde enfermedades hasta a locos. «La culpa del superviviente». Así la llaman. Lo sé porque una vez me lo dijo un psicólogo. Coqueteo con el peligro porque, en el fondo, no puedo creer que siga viva cuando toda mi familia está muerta. Porque ¿qué coño hace que yo sea tan especial?

Durante años he perseguido el peligro y me ha parecido bien. Porque, cuando todo estaba dicho y hecho, me daba igual el resultado. La supervivencia solo quería decir que la vida tenía más oportunidades de putearme. Y la muerte… En fin, equilibraría el status quo, ¿no? Pero ahora…

Ahora tengo a Devlin. Y quiero tenerlo del todo. Completamente. No quiero verme obligada a usar condones. No quiero ese recordatorio físico de mi mal comportamiento entre nosotros.

Sobre todo, quiero que esté a salvo, porque no soporto la idea de perderlo. Porque me alejen de su lado o porque me lo arrebaten. Y sé que haré cualquier cosa, lo que sea, con tal de mantenernos a salvo y juntos.

Me enderezo, me visto y pago antes de salir de la clínica a la brillante luz del día. Es el consultorio que no requería cita previa que he encontrado más cerca, y, aunque estaba muy limpio y desinfectado, me siento un poco blandengue, una tontería, porque hacerme pruebas es lo más sensato, no una idiotez. Me pregunto cuántas personas como yo no se hacen pruebas por lo incómodo que resulta entrar en un sitio como este, como si reflejase tus errores. Pero me alegro de haber venido, porque Devlin lo merece. Y supongo que yo también.

Su nombre me atraviesa la mente mientras levanto la cabeza para ponerme las gafas de sol, y por un instante creo que me lo estoy imaginando allí de pie, al final de la acera que va de la calle a la puerta de la clínica. Después siento una gran opresión en el pecho al darme cuenta de que es él. Me entra un sofoco, una mezcla de vergüenza, espanto y rabia. Dejo que la rabia me dé fuerzas, ya que es la emoción con la que más cómoda me siento, y echo a andar hacia él con los puños apretados a los costados.

—¿De verdad me estás siguiendo? —⁠Mi voz suena cargada de indignación.

Anoche configuramos los móviles para compartir nuestras ubicaciones. Con los medios de comunicación tan interesados en nuestra relación, a Devlin le pareció lo mejor. Y a la luz de un mensaje tan chungo, es imposible negar que tal vez tenga razón, y por motivos más perversos que el interés de la prensa rosa.

Sin embargo, ni en un millón de años habría pensado que se pasaría el día controlando mis movimientos.

Levanta las manos con expresión afligida.

—No, te lo prometo. Me dijiste que ibas a hacer entrevistas y quería darte esto. —⁠Me ofrece un grueso sobre que ni había visto que llevaba en la mano⁠—. Le dije a Anna que recabara toda la información que tenemos en los archivos de la fundación sobre los negocios de Peter y que la completara con lo que pudiera encontrar en internet. Es posible que ya sepas algunas cosas, pero creía que te gustaría ver si hay algún nombre con quien pudieras contactar hoy. Quería dártela cuando estuviste en la fundación, pero la verdad, después de la charla con Lamar, se me pasó.

—Oh. —Teniendo en cuenta que no da botes de alegría por el hecho de que esté hurgando en la vida de Peter, me sorprende que me ayude. A lo mejor cree que cuanto más me ayude, antes acabaré⁠—. Pues gracias. Pero no creo que sea motivo suficiente para rastrear mi ubicación por toda la ciudad. A ver, podrías habérmelo dado mañana…

Levanta una mano para interrumpirme.

—La miré para comprobar si estabas lo bastante cerca como para acercarme andando —⁠dice⁠—. Nada más. Y no habría venido, pero el mapa dice que esto es una clínica. Se suponía que ibas a entrevistar a los antiguos contactos de Peter, y no recordaba que hubiera ningún médico. Aunque supongo que tal vez intentó meterse en el negocio farmacéutico. El asunto es que creí que estabas herida. Pensé que tal vez fuera una clínica donde atienden urgencias. Y como te he llamado y no me lo has cogido… En fin, tenía que venir a verte.

Miro el móvil. Y sí, me ha llamado dos veces mientras lo tenía en silencio.

Tomo una honda bocanada de aire y cierro los ojos. Quiero seguir cabreada con él, porque es un escudo contra la vergüenza que siento, pero todo lo que ha dicho tiene sentido, y le agradezco el gesto. De modo que me armo de valor, sonrío y me meto las manos en los bolsillos de los vaqueros.

—Ya, en fin, es que… —Carraspeo⁠—. No usamos condón. Y yo… solo quería… A ver, si te pego… Ay, mierda —⁠suelto⁠—. Tenía que saberlo.

Es un alivio ver que no se sorprende ni se espanta. Al contrario, es evidente que comprende lo que estoy diciendo.

—Ya me parecía que sería algo así. — ⁠Da un paso hacia mí⁠—. Esta mañana te has mostrado esquiva. O tenías otra cosa en la cabeza o te estabas esforzando al máximo para que me pasara el día empalmado por la expectación.

Suelto una carcajada.

—En fin, es un buen plan. Y los dos sabemos lo que te pone la expectación. Pero no. Yo… Ay, Dios, Devlin, ¿y si la he cagado? He sido una imbécil.

—No, no es verdad. —Extiende un brazo y me acaricia la mejilla, y soy incapaz de mirarlo a los ojos. Tiene que alzarme la barbilla con los dedos para que lo mire⁠—. Nena, ¿sabes lo mucho que significa esto para mí? ¿Lo que significa que estés haciendo esto por mí?

—Pues claro que me he hecho las pruebas por ti. ¿Por quién, si no?

—Ay, El —dice con un deje risueño en la voz antes de inclinarse y besarme en la frente para después arramblarme con fuerza y estrecharme entre sus brazos. Consigo liberar los míos para abrazarlo también⁠—. Independientemente del resultado, estaremos bien —⁠añade⁠—. Y me alegro de que hayas venido. Porque te quiero entera. En cuanto lo sepamos, quiero cada centímetro de ti, y no permitiré barrera alguna entre nosotros.

Se me llenan los ojos de lágrimas.

—Pero ¿y si…?

—No, nada de peros. Nos enfrentaremos a lo que sea, pase lo que pase. Y hasta entonces…

—¿Qué?

—¿Qué te parece si te llevo a cenar esta noche? Una cita de verdad.

Me derrito un poco.

—Dijiste que tenías planes para esta noche.

—Los he cambiado.

—Oh. —Suelto el aire, ya que sé que no puedo aceptar ⁠—. Me encantaría, pero tengo plan.

Levanta la ceja que tiene partida.

—¿Otro novio?

—Un trío a lo loco. Brandy, Lamar y yo. Decidimos alargar las copas y cenar juntos. Accedí después de que dijeras que estabas ocupado.

Tensa la mandíbula pero no dice nada, cosa admirable.

—No hemos pasado mucho tiempo juntos —⁠comento⁠—. Los tres, digo. O estaba contigo o estaba de un humor de perros.

—Por mi culpa —añade él con el deje de humor justo para que yo sepa que no está enfadado.

Me encojo de hombros.

—En fin, sí, pero lo cierto es que esta noche hemos quedado. ¿Eres capaz de entretenerte solo?

—Creo que me las apañaré. De todas formas, tengo que ver si todo va bien en el Fénix.

—¿Vas a ir a Las Vegas?

Teniendo en cuenta que posee una flota de aviones privados, no es una posibilidad tan descabellada.

—No. Creo que bastará con el poder de internet. Pero necesito que hagas algo por mí.

—Claro. ¿El qué?

—Bésame. Para aguantar hasta que te vea mañana.

—Será un placer.

Me acerco un poco más y me pongo de puntillas, sin importarme que alguien nos haga una foto. Me aferro a sus hombros al tiempo que le rozo los labios con los míos, y cuando me estrecha con fuerza y me besa con pasión, solo atino a pensar que, aunque he tenido una de las infancias más desgraciadas que se pueda imaginar, parece que por fin me he ganado un poquito de felicidad.