Pecado inolvidable

Julie Kenner · Capítulo 33 de 45

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Pecado inolvidable

Capítulo 33

33

 

 

Devlin guarda silencio durante el trayecto de regreso a casa. Christopher se ha llevado a Brandy a la suya, y Anna se ha quedado en el bar para pagar la cuenta. Lamar, por supuesto, se ha ido a la comisaría.

Devlin, a mi lado, vibra por la energía contenida, pero no sé si es furia, frustración u otra cosa. Yo también guardo silencio, porque soy consciente de que necesita tiempo.

En cuanto cruzamos la puerta principal, descubro que no puedo contenerme más y, una vez que la cierra y estamos seguros en el interior, me pego a él y lo abrazo por la cintura mientras lo miro a la cara.

—Devlin Saint, eres un buen hombre, bueno de verdad.

Lo oigo gemir por lo bajo.

—¿Tú crees? A veces no estoy seguro. Pero de vez en cuando creo que hago algo bueno. —⁠Me coge de la barbilla y me observa con atención⁠—. Pensaba que no ibas a aprobar el método que he usado esta noche.

Me encojo de hombros sin mirarlo a los ojos.

—Quizá no debería hacerlo — ⁠admito⁠—. Quizá deberíamos haber dejado que Lamar lo solucionara. Haberle dicho que Walt estaba en el bar y luego ver el arresto de ese cabrón.

Devlin ladea la cabeza y me mira con los ojos un tanto entrecerrados.

—¿Pero?

Suelto el aire.

—Pero no me arrepiento.

Me cubre la mejilla con una mano y me la acaricia con ternura.

—Porque Brandy te importa.

Asiento con la cabeza.

—A mí también. Porque tú la quieres y porque es una buena chica que no se merece la putada que le hicieron.

—Lo sé —replico—. Significa mucho para mí que aprecies a mis amigos.

Se ríe.

—Aprecio a Brandy desde que era Alex.

—No me extraña. Y significa mucho para mí que aprecies a Lamar.

—Lo tolero —me corrige, pero distingo el brillo burlón de su mirada y sé que está bromeando. Me acaricia el cabello⁠—. Aprecio a Brandy, pero esa no es la única razón por la que esta noche me he abalanzado sobre ese tío. —⁠Me entierra la mano en el pelo, me agarra un mechón y me obliga a echar la cabeza hacia atrás para que lo mire a los ojos⁠—. No dejaba de pensar que podía haberte pasado a ti.

Descubro una intensidad desconocida en su mirada e intento hacer caso omiso a sus palabras.

—Yo no soy Brandy. Puedo cuidarme sola.

—Sí. Hasta que no puedas.

Me suelta y se da media vuelta.

Observo cómo se aleja. Estoy segura de que está pensando en los años que hemos pasado separados y no ha podido cuidarme. Incluso ahora, porque alguien me acosa con mensajes y trata de atropellarme.

—Estoy bien —le recuerdo en voz baja⁠—. El incidente del Range Rover me asustó mucho, pero no puedes estar a mi lado en todo momento. Y te prometo que siempre estaré alerta.

—A veces eso no basta.

—Devlin, yo…

—Sé que estuvieron a punto de rajarte en Nueva York. El asaltante llevaba una navaja. Podría haberte cortado el cuello. O algo peor.

Se me hiela la sangre en las venas.

—¡Eras tú! ¡Por Dios, Devlin! Eras tú.

Me tiemblan las piernas cuando entro en el salón. Me siento paralizada, pesada, como si estuviera atravesando el fango de todos aquellos largos años perdidos. Me apalanco en el sofá y me quito los zapatos con un par de puntapiés, tras lo cual levanto las piernas y me las abrazo contra el pecho.

—Te miré de arriba abajo. Miré a aquel hombre tan corpulento que me rescató… y no te reconocí.

Se sienta en la mesa frente a mí, se inclina hacia delante y me coloca una mano sobre un pie descalzo.

—No quería que lo hicieras.

—¿Con qué frecuencia me vigilabas?

Ya hemos hablado un poco de esto. Del hecho de que me ha estado vigilando a lo largo de los años. Al principio me enfadé, porque me sentía muy sola, sin saber dónde estaba él. Pero al final la ira se transformó en tristeza e incluso en un poco de lástima. Porque yo acabé viviendo feliz en mi ignorancia, mientras que él sabía en todo momento dónde estaba yo y lo que estaba haciendo. Sabía si estaba a salvo o en peligro.

Sin embargo, no podía hablarme. No si quería mantenerme a salvo.

No si quería guardar su secreto.

—No deberías haber intervenido —⁠le digo⁠—. Podría haberte reconocido. Alguien podría haberme reconocido, atar cabos y descubrir que eras Alex.

Se encoge de hombros.

—Tienes razón. Pero ¿crees que podría quedarme de brazos cruzados viendo que te hacen daño?

Me estaba mirando las manos, pero levanto la cabeza y me pierdo en sus ojos.

—Te fuiste, ¿no?

—Ellie…

Respiro hondo.

—Lo sé. Lo entiendo. De verdad.

Y lo digo en serio. Pero eso no cambia el hecho de que me gustaría que las cosas hubieran sido diferentes. Como poco, me encantaría recuperar los diez años que hemos perdido.

También hemos hablado de esto antes. Lo que hago, o lo que hacía antes de que Devlin volviera a mi vida. Mi afán por perseguir el peligro. Sin embargo, siempre mantuve el control. Como con el tío del BMW la primera noche que volví a Laguna Cortez. Era yo quien llevaba las riendas.

Al menos, hasta que apareció Devlin.

Me aproveché de los hombres hasta que llegué a Laguna Cortez. Ese era mi juego. Mi forma de mandar a la mierda al destino o a la muerte.

—Ansiabas la emoción —dice Devlin, que me entiende lo bastante como para conocer los derroteros de mis pensamientos⁠—. Deseabas el peligro.

—Siempre —confieso, y percibo el tono desafiante de mi voz.

—Pero en realidad no querías morir.

Sigo abrazándome las piernas.

—¿Ah, no? —Se lo pregunto de verdad, porque ya no estoy segura de saberlo.

Ahora no quiero morir, eso lo sé. Pero ¿y entonces? ¿Cuándo estaba tan sola? ¿Cuándo todos mis seres queridos estaban muertos y enterrados o muertos para mí?

—No todos —me corrige Devlin en cuanto lo digo ⁠—. Tenías a Brandy. A Lamar. Aunque estuvieras sola en Nueva York, en realidad no lo estabas.

—Pero era demasiado —replico—. Era demasiado para mí. Recuerdo ir a los museos de Manhattan o al zoológico y pensar que mi madre nunca los vería. Recordaba que a mi padre, que era un policía curtido, le encantaba la ópera. Pero nunca fue a The Met. En cuanto a Peter…, conocía la ciudad y siempre me decía que la visitaríamos juntos. Que me enseñaría los lugares más chulos que los turistas no ven. Pero eso tampoco sucedió.

—No —dice Devlin—. No sucedió.

—Pues entonces dime cómo cojones puedes saber lo que pasaba por mi cabeza en aquella época. Estaba y me sentía sola. Me pasaba los días en una especie de neblina, y el único respiro eran mis estudios, la revista y las noches de marcha.

En Nueva York llevé un estilo de vida más arriesgado que en California. Trabajar como policía calmó un poco a la bestia que llevaba dentro, pero una vez que estuve en Manhattan, me quedé conmigo misma, sin malos a los que perseguir. Vivía en una ciudad increíble e imaginaba un estilo de vida que pensaba que me encantaría. Conseguí un apartamento pequeño pero decente gracias a la buena planificación económica de mi tío.

De cara a la galería, mi vida era buena. Pero mi familia estaba muerta.

Y sí, en el fondo quería morir.

—No es cierto —dice Devlin tras oír esa terrible confesión en voz alta⁠—. Ansiabas el peligro, sí. Pero querías ganar. Querías mandar a la muerte a la mierda.

—Eso es ahora —lo corrijo—. Por aquel entonces… — ⁠Dejo la frase en el aire y me encojo de hombros⁠—. No creo.

—Yo lo tengo claro.

Frunzo el ceño cuando me da un apretón en el pie, como si quisiera usar el contacto a modo de amortiguador para contener una emoción demasiado intensa como para darle rienda suelta.

—¿Se te ha olvidado que te vigilaba? Ansiabas el peligro. El típico sentimiento de culpa del superviviente, ¿verdad? Y yo tenía muy claro lo que te lo había provocado —⁠añade⁠—. Pero jamás te pasaste de la raya. Nunca te rendiste hasta el punto de llegar a lo peor. Nunca deseaste perder totalmente el control. Querías acercarte a alguien y mandarlo a la mierda después. Pero nunca pretendiste ser una víctima. No era tu objetivo. ¿Que te apuñalaran? ¿Que te violaran? No lo buscaste en ningún momento.

Trago saliva.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Ya te lo he dicho. Te conozco. Y te estaba vigilando.

—Devlin…

Toma una honda bocanada de aire.

—Aquella noche, en aquel callejón de Manhattan, te vi luchar por tu vida. Vi el miedo en tus ojos antes de que salieras corriendo y yo…

—¿Qué?

—Lo maté, El.

Espero mi reacción. La protesta que pronunciarán mis labios. El horror que me provoca que le quitara la vida a una persona.

Aunque no llega. Solo experimento un cierto alivio.

Devlin frunce el ceño.

—¿No lo sabías?

Niego con la cabeza.

—Aquella semana no fui a trabajar a la revista. Teníamos tutorías con los orientadores en la universidad. No estuve pendiente de las noticias. Estaba liada con temas académicos.

Es mentira. O lo es en parte. La verdad es que siempre leo las noticias, por ocupada que esté. Pero aquella semana no lo hice. Y ahora estoy segura de que fue porque sabía lo que iba a encontrarme y a que no quería sentirme obligada a contarle a la policía lo que sabía.

—Merecía morir —sigue Devlin—. Y te parecía bien que su asesino no sufriera el menor castigo.

—Deja de leerme el pensamiento.

Le tiemblan los labios.

—No lo hago. Es que te conozco.

Suelto un resoplido burlón, pero no se lo puedo discutir. Desde luego que me entiende. Es la única persona que me ha entendido siempre.

—No lo sabes todo —protesto—. No sabes por qué me enrollé con él. Con Max —⁠añado⁠—. Así se llamaba.

—Dímelo.

Respiro hondo y después doy voz a una verdad en la que no he pensado desde hace más de cinco años.

—Fue por ti.

Me da un apretón en una rodilla.

—Te refieres a Alex.

Lo dice a modo de afirmación, no de pregunta, pero niego con la cabeza.

—No. Me refiero a Devlin Saint. Al filántropo multimillonario que acababa de aparecer en escena.

Me muevo y cambio la postura de las piernas para sentarme sobre los pies, tras lo cual le aferro una mano entre las mías. Le acaricio el pulgar mientras hablo, con la vista clavada en esa manicura tan perfecta para no mirarlo a la cara.

—Seguramente no me habría fijado en ti si no hubieras estado en Nueva York para asistir a un evento con Carrie de pareja. Pero vi una foto vuestra y leí el artículo. ¿Recuerdas lo que anunciaste durante tu estancia en la ciudad?

—Por supuesto. Acabábamos de elegir el emplazamiento para la sede de la fundación.

—Eso fue lo que me llamó la atención. Porque era nuestro sitio. «El sitio de El y Alex».

Oigo el gemido ronco que brota de su garganta.

—El solar. Por supuesto, construí la sede en aquel solar baldío y abandonado. ¿Dónde, si no? —⁠Levanta nuestras manos unidas y me besa los dedos⁠—. ¿Sabes lo que hice después de que pusieran los cimientos?

Niego con la cabeza.

—Con un clavo, escribí «El sitio de El y Alex» en el hormigón. Ahora está escondido bajo las baldosas de algún lugar del vestíbulo, claro, pero quería que siguiera allí siempre, aunque la frase original que escribiste con tiza se hubiera borrado hacía mucho tiempo.

Me doy cuenta de que estoy llorando cuando veo su cara borrosa. Me seco las lágrimas con un gesto brusco y consigo sonreír.

—No me puedo creer que hayas hecho eso.

—Pues créetelo.

Asiento con la cabeza. Ahora que sé hasta qué punto lo destrozó nuestra separación, lo creo.

—Sigue —dice—. Te fijaste en mí en Nueva York porque fui el idiota que te robó el solar que Alex y tú bautizasteis.

—Y a una de mis amigas —añado—. Carrie te acompañaba. Aunque, si tengo que ser sincera, nunca fuimos amigas íntimas y habíamos perdido el contacto años antes. De todas formas, ella era un vínculo. Dejé atrás Laguna Cortez y, de repente, fue como si me diera un bofetón en la cara.

—Así que aquella noche saliste con la idea de mandar el pasado a la mierda.

—Básicamente.

Dejo que los recuerdos afloren en mi mente.

Empecé visitando algunos bares, pero luego me decidí por las discotecas más sórdidas. En concreto, por los locales clandestinos de clientela indeseable. Esos de cuya existencia solo te enteras si conoces a alguien que esté en el mundillo.

En mi caso, no conocía a nadie, la verdad. Pero empiezas a hablar con un tío en un bar y te cuenta cosas. Y hasta te lleva a un sitio donde puedes soltarte la melena antes de que te acompañe a casa.

No es que acostumbrara a dejar que me acompañaran a casa. Me gustaban más los callejones oscuros o la parte trasera de los taxis, dependiendo del subidón que tuviera cada noche.

Aquella en concreto recordé un garito al que me había llevado un abogado al que me tiré. Puse rumbo a la discoteca, decidida a descargar mi exceso de energía bailando y terminar la noche con el tío más rudo que pudiera ligarme.

Lo encontré merodeando fuera del club. Max. Llevaba unos vaqueros ajustados y una camisa blanca. Tenía pinta de contable con ínfulas de tío duro y estuve a punto de pasar de él cuando me llamó. Pero su voz me interesó por algo. Me resultó dominante.

Un tanto peligrosa.

Así que me acerqué a él.

—¿No te dejan entrar?

Le dio una larga calada al cigarro y lo tiró a la acera.

—No conseguirán que me quede fuera. Pero tú no quieres estar ahí dentro.

Me percaté del deje cortante de su voz y sentí que se me aceleraba el corazón. En aquella época era yo la que llevaba la voz cantante, aunque en casi todos los casos eran los tíos los que pensaban que tenían la sartén por el mango. Aquel, sin embargo… En fin, el peligro que destilaba parecía prometedor.

—¿Y dónde quiero estar?

—Conmigo —contestó—. Soy Max. Y tú eres Elsa.

Recuerdo que tragué saliva. Usaba mi nombre de pila para entrar en las discotecas, pero en aquella todavía no había enseñado mi carnet. Eso significaba que ese tío ya me había visto antes. Me había estado vigilando.

—Pareces una chica que sabe pasárselo bien —⁠añadió antes de que pudiera preguntarle cómo sabía mi nombre⁠—. Creo que tú y yo tenemos gustos similares.

—¿Ah, sí? ¿Como qué?

—Como por ejemplo que no nos gusta este sitio. —⁠Hizo un gesto con la cabeza⁠—. Ven conmigo.

Le dije que no iría a su casa y que él no pisaría la mía, y me aseguró que tenía otra idea en mente.

—¿Te gustan las discotecas? Hazme caso. Las hay mejores que esta.

Caminamos por la manzana con su mano en la base de mi espalda, como si fuera mi dueño. Se lo permití por el peligro que percibía en él, pero no acababa de gustarme. De todas formas, el juego era ese, de manera que me dejé llevar.

La calle estaba oscura, y recuerdo pasar junto a algunos transeúntes, incluido uno cuya forma de andar me resultó conocida. Una silueta que me resultaba familiar.

Me estremecí al darme cuenta de que, otra noche más, mi mente estaba conjurando a Alex.

—¿Tienes frío? —me preguntó Max.

Negué con la cabeza. Era septiembre, pero la noche era cálida, y me obligué a no pensar en Alex y a concentrarme en el hombre que tenía al lado. Un hombre al que apenas conocía, pero que me deseaba. Un hombre al que le echaría un polvo antes de largarme, consciente de nuevo de que yo tomaba la decisión.

Sería yo quien se marchara.

Terminamos más o menos a un kilómetro de la discoteca. Una zona más abandonada, con callejones oscuros y malolientes.

—Allí abajo. —Señaló con la cabeza una puerta metálica iluminada por una solitaria bombilla de luz tenue⁠—. Música alta, bebidas fuertes y rincones oscuros. —⁠Me detuvo y me tocó un pecho mientras decía eso último, al tiempo que se pegaba a mí para que sintiera su erección⁠—. Creo que nos lo vamos a pasar muy bien.

—Ya lo averiguaremos —repliqué—. Pero tendrás que mejorar lo que has hecho hasta ahora.

Lo empujé y seguí hacia la puerta, porque quería recuperar parte del control. Necesitaba ese tira y afloja. Lo quería desesperado por mí. Quería ser yo quien dijera cuándo y cómo. Y, sobre todo, quería ser yo quien dijera «hasta aquí hemos llegado».

Quizá Max era lo mejor que podía encontrar esa noche. O tal vez había alguien mejor esperando en aquel antro oscuro del sótano.

Aferré el pomo de la puerta y di un tirón, pero no se movió.

—Puta de mierda.

Estaba justo detrás de mí, y, al oír esas palabras, sentí la afilada hoja en la garganta.

—¿Crees que no sé lo que eres, zorra? ¿Crees que no te he visto? No te preocupes. Te follaré como tú quieras. Eres mía, puta.

Ejerció más presión con la hoja e intenté no tragar, porque no quería mover la garganta. Podía defenderme, pero él era más grande y sabía lo que hacía. Un movimiento en falso y me rebanaría el cuello.

Por supuesto, era lo que planeaba hacer de todos modos. Estaba segurísima.

El recuerdo me provoca una sensación gélida y respiro de forma entrecortada mirando a Devlin.

—Sí —digo—. Estaba aterrorizada. Y cabreada —⁠añado al tiempo que meneo la cabeza⁠—. Estaba muy cabreada. —⁠Suelto un hipido y me doy cuenta de que estoy llorando⁠—. Y, de repente, se alejó de mí.

Lo detuvo el otro hombre que había en el callejón. Aquel en el que me había fijado antes y que me recordaba a Alex. Un hombre alto, vestido de negro, incluida una gorra de béisbol con la visera muy baja, de manera que la sombra le ocultaba la cara. Se había tapado la nariz y la boca con un pañuelo, pero le vi los ojos verdes y el pelo oscuro, que brillaba bajo la triste luz de la solitaria bombilla.

Un hombre que ahora sé que era Devlin.

Sostuvo a Max contra su cuerpo, con la navaja pegada al cuello.

—Vete —me dijo, con voz baja y ronca. Pero incluso aquel susurro me pareció conocido⁠—. Corre —⁠añadió⁠—. Eres fuerte, joder. Lárgate de aquí.

«Eres fuerte». Las palabras que había pronunciado Alex. Sabía que era una coincidencia, pero dejé que su dulzura me envolviera.

Y sí, corrí. Y sí, en el fondo sabía lo que aquel desconocido iba a hacerle a Max. Y no me importó una mierda.

En este momento siento que las lágrimas se deslizan por mis mejillas mientras miro a Devlin.

—Estabas allí. Allí mismo.

—¿Crees que para mí fue fácil? ¿Estar tan cerca sin poder decirte nada? ¿Crees que salí ileso después de aquello?

Me paso los dedos por el pelo.

—No. Creo que lo nuestro es como una puñetera tragedia de Shakespeare.

—No es una tragedia —me corrige⁠—. Es una historia de amor épica. De las que tienen final feliz.

—¿Hay alguna historia de amor épica con final feliz?

—La nuestra —contesta con firmeza. Se pone en pie y me tiende una mano⁠—. Ven a la cama, El. Te necesito.

Sus palabras revolotean en mi corazón.

—Sí —le digo al tiempo que entrelazo nuestros dedos ⁠—. Yo también te necesito.