Pecado inolvidable
Capítulo 10
10
Como me queda bastante tiempo antes de encontrarme con Brandy y Lamar, me siento en mi Shelby —el Shelby Cobra azul oscuro de 1965, que ha sido desplazado del primer lugar en mi corazón porque ha aparecido Devlin— y ojeo los documentos que me ha dado. Mis ojos se detienen al instante en una referencia a Suministros para la Construcción Cotton, una empresa que está en los primeros puestos de la lista de compañías con las que trabajaba mi tío que he estado recopilando.
Después de enterarme de que Devlin, por aquel entonces Alex, lo mató, pasé unos días obligándome a trabajar de verdad. Si no podía aliviar el dolor de mi corazón, por lo menos podía intentar pasar de él. No tuve mucho éxito, pero conseguí clasificar algunas cajas de documentos antiguos.
Tras la muerte de Peter, el jefe Randall y su esposa Amy se convirtieron en mis tutores. Contrataron a un abogado para que liquidase la empresa constructora de mi tío, empaquetaron todos los documentos relacionados con ella y los guardaron por si alguna vez quería verlos. Me llevé alguna de esas cajas a casa y, mientras mi cerebro abotargado examinaba los documentos, comprendí dos cosas. La primera, que mi tío era lo bastante inteligente como para llevar una contabilidad impoluta. En esos documentos no había nada que indicara un vínculo con El Lobo, con el dinero de la droga ni con ningún negocio turbio. Y la segunda, que Peter tenía relaciones comerciales en Laguna Cortez mucho antes de mudarse a la ciudad para cuidarme. Sin embargo, ahí me quedé. Porque ahondar en su vida hizo que lo recordara, que recordara su muerte y que recordara a Alex, el chico que apretó el gatillo.
Cierro los ojos para alejar la sombra de aquellos días que parecen tan lejanos, aunque en realidad pasaron hace nada. Devlin y yo ya lo hemos superado, pero eso no significa que no conservemos una herida. Porque existe. Pero solo es una cicatriz. Y eso es lo interesante de las cicatrices: la zona curada termina siendo mucho más dura que la piel original.
Supongo que por eso me siento con fuerzas para seguir ojeando los documentos. Por eso busco pistas en los archivos de Devlin y de mi tío, que incluyen el de Suministros para la Construcción Cotton, una empresa con la que hizo negocios mientras vivía en Los Ángeles y luego en Laguna Cortez.
La compañía Cotton está lejos de la costa, más allá de la Quinta y, aunque en teoría se encuentra en los límites de la ciudad, no está precisamente en la zona más fotogénica de Laguna Cortez. El edificio tiene techos bajos y en la parte delantera se exponen distintos tipos de madera, aunque la cosa empieza a ponerse seria cuanto más se adentra uno, ya que la parte posterior es para los profesionales, no para los clientes que buscan hacer trabajos de bricolaje en casa.
Solo veo a un empleado, reconocible por el chaleco marrón y la chapa con su nombre, y como está cobrando a un cliente, decido deambular por la zona de bricolaje y empiezo a plantearme qué podría hacer con la casa que tengo en la ciudad cuando el inquilino se vaya. De mayor no he vivido en la casa, pero fue la de mi infancia hasta que mi padre murió. La heredé, pero mi tío se encargó de ella y la alquiló, de modo que usó el dinero del alquiler, más la cantidad que recibí por el seguro de vida de mi padre, para pagar la hipoteca, y guardó el resto para mí. No es mucho, pero me ayudó con los gastos de Manhattan, eso seguro.
El inquilino de la casa, que lleva mucho tiempo en ella, todavía no me ha dicho que quiera irse, pero el contrato de alquiler vence dentro de unos meses y hasta ahora no lo ha renovado. Le ha dicho a la inmobiliaria que lo gestiona que prefiere ser «flexible», por lo que de momento la alquila mes a mes.
Me parece perfecto, pero al mismo tiempo, una parte de mí quiere que se vaya ya. Me encanta vivir con Brandy, pero echo de menos tener mi propia casa. Y la verdad es que no puedo quedarme con mi amiga para siempre. La casa donde vive no es suya y no está de alquiler. Más bien se encarga de administrar y cuidar la propiedad porque el dueño, al que apoda don Pez Gordo, se pasa casi toda la vida fuera.
Al principio mis planes eran quedarme en Laguna Cortez una temporada, por lo que alojarme con Brandy me parecía estupendo. Ahora que me voy a mudar, tengo que decidirme.
Aunque Devlin esté en la ecuación y sea parte fundamental de la misma, estoy pensando en buscar mi propio espacio. Tal vez en una casa de huéspedes o en un piso de alquiler en el bloque donde vive Lamar. Algún lugar donde tenga mi espacio mientras veo qué tal va mi relación con Devlin. Aparte de compartir habitación con Brandy en nuestra etapa universitaria, me he pasado sola toda mi vida adulta, y me incomoda sentir que estoy acampando en el hogar de otra persona.
Me deshago de esos pensamientos, porque no es algo con lo que quiera lidiar hoy, y vuelvo al interior del establecimiento con la esperanza de que el dependiente esté libre. La suerte me acompaña, y veo que levanta una mano cuando entro.
—Venía a buscarte —dice—. Siento el retraso. ¿Puedo ayudarte? A ver si lo adivino —sigue sin detenerse—. Quieres reformar el patio trasero de tu casa.
—No, pero no es mala idea. Me llamo Elsa Holmes. Soy periodista de The Spall Monthly.
—Vale, vale. Ya caigo.
—Te refieres a la revista, ¿no?
Hasta las personas que solo leen revistas como People y Entertainment Weekly han oído hablar de The Spall Monthly, ya que siempre la ponen al lado de The New Yorker y The Atlantic Monthly en las cajas de los supermercados. Pero es raro que una persona conozca el nombre de los periodistas que firman los artículos.
—¿Cómo? Qué va. A ti. De Instagram. Eres la chica que se fol…, que está saliendo con Devlin Saint, ¿verdad?
Me las arreglo para no dar un respingo.
—Sí a las dos cosas. —Contesto con tanto entusiasmo que se sonroja.
—Lo siento, lo siento. —Se le ha puesto la cara colorada y, al ser tan blanco, se le nota aún más—. No sé por qué me dejan atender a los clientes. Soy incapaz de morderme la lengua.
Me río, tras decidir que me cae bien.
—No pasa nada, en serio.
—Vale. —Se limpia las palmas de las manos en la parte delantera de los vaqueros—. Eres periodista. Y estás hablando conmigo. ¿Por qué?
—Estoy escribiendo un artículo sobre mi tío. Sobre su vida —le explico—. Y trato de localizar a las personas que conocía antes de que lo mataran.
—Ah, vaya. No recuerdo a ningún conocido al que hayan asesinado. ¿Cómo se llamaba?
—Peter White, y dudo que lo conocieras. Murió hace diez años. Pero tenía negocios con esta empresa. Creo que con el dueño anterior, el señor Cotton.
—Vale. —Asiente despacio con la cabeza—. Ah, me llamo Tom, por cierto —dice mientras señala la chapa—. Mi hermano es ahora el dueño de la empresa, pero supongo que ya lo sabes.
—He hecho una consulta telemática de los registros públicos —le explico—. La compró hace unos seis años, ¿verdad? Quería saber si se ha mantenido en contacto con el señor Cotton… Harold Cotton. Si eran amigos, o si quizá tu hermano puede decirme cómo ponerme en contacto con él. No es que haya buscado mucho, pero no he encontrado nada sobre él.
—Seguramente porque no se apellidaba Cotton, sino Longfeld. Se llamaba Harold Longfeld. Cotton era el apellido de soltera de su madre, y supongo que su familia era dueña de estos terrenos desde hacía generaciones. Usó ese apellido porque, bueno, en realidad no sé por qué lo usó, pero firmó los documentos como Harold Cotton.
—Gracias —replico—. Me acabas de ahorrar varias horas de investigación. —Al final lo habría averiguado, pero acabo de demostrar por qué no es mala idea investigar a pie de calle—. ¿Sabes por qué vendió la empresa?
—Por aquel entonces no presté mucha atención al asunto. Estaba en la universidad y trabajaba aquí los fines de semana, pero mi hermano hablaba del tema cuando yo estaba de visita, así que me enteré de la historia, aunque mi cuñada se cabrea si habla de trabajo en casa. A ver, empiezan a discutir y a discutir y…
—No debe de ser agradable —comento, con la esperanza de encarrilarlo—. ¿Qué dijo sobre el señor Cotton? O sobre el señor Longfeld, mejor dicho.
—Vale, vale. Sí, pues que Cotton fue acusado de malversación de fondos y de blanqueo de dinero. Fue algo gordo. Pero la denuncia se hizo con su apellido real, Longfeld, así que quizá por eso no te has enterado. No lo sabías, ¿a que no?
Niego con la cabeza.
—¿Podrías darme algún detalle?
Tom se encoge de hombros.
—Pues no, la verdad. Solo que no pudieron demostrarlo. Por entonces estaba negociando la venta de la empresa a mi hermano. Lo recuerdo porque tenía miedo de que Longfeld se echara atrás, aunque al final no lo hizo. —Se encoge de hombros—. Como es evidente.
—¿Longfeld sigue por aquí? ¿Tienes su dirección?
—No es difícil de encontrar. Acabó en la cárcel.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué?
—Por conducir borracho. Mató a una señora. Tengo un amigo en la oficina del fiscal del distrito que me contó la historia. Sabía que Buddy había hecho negocios con Longfeld. Buddy es mi hermano. Supongo que pensó que me gustaría enterarme del cotilleo.
Asiento despacio con la cabeza.
—Tuvo que celebrarse un juicio —comento pensando en voz alta.
Tom niega con la cabeza.
—No, se declaró culpable. Casi en el acto, vamos, según me dijo mi amigo. Se dedicó a hacer el cafre cuando retiraron la acusación por malversación y blanqueo, pero al matar a esa mujer, cambió de repente. Ni siquiera intentó llegar a un acuerdo con la fiscalía. Dijo que se merecía lo que le cayera, y no solo por lo que le había hecho a esa mujer.
—¿No solo por lo que le había hecho a esa mujer? —repito—. ¿Sabes a qué se refería?
—No tenía ni idea, pero le pregunté a Buddy. Me dijo que se rumoreaba que Cotton hacía chanchullos con la empresa. Que hacía negocios con una especie de capo de la mafia o lo que fuera. ¿El León? ¿El Chacal? No me acuerdo.
La tensión me embarga las entrañas.
—¿El Lobo?
Asiente despacio con la cabeza.
—Sí. Sí, ese creo que era. — Se encoge de hombros—. Recuerdo que, cuando me lo contó, me pareció sacado de Los Soprano. —Se encoge de hombros de nuevo—. No sé si te sirve de mucho. Lo siento.
—No, la verdad es que has sido de gran ayuda. Gracias por hablar conmigo. —Saco del bolso la lista que me ha dado Devlin con los antiguos contactos de mi tío—. ¿Por casualidad no conocerás a alguna de estas personas?
La ojea y niega con la cabeza. Me siento decepcionada, pero no mucho. Al fin y al cabo, Tom me ha dado más información de la que esperaba, incluido el número de su hermano, por si quiero hablar con él.
Todavía me quedan un par de horas libres, así que vuelvo a montarme en Shelby y le bajo la capota para transitar las anchas carreteras que me llevan a la zona bonita de la ciudad. Cuando llego a la carretera de Sunset Canyon, piso a fondo y después zigzagueo al entrar por las estrechas y sinuosas calles que tanto se parecen a los meandros de un río, hasta desembocar en la avenida del Pacífico, a los pies de la colina, donde está la casa de Brandy. Desde allí, sigo hasta la de Devlin.
Es la ruta más larga, pero me da igual. Conducir a Shelby por aquí con la capota bajada es un placer. El viento en la cara y el rugido del motor en los oídos. El peligro de las curvas cerradas y las carreteras estrechas. La sangre me palpita en los oídos, siento un hormigueo en la piel y me doy cuenta de por qué me resulta todo tan familiar cuando doy un volantazo para entrar en el barrio de las Artes. Es la misma sensación que experimento en brazos de Devlin. La embriagadora sensación de disfrutar del presente con plena consciencia.
Sonrío mientras giro a la derecha, dejando la colina a la espalda, y conduzco a Shelby hacia el océano. Es un milagro, pero encuentro un aparcamiento con tiempo extra en el parquímetro, de manera que recojo mis cosas y echo a andar hacia Brewski con la idea de tomarme un café, repasar mis notas y ver si consigo hablar con el señor Longfeld a finales de semana.
Disfruto del café con leche que he pedido mientras trabajo, y cuando llega la hora de cruzar la calle para ir a The Cask & Barrel, donde he quedado con Brandy y Lamar, no solo he organizado mis notas, sino que he cerrado una cita para mañana con el señor Longfeld. Resulta que cumplió condena por conducir bajo los efectos del alcohol, como me ha dicho Tom, pero salió antes de tiempo, ya que se la redujeron por buena conducta.
Ahora vive en Los Ángeles y trabaja como mozo de almacén en un supermercado familiar de barrio en Panorama City, en el interior del valle de San Fernando. Dado que Lamar es un niñato de Beverly Hills que cree que el valle es uno de los siete círculos del infierno, no pienso decirle que ese es nuestro destino hasta que estemos en carretera.
The Cask & Barrel está en la manzana de Brewski, pero en el lado norte de la calle. Doy la espalda al paso de peatones y esquivo los coches de camino hacia allí. Aunque no existía cuando era adolescente, Brandy y yo hemos estado en el establecimiento un par de veces desde que regresé, así que ya lo considero nuestro lugar de encuentro.
Estoy a punto de abrir la puerta cuando oigo que Brandy chilla. Me vuelvo y la veo corriendo hacia mí con los brazos extendidos. Me da tal abrazo que casi me rompe las costillas, ya que me saca casi veinte centímetros de altura. Contengo una carcajada.
—Estás como una cabra. ¿A qué viene tanta efusividad? Nos hemos visto esta mañana.
—Estoy emocionada porque por fin hemos quedado los tres para tomar algo. Y para cenar. Comida para absorber el alcohol. —Mueve las cejas, y acabo riéndome. Brandy bebe con moderación, así que el comentario me hace gracia y despierta mis sospechas.
—¿Toda esta emoción por las bebidas y la conversación tiene algo que ver con Christopher? ¿Has cambiado de opinión? ¿Al final resulta que Lamar y yo podemos darte consejos sentimentales sin que nos los pidas?
Brandy pone los ojos en blanco.
—¿Qué pasa? ¿No puedo emocionarme por salir con mis mejores amigos? Por cierto, ¿dónde está Lamar?
Miro a un lado y a otro de la calle.
—Llega tarde.
—Solo ha pasado un minuto. A lo mejor está dentro.
Justo en ese momento, y como si fuera la respuesta a la pregunta, nuestros móviles suenan: las dos hemos recibido un mensaje. Hago ademán de sacar el mío del bolsillo trasero mientras ella menea la cabeza y me enseña el suyo.
—No te molestes. Es para las dos.
La mesa de la ventana. Entrad ya y dejad de
chismorrear sobre lo guapo que soy.
Nos volvemos, buscamos la ventana y le lanzamos un beso. Después y entre carcajadas, como si fuera lo más gracioso del mundo, echamos a andar hacia la puerta. Estoy a punto de abrirla cuando veo a Christopher caminando por la calle, con esas largas piernas que avanzan con rapidez por la acera y el pelo rubio brillando bajo las farolas, que ya se han encendido al caer el sol.
Miro a Brandy, que parece avergonzada.
—Espero que no te moleste. Le dije que íbamos a cenar y tenía muchas ganas de venir.
Christopher me cae muy bien, pero eso no significa que quiera compartir la noche con él. Se suponía que era nuestro momento, y creo que ese pensamiento se me refleja en la cara porque Brandy frunce el ceño y dice:
—Ay, joder, lo siento mucho. Voy a decirle que mejor no.
—Es que Devlin tiene la noche libre y le he dicho que no venga porque quedábamos solo nosotros tres.
—Soy idiota. Debería haber preguntado. Ya quedaré luego con él. Y le diré que venga a casa mañana. Y eso me recuerda una cosa: ¿por qué no duermes en casa de Devlin? En el mensaje me has dicho que esta noche dormías en casa. —Frunce el ceño—. Esta mañana estabais bien. Seguís bien, ¿verdad?
—Fenomenal —le aseguro.
—Estupendo. —Mira a Christopher —. Voy a encargarme de esto.
Extiendo la mano para coger una de las suyas y darle un apretón.
—Gracias.
Hay muchas razones por las que Brandy es mi mejor amiga, entre las principales está que es buena persona. Y sobre todo que me entiende. Y, pese a todos mis defectos, me quiere.
—Yo entraré para apaciguar a Lamar —digo—. ¿Nos vemos dentro?
—Pídeme una copa de vino tinto —replica y se apresura para salir al encuentro de Christopher, que se ha detenido a unos metros de distancia, quizá tras darse cuenta de que estábamos hablando de él.
Me siento un poco culpable, pero no tanto como para invitarlo, así que destierro el sentimiento y entro. El bar está lleno de gente y debo sortear la multitud para acercarme a la mesa que ha conseguido Lamar. En cuanto llego, aparto una de las sillas para sentarme.
Lamar ya ha pedido chips de patata y gambas envueltas con beicon, así que disfrutamos de los aperitivos y del vino, y pedimos más cuando Brandy se une. La conversación va de un tema a otro, y me siento muy alegre, aunque no tiene nada que ver con las dos copas de pinot noir que me he bebido.
El camarero acaba de anotar la comanda para la cena cuando Lamar endereza la espalda y frunce el ceño mientras se inclina un poco hacia delante, tratando de distinguir algo en la oscuridad. Acto seguido, se apoya de nuevo en el respaldo de la silla y prácticamente siento la irritación que su cuerpo irradia en oleadas.
—¿Qué pasa? —pregunto al tiempo que me doy media vuelta en la silla. Justo cuando oigo murmurar a Brandy, lo veo en la puerta.
Devlin.