Pecado inolvidable

Julie Kenner · Capítulo 27 de 45

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Pecado inolvidable

Capítulo 27

27

 

Es como hacer un pacto con el diablo, pero si el software de Corbin funciona, supongo que merecerá la pena.

Roger me ha dicho que lo pondrá todo en marcha y que luego me pasa a Corbin. Me explica que tiene que toquetear algo para que pueda ejecutar sola el programa. Ahora mismo solo funciona en su sistema, dado que interactúa con otros de los que tiene instalados. Tendría que compartir el vídeo, y no estoy dispuesta a hacerlo. A su favor, debo reconocer que no discute. Promete enviarme una lista de programas adicionales que voy a necesitar y me dice que lo llame cuando esté lista para guiarme por la instalación y explicarme cómo se usa.

También menciona —cada diez segundos más o menos⁠— lo mucho que le gusta tenerme en el bolsillo.

Me abstengo de llamarlo gilipollas o algo peor. Eso indica lo mucho que deseo esta historia. Y supongo que, si soporto postrarme ante mi peor enemigo, podré sobrevivir a cualquier cosa.

Sin embargo, cuando todo termine y haya pagado mi deuda, pienso publicar un anuncio a toda página en la competencia de The Spall Monthly en el que se diga que Corbin Dailey es un capullo integral.

Claro que tal vez sea mejor no hacerlo. Eso solo le inflaría más ese ego enorme que tiene.

Mi cabeza sigue dándole vueltas a la retórica antiCorbin cuando entro en el garaje. Normalmente aparco en el camino de entrada o en la calle, pero aunque pueda descuidar mi seguridad, Shelby es mi niña.

Entro en la casa por la puerta que da al lavadero. Dejo mis cosas encima de la secadora y después corro a la cocina en busca de algo que comer. Me muero de hambre, algo irónico teniendo en cuenta que Brewski tiene comida. Pero he estado tan concentrada en el trabajo que mi único sustento ha sido un café con leche seguido de un montón de café solo.

Abro el frigorífico, cojo un tarro de yogur de vainilla, cierro la puerta… y grito.

Porque justo detrás de la puerta, donde estaría un monstruo si fuera una peli de terror, descubro a un hombre.

Dejo de gritar al darme cuenta de que es Ronan Thorne, aunque no puedo decir que sea un alivio. Tal vez Devlin crea que no me la tiene jurada, pero yo sigo teniendo mis dudas. Sobre todo con él lejos y Ronan dentro de una casa que se supone que está protegida por una alarma.

—¿Se puede saber qué haces aquí? — ⁠le pregunto, y la rabia por la intromisión oculta mi desbordado nerviosismo.

—Siento haberte asustado. Devlin me dio el código.

Me muerdo la lengua para no soltar un taco y me digo que tengo que hablar seriamente con mi novio.

—¿Por qué te lo ha dado?

—Quería que comprobase cómo estabas. Y yo quería hablar contigo.

Se aleja con calma para apoyarse en la encimera, pero la escena es cualquier cosa menos tranquila.

Cuando lo conocí, se mostró sonriente y simpático, y pensé que se parecía un poco a un dios nórdico, con el pelo rubio, los ojos azules y el cuerpo al estilo Thor. Sigue pareciéndomelo, pero ahora desprende furia. Es como un dios furioso con capacidad de destruir el mundo.

Respiro hondo y me digo que no estoy asustada, pero la verdad es que sí lo estoy. Puede que Devlin esté convencido de que Ronan no es el autor de los mensajes chungos, pero de momento yo me reservo mi opinión.

De todos modos, siempre se me ha dado bien poner cara de póquer.

—Vale —digo al tiempo que cojo una cuchara y empiezo a comerme el yogur⁠—. ¿De qué vamos a hablar?

—Una vez te dije que eras una distracción. Nunca se me ocurrió que pudieras ser un peligro.

Eso me cabrea.

—¿Te importa explicarme a qué te refieres?

—Devlin me ha dicho que tienes una pista sobre el francotirador que mató a Myers. Un enlace con cierta información. ¿Es verdad?

—No tenía derecho a contártelo.

—¿Es verdad?

—¿Y por qué te interesa?

—Me interesa porque eres tú. Porque Devlin está cabreado, y tiene motivos para ello.

La cabeza me da vueltas.

—¿De qué coño hablas?

—¿Quieres ponerte una diana en la espalda o qué? ¿De qué va lo del anuncio en la web de The Spall Monthly, todo eso de la grabación de vídeo y de la pista en exclusiva sobre la identidad del francotirador que mató a Terrance Myers? ¿Y sobre la certeza de que serás capaz de limpiar el vídeo para identificarlo?

—¿Qué coño dices? Yo no he publicado nada…

«Mierda. Roger…».

Después de contarle lo del mensaje de correo electrónico, publicó una mininota en la página web para que los lectores supieran que The Spall Monthly tenía una posible pista sobre el asesinato de Myers. Hoy, cómo no, habrá publicado una actualización en la que menciona el vídeo. Es una idiotez, porque todavía no hay noticias, pero aunque no saque nada en claro, ese anzuelo en la web atraerá a los lectores… y a los anunciantes. Aunque The Spall Monthly sea una revista en papel de calidad, la web tiene un cariz más sensacionalista por orden de Franklin, supuestamente para que la revista sea más competitiva en el mercado actual. No puedo decir que lo apruebe, pero entiendo que la revista necesita beneficios.

—No tenía ni idea —le aseguro a Ronan ⁠—. Debería haberlo supuesto, pero mi editor es quien publica esa parte.

—Pues dile que la borre. Aunque ya da igual. El daño ya está hecho. Nada desaparece de la red.

En eso tiene razón.

—No puede llevar publicado mucho tiempo — ⁠replico⁠—. ¿Cómo te has enterado?

—Devlin está suscrito a las notificaciones de The Spall Monthly.

Parpadeo, porque eso no me lo esperaba.

—¿Por qué?

Por un instante, Ronan parece sorprendido.

—Porque escribes para la revista y es importante para ti.

—Ah. —Trago saliva y como un poco más de yogur para ocultar mi incomodidad⁠—. Oye, yo no sabía que Roger iba a publicar el anuncio, pero ¿qué más da? Ni que fuera para tanto. Estoy escribiendo el artículo y tengo el vídeo. Por no mencionar las expectativas de conseguir aclarar la imagen. Entiendo que Devlin crea que Myers era una alimaña que merecía morir. Y ¿sabes qué? Yo también lo pienso. Pero la gente no puede ir por ahí de esa manera, como si estuviéramos en el Salvaje Oeste. Y si tengo la oportunidad de usar mi trabajo para desenmascarar a esa persona, lo haré.

—¿Aun a riesgo de tu propia seguridad?

—¿De qué hablas?

Se pasa las manos por el pelo.

—Ese texto deja muy claro que han mandado el vídeo al autor del artículo original: tú. Si es tan incriminatorio como crees, ¿no te parece que quienquiera que escalase ese edificio intentará quitártelo?

Trago saliva, porque Devlin y él tienen razón, claro. Siempre he estado dispuesta a correr riesgos con mi trabajo, a exponer a los malos con tal de conseguir una historia. Nunca me ha preocupado por la sencilla razón de que el peligro nunca me ha asustado, jamás. Ni la muerte. Solo me importaba conseguir la historia. El resto podía irse a la mierda. De hecho, cuanto más peligroso, mejor.

Sin embargo, las cosas han cambiado. Sigo sin comprender por qué yo estoy aquí y mi familia no, pero esa necesidad de correr riesgos se ha desvanecido. Quiero quedarme. Todavía no quiero abandonar este mundo. No cuando aún me queda un tiempo con Devlin.

—La verdad, no lo había pensado.

Y ahora que lo hago, me pregunto si tal vez el incidente con el Range Rover está relacionado con la historia de Myers y no con los mensajes chungos.

—Pues en ese caso eres una insensata. ¿El vídeo revela la identidad del sospechoso?

Me echo a reír.

—No. Tengo la grabación de un dron que está superpixelada. He conseguido un programa con el que tal vez obtenga una imagen o tal vez no. —⁠Me quedo callada, pensando⁠—. Le diré a Roger que publique una actualización diciendo que el vídeo está corrompido y que no podemos identificar al francotirador.

—¿Es verdad?

Me encojo de hombros.

—Con suerte, no. Si conseguimos una imagen y una historia, actualizaremos de nuevo. Pero tal vez así pueda quitarme de encima a quienquiera que me esté acosando.

Ronan asiente despacio con la cabeza.

—¿Cómo funciona el programa?

Repito como un papagayo lo que me ha explicado Corbin.

—Me ha dicho que si logramos recrear una imagen decente o no dependerá de la calidad del vídeo original.

—¿Y el vídeo es decente?

—No soy experta en reportajes gráficos, pero me parece superborroso.

No le digo que tengo un poco de fe en el inmenso ego de Corbin. No creo que hubiera ofrecido su programa de no creer que la probabilidad es buena. Al fin y al cabo, ese tío quiere ser el héroe.

—Parece que las probabilidades son remotas.

—Seguramente. Claro que el periodismo consiste en tirar del hilo cuando las probabilidades son remotas. Pero supongo que Devlin se pondrá muy contento si no consigo una sola imagen nítida. —⁠Hago una mueca⁠—. Creo que quiere formar parte del equipo de animadoras de quien se cargase a Myers.

—Estoy con él. Myers era un asco de tío. Se merecía lo que le pasó.

Me limito a mirarlo. A mirar a ese hombre duro. A ese hombre que Devlin respeta y a quien yo temo. No porque crea que hará daño a Devlin, sino por todo lo contrario.

Porque no dejo de pensar que, pasara lo que pasase, al final, él siempre escogería a Devlin. Eso es algo bueno. Pero estoy segura de que, para conseguirlo, destruiría a cualquiera que considerase un impedimento para la seguridad de Devlin. Incluida yo.

—Le diré a Devlin que vais a actualizar la información. Pero ten cuidado. Nunca sabes quién lo ha leído, y tal vez esa persona no perciba el cambio.

Asiento con la cabeza, y veo que se le suaviza la expresión.

—Solo queremos que estés a salvo — ⁠añade.

Me tenso por la sorpresa.

—¿En plural? Creía que yo era una distracción.

Ronan esboza una sonrisilla torcida.

—Seguramente me equivoqué al decirlo. Nunca he sentido por nadie lo que Devlin siente por ti, así que no sé muy bien en qué situación está, pero sí sé que lo arriesgaría todo por ti. Y yo siempre le cubriré las espaldas, así que supongo que eso implica cubrírtelas a ti también. Lo quiera o no —⁠añade guiñando un ojo.

Lo que quiere decir que, cuando se marcha, sigo sin saber si se está convirtiendo en un buen amigo o si sigue siendo un peligroso enemigo.