Pecado inolvidable
Capítulo 35
35
—¿ ienes una casa en la ciudad? — me pregunta Anna—. ¿Dónde? T
Estoy sentada en el banco que hay frente a la mesa de Anna, a la espera de que Devlin termine de hablar por teléfono. Todavía no es mediodía, así que sé que está ocupado, pero he venido con la esperanza de tomarme un café rapidito con él. He estado en las oficinas de Administradores y Servicios Inmobiliarios Sunset, a unas manzanas por la autopista de la Costa del Pacífico, para liberarlos del contrato de administración que firmó Peter.
—Cerca de Sunset Canyon —contesto—. Al norte de la autopista, al otro lado de donde está la de Brandy.
—¿Creciste allí? —pregunta Tamra. Estaba charlando con Anna cuando he llegado yo, algo relacionado con las filtraciones de seguridad de Las Vegas.
—Solo hasta los trece años —le explico—. Entonces me mudé a la casa de la playa de mi tío. Y, la verdad, dado que me quedaba en casa de Peter después de clase, la casa de la playa era casi mi hogar desde que mi madre murió.
Tamra me da un apretón en la mano para demostrarme su comprensión.
—Aun así, es bonito recuperar el recuerdo.
Asiento con la cabeza.
—Y también inesperado. Ha estado ocupada por el mismo inquilino desde que el tío Peter la puso en alquiler.
No conozco al hombre, pero al parecer se va a mudar a Virginia para cuidar de un familiar mayor. Técnicamente, ha avisado con treinta días de antelación, pero le dijo a la administración de fincas que se marcharía en diez. Entonces podré entrar y echar un vistazo. Y luego empezaré a buscar empresas de reformas para poner al día la casa antes de mudarme. Echaré de menos vivir con Brandy, pero me emociona la idea de tener casa propia de nuevo.
Veo que la luz se apaga en el teléfono de Anna, indicando que Devlin ha cortado la llamada. Me pongo de pie, pero veo que se vuelve a encender enseguida. Suspiro antes de mirarlas a las dos.
—Bueno, ¿qué pasa en Las Vegas?
Las veo intercambiar una miradita y Tamra toma la palabra:
—Sabes que la fundación ayuda a financiar a grupos paramilitares para los rescates cuando hay redes de tráfico de personas y demás.
Asiento con la cabeza, aunque no ha sido una pregunta. Gracias a Devlin y a mi investigación, he descubierto el verdadero alcance del trabajo de la fundación. Incluye desde ayuda a las víctimas para prepararse para un trabajo hasta rescates, pasando por cortar la cabeza al monstruo instigador de los horrores.
—Es evidente que gran parte de ese trabajo se planea en secreto. Aun así, en al menos tres ocasiones, las operaciones y las víctimas se han trasladado antes de que llegaran los equipos de rescate.
—Alguien está filtrando información.
Tamra asiente con la cabeza.
—Es posible que la filtración sea de alguien ajeno a la fundación. De alguno de los grupos con quienes trabajamos. O quizá alguien nos ha hackeado los sistemas o ha conseguido la información a través del espionaje.
Resoplo con desdén.
—No me creo que una de las operaciones de Devlin tenga semejante punto débil.
—Razón por la que creemos que es una persona — señala Anna—. Alguien que recaba información y la vende.
Asiento con la cabeza.
—El tal Blackstone.
Anna frunce el ceño.
—No tenemos pruebas. Pero sí. Devlin cree que está vendiendo información antes de las operaciones.
—Gana dinero avisándolos —digo.
—Lo conozco desde hace años —añade Anna—. No me sorprendería, pero tampoco me dio la impresión de que le fuera ese rollo. —Se encoge de hombros—. Claro que nadie es capaz de saber qué piensa Joseph Blackstone. —Tuerce el gesto—. O Devlin Saint, ya puestos. —Frunce el ceño antes de mirarme fijamente.
—¿Qué?
—Lo siento. —Menea la cabeza, apoya los codos en la mesa y se inclina hacia delante—. ¿Cómo vais? Me refiero con lo de la tormenta mediática.
Es miércoles, y la paliza que Devlin le dio a Tarkington fue el domingo. Devlin y yo hemos trabajado mucho y hemos pasado juntos el tiempo libre. Y ninguno se ha metido mucho en las redes sociales.
De todas formas, hemos recibido informes, sobre todo de Brandy y de Tamra. Al parecer, Devlin fue tendencia el lunes; había quienes lo ponían fatal en internet mientras que otros lo alababan como si fuera el protector de los demás.
—Vamos bien —contesto—. No entiendo por qué a la gente le interesa lo más mínimo la vida de otras personas a las que ni siquiera conoce. Pero allá cada cual.
—Y la fama es muy voluble —comenta Tamra mientras mira algo en su móvil—. Ayer la cosa estuvo más tranquila y de momento hoy casi no hay publicaciones sobre vosotros.
—Devlin ha terminado. Entra antes de que reciba otra llamada.
Anna pulsa el botón para abrir la puerta, que ya se está abriendo, y poco después sale Devlin dando grandes zancadas.
Por más veces que lo vea, me sigo quedando sin aliento. Va muy erguido, y el traje a medida de seda gris con la corbata verde que combina con sus ojos le sienta como un guante. Es la personificación de la riqueza y el poder, sí, pero tiene algo más. El fuego de su mirada. La rebeldía de su pelo. Es un guerrero, y no me queda duda de que acabará encontrando a quienquiera que esté jugando con él. Y lo destruirá sin contemplaciones.
Ha hecho prácticamente eso por Brandy con Walt. ¿Qué no haría para salvar su fundación y a todas las personas que esta protege?
Me estremezco al pensar en el asesino que mató a Myers. Recuerdo que Devlin dijo que aplaudía a quien lo hubiera matado porque había hecho justicia allí donde había fallado el sistema. Seguramente, el asesino fuera un mercenario.
Y ahora mismo estoy segura de que, si tuviera la oportunidad, Devlin pagaría con gusto a varios hombres para que pusieran fin a las filtraciones y protegieran la fundación.
—Me alegro de que pudieras salir del despacho —digo una hora después mientras paseamos descalzos por la playa, compartiendo la tarrina de helado que hemos decidido comprar en vez de los cafés.
—Eres una interrupción que agradezco muchísimo. Créeme.
Se ha remangado los pantalones y, aunque ese detalle haría que cualquier otro hombre pasara de ser un empresario guerrero a un vago playero, Devlin sigue conservando el mismo aspecto poderoso mientras las olas bañan sus pies.
—Por lo que Anna y Tamra me han dicho, no es el mejor momento.
—Salvo dar órdenes y hablar por teléfono, poco puedo hacer ahora mismo —confiesa—. Razón por la que eres una placentera interrupción en mitad de la frustración.
Me echo a reír.
—Me alegro de servir de algo.
Se detiene antes de ofrecerme una cucharada de helado de menta con trocitos de chocolate. La acepto y saboreo la ácida frialdad en la lengua.
—¿Cómo está Brandy?
—No la he visto desde el lunes por la mañana — respondo. Estamos a miércoles, y siento cómo me tiemblan los labios hasta formar una sonrisilla—. Christopher la acompañó a Los Ángeles porque ella tenía varias reuniones, y me dijo que iban a cenar allí y que se quedarían en un hotel. Creo que han decidido quedarse dos noches. Eso o están atrincherados en el apartamento que Christopher alquila en Airbnb.
Devlin suelta una risilla.
—Me preguntaba por qué no lo vi ayer en la sala de investigación. Pasa tanto tiempo allí que casi le he pedido a Tamra que movilizara a las tropas cuando no apareció.
—Hacen buena pareja.
Se produce una pausa minúscula antes de que Devlin asienta con la cabeza.
—Pues sí.
—¿Qué pasa? Has dudado —añado cuando él frunce el ceño con gesto interrogante.
—Estaba pensando que apenas conozco a Christopher.
—Es escritor. Búscalo en Google. O ve a su página web. Es bastante normal. Ni que fueras a meterlo en nómina o algo.
—Cierto. Pero me gusta mantener un nivel aceptable de paranoia con respecto a los demás. Sobre todo cuando se acercan a mis seres queridos.
Lo cojo de la mano y le doy un apretón, agradecida de que él también vele por Brandy.
—¿La última cucharada? —me dice, y meneo la cabeza.
—Toda tuya. Un regalo antes de que vuelvas al trabajo.
Hemos regresado a la fundación, y no quiero dejarlo marchar.
—No me apetece trabajar hoy —dice él, haciéndose eco de lo que pienso.
—Tienes mucho que hacer —replico—. Y yo también. Lamar por fin tiene una dirección y un teléfono para Cyrus Mulroy. Le he dejado un mensaje, y quiero estar preparada para cuando me devuelva la llamada.
—Si te la devuelve…
—Si no lo hace, me pasaré por su casa. Soy intrépida —bromeo. Suelta una carcajada—. Es que estoy apurando hasta el último momento en busca de una conexión entre Peter y él para estar preparada. —Suelto el aire—. Espero que me diga que la explotación sexual de mujeres en el porno no era uno de los vicios de Peter, pero también me estoy preparando para lo peor.
—En ese caso, ¿qué te parece si quedamos para cenar? Iremos a un lugar bonito con vistas al océano.
—¿Y si vamos a un bareto de mala muerte con unas hamburguesas estupendas y patatas fritas? Y también con vistas.
Me rodea con un brazo mientras se ríe.
—Creo que podemos arreglarlo. Me cambiaré de ropa después del trabajo e iré a buscarte.
—Me gusta el plan —digo al tiempo que echo la cabeza hacia atrás para recibir un beso mucho menos casto de lo que me esperaba, teniendo en cuenta que estamos a plena vista de Paul y de cualquiera que se encuentre en el vestíbulo de la fundación.
—Eres mía —susurra, leyéndome la mente de nuevo —. Y por lo que a mí respecta, todo el mundo debería saberlo.