Pecado inolvidable
Capítulo 29
29
Me despierta un golpecito en la puerta. Todavía grogui, sujeto la sábana con una mano mientras me incorporo sobre un codo y miro por encima del hombro de Devlin.
—Entra —murmuro.
La puerta se abre de golpe y Brandy asoma la cabeza, aunque de inmediato pone los ojos como platos.
—¡Ah!
Al oírla me doy cuenta de que tiene una vista estupenda de Devlin, ya que la sábana le cubre justo de las caderas hacia abajo, de modo que tiene todo el torso —y un pelín más— desnudo. Sigue dormido, vuelto hacia la puerta.
«Lo siento. Lo siento muchísimo», gesticula Brandy con los labios, aunque no llega a pronunciar las palabras en voz alta.
Meneo la cabeza.
—No te preocupes —susurro.
—No sabía que estaba aquí — replica también en voz baja.
—Dame un segundo y salgo.
Brandy asiente con la cabeza y hace ademán de retroceder, pero la voz de Devlin la detiene.
—Buenos días, Brandy.
Me muerdo el labio para contener una carcajada cuando la veo ponerse colorada.
—Esto… Yo… Me preguntaba si querías desayunar. Si Ellie quería desayunar, digo. Pero solo porque no sabía que estabais los dos aquí. ¿Queréis que os prepare el desayuno?
Devlin se sube la sábana mientras me resulta evidente que intenta contener una sonrisa, y tiene un aspecto tan deliciosamente sexy que Brandy tiene suerte de que no me lo tire ahora mismo.
—No, gracias. —Le tiemblan los labios cuando contesta —. Me iré pronto.
—¿De vuelta a Las Vegas? —le pregunto.
Devlin coge el móvil de la mesita de noche para enviar un mensaje. Me cuesta la vida ocultar la decepción que siento, pero sé que tiene que trabajar. Se queda callado un momento mientras sigue escribiendo y luego devuelve el móvil a la mesita.
—No, en realidad no. —Me sonríe—. De hecho, pensaba invitarte a desayunar. —Mira a Brandy—. ¿Te gustaría acompañarnos? Suponiendo que Ellie acepte.
—¿Estás de coña? —replico—. Pues claro que acepto. Pero ¿no tienes que volver?
—Resulta que escogí a mi equipo de maravilla. Soy absolutamente prescindible.
Ladeo la cabeza y lo miro con una expresión lasciva muy exagerada de arriba abajo.
—Para mí no.
Me da un apretón en el muslo.
—Bueno, ¿vamos a desayunar? —Mira de nuevo a Brandy—. ¿Qué dices? ¿Te vienes?
—Dicen que tres son multitud — contesta ella.
—Te prometo que no haremos tonterías.
—Ay, vaya, qué pena —salta Brandy.
Devlin se echa a reír.
—Lo siento. Ese rollo no me va.
Le doy un mordisquito en la oreja.
—¿No? Porque he estado cotilleando en internet y hay cosas interesantes sobre ti y…
Me abraza de repente, sin darme tiempo a esquivarlo, y de alguna manera consigue que la sábana no se mueva para que Brandy no acabe con una imagen no apta de alguno de los dos.
—Brandy, por favor, vente. Necesito refuerzos.
Ella se echa a reír al oírlo.
—Iba a decirle a Ellie que tengo lo justo para unos huevos antes de salir. Aunque, si no te importa, me encantaría pedirte consejo empresarial. Podría cambiar mi primera reunión…
Deja la frase en el aire y lo mira con expresión esperanzada.
Devlin me mira.
Me encojo de hombros.
—No me importa. Si queréis hablar de negocios durante el desayuno mientras yo me aburro como una ostra, allá vosotros.
Se miran con expresión guasona.
—Parece que tenemos plan —dice Devlin.
—¿Veinte minutos? —pregunta Brandy—. Eso debería bastarme para cambiar la agenda. ¿Vosotros tenéis tiempo suficiente para vestiros?
—De sobra. Aunque a lo mejor damos un paseo por la playa después del desayuno —añade él—. Lo que quiere decir que no tenemos que perder el tiempo arreglándonos mucho. ¿Te parece bien?
Asiento encantada con la cabeza y, en cuanto Brandy se marcha, decido perder los tres primeros minutos del tiempo acordado sentándome a horcajadas sobre Devlin. Claro que el plan se va al traste cuando me aferra los hombros y me hace chillar al tumbarme de espaldas, con una pierna a cada lado de las mías, y su polla tan despierta como nosotros dos.
—No tenemos tiempo —protesto—. Ojalá lo tuviéramos.
—Solo un adelanto de aventuras futuras —dice al tiempo que se inclina para besarme, de modo que su erección me acaricia entre los muslos y aumenta muchísimo mis ganas de que tener un poco más de tiempo.
—Podemos llegar tarde —susurro mientras intento separar las piernas.
—Eso sería grosero —replica, moviendo las caderas para que su polla me acaricie con más intensidad.
Me estremezco, frustrada y cachonda a la vez.
—¿Que eso sería grosero? —protesto, y achina los ojos al sonreír.
Se inclina más y me acaricia la curva de la oreja con la lengua.
—Después —susurra.
—Joder, ya lo creo que después. Después me las vas a pagar, guapo.
Me da un beso fugaz en los labios antes de apartarse de mí y levantarse de la cama.
—Si no nos damos prisa, llegaremos tarde.
—Esta me la pagas —le digo señalándolo con un dedo—. Y pronto.
—Espero el momento impaciente. — Le está costando lo suyo no echarse a reír, y no lo consigue del todo—. Disfrutaré de la expectación.
Lo miro con los ojos entrecerrados antes de acercarme al armario, supuestamente para coger ropa, pero sobre todo para que no pueda ver que también estoy conteniendo las ganas de reír.
Dado que solo voy a llevar unos pantalones cortos, un top y una sudadera fina, no tardo en vestirme. Devlin se demora un poco más, porque anoche vino con ropa de trabajo, pero en el coche lleva siempre una bolsa con ropa. Cuando sale a buscarla a toda prisa, me recojo el pelo en una coleta y me pongo protector solar. Y hasta aquí mi acicalamiento del día.
Pronto bajamos la cuesta los tres, con Jake galopando por delante, sujeto por la correa. Al final, resulta que la segunda reunión de Brandy se ha cancelado, así que dispone de noventa minutos antes de tener que irse. Cogemos una mesa en el Omelet Tree, uno de los restaurantes que hay tocando el mar junto a la autopista de la Costa del Pacífico. Tiene una enorme terraza, admite perros de buena gana y cuenta con unas vistas espectaculares. Mientras Devlin y yo casi apuramos el café de golpe, Brandy se toma una manzanilla a sorbitos y Jake mordisquea un hueso para perros, cortesía del restaurante.
Pese a que el nombre hace alusión a las tortillas, el restaurante es famoso por sus tortitas. Brandy y yo pedimos la de plátano, pero Devlin se decanta por la de pan de jengibre. Mientras empezamos a comer, Brandy y él hablan de estrategias, no solo para aumentar sus ventas, sino también su visibilidad y presencia pública.
—Lo que me apetece es hacer algo como lo que haces tú —dice ella—. Apoyar algo en lo que crea. Devolver algo, ¿sabes? Pero ahora sigo intentando obtener beneficios. Empecé Bolsos BB con lo justo, y me sorprende que vaya bien. Pero así es.
—Has trabajado mucho y está dando frutos. No hay nada de malo en querer obtener beneficios —replica Devlin—. Diriges un negocio. Cuanto mejor lo dirijas, más dinero conseguirás, y cuanto más consigas, más podrás no solo expandir el negocio y crecer, sino ayudar a las causas en las que crees.
Los oigo debatir sobre las opciones y hablar de lo que Brandy desea conseguir y qué obras benéficas quiere apoyar y promocionar. También ponen sobre la mesa la posibilidad de que Brandy cree una organización benéfica. Devlin le propone varias ideas, pero sobre todo le promete pensar en el tema y continuar la conversación con algo más concreto a partir de lo cual puedan tomar decisiones.
—No sabes cómo te lo agradezco —le dice Brandy—. Sobre todo sabiendo lo ocupado que estás. Significa mucho para mí.
—Me alegra hacerlo. —Se mira el reloj—. Si quieres que nos veamos cuando termines de trabajar, podemos seguir hablando del tema.
—¿Podemos esperar un par de días? —Me mira—. No quiero interrumpir vuestros planes. Y, la verdad, creo que necesito un día para asimilarlo todo.
—Cuando te vaya bien —contesta Devlin —. Te prometo hacer un hueco.
—Gracias. Ahora tengo tantas cosas en la cabeza que me costará concentrarme en las reuniones que me esperan. Además, hace un día estupendo y me dais una envidia tremenda, porque os vais a la playa mientras que yo me voy a Los Ángeles.
—No, de eso nada —la contradigo—. Te encanta tu trabajo. Y estoy orgullosísima de ti. Estás creando algo fabuloso.
Nos traen la cuenta y Brandy pone su parte, o lo intenta. Devlin se lo impide y le dice que puede compensarlo preparándole unos muffins que pueda guardar en el congelador de su casa.
Se despide de ella con un beso en la mejilla y, después de que Brandy y yo nos abracemos, ella regresa colina arriba en busca de sus muestras y de su coche. Mientras, Devlin y yo nos quedamos con Jake, que se está echando una siesta bajo la mesa y mueve las patas como si estuviera soñando que persigue un conejo.
Aunque perseguir conejos es impensable, jugar a lanzarle algo parece un buen plan. Así que mientras Jake y yo observamos la orilla, Devlin cruza la calle para ir al supermercado de la esquina. Dado que está cerca de la playa, vende toda la parafernalia que pueda desear un turista. Doy fe, ya que no hace mucho entré para comprar unas chanclas porque había salido corriendo descalza, abrumada por la sorpresa de descubrir que Devlin Saint era el chico del que me había enamorado.
Devlin sale enseguida con un disco y, en cuanto lo saca de la bolsa, Jake se vuelve loco. Empieza a dar tirones de la correa y casi me tira al suelo mientras corre por la hierba hacia la playa arenosa. Le hago un gesto a Devlin para que se ocupe del perro loco, pero se está riendo tanto que no me sirve de nada.
Por fin llegamos a la orilla, a la zona de arena donde los perros bien educados pueden ir sin correa en temporada baja. Al parecer, Jake se ha olvidado del disco, porque se pasa cinco minutos de reloj persiguiendo la espuma de las olas mientras yo recupero el aliento. Me apoyo en Devlin, con la espalda contra su torso y sus brazos rodeándome con fuerza.
—Anda que me has ayudado mucho —bromeo.
—Os estabais conociendo —replica—. ¿Cómo iba a interrumpir?
Echo la cabeza hacia atrás porque quiero verle la cara.
—Hola.
—Hola.
Se inclina un poco y me besa. Un besito rápido que pronto se vuelve más apasionado, hasta que me doy la vuelta entre sus brazos y le rodeo el cuello con los míos. La playa está casi desierta esta mañana, de modo que me pierdo en su aroma y en el maravilloso olor del océano.
Empiezo a derretirme —de hecho, empiezo a arrepentirme de no haber vuelto a casa—, pero me enfrío en un abrir y cerrar de ojos cuando nos riegan con gotas de agua. Chillo y me aparto de un salto, momento en el que me doy cuenta de que nos está mojando un empapadísimo Jake, que se sacude para secarse un poco.
Miro a Devlin a los ojos y nos echamos a reír.
—Perro loco —digo al tiempo que me arrodillo en la arena para acariciarle las orejas—. ¿Preparado para el disco?
Jake se anima al instante, y Devlin lanza el disco haciendo que vuele paralelo al agua. Jake sale disparado tras él, para la delicia de dos niñas que están construyendo un castillo de arena. Devlin y yo nos quitamos las sandalias, las sujetamos por las tiras y caminamos por la orilla para encontrarnos con Jake, que regresa con el disco entre sus orgullosos dientes.
—Buen chico —dice Devlin al tiempo que recupera el disco antes de acariciarle el cuello—. ¿Otra vez?
El perro casi se pone a brincar de alegría, de modo que Devlin vuelve a lanzarlo. Paseamos en esa dirección, cogidos de la mano, hasta que me detengo de golpe al darme cuenta de dónde estamos.
Laguna Cortez está escarbada en las colinas, así que tenemos playas arenosas y rocosas. Las del extremo norte de la ciudad suelen ser más rocosas conforme se acercan a las colinas y a los acantilados que forman los arrecifes, estupendos para los submarinistas y espantosos para los bañistas y los que buscan tesoros en las playas.
Allí está la casa del tío Peter, aunque ya no es suya, claro. Una casa en primera línea de mar, junto a la autopista de la Costa del Pacífico, cerca de un farallón que se eleva hacia un acantilado que ahora está lleno de apartamentos. La casa es enorme y moderna, y tiene muchos ventanales orientados al océano, mientras que las paredes que dan hacia el interior en su mayoría son ciegas, tanto por cuestiones de diseño como de intimidad.
Jake corre hacia ella. Pero yo me paro en seco.
—No he pasado por aquí desde que volví —le digo a Devlin—. Cada vez que vengo a la playa desde la avenida del Pacífico, enfilo hacia el sur. —Me encojo de hombros—. Allí es donde me llevan los pies. Supongo que por acercarme a ti —añado con una sonrisa.
La fundación está a poca distancia a pie hacia el sur. Y, si bien es cierto que siempre iré hacia Devlin, los dos sabemos que no es el piloto automático lo que me aleja de la casa de Peter. Es el sentimiento de pérdida.
Devlin me coge de la mano y después usa la que tiene libre para silbar a Jake para pedirle que vuelva.
—No, no pasa nada —le aseguro—. De verdad.
—No me parece que no pase nada.
—Solo es un poco de melancolía. ¿Me entiendes?
—Por supuesto. —Señala la casa con un gesto de la cabeza. Quienquiera que sea el dueño actual, la mantiene en perfecto estado—. ¿Quieres acercarte?
Niego con la cabeza.
—Hoy no.
—Lo que necesites, nena. Lo que necesites. Solo tienes que decírmelo.
Lo miro con una sonrisa fugaz.
—Lo sé. —Suspiro—. ¿Es raro que, aunque sepa todo lo que sé de Peter, siga echándolo de menos?
—Ay, nena. No, claro que no.
—Son muchos años viviendo en esa casa con él, y cuando venía después del colegio antes de que mi padre muriera… A ver, crecí ahí. Crecí con él. Eché de menos mi casa cuando murió mi padre, pero este lugar se convirtió en mi hogar. Era mi santuario. Ahí te conocí —añado al tiempo que lo miro a los ojos—. Y tú también fuiste mi santuario.
—El…
—Lo fuiste —insisto—. Aunque te marchaste. Y creo que Peter también lo fue. Pero no lo era. No de verdad.
—¿Seguro que no?
Es una pregunta seria, y la sopeso. Porque Devlin —Alex—, era el eje de mi vida. Y lo sigue siendo, aunque me hizo mucho daño hace tiempo. Pero comprendo el motivo y puedo vivir con las razones.
Con Peter no entiendo el motivo. Al menos, no todavía. A lo mejor nunca lo consigo. Pero lo estoy intentando y, no sé…, tal vez cambie algo.
Entrelazo los dedos con los de Devlin mientras pienso en la dualidad de las personas. En quiénes somos por dentro y en cómo dejamos que los demás nos vean. Pienso en Alex y en Devlin, el mismo, pero distinto. Y en mí. Policía. Periodista. Amante. Superviviente.
—Facetas —digo al recordar algo que Devlin dijo hace tiempo sobre cómo era posible que siguiera queriendo a Peter pese a todo lo malo que había hecho. A mi lado, él asiente con la cabeza—. Supongo que no es tan raro —admito—. Y la verdad es que echo de menos ese sitio. No solo los recuerdos, porque, joder, era una casa increíble.
—Lo era —dice, dándome la razón—. Y ya que estamos, sigue siéndolo. —Me rodea la cintura con un brazo—. Mis mejores recuerdos también son de esa casa. De la casa y de otro lugar.
Alzo la mirada para clavarla en sus ojos.
—Sí. Los míos también.
Enfilamos hacia el sur sin necesidad de hablar, mientras Jake camina a nuestro lado con el disco en la boca. No tardamos mucho, pues hay muy poca distancia desde la playa hasta las piscinas naturales, situadas cerca de la Fundación Devlin Saint.
—Será mejor que tengas cuidado —bromeo al acercarnos—. Es viernes y estás faltando al trabajo. Como alguien te vea…
—Por suerte para los dos, soy el jefe.
—Y tanto que por suerte. —Le cojo una mano y le doy un tirón—. A ver quién llega primero —le digo antes de que ambos salgamos corriendo.
Jake llega en primer lugar, seguido por Devlin; yo acabo derrotada y llego la última.
—Tienes las piernas más largas — protesto.
—Me encantan tus piernas —dice Devlin al tiempo que recorre con un dedo el bajo de mis pantalones cortos, rozándome el muslo con la yema.
—Cuidado.
Levanta las cejas.
—Esa caricia no tiene nada de sensual.
—Contigo, todas las caricias son sensuales. Sobre todo aquí.
«Aquí» es el lugar donde me besó por primera vez, junto a las piscinas naturales formadas por porosas rocas negras.
—Ven —me ordena.
—¿Por qué?
—Porque quiero besarte de nuevo.
—Ah. —Me pego a él—. Gracias por una mañana maravillosa —le digo mientras me da un tironcito de la coleta para que levante la cara.
—¿Qué te parece si lo convertimos en un día maravilloso?
—Me parece…
Me parece perfecto, pero no consigo terminar la frase. En cambio, me derrito con su beso mientras las olas rompen contra nuestros tobillos y Jake retoza cerca.
Me dejo llevar, y solo pienso en que no quiero que acabe. Porque, en algún lugar más allá del velo que envuelve esta maravillosa mañana, hay una persona misteriosa que manda mensajes. Y él, o ella, se ha propuesto pinchar la burbuja de felicidad que tanto me ha costado conseguir.